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lunes, 31 de julio de 2017

Memorias de Leticia Valle

“La calle estaba oscura y yo la contemplé en el abrazo que me dio, como los ciegos que leen con el tacto.”

Vivir un abrazo sintiendo cada milímetro de contacto, grabando en la memoria cada punto como si lo leyéramos en braille, como si imprimiéramos en nuestra piel hasta el nivel del apretón, como si se quedara con nosotros la esencia de ese achuchón para siempre y todo lo que este significa en nuestra historia. La importancia de los abrazos, cómo nos permiten conocer a la persona que nos aprieta entre sus brazos, cómo nos impregnan de su olor, de su cariño, cómo hablan sin articular palabra y nos lo dicen todo.


Rosa Chacel en Memorias de Leticia Valle vuelve a los detalles más minuciosos. Analiza cada frase, cada sentimiento y se queda con los aromas que describirán luego esos recuerdos. Leticia deja su Valladolid natal para instalarse en el pueblo de Simancas junto a su padre y a su tía. Debe aprender el nuevo ritmo de las cosas, reconocer y llegar a querer el frío como si fuera un chorro de agua de colonia en la cabeza, adivinar con la contemplación cuales son las pasiones que animan su alma. Qué cosas producían en ella el temblor, qué hacía latirle el corazón como a un espía. ¡Qué! Descubrir qué situaciones le dan hasta dolor de garganta por no poder tragarlas, asimilar el horror, el dolor, el miedo y ser capaz de rebajar el sufrimiento a la categoría de costumbre. Porque el paso del tiempo cae como una mole. Todo parece sencillo, como si estuviéramos habituados a batallar constantemente. Ella escribe esa lucha disfrazada de facilidad, como si siempre estuviéramos atentos a cada reflexión.

Leticia crece página a página en todos los sentidos. Recibe pensamientos impropios para su edad, se enamora de quien no debiera, desea lo indecible… crea refugios para su imaginación. Rosa Chacel nos adentra, una vez más, en una novela totalmente mental e intimista. Nos regala las ideas de una niña que vive una situación inesperada. Muchos son los lectores, los críticos, que afirman que leer a la vallisoletana es convertirse en investigador. Nada es explícito, no son páginas fáciles. Debes pensar, indagar, sospechar, imaginar. Por eso es tan rico, porque aunque ofrezca descripciones magistrales, muchas veces no describe realmente lo que se ve, si no lo que se piensa. Y tal vez, acabes la novela y debas volver, parar, pensar qué ha pasado realmente. Chacel interactúa excepcionalmente con el lector, le hace partícipe del suceso, haciendo imposible transcribir ahora esos silencios necesarios en su lectura. Hay que vivirla para entender lo que supone.

Terminar nuevas páginas de la escritora hace que el libro siguiente siempre me parezca menor. Por eso una debe seguir bebiendo de la fuente que aún le queda. De sus páginas que aún me esperan, porque tan solo ellas la deleitan a una y le hacen disfrutar línea tras línea. Aprender de su mano a describir las situaciones cotidianas con tanta intensidad, con la obligatoriedad de parar y darle siempre la razón. Como apuntaba la pintora Maud Lewis, “a través de la ventana la vida entera es un cuadro”. Solo hay que estar ahí, atento, para pintarla, para escribirla, retenerla y vivirla con la pasión que merece.


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