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lunes, 30 de marzo de 2020

Ni el canto de las sirenas

Recordemos a Ulises atado al mástil de su nave mientras los marineros reman, con cera en los oídos, junto al arrecife de las sirenas que solo mueven los labios en silencio.

Andrea Köhler sigue el relato en El tiempo regalado, lo terminaré luego. Antes, me ronda la idea de Lorenzo Oliván de esta semana, “el silencio ahora habla de otras cosas”. Como los labios de las sirenas en silencio, como los oídos tapados de los marineros. ¿Tendrán los oídos tapados el resto de confinados? Estos días de confinamiento el silencio ruidoso reina sobre el ruido de antaño. No se escuchan los coches, no hay alboroto en las calles, hasta los que deben salir lo hacen sin casi pisar el suelo. Se ha impuesto el vacío. “Los ruidos se agrisan, termina la tarde, / y siento que añoro o deseo algo, / quizás una lágrima que rueda y que cae”, siempre con tanta razón Idea Vilariño. Los ruidos, los silencios, se agrisan, se vuelven invisibles, transparentes…

Ahora cuando salimos a las terrazas, escuchamos una sinfonía de lavadoras ajenas que antes parecían no lavar nunca. Nos llegan las músicas de los vecinos, los cantos de distintos pájaros que ahora sí podemos distinguir, percibimos hasta el murmullo del agua cuando se cuela al regar las jardineras. Parece que para algunas cosas sí hayamos destapado completamente los oídos. Hasta las lágrimas al caer se oyen, lo dijo Vilariño.

Mosteiros, São Miguel (Las Azores). Agosto 2019.

Pero el silencio sí habla de otras cosas. El silencio nos ataca de manera constante e insistente para adentro. Nos machacamos sobre el miedo que sentimos, sobre el futuro que no vemos, sobre lo que perdemos a diario. Las palabras que no volverán, los momentos robados, las miradas que no llegan. Nos martirizamos por congelar la memoria, por no olvidar nada del minuto a minuto de silencio que vivimos. Los que están, los que prefieren no estar, los que ayudan a aguantar el andamio, los que viven pensando tan solo en su armazón. Nos obligamos, en ese nuevo silencio, a escribir todo lo que no ocurre, lo que pensamos, lo que sentimos y lo que querríamos sentir. Porque hay voces que no se escuchan, abrazos que se alejan y anhelos que no regresarán porque no se cuidan. Eso. Rogamos que no se pierda lo que nos construye, que no desaparezca lo que hasta ahora nos hacía ser como somos.

Annie Ernaux escribía en Los años sobre ese ruido nuestro. “Solo mirará en su interior para encontrar el mundo, la memoria y el imaginario de los días pasados, captar el cambio de las ideas, de las creencias y la sensibilidad, la transformación de las personas y del sujeto, que ella ha conocido y que no son nada, quizá, frente a quienes conocerá su nieta y todos los vivos en 2070.” Hace unos días os dije que había tenido la necesidad de dejar todo esto escrito, y justamente era por lo que apunta Ernaux. Por los que vendrán, sí, pero también por los nuevos nosotros que vivirán tras todo lo ocurrido. ¿Quién seguirá siendo el mismo? ¿Quién podrá hacer borrón y cuenta nueva ante los que han huido de la lucha por mantener la calidez? ¿Quién?

Leía hoy a Elvira Lindo, en A corazón abierto, “no vivir es no sufrir y no saber”. Supongo que por vivir, por vivir intensamente, los acontecimientos a los que nos obliga la pandemia hace que suframos, porque sabemos, porque arriesgamos todo en el ojo del huracán. Nos dicen que debemos alegrarnos, seguir, porque estamos. Estamos sanos. Es entonces cuando vemos que el futuro vendrá, aunque sea distinto, y como dijo Leila Guerriero deberemos  sonreír esa sonrisa triste de los que alguna vez fueron adictos a algo: la sonrisa de quienes están mejor de lo que estaban, pero no necesariamente más felices”. La sonrisa de quienes están mejor de lo que estaban. Aunque será imposible ser más felices, porque, acabando el relato de Köhler, “¡Qué decepción, descubrir que ni tan siquiera merecemos el canto de las sirenas!”. Ni siquiera eso.


                                                                                                                   Mosteiros, São Miguel (Las Azores). Agosto 2019.

lunes, 23 de marzo de 2020

Sostener el alma, guardarla en su armadura

Nos faltan voces, nos faltan abrazos, nos faltan. Con esas ausencias seguimos manteniendo, en la amargura, el espesor y la solidez de las paredes de la casa. Leila Guerriero escribía de esa amargura sin haber estado confinada, me pregunto qué escribirá estos días. Estos días en los que pensamos en ese “nosotros” del que ayer hablaba María Sánchez. Ese “nosotros”, a la salida. ¿Quién nos asegura que nos esperen al salir? ¿Quién nos dice que esas voces, esos abrazos, esos que nos faltan, no se acostumbrarán a no tenernos? ¿Quién nos asegura que extenderán las risas cuando nos abran la puerta? ¿Por qué no pensar que ya no seremos necesarios, que habrán aprendido a vivir sin nosotros? Tal vez, el mundo desee andar solo cuando todo esto acabe.

Por eso mismo, por ese posible olvido de los que no están en el espesor de nuestras paredes, Yan Lianke escribía hace un par de días a sus alumnos que, “a medida que el tiempo fluye y va quedando atrás, sobreviene un olvido inmenso. La carne pierde el alma. Y cuando todo recobra la calma, ese minúsculo sustento de una verdad que podría remover el mundo deja también de existir.” Recomienda escribir, escribirlo todo para no olvidar cuando todo esto haya pasado. Para no olvidar lo que lloramos, lo que leímos, los que estuvieron. Para que no se pierdan los que aguantaron el llanto sin huir, los que arroparon en la distancia como si estuvieran aquí, los que tuvieron la necesidad de crear su historia junto a la nuestra. La carne pierde el alma. Hay que cuidarla, como dicen los versos de Pilar Adón en Las órdenes, “sostener el alma, guardarla en su armadura, / y que no cesen las tripas, las pulsaciones / ni los flujos”. Sostener el alma, aunque sigamos latiendo. Que cuando todo esto acabe nos quede el alma, la armadura y la memoria.

La memoria no puede transformar el mundo, pero sí dotarnos de una verdad interior.” Lianke afirma que todos los sentimientos vividos estos días, si no se guardan, se verán desbordados por la calma venidera, cuando sea, y que nada quedará si no está escrito. Que nos quede la memoria, de ahí mi diario de confinamiento. Para recordar el “nosotros” de ahora, por si la calma se lo lleva y el mundo prefiere andar solo cuando todo esto acabe. Para hacer reales, en unos años, las lágrimas por todo lo que ahora falta, la sonrisa al sol de la terraza, los primeros pasos de la pequeña de la familia. Los comoestás que sobresaltan, las frases subrayadas en los libros, los aforismos a los que nos agarramos como verdades absolutas, las dedicatorias en los directos de Ben Clark. Porque, como dice Adón, hay que sobrevivir sumando caldos y yogures. Seguir, escribiéndolo todo, pero seguir aunque no exista el “nosotros” que nos espere cuando todo esto acabe. Seguir y que nos quede la memoria junto a la armadura.   

Abramos la ventana... tal vez nos lleve a Ponta Delgada de nuevo. 

lunes, 16 de marzo de 2020

Bailen, bailen, o estamos perdidos

Aguantar el miedo lo más posible. Cuando leí esto en La azotea de Fernanda Trías me dije que yo lo había hecho en muchas ocasiones, como su protagonista. Recordé muchas de ellas bajo el edredón, como si, cuanto más tarde saliera, menos grave fuera la onda expansiva. La explosión llegaba igual. El miedo solo se retiene, solo eso. Ahora aguantamos el miedo, la soledad, la angustia, la tristeza, la añoranza.

¿Se nos pregunta con quién deseamos confinarnos? ¿Quién nos hará falta en el encierro? ¿Qué voz será clave para nuestra estabilidad? ¿Qué sonrisa, qué risa, para nuestra supervivencia? No. A una le cierran la puerta y le prohíben salir. Le dicen que cada cual está con los suyos. Con los suyos. ¿Quién delimita el círculo? ¿Cómo se aprende a desistir de la necesidad? Idea Vilariño se definía diciendo “siempre convivieron en mí la capacidad de hacer cosas, el amor por vivir y por hacer, y el desistimiento”. El desistimiento. Qué cruda lucidez. Ella que aprendió a “no tener”, nos recuerda que debemos desistir para sobrellevar lo que se nos viene encima. Aguantar el miedo, desistir.

Siguen floreciendo. 14 de marzo de 2020.

Estos días me repito mucho una frase de Joaquín Araujo, “que la vida te atalante”. Atalantar: cuidar, calmar, tranquilizar, proteger. Ser capaces de mimar a nuestras cabecitas, de no naufragar. Acunar las horas, gritar para que nos escuchen los que de verdad necesitamos, desahogarnos y desnudar el corazón. Louise Glück escribió que “a veces un hombre o una mujer imponen su desesperación, / a una persona, a eso lo llaman / alternativamente desnudar el corazón, o desnudar el alma.” Supongo que para que la vida nos atalante, ante la desesperación, debemos desnudarnos. La valentía debe liderar el aislamiento. La sinceridad debe alejarse del borrador, ser de verdad.

Podemos quejarnos, podemos llorar, podemos echar de menos. Con megáfono y neón. Debemos. Eso no supone rendirse, no del todo. Porque sabemos, como dijo Ben Clark, que contra todo florecen los almendros. Que la luna volverá a vivir su ciclo, que la primavera llegará igual, aunque nos encuentre en pijama. Sabemos que habrá casas monopolicen las risas, tal vez nos dediquen alguna de ellas. Sabemos que los geranios florecerán, confiamos como lo hicimos ante el ataque del gusano. Y lo sabemos porque no nos queda otra. La bailarina alemana Pina Bausch declaró en su día “bailen, bailen, o estamos perdidos”. Bailemos. Añadamos el baile a nuestra receta. Aguantar el miedo, desistir, atalantar, desnudar el corazón y bailar. ¿Y tú, bailas conmigo?



**Actualizado la noche del 3r día de confiamiento. En la película The farewell, hablan de un proverbio chino que dice que la enfermedad no te mata, te mata el miedo a la enfermedad. Aguantad el miedo lo más posible. Aguantadlo. 

lunes, 9 de marzo de 2020

Se nos partiría el corazón

Saltamos de un libro al otro sin transición, sin reflexión, sin pausa. Hay prisa, unida al entusiasmo y al no perder el momento de silencio para pasar las páginas. Nos decimos que luego paramos un momento para repasar lo subrayado, a vuelapluma, para analizar ese trocito de hígado que se ha llevado o esa lágrima robada. Pero no hay parón. Como pasan los días arrastrados por la rutina hasta el mar, pasamos de un texto al otro sin demorar minutos.

Leemos de la mano de Claire Legendre su inventario de miedos y elaboramos el nuestro. Mentalmente, mientras llenamos de lápiz sus páginas como si asintiéramos con la cabeza. Seguimos a su “Me da miedo que nadie me acaricie nunca más el pelo.” Me da miedo borrar el teléfono de los que ya no están, aunque vea que en la foto de perfil el número ya es de otra persona. Me da miedo que suene el teléfono a deshoras, por si la tragedia, como siempre, es la que responde al flotar soñoliento. Me da miedo perder la forma de las manos, la fuerza de las manos, la historia de las manos. Sin ellas la herencia de las mías parecería partida por unas manos inútiles, inhábiles, inertes. Me da miedo que me griten cuando no tienen razón y cuando sí. Mi abuelo paterno se quedó medio sordo y ya de niña aprendí que solo se grita por cariño y para que te entiendan. Me da miedo que no me pienses, que no me quieras, que no me añores, que no me necesites. Me da miedo que nadie me lea, ni me corrija, ni esté tras esta pantalla. Me dan miedo los que se van porque no vuelven, por mucho que les guarde la silla de las ausencias, como dice Alejandro Palomas. No se puede servir eternamente la mesa para los que no están. Hay un final definitivo, como escribió Valeria Luiselli: “El final de las cosas, el verdadero final, no es jamás una nítida vuelta de tuerca, nunca una puerta cerrada de pronto, sino más bien algo parecido a un cambio atmosférico, nubes que se espesan poco a poco, no con un golpe seco sino con un lamento.” El lamento, siempre aparece el lamento del cielo junto al miedo de Legendre.

Ibón de los Baños - Panticosa, febrero 2020.

Sin transición leemos a Leila Guerriero; el polo opuesto, el optimismo, la consigna contra el miedo. “Fue un día tan bueno. Un día como un trozo de tela bien planchado.” Cómo podemos encontrar la parte buena y aislarnos del miedo, levantar la barriga del suelo, respirar el aire de ahí arriba. Un día como un plato a rebosar de nata con azúcar y alguna fresa. Un día como un geranio a punto de estallar, con esa sensación de orgullo y de admiración. Un día pintado de azul y con un sol que la cargue a una de pecas. Un día como una sonrisa de complicidad, que relaje los músculos, que destense los dientes, que libere endorfinas. Un día como la nieve sin pisar. Blanca, sin atacar, pura, sin huella ninguna. Un día como una ducha a más de 40 grados. Ese agua que cura, que sana, que calma y se lleva lo que está a punto de somatizar por el desagüe. Un día al que definas como cuando le dices a alguien que estar con él es como comer chocolates a puñados. ¿Hay frase más bonita de Guerriero? ¿Pueden decirte algo mejor?

Del miedo al optimismo en unas pocas páginas, con escasas semanas de diferencia. Leer sin pausa, pero asimilando lo leído. Leer sin freno, pero acumulando y aprendiendo. Protegiéndonos del rumor del día a día, cuidando la coraza y leyendo los miedos de los demás y estudiando los buenos días de los demás. Porque nada es una cueva tan abrupta, ni nada es tan dulce como el chocolate. Porque “si se pudiese mirar al mundo sin protección alguna, valiente y honradamente, se nos partiría el corazón.  Sabia Olga Tokarczuk en mis primeras páginas leídas. Se nos partiría el corazón si lo miráramos sin las páginas de por medio.

Ibón de los Baños - Panticosa, febrero 2020.

lunes, 2 de marzo de 2020

El balcón equivocado

Tuve un gato que nació un 29 de febrero. Siempre pensé que era un día mágico, un día de regalo. Un día bonus track. Que cada cuatro años existía un día en el que podías hacer lo que quisieras, como si nada fuera a hacerte culpable o sospechoso. Un día para hacer cosas inverosímiles al margen del mundo. Para salir sin sujetador, beber vermú directo de la botella, llamar a alguien que hace años que no escuchas, besar unos labios por sorpresa. Un día para reír a carcajada limpia en plena calle, para leer un libro del tirón, para abrazar más de doce minutos seguidos. Aun sabiendo que el año siguiente no existirá un día como ese.

Cuando pasa y todo ha seguido dentro del sujetador, cuando no has tenido el beso por sorpresa, ni la risa, ni el abrazo de doce minutos; te dices que tal vez el 29 de febrero pasó de largo o se equivocó de balcón. Encajan bien los versos de Elisabeth Bishop aquí “una ventana acogía el sol a través del río, / como si el milagro se realizase en el balcón equivocado.” Tal vez haya pasado de largo el día bisiesto. Puede que no sea para todos o que unos cuantos vivamos esperando días bisiestos que no existen. Es entonces cuando una se dice si el día fue vivido por los otros ahí afuera y ella lo perdió mientras esperaba la botella de vermú en el balcón equivocado.

Balcón de Lanuza, febrero 2020.

Annie Ernaux termina Los años con esta frase “salvar algo del tiempo en el que ya no estaremos nunca más”. En el que ya no estaremos nunca más. Como el 29 de febrero. Escribir, fotografiar, para salvar aquello que no volverá, aquello que no puede volver a suceder. Como si el día a día fuera el bonus track de febrero. Bonus track que tan solo fue el sábado. Pero… ¿cómo salvamos aquello que no llega, aquello que no vivimos, aquello que se equivoca de balcón? ¿Cómo hacemos para que se quede siempre con nosotros? ¿Es cruel, es salvaje, es violento salvar el “no tiempo” en el que no estaremos jamás? No dejar de hacerse preguntas, así vive una, como le escuché hace unos días a Leticia Dolera. Preguntarse por qué pasó de largo el bisiesto sin compartir la carcajada en plena calle.

Una se pregunta cómo es posible que aún crea en la magia, en las promesas, en los días bisiestos como si fueran un regalo. Cómo es posible que se aferre a unas sílabas contadas que le proporcionan el aliento, el oxígeno para salir a la superficie. Cómo es posible creer en los “casis” cuando se ha perdido el 29 de febrero. “Las ocasiones desperdiciadas, los reveses de la fortuna, la inoportunidad, la angustia retrospectiva de haber fracasado en la vida por una cabezonería, por un ataque de orgullo, por una mala decisión, una facultad, un avión, un beso, un sms, una cita. Por ese “casi nada” que se convierte en obsesión cuando el presente te muerde los talones.” Si lo dice Claire Legendre, en El nenúfar y la araña, es que debe ser verdad que todos esos “casi” que no se viven, y se esperan como el primer sol de marzo, son vitales porque el presente acecha y nos muerde los talones. Ese presente desaparece un poquito más cuando el bisiesto se equivoca de balcón y nos pilla el frío esperándolo ahí afuera.