INICIO




lunes, 15 de enero de 2018

Visión vigilante

“Hay que tener los ojos muy abiertos para ver las cosas como son; aun más abiertos para verlas otras de lo que son; más abiertos todavía para verlas mejores de lo que son. Yo os aconsejo la visión vigilante, porque vuestra misión es ver e imaginar despiertos, y que no pidáis al sueño sino reposo.”


Fachada Centre Pompidou de Málaga. Enero 2018.

En muchas ocasiones nos sobrepone nuestro apócrifo, el profesor que sale de nosotros como creyendo que tiene en la mano, solo él, las enseñanzas certeras ante esas miradas ilusionadas e ilusionantes que nos vigilan. Uno deja que ese impostor hable por él, dé la mano, guie y aconseje. A veces nos supera el personaje, como pudo hacer en su momento Juan de Mairena con Machado, El Quijote con Cervantes o Álvaro de Campos con Pessoa. Ellos dejaron que la ficción se codeara con el yo real, ellos hicieron que fuera una pugna constante la del personaje con los únicos y verdaderos. Tal vez también nos ocurra a nosotros, profesores humildes que ya sin alumnos necesitamos liberarnos del suplantador y buscar quien entonces nos oriente a nosotros.

Pintamos hasta el cielo de colores; hablamos de la superación personal, del camino del aprendizaje, de lo importante de la investigación constante, de lo bueno que es relacionarse, avanzar… Desde la mirada del que ha vivido, un poquito más, desde la esperanza de que ellos, aún a tiempo, triunfen, desplieguen alas y se vayan lejos. Tras las instrucciones, volvemos a ser nosotros. Vemos igualmente el color en el cielo, hasta lo pintamos con los tonos más llamativos para que ellos vean lo que queremos que vean, desde nuestro “otro” que es la forma de mirar a los demás buscando la verdad, la que tanto ansiaba Machado.

Reflejos del Centre Pompidou de Málaga. Enero 2018

Estos días, bajo el cielo azul de los poetas, rodeada de jóvenes con la inquietud de mejorar y seguir el camino que los hiciera grandes; una se ha dado cuenta de la importancia que tienen sus pasos aunque no sea nadie. De la labor que hace día a día y de la inspiración que pueden suponer sus palabras. El recomendar que sueñen con los ojos abiertos hace posible que luchen, el decirles que el sueño sea solo reposo porque pueden hacerlo todo despiertos. Todo ello hace que los colores que hemos utilizado para pintar el cielo se reflejen en el suelo, creen luces nuevas, y ya serán otros tonos los que lleguen a ellos verdaderamente, pasando sus filtros y haciéndoles pensar. Recordando la premisa de Mairena que pensar no es lo mismo que haber leído; sino consecuencia, en realidad, de haberlo vivido.

Andalucía tiene un cielo distinto, puede que sea la combinación de su azul con los naranjos la que le regale esa luz; pero ha sido allí, en mis primeros pasos en el sur, donde he visto que no hay que dejar de avanzar. Ya no por lo que pudimos llegar a ser y no somos. Sino que hay que seguir construyendo a ese apócrifo que cada día va a clase; hay que darle forma, moldearlo, iluminarlo de colores, porque ese personaje no deja de ser más que el reflejo de nosotros mismos. 

Alcazaba. Teatro Romano de Málaga. Enero 2018

lunes, 8 de enero de 2018

El del neón

“Este pueblo está maldito. ¡Vete!, vete y no vuelvas nunca. Y si algún día te da la nostalgia y regresas, no me busques. No toques a mi puerta porque no te abriré. Busca algo que te guste, y hagas lo que hagas, ámalo; como amabas la cabina del Cinema Paradiso cuando eras niño”. 
Alfredo, Cinema Paradiso (Italia, 1988).

Todos necesitamos de un mentor, de una mano que nos guie, de alguien que ilumine los pasos y nos enseñe a amar de verdad. Todos deberíamos tener ese maestro que nos instruya a querer algo con los ojos cerrados, que hiciera que perderíamos el miedo a avanzar, que nos empujara a ser grandes, a llegar a lo imposible. Como hizo Alfredo con Totó. Como le enseñó a gozar de las historias en pantalla, como lo arrojó a vivir aconsejándole que no se dejara engañar por la nostalgia. “No mires atrás, Totó, no regreses, no llames, no escribas.


En algún momento de nuestras vidas aparece, lo reconocemos a la legua. Como si llevara un cartel de neón que tan solo vemos nosotros, “yo soy”. Sabemos entonces que ese personaje de nuestra película nos arrullará cuando haga falta, nos mostrará las lecturas que no debemos perdernos, nos aconsejará en cada historia de la que seamos protagonistas; estando él allí, siempre. Nuestro Alfredo, está ahí.

Dicen que Cinema Paradiso es una oda al cine, pero es mucho más que eso. Es la muestra pura de la nostalgia, la infancia, la necesidad de ese guía, del maestro, del que nos da la mano hasta el último momento. Es la decadencia de los recuerdos, cómo vamos llenando la caja con ellos. El punzón de la tristeza que un día viene, también de la misma mano, cuando se abre la caja de nuevo.

Debemos identificar ese “yo soy” del neón. Debemos agarrar firmemente su mano. Dejarnos guiar y aprender todo lo que nos brinde, llenar la caja como hizo el pequeño Salvatore. Solo conseguiremos que rebose viviendo intensamente, aprovechándonos al máximo de esa mano que nos sujeta, aprendiendo de ella. No desechando ni una migaja de sus enseñanzas, porque la vida no es como la que vemos en el cine, la vida es más difícil.

La película termina con el mejor final imaginable. Con el regalo que tan solo puede hacer el mentor del neón, imposible si no es suyo. Inevitable estremecerse, no dejarse llevar o sentir como si fuéramos Totó ante la pantalla. Porque estamos acostumbrados a desechar lo que más queremos, a perder lo que necesitamos, a no valorar lo que nos admira de verdad. Porque somos tan salvajes que lo primero que hacemos para comer una manzana es destrozar y tirar su corazón a la basura. 


lunes, 1 de enero de 2018

Un tazón de luz


No me gusta hacer balance del año que se acaba. No me gusta hacer listas de los mejores libros, ni de los mejores momentos, los mejores cielos o las mejores luces… No me gusta. Porque, como decía Luis García Montero: “Recorrer la memoria de las habitaciones es provocar la niebla del interrogatorio”. Preguntarse es cuestionarse o exigirse justificar el porqué de todos y cada uno de los instantes vividos. Ya pasados, son memoria, quedan tal y como están. Nos acompañarán bajo el título del año que dejamos atrás, hayan sido espléndidos o humildes. Organizan, por ellos mismos, carpetas en nuestro álbum de nostalgia. Tan solo habrá que seleccionar el organizar-por fecha ver-iconos grandes y lo tendremos todo a disposición. ¿Para qué a estas alturas obligarnos a confeccionar una lista? ¿Para qué ponernos el foco del por qué?

No soy de enumerar propósitos a cumplir ni de ponerse retos para las semanas venideras del año recién estrenado. No lo soy. Porque el día a día ya aprieta lo suyo como para marcarse metas a alcanzar desde la niebla del día 1, donde todavía no se vislumbra el camino. No voy a decidir, sino a caminar firme sobre las baldosas nuevas.

Empieza un calendario distinto. Semanas que no pararán una tras otra y en las que deberemos vivir intensamente cada segundo. Nada vuelve. Para ello es necesaria la claridad con la que vivimos esos instantes y por eso mi deseo para el 2018 es un buen tazón de luz para todos. Que vivamos con el ímpetu del no retorno cada desayuno y cada merienda. Que demos la mano tan solo a aquellos que alumbren las habitaciones, que miremos a los ojos nada más a los que nos ofrezcan el tazón iluminado. Luz, solo eso, para el año nuevo. 

lunes, 25 de diciembre de 2017

La bruma del exilio

"Yo no sé cómo acabará esto -nuestro exilio, si es que puede acabar-, pero en el mejor de los casos, la destrucción cotidiana nos está dejando irreconocibles.
Rosa Chacel

Helsinki, diciembre 2017.

Imagino a Rosa Chacel escribiendo a Ana María Moix. Una carta por Navidad, tal vez una postal desde Brasil, años 40. Pensando en la nieve que debía haber en su Pucela natal. Escribiéndole sus mejores deseos desde el exilio, desde el abandono, desde un lugar tan lejano a lo familiar. Mientras, allí, fuera del hogar escribiría ya Teresa o las Memorias de Leticia Valle.

Visualizo las Navidades en Miami de Juan Ramón Jiménez. Cómo su mente recrearía las casas blancas de Moguer a tantos miles de kilómetros, la añoranza de su tierra, del calor de su chimenea. Pero él contaba a su lado con la calidez de Zenobia. La marcha con amor hace más tierno el desamparo, aunque estuviera siempre acompañado de una tristeza infinita.

Unos pudieron volver a casa, como el turrón; otros no. Emilio Prados ya murió en México, no volvió al hogar ni una nochebuena más. Y algunos volvieron sin ser los mismos, como María Teresa León. Regresó, tras 40 años, con la mirada perdida y sin ser nunca consciente del todo de haber vuelto. Como dijo Sebald, la extrañeza no solo venía de fuera. No solo era el hecho de estar alejados de lo cotidiano, sino el exilio interior que hacia mella en ellos con la incapacidad de adecuarse al propio hecho de vivir. Al destierro se unía el desarraigo existencial, la pérdida de uno mismo incluso edificando una vida nueva allí donde estuvieran, aun construyendo una familia, aun en la armonía de ver aumentar su creación literaria, aún así su cabeza se perdía.

A los del exilio exterior, a los del exilio interior… vivamos estos días como bien podamos, regresemos o no.

lunes, 18 de diciembre de 2017

Los ojos de mi abuelo

Mi abuelo murió ciego. Terminó la vida con el tacto de sus manos en mi cara. Reconociendo los rasgos de su nieta con sus dedos y no con sus ojos. Ojos que se volvieron blancos, impolutos, por la tristeza. A medida que apagó su luz, sus ojos se entelaron. Siempre he pensado que ya no quería ver más, que deseaba tener los ojos cerrados aun teniéndolos abiertos. Dejó de mirar, pero lloraba igual.

Recuerdo la bisabuela ciega de Sara Herrera Peralta. Su maldición a las herencias tristes. Yo también las maldigo. La tristeza de morir sin ver el cielo, tal vez por eso no deje yo de mirarlo siempre. Para ser sus ojos y absorber todo el azul. Porque el cielo no se palpa como la cara o las manos de una nieta.

Recorrí Finlandia estudiando sus cielos. Cómo aparecía el tímido sol, allá a lo lejos. Y en una hora se encendía como una llama para irse yendo de nuevo. Un espectáculo para los ojos. Para los míos una bendición. Estar atenta permanentemente a la luz, a sus cambios, a su brevedad. Calcular sus tempos. Comprobar cómo su furia roja, en el momento álgido del día, se marchaba sigilosamente para dar paso a la noche de nuevo. Un anochecer de un azul intenso y luminoso, aún con los rescoldos crepitantes, seguro. Ahí también pensé en él. Entre la nieve y el fuego, como su claridad y sus tinieblas. Los cielos nórdicos me llevaron a las contradicciones de mi abuelo. A 4000 km le expliqué todas esas nubes nuevas.    


    
Lo que vemos ahí arriba es siempre pura inspiración. El duende que diría Lorca, no el ángel o la musa, no, el duende. El que viene de dentro, de nuestro interior, la magia que nos enciende todo lo que sentimos. Como dijo el poeta, el fuego con el que ardió el corazón de Nietzsche era el duende. Estaba convencido de ello, que era el dolor mismo, la conciencia hiriente de lo trágico; pero que a su vez también era la compensación a toda contradicción, a nuestra lucha. Igual que el cielo finlandés. Hielo y brasas, fundidos en un suspiro. Una hebra en el horizonte que te obliga a admirar esos cambios inminentes de luminosidad. Si no eres ciego es inevitable vivirlo, si no eres ciego.

Regresé observando la cantidad de fotografías de paisaje aéreo que había hecho. Contemplé los diferentes tonos, la variedad de su luz, el hilito ardiente en la lejanía… y me di cuenta de lo que había vivido, de las nubes que había cazado para mi recuerdo, como Emilio Prados. Y me dije que me quedaría para siempre con esos días azules y ese sol de… 




Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...