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lunes, 22 de mayo de 2017

Contra todo florecen los almendros


Este fue el primer poema que leí de Ben Clark. Llegó a mis manos incluido en una revista de literatura, no la localizo, me perdonaréis. Recuerdo el impacto causado, la emoción y la lágrima ante ese “… y tú eras de las noches cuando se iba la luz; la vela amable y milagrosa tú, mi mundo mago” Me llegó de tal manera que ahí empezaron también los versos bordados. Desde entonces, hace ya más de dos años, Ben no se ha ido más.

Como me ha recordado estos días la lectura de Arroz Montevideo, de Sara Herrera Peralta, Cocteau decía que “poeta es quien escribe sin escribir”. Ben hace más a o menos eso, es poeta, pone voz a aquello que sabemos que sentimos pero para lo que no tenemos palabras. Pone voz a la inquietud, da sosiego al agujero. Siempre se ha dicho que el lector de poesía hará suya la interpretación del poema, que este hablará para él, dirá lo que quiere y necesita leer. Algunos no lo consiguen, él sí.

En La Fiera nos rescata del letargo, nos hace reconocer aquello que duele y que aun así seguimos esperando. Consigue que abramos los ojos para darnos cuenta de que aquello que perseguimos en vano toda la vida, tal vez llegue, pero no perdure. Que, tal y como decía Joan Margarit, los principios nada tienen que ver con los finales. Que la fruta se pudre, la flor se marchita, el arco iris se desvanece. Y cuando se ha sentido ese desgarro, cuando ha dolido, leer a Clark hace que una asienta verso tras verso y diga que sí, que tiene razón. Que ya nada vuelve a ser como hace unos segundos.

Los últimos perros de Shackleton es un viaje a lo imposible, sin rumbo pero sin miedo, el triunfo del amor ante la adversidad. Recordemos lo dicho, todo se diluye, pero si el momento vivido es intenso, queda grabado en el hielo para siempre. Pertenecer al diminuto imperio del aliento de Sir Ernest Henry Shackleton. Tener la necesidad de buscar su vida y comprobar, como dice Ben, que su historia es la metáfora misma del amor. En estado puro. Porque resistimos, conquistamos, y así nos lo hace creer página tras página.

Los hijos de los hijos de la ira, recientemente reeditado por Delirio tras doce años de su publicación, nos devuelve el joven poeta social. El que clama al cielo por los hijos de la bonanza, los que no conocimos la hambruna, ni la guerra, ni la necesidad. Esos hijos que también descubrimos el sufrimiento y el dolor, pero sin temer a las bombas. Esos mismos, los que llevábamos en mano la navaja muda, afilada para cortar la carne, para helar con los ruegos los geranios. Ben en esencia, pero lejano al del 2017. Él pero otro, con tanto por vivir.


Paralelo al poeta está el traductor. Acercándonos a George Saunders con dos colecciones de cuentos del narrador estadounidense, aquí a mi vera y aún por descubrir. De Anne Sexton nos tradujo sus Poemas de amor. Brindándonos imágenes ardientes, sensuales, emotivas. Escribiendo para nosotros el deseo procedente de una lengua que viene de unos labios, entreabiertos, medio animales… como toda pasión, como dos tijeras que se juntan para cortar.

Junto a Borja Aguiló alinearon a los poetas muertos en la I Guerra Mundial, aquellos que se llevaron el don de la palabra a las trincheras. Mediante este trabajo, Tengo una cita con la muerte, descubrí a muchos de ellos, indagando en sus biografías y enamorándome de Edward Thomas. Azares de la vida, el traductor de la Poesía Completa del poeta de guerra inglés fue Ben Clark, precisamente. Más de cuatrocientas páginas llenas de magia, de lucha, de perseverancia… de proclamar a los cuatro vientos cómo no muere todo aquello que primavera tras primavera es aprendido y cantado por los tordos. Pena la mía desprenderme de esa joya para devolverla a la biblioteca. Ese ejemplar de Linteo con Thomas y Clark, acabará siendo mío, anotadlo en vuestra memoria.

Todavía quedan páginas del ibicenco por descubrir. Palabras que volverán a emocionarla a una como si fueran partes de un diario. Como si pudieran ser transcritas para expresar lo que pensamos los lectores. Era necesario un post sobre su poesía para que vosotros, ahí al otro lado, no os perdáis lo que también os puede hacer sentir. Para que permitáis que aparezca la fiera. Para que aprendáis a amansarla y os dejéis llevar por su palabra…  


lunes, 15 de mayo de 2017

La luz de Maravillas

"Es tanta la melancolía que hay en esos tejados por donde andan los gatos que uno siente que tienen que gritar. Nadie se atreve a gritar de melancolía: solo los gatos."
Elena en Barrio de Maravillas. Rosa Chacel.


Me llamaron mitómana mientras tomaba esta fotografía. Según la RAE un mitómano es alguien que tiende a mitificar o admirar exageradamente a personas o cosas. No creo yo que sea mi definición, pero sí, tal vez, a los ojos de muchos. Desde que leí Barrio de Maravillas quedé prendada de Chacel, lo sabéis. Me adentré en una manera de contar los hechos que me llenó de admiración. Me resultó fascinante, como ya os expliqué en mi relato de Teresa, la manera en que Rosa describía cualquier situación. Por pequeño que resultara el suceso, por simple que nos pareciera, ella era capaz de llenar treinta páginas con un rayo de luz, un jarrón de narcisos o un descender río abajo explicando tan solo la respiración. Por eso la admiro, por su sencilla forma de brillar.

Buscar esa casa, esquina entre las calles San Vicente y San Andrés, era recrear por un instante los cientos de veces que Elena e Isabel suben y bajan las escaleras en la novela. Imaginar allí a Rosa, en esa misma calle, en uno de esos balcones. Mirando al cielo, como hice yo, y cogiendo el lápiz para acercarnos a todos los lectores, no tan solo la pincelada del Madrid de la época, sino para crear una novela mental, de intimidad mental como bien dijo Luis Antonio de Villena. Una novela de amistad de dos almas como las de esas niñas del Barrio de Maravillas.

La novela centrada en la evolución de sus dos protagonistas, en la luz, en los olores tristes. La novela de la ceremonia previa a la visita al Museo del Prado. Pidiéndole permiso a la luz para utilizarla, para estudiar cada rincón de las pinturas, para empaparse del arte y llevárselo de vuelta. Descubriendo el mundo, analizando cada pintor por cada trazo que hiciera. La novela de “la añoranza de lo que se anhela, no de lo que se tuvo, sino de lo que tal vez se llegue a tener…”.

Por eso no creo que sea una mitómana, porque no exagero. Porque debía ver dónde imaginó Chacel que vivían esas dos criaturas que me atraparon en sus páginas. Debía ver qué podía haber recordado ella de su vida allí, entre el 1908-11, para escribir años después sobre ese cielo. Y ahí el desaliento del hallazgo, entonces sí hubo un olor triste. Descubrir una casa descuidada, donde la gente que reside tal vez ni se haya dado cuenta de la placa que preside el edificio. Viejo, sin alma, faltado de aire y de sonrisa. ¿Quién debe vivir en el mismo piso que lo hizo ella? ¿Habrá salido al balcón y habrá pensado en Elena o Isabel? ¿Habrá indagado dónde se ubicaba antaño la farmacia de Luis? ¿Habrá buscado el viejo cuarto en que cosía la madre de Isabel para todos los vecinos? ¿Existía de verdad? Seguro que pocos de sus residentes se han hecho esas preguntas.

Visitar las casas de nuestros escritores no creo que deba considerarse mitomanía o fetichismo. Es una manera de profundizar en sus historias. Tras la lectura de Vidas ejemplares de Javier Marías o Retratos literarios de Laura Freixas, una se da cuenta de lo importante que es saber quién hay detrás del que mueve el lápiz, de ello dependerá lo que nos descubran sus líneas. Por eso debía acercarme, para rendir homenaje a la pucelana. Para comprobar cómo entraba la luz en esa esquina. Para corroborar que, ciertamente, nadie grita de melancolía. Tan solo los gatos de los tejados se atreven. 

lunes, 8 de mayo de 2017

Mesa puesta. Swapetines 2017 (V)

Alrededor de una mesa cargada de comida se nos han declarado, nos han dejado, han dicho que se iban para siempre. Hemos presenciado discusiones entre el resto de comensales, ante las que nosotros estábamos atentos tan solo al plato, contando macarrones o dando vueltas a la sopa. Disimulando como si nada se escuchara, como si no se viera, haciendo ver que no estábamos ahí aun el tintineo de nuestra cuchara. Sentados ante el mantel de cuadros, o de flores, ante ese hule perpetuo que protegía la mesa, hemos presenciado momentos inolvidables de nuestras vidas. Celebraciones, brindis, comienzos. Hemos aprendido a hacer silencio y a tragar el menú, pero no la saliva.

Muchos de nuestros recuerdos rodean una mesa. Se desprenden de la memoria los momentos desde el ponerla, el sentarnos, el pasar el pan hasta llenar las copas. Envueltos en el vapor del vino nos explicamos las jornadas, compartimos nimiedades o decidimos el futuro. Todo, ahí sentados. Es el final de un ritual, de una rutina que nos abraza todos los días. Decidir el qué, cocinar, disponer los bártulos, localizar siempre la misma ubicación para cada uno, sin preguntar. Platos llenos e intercambios de miradas. Todos los días.



El cine ha querido rendir homenaje a esos momentos, frente a frente entre manjares, en numerosas ocasiones. En las dos que yo me quedo aparece Marion Cotillard, nadie mejor para esos instantes de tensión manteniendo en el aire las miradas. Nadie. Una de ellas es Pequeñas mentiras sin importancia. Narra la reunión de un grupo de viejos amigos tras tiempo sin verse, con el silencio que supone el vacío temporal. Surgirá la tensión y con ella las confesiones. Película que va con diálogos del desayuno a la cena. Intensos, pero para vivirlos sin contener la respiración, recordad que estamos entre bocado y bocado. La segunda es Solo el fin del mundo.  Xavier Dolan vuelve a tocar la fibra con este reencuentro familiar. En torno a la mesa reviven los reproches y las discusiones almacenados durante más de doce años. Aparece ahí el malestar del abandono. ¿Por qué será que todo se guarda y se deja ir entre platos? ¿Por qué será que cuando quedamos, sea con quién sea, lo hacemos para sentarnos a comer? Tal vez por la disposición, o tal vez por saber que cuando uno se sienta deben pasar el primer plato, el segundo, el postre y el café, para uno levantarse. Lo cual implica un tiempo de obligado asiento y por lo tanto de escucha.



La literatura tampoco se ha perdido dichos momentos. Durante esta edición de Swapetines he ido desde las recetas, al horno y la merienda, para acabar aposentada. Y es que ya tenemos la mesa puesta y el paquete entregado hace unos días. He querido durante todo el proceso que fuera culinario a la vez que literario. Por eso he compartido con vosotros, y con él secretamente, los textos desde la cocina.  Finalmente, creo que mi sevillano me descubrió antes de tiempo. Me ha encantado tejer para él y crear esta atmósfera gastronómica en todos los posts y también en su paquete. Los calcetines, aunque era un patrón sencillo, han sido tejidos con la minuciosidad de cada uno de los ingredientes. Las galletas típicas junto a su caja. Y como regalo sorpresa ese diario de recetas para tener las de cinco años, día a día, registradas.
Se termina la edición con este post final. Mesa puesta, regalos hechos. El postre ha llegado a tiempo. De Lleida a Sevilla. Feliz de haber sorprendido a Jose con este olor y este calor que salen del horno y van directos a 1000km de aquí. 

lunes, 1 de mayo de 2017

Horizontes como labios



Anne Michaels escribe fotografiando en palabras cada momento. Cada sentimiento o los múltiples recuerdos se le agolpan como imágenes completamente nítidas. Lo que más me gusta de su poesía es cómo recupera cada mínimo detalle del día. Cómo no deja escapar el peso de la bolsa de naranjas, el dibujo de los pájaros en el cielo, el color que deja en el mundo la lluvia, ese agua que permanece tras la tormenta. No es solo llover, es qué implica que llueva; tanto fuera como dentro.

Siempre he creído que esas pequeñas situaciones cotidianas deben llenarnos antes de acostarnos. Una media sonrisa, un alzar la ceja, una mirada furtiva, un mensaje de buenas noches que te arropa antes de cerrar los ojos. No perderse el agua rosa tras lavar las fresas, el elegir color de las pinzas cuando tiendes la ropa, el reconocer un perfume en plena calle y recordar una persona por su olor. Memorizar unas manos, pensar en un verso tan solo mirando al cielo, ver en él el tono ciruela que ve Anne.

Estar presente en cada momento, por simple que parezca, hace que se grabe a fuego en la memoria, como si fuera un tatuaje para siempre. Recordar un zumo de piña a una hora concreta, una caricia con una luz determinada, un ronroneo que acompaña a una lágrima. Eso hace ella tanto en El peso de las naranjas, como en Miner’s Pond o en Buceadores de la piel. Punzar al lector, hacer que pare el mundo y que piense. Detenerse y reconocer el poder de cada instante para ese álbum que vamos forjando. Hablar del amor desde la vista que se comparte tras la ventana, del temor que es como una manzana más dulce allí donde se recoge la luz, bajo la piel.

La importancia del legado familiar. Los abuelos, la herencia intrínseca en la mirada; los hermanos, nuestros nexos al presente. Cómo poder evitar relacionarse una con todos esos vínculos. Poemas largos, eternos, historias en verso detallando cada segundo. Creando imágenes línea tras línea, una visualiza lo que escribe la canadiense como si se tratara de una fotografía. Leerla es una delicia para los sentidos. 

¿Y por qué hoy este post? Porque me llegan las 36 primaveras. Porque las páginas de momentos van cargadas. Porque memorizo las palabras, el brillo de los ojos y hasta la manera de tocarse los dedos cuando uno está nervioso. Porque me gusta reconocer el momento exacto en el que Vic va a bostezar y que me saluden los alumnos por los pasillos con una simple sonrisa. Porque llegaba este día y había foto con Obi, hoy ya no. Porque recuerdo siempre la cantidad de pueblos del Pirineo que en esta festividad están de romería hacia su ermita. Como el mío. Porque echo de menos a mi hermano en mi cumpleaños. Porque cada pequeño gesto, hoy y el resto de días, cuentan, suman y hay que vivirlos con la mayor intensidad. Ni que sean segundos, roces o susurros. Mejor, siempre, poco que nada. Porque Anne tiene razón y los pájaros vuelan sobre nuestras cabezas creando una línea en el aire, como una cicatriz que se mueve. Y como ellos, llevamos cada año de nuestra vida dentro del cuerpo. Nuestra sangre es tiempo. Y hoy, yo, sumo tiempo. 


lunes, 24 de abril de 2017

El café de Orwell

Larga es la lista de escritores, periodistas, fotógrafos, pensadores, escultores, pintores… Hombres y mujeres venidos de todo el mundo que se agolparon como voluntarios en el frente durante la Guerra Civil. Gran parte de ellos desconocidos aquí, otros, parte de nuestra historia literaria previa y aún con más cariño después.

La ilustradora británica Felicia Browne se alistó en el ejército republicano en verano del 36. Perdió la vida en su primera misión y nunca más tuvo en sus manos el grafito ni el carbón vegetal. Se sabe que fue inspiración para García Lorca y hoy en día sus dibujos se pueden ver en el Tate Britain de Londres. John Cornford, poeta británico, también falleció durante nuestra guerra. En sus meses como brigadista no cesó de escribir poemas a MargotHeinemann, historiadora también británica, de la que estaba perdidamente enamorado. Nos quedan sus palabras como testigos. Kati Horna, fotógrafa húngara, una de las pocas mujeres que retrataron el frente, no solo sacó su cámara Robert Capa. Consiguió salir con vida y se exilió a México. La escritora holandesa Fanny Schoonheyt, el poeta surrealista francés Benjamin Péret, la pensadora francesa Simone Weil… hasta Eric Arthur Blair, nuestro conocido George Orwell. Todos ellos, junto a otros muchos, conocidos o no, tienen en común que coincidieron en el mismo frente de combate durante la Guerra Civil. Compartieron terror en el frente de Aragón, vivieron la Huesca sitiada, lucharon de Siétamo a Barbastro.



El 17 de febrero de 1937 Orwell llegó al frente aragonés alistado en las milicias de POUM. Allí, aunque tuvo un permiso durante el que visitó Barcelona, estuvo hasta el 20 de mayo. Fecha en la que fue gravemente herido. Pasó por los hospitales de Siétamo, Barbastro, Tarragona, incluso en Lleida estuvo cinco días. Pero, dada su gravedad, fue trasladado al sanatorio Maurín de Barcelona. Tras su recuperación, el 23 de junio, decidió salir del país junto a su esposa, Eileen O'Shaughnessy, prometiendo ese famoso café en Huesca si volvía a España. Entre el mes de julio y diciembre de ese mismo año escribió su famoso Homenaje a Cataluña, que bien podría haber sido también un Homenaje a Aragón… Pero supongo que lo vivido durante los Hechos de Mayo, en uno de sus permisos a Barcelona, dejó a Orwell una deuda literaria con los catalanes. No regresó nunca y no tuvo lugar ya ese café.


Recuperé todos estos hechos con mi visita a la exposición “Orwell toma café en Huesca”. Retrospectiva de su estancia en el cerco oscense y de sus idas y venidas a Catalunya. Múltiples documentos del escritor mezclados con datos y material original de esos años en la zona aragonesa. A una la remueven y hacen que recupere parte de su pasado. Mi abuela dejó el Pirineo al comienzo de la guerra para ir a Barcelona. Allí empezó a trabajar como parte del servicio de una familia adinerada. Mi abuelo, con el que ya festejaba, se quedó en el frente. El mismo frente que compartieron Orwell, Capa, Browne, Cornford u Horna. Tal vez a su lado. Esas trincheras albergaron momentos inolvidables en la vida del Joaquín que todos conocimos, instantáneas imposibles de borrar, cicatrices que nunca acabaron de cerrarse. Igual que el escritor fue herido y trasladado a Barcelona. Puede que compartieran vagón hospital hasta la ciudad condal, quién sabe. Quizá mi abuelo nunca me contó, nunca le pregunté, y sabía tantas cosas… Una vez recuperado fue en busca de mi abuela y, aún sin terminar la contienda, decidieron casarse en Barcelona, antes de regresar al Pirineo ya en tiempos de paz.

Puede que a la vuelta, si Orwell también lo hubiera hecho, hubieran hecho ese café en Huesca. Tal vez. Nunca sabremos si coincidieron las fechas en la misma zona, si vivieron parte de ese terror a pocos metros uno del otro. Quedará en la oscuridad porque no llega a la memoria lo que nunca ha sido transmitido. Yo sí hice ese café en Huesca recordando a mi abuelo a cada paso y llevándolo conmigo. Como decía Orwell “Los mitos que son creídos tienden a convertirse en verdaderos”, nos creeremos pues que compartieron cielo.  


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