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lunes, 9 de julio de 2018

Lo que sujetamos en el último recuerdo

“Ahora eres muy parecida
al olor de tus flores
aunque ninguna de ellas
sea tan frágil como tus piernas
porque sigues aquí
tendida y rígida en la habitación
como si siempre hubieras sido así
pulida y milagro
incansable carrusel casi a cámara lenta.”


Mi abuela dejó de hablar cuando yo empezaba a tener uso de razón. A veces pienso que los recuerdos que yo tengo no son míos, sino escuchados a mis tías o a mis primos. Rememoro escenas, pero tal vez solo lo he visto en fotografías. No recuerdo su voz, ella no me vuelve con sonido. Le dio una embolia y quedó paralizada. Muda, ausente, postrada. Con los ojos siempre abiertos, la mirada emocionada pero silenciosa el resto de sus días.

Tras ella aparecieron otros seres con el mismo sigilo, igual de cercanos. Algunos de ellos sí los conocí ruidosos, otros ya vinieron con las sombras a cuestas. Situación dura, a la vez que curiosa, ver el brillo en sus ojos, la lágrima por la sorpresa, el miedo en el fondo, el espanto. Todo ello en el más absoluto mutismo.


Leyendo La paciencia de los árboles de María Sotomayor, ha regresado la sensación de impotencia. Aquella imagen de mí misma, justo ahí delante de ellos, reconociendo en su mirada las palabras que no son capaces de pronunciar desde la cárcel en que se encuentran, “… un corazón ardiendo dentro de una habitación sin llave.” ¿Desde cuándo están enjaulados? Cada vez más borrosos los recuerdos de su ligereza, de su agilidad, de su voz. Porque todo es sustituido por los objetos punzantes que han llenado su cabeza, por la dificultad que supone seguir viéndolos en esos cuerpos abandonados, identificando la vida en el temblor de sus manos cuando les hablas. Porque sabes que en el fondo siguen siendo ellos, pero que… lo difícil del paisaje / está en continuarlo / cuando está seco.

“Es cierto que la soledad es siempre / lo que sujetamos en el último recuerdo”. Qué será lo último que recuerdan, si es en eso en lo que fijan su cuerpo, cuerpecito minúsculo en el que se han convertido. Cuerpo rígido, dominado por la tensión, que se queda solo en la piel y en el recuerdo. Difíciles de mover, de orientar, de darles paz. Gorriones que ya no vuelan, cuerpos extraños en los que nos exigimos reconocer las voces que en su día estaban con nosotros. Esas personas siguen en una guerra de la que no pueden salir. Y yo estoy convencida de que dentro continúan sintiendo, pensando, escuchándonos y su lucha está en que nos llegue que están vivos en su interior, y la nuestra en asegurarles que seguimos ahí aunque el cuerpo se llene de pupas / que son agujeros con un nombre parecido… porque solo los que te aman duro se quedan a tu lado.

lunes, 2 de julio de 2018

No es el mismo ningún día

El verano es un paréntesis cruel. Es un tiempo de sal, de sol y de meriendas. La rutina se atenúa y una debe reaprender a organizar los momentos que no vuelven. Hablar con gente distinta, hacer planes imposibles en invierno, lecturas más espesas porque hay tardes de sobras, jornadas que parecen infinitas porque la luz se resiste a abandonarlas. He dicho cruel porque supone un esfuerzo de vivir como si lo establecido no existiera, como si todo se hubiera desvanecido y la nueva dimensión exigiera algo nuevo. Siempre exigiendo.

Szymborska decía que “nada sucede dos veces / ni va a suceder, por eso / sin experiencia nacemos / sin rutina moriremos.” “No es el mismo ningún día, / no hay dos noches parecidas, / igual mirada en los ojos, / dos besos que se repitan.” La polaca tenía razón. Aún más en verano, porque hay otros meses que pueden ser similares, pero estos dos no. Estos, no. Nos cambian las personas con quienes compartimos los días de horarios. Desaparecen, se esfuman con las olas. Los arrastra la brisa y son engullidos por las horas de sol. No se ven, no se escuchan. Ni las caracolas nos acercan los susurros. Nada. Los del verano son diferentes, tal vez otros que no han aparecido durante el curso. ¿Dónde estaban escondidos? ¿Por qué aparecen ahora? Solo ahora. Luego, también se irán.

Es tiempo de nostalgia. De recordar los veranos de la niñez, en los que daba ilusión perder de vista lo cotidiano para abrazar lo que esperábamos todo el año. Vuelven los recuerdos de los que ya no están. Los de la boina, la de los ositos en el bolsillo del delantal, la de las tostadas de pan con mantequilla. Regresan las tardes de Tour de Francia, la persiana casi al límite para ocultarse del calor, los helados de madrugada. El correr por callejuelas del Pirineo durante la siesta, espacio sagrado de silencio que nosotros nos guardábamos en el bolsillo por ser nuestro mientras todos dormían. Cesaban las cartas, el estío no daba lugar a la correspondecia, porque estabas con aquellos a quienes escribías. Con el bochorno de esos días se hacían reales los remitentes del invierno. Esos eran los que sustituían a los de la rutina. Esos.

Ahora con el frío tampoco hay cartas. No vienen los remitentes porque no existen. Se escurren los habituales y aparecen brutalmente otros, los sustitutos. Con los que compartir los días eternos, las puestas de sol, la marca del bañador, la picadura de la ortiga a la que llenar de barro; porque la de las tostadas nos dice al oído que es el mejor remedio. La ropa se seca en un suspiro, las plantas se ahogan, los libros se suceden contando los días que pasan de esos dos meses crueles. Meses crueles que han engullido a todos los borrosos con los que compartimos la vida.

Foto: Esther Martínez Borobio. Charles River, 7 de abril de 2011.

lunes, 14 de mayo de 2018

La forma de todos los fantasmas


“… hay aguas que es mejor no remover, lugares a los que es mejor no entrar, que no todas las historias tienen por qué ser contadas, que escribiendo no siempre se gana, que a veces también naufragamos ante el dolor de los demás”
Miguel Ángel Hernandez, El dolor de los demás (Anagrama, 2018)


¿Dónde empieza el dolor de los demás a ser el nuestro? ¿A partir de qué momento nos pertenece ese sufrimiento? ¿Podemos hablar, escribir, sentir… cuando ese lamento no lleva nuestro nombre? ¿Tenemos derecho a revivir a los muertos de los demás? ¿Quién o qué determina que son nuestros también? ¿Podemos compartir ese dolor?

Dejamos que nos domine el pasado, que tomen forma los fantasmas en nuestros sueños aun estando despiertos. Somos capaces de alzar muros y aislarnos como si no hubiera ocurrido, pero el poso sigue ahí. Podemos auto engañarnos, crearnos vidas de mentira para ir tirando, como esperan que hagamos; fingir un hogar y una huida planeada y consistente. Pero el dolor permanece y como dice Hernández “la memoria es una cuestión de escala” y cuando cae la venda, el aguijonazo se vuelve fresco, como el primer día, y la magnitud cambia de tamaño.



El dolor de los demás no solo trata de la Nochechuena de 1995 en que su mejor amigo mató a su hermana y se suicidó. Sino que habla de la necesidad de crecer, su salir de la huerta; la urgencia de huir de los mismos movimientos, las mismas sombras, del mismo cuerpo de las cosas. Ya no es solo identificar tus propios dolores de los demás vividos, también es saberse identificada en un núcleo familiar, en un emerger hacia un futuro distinto al impuesto. Es leerse a una misma en afirmaciones del murciano. Afirmaciones que una se ha dicho, para sí seguramente, en momentos de su vida. Instantes en que ha sentido punzadas similares.

Hace unas semanas hablaba de los que ya no están. De nuestros muertos, ahora ya no sé si “nuestros” o de quién. ¿Quién determina su propiedad? Explicaba cómo escondemos todo lo malo que hicieron en vida, cómo queremos creernos tan solo lo bueno que vivimos con ellos. "La imposibilidad de cambiar nuestro punto de vista sobre las cosas, o la toma de conciencia de que hay emociones que es difícil sustituir por otras…" Así lo dice Miguel Ángel y así es. De los muertos, y de los vivos que queremos, solo nos esforzamos en ver lo que nos permite no fustigarnos.

Por eso, en ocasiones, remover las aguas duele. Por eso, que las remueva Hernández para él, ha supuesto que el temblor también nos sacuda a nosotros, los devoradores de su historia. Por eso, le agradecemos que lo haya hecho en nombre del resto. Porque ha vuelto a ponernos parte del pasado en el presente y aunque hayamos tenido a la Rosi y al Nicolás aquí, en el cogote mismo, no debemos quejarnos porque no son nuestros. Es el dolor de otros, de los demás, que también es nuestro si nos hace mirar hacia abajo desde lo alto del barranco.  

lunes, 30 de abril de 2018

Un sueño dirigido


Tras la lectura de La muchacha Carla de Elio Paglariani una sigue paseando por las calles de Milán. Recuerda cuando las recorrió y le regresa la cantinela italiana mientras camina sobre sus baldosines dibujados. La vista mareada de mirar al suelo y al cielo para no perderse nada. De igual manera he dado los pasos sobre el guion de cine – poemario del italiano. Libro de un único poema que incluye desde los planos aéreos de la ciudad al detalle de las zapatillas de Carla. Que va de las primeras elecciones democráticas en Italia hasta las clases de mecanografía de la ragazza. Primeros planos o picados, perspectivas… junto a elipsis, metáforas, metonimias, símiles o enumeraciones.

Pagliarani fue un poeta del Gruppo 63, incluido en la Antología de I novissimi (1961). Esta antología mucho tuvo que ver con la que editó en 1970 Castellet, Nueve novísimos poetas españoles. Nos llegó la influencia que defendía, entre otros, Pagliarani de esas neovanguardias nacidas de la vida cotidiana. La primera vez que se publicó la historia de Clara Dondi fue en la revista Il menabò, dirigida por Italo Calvino y Elio Vittorini. Tras la cual recibió los elogios de Pier Paolo Pasolini, también poeta y director de cine. Y es que… ¿cómo desligar ambas artes?

Árbol azul. Málaga enero '18.

En el epílogo de la traducción, Ignacio Vleming, escribe una reflexión por la que estoy aquí. Cómo no vincular, en tantas ocasiones, el séptimo arte con la poesía. Muchos directores son poetas que plasman en imágenes esos versos que escriben, recrean en cada plano la figura retórica pensada. Apunta Vleming una cita de Buñuel y tras ella escribe un final magnífico para no acabar el libro ahí, sino para seguir con él.

“… como apuntó Luis Buñuel: “El cine es un sueño dirigido” y los sueños nos acompañan desde siempre. Ahora solo falta escribir la palabra FIN en la última página, y que cada uno recuerde lo que crea haber soñado”

Así son las películas poéticas o los poemarios cinematográficos, así sería La muchacha Carla en pantalla. Fotogramas que no dejan a nadie indiferente, y sobre todo, finales o conjuntos de imágenes que cada uno recordará de una manera distinta, llegándole un mensaje personalizado. Como lo efímero que se recuerda de un sueño recién despierto, como aquello que es tan vivo en el momento de abrir los ojos, de terminar la película, pero que luego se desvanece aunque lo agarremos con fuerza. Acaba desapareciendo.

A mucha gente no le gusta la poesía, tampoco le agraden entonces, seguramente, las películas que sean versos por analizar. Aquellas que requieran el esfuerzo de deshacer las figuras para entender el qué que existe tras ellas. Por eso los amantes de la rima nos quedamos con el cine de Aronofsky, Wong Kar-wai, Richard Linklater o cualquier película italiana que nos llene de música ese sueño. ¿O no son poesía películas como La fuente de la vida, Deseando amar, Antes delamanecer o Cinema Paradiso?

Y con ese sueño dirigido, como si pudiéramos decidir cada escena e ir llevando la vida al the end, mi película llega mañana a las 37 primaveras. Seguiré recordando, día a día, lo que crea haber soñado. Crearé la costumbre de dejarlo anotado, porque como dijo Pagliarani “las costumbres se van haciendo junto a la piel / así que todos tienen una si tienen piel.”

Reflejo en el cielo de Málaga. Enero '18.

lunes, 16 de abril de 2018

El arte de contar historias

Siempre nos mienten. Constantemente. Intencionadamente o no. Todavía no se lo digo por si al final no es, puedo esperar a contarle a que se acerque el momento, para qué decirle si va a sufrir antes de hora, ahora no se le puede preocupar… Maquillamos la vida con el colorete rosa, como si el tono pudiera mejorarse con los polvos. El que tiene en su poder el dolor, el que lo aguanta, el que no lo comparte y cree que lo hace de manera empática… Ese es el egoísta, el cruel, el salvaje. El que se cree con la fuerza absoluta de decidir el momento en el que tú sufras, en el que tú descubras, en el que tú sepas. Él ya sabe, tú no, depende de él que es el que sabe. ¿A quién no le han ocultado una enfermedad porque durante exámenes mejor no distraer? ¿A quién no le han callado una muerte por estar de viaje o simplemente conduciendo? ¿A quién? Manipuladores de nuestro sentir, de nuestra vida, los que retienen el dolor que ya es nuestro aun estando en sus manos todavía.

Visión de los Estudios Disney. Exposición en Caixaforum El arte de contar historias.

También están los que varían los hechos, aquellos del colorete, los que mejoran lo ocurrido para crear un rumbo de la historia “mejor” de lo que era en realidad. Ya lo hacían los trovadores cuando escribían sus epopeyas. Composiciones literarias en verso que contaban las hazañas legendarias de sus héroes, ¿o es que acaso creéis que era todo cierto? El propio Cid, sí sí el campeador por excelencia, también fue retocado. Todo lo que nos cuenta el cantar que le ocurrió al gran Don Rodrigo Díaz de Vivar en cinco años, en realidad sucedió en trece. Si ya nos engañaban, para nuestro bien ¡claro!, en el siglo XIV, ¿qué no harán ahora?

Walt Disney eran un gran maquillador, sombra aquí y sombra allá. Se le debe agradecer la recuperación de historias que no habríamos conocido, tal vez. Pero ante todo, y aunque sus relatos sean medio engaños, se le debe dar las gracias por contar la verdad tras la dulcificación. Era un gran contador de historias y le apasionaba compartir las proezas narradas en las crónicas de la historia norteamericana. Rescató leyendas que hubieran caído en el olvido de no ser por él, pero siempre intentó explicarlas con finales felices, distantes, la mayoría de ocasiones, de la realidad. Regresamos, entonces, al que tiene el poder del curso de las cosas en sus manos, he aquí otra vez el que manda sobre el qué saber y cuándo.

Boceto de Robin Hood. Exposición en CaixaForum El arte de contar historias.

Un ejemplo de ello sería el conocido Flautista de Hamelín. En esta leyenda alemana del siglo XIII, un pueblo infestado de ratas contrata a un flautista que es capaz con su música de hacer llegar a todas las ratas al río y morir allí. Una vez las calles limpias, no quieren pagarle sus servicios. El flautista, indignado, decide vengarse y con su melodía atrae a todos los niños del lugar y los lleva al agua donde se ahogan uno a uno. ¿Disney nos enseñó el final real de la leyenda en su recreación? ¡No! La dulcificó, nos brindó otra terminación para que no cundiera el pánico, para que todo fuera feliz. Como nos pasa continuamente, desde niños, el sonido de la flauta no toca nunca los acordes verdaderos. El flautista aguanta siempre nuestro dolor entre sus notas.  

Bocetos de La sirenita. Exposición en CaixaForum El arte de contar historias

(no os perdáis la exposición El arte de contar historias en CaixaForum, totalmente imprescindible)

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