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lunes, 17 de julio de 2017

El ruido de un trueno

“La lluvia continuaba. Era una lluvia dura, una lluvia constante, una lluvia minuciosa y opresiva. Era un chisporroteo, una catarata, un latigazo en los ojos, una resaca con los tobillos. Era una lluvia que ahogaba todas las lluvias, y hasta el recuerdo de las otras lluvias. Caía a golpes, en toneladas; entraba como hachazos en la selva y seccionaba los árboles y cortaba las hierbas y horadaba los suelos y deshacía las zarzas. Encogía las manos de los hombres hasta convertirlas en arrugadas manos de mono. Era una lluvia sólida y vidriosa, y no dejaba de caer.”

La lluvia de verano es distinta a las demás. Siempre nos sorprende sin paraguas. No hay cobijo para el torrente que cae sobre nuestras cabezas. A mí me hace pensar en los pobres hombres bajo la lluvia de Venus de este cuento de Bradbury. Goteo incesante sobre ellos, el constante gota a gota. Una tortura china. Agua y más agua. Sentirse empapado en dos segundos, creyendo que la tormenta ha durado un siglo. Ese agua violenta, hasta que no se terminen los cubos de ahí arriba no parará. Parece que hasta va a llevarse los colores, que nos va a dejar en blanco. Vestimentas, cara, pelo, como a los hombres del cohete. ¿Lo peor? Que vamos a quedarnos con los pies helados. Mojados. Chorreando los pies en las sandalias. Tan solo desearemos encontrar la cúpula solar para secarnos inmediatamente. Para recobrar el color, para tener los pies calientes. Porque cuando llueve en verano, aunque suframos del bochorno, siempre deseamos que vuelva el sol para templarnos.





Gotas que caen de improviso. Sin que una espere el aguacero. Es lluvia sin alma, como dice Karmelo C. Iribarren. Lluvia que carece de melancolía, lluvia que no aportará ningún recuerdo. Porque es breve, es cosa de un momento, no tiene intención de traer nada. Marzal ya lo dijo también en su Percance de verano. Esa lluvia reina la tristeza sin tristeza, arde la nostalgia sin nostalgia y el mar recibe las lágrimas sin duelo. Llover por llover, trayendo el frío y ese olor que hace que abramos de par en par las ventanas. Como si guardáramos el fresco para cuando lleguemos a la cúpula solar. Tristeza momentánea, sabemos que lucirá la sonrisa con el sol tras esas nubes. Agua helada que nos dejará de nuevo los pies fríos.

Por eso, porque esas lluvias de verano nos congelan, se tejen calcetines. Así he terminado los Pairfect de Arné & Carlos. Calcetines cálidos y largos. Con dibujos que aparecen como por arte de magia. Sin varita, tan solo con las cinco agujas va surgiendo esta trama de la nada. Recalculando medidas y siendo avisada por el hilo amarillo para empezar el siguiente. Vuelta tras vuelta y tejiendo el patrón base sencillo, et voilà! Y así teje que teje calcetines, dale que dale al cuchicheo de las agujas, aunque caiga el agua a mares, aunque se pierdan los momentos como lágrimas en la lluvia, tendremos los pies calientes.



Título inspirado en el relato de Bradbury con el mismo nombre. Porque nunca podemos empezar de nuevo y este cuento nos lo recordará siempre. 

lunes, 10 de julio de 2017

Siestas (de verano)


No soy nadie sin el reposo que da comienzo a la tarde. Pero cada verano, y más con los años a cuestas, una recuerda aquellas siestas infinitas de los mayores y cómo esperaba ese mover de la mecedora que, por fin, indicaba que la vida se reanudaba de nuevo con el ruido. La mayor que ahora para el balanceo soy yo.

Recuerdo los veranos en el Pirineo. Todos los dormían a la hora de la telenovela. Unos se acostaban en la cama, insistiendo que tan solo era un momento. Otros se quedaban en el sofá, como si realmente escucharan ese mínimo hilo de voz que salía del televisor. Incluso los había que se resistían y quedaban sentados a la mesa. No, yo no voy a dormir, decían justo antes de cabecear para dejarse ir sobre el mantel. Penumbra en todas las salas, la guerra contra la luz que atraía el calor. El calor y las moscas. Cómo no recordar al tío Quim dormirse pala en mano, e incluso dando golpes al aire ya dormido.

Este poema de Ángeles Mora me transporta a mis veranos sin siesta. Vuelven a mí las imágenes de vernos corriendo calle arriba, calle abajo, en el silencio de un pueblo dormido. Persianas bajadas. Nos gustaba corretear de puntillas por las calles desiertas. Jugar casi sin hablar, no debíamos despertar a los durmientes. Aprendimos a cuchichear a la otra orilla de la siesta. Nadie podía pararnos en la hora más soleada, calurosa y pegajosa de la tarde. Éramos los amos, los dueños despiertos del sosiego.

Todos los veranos dejan una huella u otra. Son meses de romper rutinas, no tener horarios, de despedidas y reencuentros. Retomar lecturas, releer o emprender nuevas historias. “Las pisadas del verano en nuestros brazos y piernas/ palmeando húmedos / de lodo y algas.Anne Michaels convierte los recuerdos en pisadas, nos traslada en sus poemas a su ruta en coche por la costa. Momentos familiares grabados que nos devuelven también los nuestros. Ese olor a mar, esa brisa que nos despeina y nos hace sonreír porque no importa llevar el pelo a lo loco. Es verano, no hay reglas ni para peinarse. Solo debe haber lista de libros, de labores, horarios de aviones, exposiciones programadas y silencio. Porque el calor requiere la paz, nunca el alboroto, llevándonos de nuevo a cuando duermen los mayores. Disfrutar de nuevas páginas, sin importar las horas que llevemos leyendo, cerrar el libro para volver a respirar. Para coger aire. En eso consiste bucear, como dice Alfonso Armada en el prólogo de Buceadores de la piel. Bucear dejando pasar las semanas, sin prisa pero con intensidad. Lo que no vivimos, no vuelve.

Llegar a sentir que no existe nada obligatorio. Como dice Kim Addonizio, sentirse sin propósito que hasta las hormigas que transportan, fatigosas, un ala de libélula a través de nuestra sombra, tienen más que hacer. Organizar las horas dejándonos llevar, observando las tormentas estivales, las tardes de truenos que golpean la ventana… Así empieza el verano, descosiendo las rutinas que diría Almudena Grandes. Sin dejar de escribir porque se sigue viviendo. Eligiendo nueva labor para el compás de las agujas. Decidiendo qué libro empezar para tejer nuevas historias de papel. Yendo de sombra a sombra, sin freno y sin miedo. 


lunes, 3 de julio de 2017

El recuerdo de lo excluido

Ninguno de sus seis hijos se interesó, ni tampoco los nietos que por aquel entonces tenían uso de razón estructurado. Nadie tomó conciencia ni tuvo el firme propósito de conocer el exilio familiar. Mi abuelo paterno, Modesto, huyó de la Guerra Civil y se refugió en Francia. Y ese país me queda grandioso sin saber dónde estuvo, qué hizo, si escribió a mi abuela desde allí, si queda constancia de toda esa vivencia. Nadie sabe nada. Y la de las preguntas, la niñita melancólica del baúl de los recuerdos, llegó tarde.

Cuando leí las cartas de Ana María Moix a Rosa Chacel, pensé en mi abuelo. Si él también debía tener esa sensación de desamparo, de querer saber de su país, de su gente. De sentirse abandonado por sus orígenes como ella. Si habría escrito a su familia al Pirineo, o tal vez lo hubiera dejado en unas páginas que nunca envió. Esas Cartas a Rosa Chacel se convirtieron en el mejor libro para conocer a la pucelana. Llegar de su mano a la visión de un exiliado y, sobre todo, de la gente que se quedaba aquí y le transmitía la dura situación que vivía. Henry Kamen, en sus numerosos estudios sobre los exiliados españoles, siempre dice que fue el país quien perdió cultura con tantas despedidas. Que fueron las nuevas tierras receptoras de los mismos los que ganaron con ellos. Porque se nos fue la sabiduría y lo que hizo fue absorber la del nuevo destino, sumergiéndose y siguiendo de lleno en sus carreras, estuvieran donde estuvieran, aun sintiendo el anhelo y la nostalgia de todo aquello perdido.


La guerra, en la mayoría de ocasiones, es la causante de tales huidas. Esa opresión es la que fuerza el abandono y llena las maletas para intentar recobrar la vida y la normalidad fuera de las fronteras familiares. Así lo vivió Mascha Kaléko. Mujer, judía, alemana y poeta, mala combinación en tiempos del Nazismo. En Tres maneras de estar sola narra en verso esa nostalgia hacia las calles berlinesas. Cómo a su vuelta, tras tantos años de expulsión, se siente forastera donde antaño reconocía hasta el vuelo de los gorriones. Esa dureza del retorno, y aún más de la estancia en el exterior, hace que muchas veces, como relataba W.G. Sebald en Los emigrados, se cambien los recuerdos. De ciertos momentos vividos uno consiga que desaparezcan hasta las personas de las instantáneas, antes acomodadas en la memoria de manera tan distinta, posteriormente con otro color que el tiempo y la distancia han modificado.

Y todo esto es porque Lurdes se va. Y no se va a otro país, ni hay una guerra, ni se perderá el contacto, ni hará falta que escribamos cartas ni enviemos palomas mensajeras. Tampoco se va tan lejos, pero se va. No nos damos cuenta de la importancia de las miradas entre prisas, de todo lo que no se ha dicho, de los momentos que no se han aprovechado. No nos damos cuenta hasta que sabemos que no encontraremos la mirada en el pasillo. Entonces lo sabremos, cuando la busquemos. Estará bien donde esté. Ella lo sabe. Como Jhumpa Lahiri nos cuenta siempre en sus relatos, de la India a New York, que es capaz de trasladar consigo el olor a comino y la imagen del sari allí donde vaya. Ella hará lo mismo, por eso este chal. Para que se lleve un trocito de lo vivido aquí.

Un patrón muy sencillo, todo en punto bobo y tejido con las calidades Sur y Nacar de Lanas Stop. Un dibujo geométrico, cuadriculado, ordenado, como nosotras. Para que no olvide nunca donde pasó estos años, para que no desdibuje las caras como los emigrados alpinos, para que no viva la nostalgia de encontrarse al otro lado del charco, para que no se sienta extranjera cuando vuelva. Porque no es un exilio, es una vida nueva que será aún más placentera, seguro. He aquí el chal terminado a la velocidad del rayo, con un final de curso de por medio y un adiós tejido entre algodones. Sin olvidar que, tal vez sea cierto aquello que afirmó Simone Weil, “el pertenecer a un lugar quizá sea la mayor y menos reconocida necesidad del alma humana”. 


Título del post extraído del artículo publicado en El País por Tomás Eloy Martínez, "Sebald o el lugar de la conciencia".

lunes, 26 de junio de 2017

Páginas marcadas

Recuerdo el día en el que leyendo un libro de mi madre sobre el Pirineo, siendo yo adolescente, encontré entre sus páginas una flor de nieve prensada. Nunca había visto una flor similar. Tenía una magia de terciopelo que me dejó pasmada. Le pregunté y me dijo que venía justo de los lugares de los que hablaba el libro. Que era un recuerdo, ahí guardado entre las fotos en blanco y negro de sus prados. Sus palabras aún engrandecieron más mi asombro haciendo que considerara esa flor como un legado, un olor traído de sus montañas, un regalo familiar que permanecería para siempre entre esas páginas cómo ella había dispuesto.  

Ese suceso generó en mí dos pasiones a partir de ese momento que me acompañaron muchos años. La primera fue convertirme en una prensadora de flores sin freno. Empecé a querer guardar los campos en mis libros. Recoger, recoger, recoger... y aprender las mejores técnicas para que no cambiaran demasiado su color, para que quedaran casi perfectas una vez perdida su frescura. Entre periódicos y bajo todos los diccionarios y enciclopedias de la casa guardaba yo mis tesoros. Sin tocarlos. Esperando el tiempo preciso para desmontar la construcción y descubrir el resultado. Luego repartía las flores en mis libros. Aún hoy, esas páginas de entonces, esconden los campos que en su día fueron mi escenario. 





Por otro lado, empecé a utilizar, de la misma manera que las flores, elementos de lo más personales convirtiéndolos en marcapáginas. Fotos, postales, publicidad, etiquetas de mis prendas de ropa... Marcadores para recordarme dónde dejaba mi lectura y que normalmente en finalizarla quedaban entre sus páginas. ¿Por qué? Porque eran o se convertían en su propiedad. Esa tradición, o esa rutina lectora, hizo que cada libro fuera un pequeño diario. Ahora puedo abrirlos y encontrar la etiqueta de mi bañador preferido, entradas a parques nacionales, tarjetas de visita o alguna que otra postal. Quedan ahí para recuperar el momento mientras el cual viví esa historia concreta.  

Ya no prenso flores, ni guardo recuerdos entre las páginas de los libros. Ahora leo con un lápiz a mano y necesito un punto de libro que me sirva para subrayar con precisión. Es cierto que en mis lecturas poéticas queda mi nota de color en la primera página con mis “escogidos”, una lista de páginas, de momentos álgidos de mi paso por ellos. Y aunque pueda utilizar postales o fotografías entre páginas durante la lectura, ya no tengo por costumbre que queden ahí.

Pensé en la importancia del punto de libro para los buenos lectores. Para los que este no se escoge al azar, nunca. Cómo los primeros fueron hilitos de seda en los tomos religiosos y después, en los períodos de entre guerras (I y II Guerra Mundial), empezaron a usarse elementos publicitarios. Me dije que sería un buen regalo para los miembros del club. Bordar para ellos marcadores personalizados que detuvieran su lectura hasta la vuelta a las páginas. Convirtiéndolo así en una buena guinda al pastel en terminar el curso. Escogí las pegatinas de La Barbuda Shop para ilustrar sus postales y luego bordé sus nombres con hilos DMC. Para detener sus historias con recuerdos, como hacia yo antaño. Para trasladarles un poco de esa nostalgia y agradecerles las horas, la ilusión, sus síes constantes y las sonrisas ofrecidas. Han sido lo mejor del curso, sin dudar, y ahora tienen su marcapáginas para no olvidarlo. 



lunes, 19 de junio de 2017

Equilibrio

En 2004 fue Premio Planeta un libro que empezaba con una canción de Los Secretos, Soy como dos. Eva le explicaba a su hija recién nacida, a partir de su contradicción a los 15 años con este grupo, de dónde venía, su familia, el futuro, el paso del tiempo y cómo se sentía una doble persona con ella. Milagro en equilibrio de Lucía Etxebarría fue el primer libro de esta autora que cayó en mis manos. A mis 23 descubrí cómo Lucía era capaz de escribir a Amanda, de explicarle los errores de sus padres y su lucha por contradecir esa herencia irrevocable al fracaso que le auguraban. Recuerdo perfectamente el último párrafo del libro, como si lo hubiera leído ayer y ya hace 13 años. Una magnífica declaración de intenciones, de reconocimiento del camino hacia la crianza, de reflexión sobre el ejemplo vivido, una batalla constante por superar el modelo recibido. Desde ese libro no dejé de leer a Extebarría. En mi biblioteca están todos sus títulos, uno tras otro, porque sé que ella llega donde no lo hacen otros, dice lo que la mayoría no se atreve. La emoción, el sentimiento, el desgarro en palabras, el arrepentimiento, la pasión, la intensidad; la definen. Por todo eso la leo, sin dudarlo.


Siempre me ha interesado la temática madre-hija porque la considero una de las relaciones más difíciles. Me gusta ver cómo las escritoras relatan sus vivencias y se acercan tanto, tantísimo, a las mías, y supongo que al resto de hijas. Lectura como hija, claro está, y no como madre. Si debo elegir títulos me quedo con otros dos. Con mi madre de Soledad Puértolas (2001) y También esto pasará de Milena Busquets (2015). Ambas relatan la despedida de sus madres. La vida tras el adiós, el derrumbe, aunque la muerte esté anunciada, pero que siempre nos coge por sorpresa. El aprender a vivir sin ella, el recordarla y saborear de memoria sus palabras. La primera se centra en reconstruir el recuerdo, en dejar escrito el legado de cada momento a su lado. Su propósito de resistir en la vida. La segunda es más un vivir en el después, porque es más fácil mantener las distancias de los vivos que de los muertos. Blanca, apasionada por la vida, por entregarse a amar sin prohibiciones. Por vivir y dejarse llevar por las calles de Cadaqués, porque su cuerpo, su corazón y su intensidad son suyas. Un después nostálgico pero cargado de deseo, el ímpetu de no perder ni un minuto. Todo pasa, dicen, aunque ya nunca vuelva a ser mirada por sus ojos.

A lo largo de la historia son múltiples, y recurrentes, los títulos dedicados a las familias. A los intríngulis de esas relaciones obligatorias para con los ascendientes y los descendientes, en el caso de haberlos. Revisad vuestras librerías mentales y recuperaréis seguro numerosas historias entre padres e hijos, entre hermanos, familias enteras. Y es que esas relaciones que no podemos escoger suelen ser las que más quebraderos de cabeza nos dan. Parece que debamos, siempre, obligarnos a solucionar relaciones rotas. No debemos. Me vienen a la mente, así a bote pronto, los abuelos de Dos letters de Atxaga o La sonrisa etrusca de Sampedro. ¿Por qué obligarse a la incomodidad del “ser”? Reseguid vuestras lecturas, pasead por vuestras relaciones…  

Esta relectura maternal ha sido causada por el nacimiento de Marcel. Ya tenemos aquí al pequeño de Elena. Para él tejí este peto a partir del patrón de Creativa Atelier y con lana Sur de Lanas Stop. Porque él todavía no sabe de qué va esto de la vida. Que los hilos van y vienen, se entremezclan, tejen historias. Una vida tejida al lado de su madre. Un ir y venir de aventuras, de recuerdos que contaremos con nuestro cuenta vueltas de tejedoras y ahí estaremos para verlo crecer. Para comprobar cómo se cumple el equilibrio desde la salida hasta la meta. Benvingut, Marcel. 


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