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lunes, 12 de noviembre de 2018

Cuando un pueblo muere

Recuerdo la primera vez que visité el pueblo donde nació. Lo recorrimos poco a poco, acompañados de la sonrisa colgada, ese día sí, de su rostro triste. Caminamos sobre piedras, con el conocimiento de que estábamos pisando espacios antes llenos de vida. A medida que nos adentrábamos en el pueblo decía: “eso de ahí es el campanario que aún no ha caído del todo”, “esta era mi casa, ¿ves eso? – gritaba señalando los escombros – era nuestro salón, donde comíamos los 8 alrededor de la mesa” “¿Y eso? La cuadra de nuestras vacas debía estar más o menos aquí”. Su entusiasmo se mezclaba con la pena. Su seguridad nos mostraba su memoria nítida, como si recreara un escenario 3D y lleváramos todos las gafas puestas para visualizarlo como él lo recordaba, como él lo estaba viendo en realidad.

El pueblo de mi padre está en ruinas. Abandonaron el Pirineo en los años 70. Bajaron todos y se repartieron entre el Pre-Pirineo, otros valles o la ciudad. Dejaron el terreno adueñado por las vacas que allí quedaron, algunas, abandonadas a su suerte; por los lobos y el resto de animales que se hicieron reyes del lugar. Cargaron sus enseres, todo lo que no debía quedarse allí. Tal vez sabedores de que ese sitio dejaría de estar vivo. Hasta los topes, reloj de pared centenario, la máquina de hacer chireta que pocos tenían. Herencias de montaña que debían llegar a la civilización.

La Bastida de Bellera. Foto de TecnoFes.

En todas las visitas siguientes fuimos nosotros, sus hijos, los que ubicábamos las habitaciones, la entrada de la casa o la plaza del pueblo. Todo desde el abrevadero que aún utilizaban las vacas, desde donde avistábamos la zona siempre a nuestra llegada. Justo bajar del coche nos iluminaba la famosa foto familiar en blanco y negro que tanto conocíamos. Foto de la familia, con mi padre bien pequeño, que siempre hemos tenido presente como el único retrato de los Riba.

La necesidad de explicar esto surge de la lectura de un artículo en el que ha participado María Sánchez. Leerlo fue regresar a esa primera vez. “Cuando un pueblo muere, no viene nada después. Desaparece una cultura, un patrimonio y unas costumbres adheridas a él”. Con los años tuvo lugar una reunión de los descendientes del Pallars. Entre todos decidieron declarar la zona patrimonio rústico, lo que significaba que dejaba de ser edificable, reconstruible o habitable. La decisión suponía que debía dejarse caer, que el tiempo no respetaría el recuerdo en pie, sino que habría que hacer un puzle individual para su recuerdo. Pagar menos impuestos se antepuso a que continuara siendo un pueblo vivo. Mantenerlo en la distancia del presente suponía aceptar no poder rememorar el pasado sino montarlo como un collage, como lo aprendimos nosotros de niños.

El texto apunta cómo la pérdida de la personalidad de un pueblo aparece por la dejadez, por el abandono, porque los que van/vamos de visita no aportamos el valor, el producto, la vida que necesita para no extinguirse. Aquellos montañeses se rindieron. No lucharon por mantener las piedras en pie, no aceptaron sacrificios para conseguir que el campanario restara intacto. Aprendieron de memoria qué forma representaban antaño los cascotes. Los hijos de todos ellos asimilamos cada espacio como el propio de nuestro apellido, cada montículo como el inicio de cada una de las sagas.  

Pirineo catalán, verano 2015.

lunes, 5 de noviembre de 2018

El mundo untado de mantequilla

“A medida que fabulaba, la realidad se le escapaba de las manos. Mientras modificaba al Viejo, lo destruía.”

¿Idealizamos? Idealizamos. Aunque lo neguemos para nuestros adentros, lo hacemos. Fabulamos con la dependienta que nos vende los mejores limones del mundo, con el librero que nos recomienda poesía entre tanto ensayo, con el alumno que hace todos los días su tarea. Admiramos en exceso a todos aquellos que consiguen que nosotros mismos nos veamos de la manera que también deseamos creer que somos, cómo nos gustaría ser y no logramos. Todo una farsa que seguimos día a día, porque “ese” sí asiente vernos así, “ese” sí. Y tal vez, igual que Casi, lo anotamos en el diario como si fuera real. Nada más lejos de la realidad.

Inventamos personajes sobre aquellos conocidos. Los hacemos súper héroes, súper todo, cuando en realidad no son más allá de lo que ven nuestros ojos. Poco a poco creamos protagonistas que no existen. Los convertimos en aquellos que necesitamos tener y disponer para seguir adelante. Porque si nosotros escribiéramos el guion, allí estarían y serían como nos aseguramos que son.

Sara Mesa une a dos personajes marginados. Ni se ven gordos, ni infantiles, ni llenos de granos, ni huidizos, ni sucios, ni pobres, ni raros, ni locos. Ni raros, ni locos. No se ven. Se comparten, se escuchan, aunque nada importe lo que cuente la otra voz, se esperan, se ilusionan, se esperanzan. Sueñan sin importar el otro lado, sin pensar en la vida de verdad, allá fuera del seto. Fuera del seto donde la gente los ve realmente como son, donde no los quieren igual, no les piensan, no les echan de menos. Fuera del seto, no importan. ¿Cuántos estamos dentro del seto?

Gala Pont dibujó la portada de Cara de Pan, y bien podría haber sido esta. 

Dejando de lado la dulzura aparente de sus páginas, me ha generado una angustia real. Me ha transmitido la cruda exigencia de la imaginación. De creer a pie juntillas en esos personajes que nos llevan a la placidez que nos conviene para sonreír, para crecer, para dormir, para crear, para vivir. Al final, se convierten en reales (los convertimos en reales), toman la dimensión que les ofrecemos, adquieren los súper poderes, los hacen suyos y hacen magia con nosotros. Les otorgamos el don que necesitamos que tengan, para nuestro egoísmo. Como diría el Viejo, es como si el mundo entero se untara de mantequilla y todo fuese más sabroso y mejor. A nuestros ojos, así son, poderosos. 

La literatura, igual que el cine o las series, no dejan de ofrecernos a personajes no-ideales, enfermos, perturbados, tarados. No propondré ejemplos, pensad en los vuestros, en los que esperarían el regreso de su Milana bonita. Nos obligan página a página, secuencia a secuencia, a dejar de ver esa parte oscura. Consiguen que empaticemos con ellos, que estemos de su lado, que ansiemos su triunfo. Esperamos que todos entiendan lo que es tan evidente, ¿no lo ven? Pero… ¿sería así si esos personajes estuvieran en nuestro día a día? ¿Les regalaríamos nuestro tiempo? ¿A los tarados? Quizá, realmente, estemos rodeados de ellos pero los hemos maquillado tanto, tantísimo, que les vemos la capa puesta y volamos de su mano.

lunes, 29 de octubre de 2018

Palabras que aún no existen. Woodland Walk Socks.

“Creo que es buena idea que en tus estantes haya libros leídos y no leídos, pero es igual de importante esa tercera categoría de libros: los que no has leído por completo y quizá jamás termines.


Reviso la pared de mi salón. No se ve su color. Está repleta de libros hasta el techo y entre ellos, es cierto, están los leídos, los pendientes y aquellos dejados a medias. Dejados a medias. Llevo con el runrún de este artículo de Mims hace una semana. No solo por lo que dicen sus líneas, sino todo lo que conlleva pensar que “la biblioteca de una persona a menudo es una representación simbólica de su mente”.

Todos aquellos leídos se han convertido en valiosos por los aprendizajes transmitidos, por todo lo que nos han ayudado a crecer. Desde Mujercitas mostrándonos cómo podíamos llegar a ser Jo. Hasta Rosa Chacel enseñándonos a analizar cada detalle del día, dándole el valor que merece. A Soledad Puértolas, Milena Busquests o Joan Didion, haciéndonos fuertes ante la muerte, olvidando el tabú y poniéndole párrafos al dolor.


Dice Mims que con los pendientes, aquellos que todavía no hemos abierto, nos deparan historias que añadir a nuestras maletas de conocimiento. Enseñanzas para unir a lecturas antiguas, hilos por atar a toda la pila de leídos, una vez hayamos pasado por ellos. Nuevas historias de Didion recorriendo California, biografías con surrealistas aún por admirar, poemarios con versos distintos que hurgarán en viejas heridas. Son retos, cajas de Pandora sin abrir, con el lazo puesto. El mejor regalo a un lector de vida, libros por estrenar, escogidos por deseo y con ansia de hincarles el diente. Porque, como él dice, con los años una reconoce qué quiere aprender, qué necesita descubrir, qué debe leer. Por eso acumulamos páginas, porque sabemos que nos será vital lo que en ellas se diga.

¿Y los que no terminamos? ¿Los que tan solo empezamos? ¿Los que leemos en páginas sueltas ya sean cartas, cuentos o artículos? ¿Qué nombre le damos a esos? Los japoneses llaman a los pendientes tsundoku, pero no tienen nombre para los que empezamos y olvidamos. Los que dejamos para luego, para otro momento, otro año, otra vida. Libros tan solo leídos parcialmente, esos que viven en el medio, entre el leerse y el empezarse. Libros grises, entre el blanco y el negro. Biblioteca personal: representación simbólica de la mente del propietario. Gris.

¿Solamente libros a medias? Acumulamos también conversaciones a medias, sin acabar nunca de explicar aquello que necesitamos verbalizar. Relaciones a medias, ni tan siquiera despedirnos o enlazarnos de nuevo con un hasta pronto. Labores a medias, las que se dejan en su bolsa de pendientes porque no se saben terminar, ni seguir, porque nos falta la tejedora gemela con la que contar puntos y pasadas. Se queda ahí, todo sin rematar, como en el limbo. A la espera de no saber bien qué se está esperando.



Mims dice que viven entre un mundo y otro. Flotan sin terminarse, sin pensarse… Pero hay un día que pueden reprenderse, como estos calcetines. Han tardado meses, se han tejido a trompicones de tiempo y de permiso de unas manos débiles. Pero han dejado de estar en proceso para calentar unos pies viajeros. Esta Rowan Fine Art se convirtió en los Woodland Walk Socks, y así pasó de la pila de los empezados a los terminados. Saltó a formar parte de las enseñanzas asimiladas, de aquello vivido e interiorizado.

Una piensa entonces, como bien dice el artículo, que tal vez todas esas lecturas que tenemos parcialmente leídas puede que esperen a ser retomadas en algún momento, como las labores. Puede que sean un símbolo, una señal de que siempre habrá páginas por leer, de que existirá lectura de manera perpetua, de que nunca lo tendremos todo leído hasta cerrar la última página de esos libros a medias. Hasta remallar el the end del papel como atacamos los calcetines.

lunes, 22 de octubre de 2018

Vagabundear con ellos

“A mí me gusta capturar un instante de actividad diaria en la vida de cualquiera, o de ensimismamiento, o de conversación. Una chica que se pinta en el metro, una mujer que lee una carta, una anciana que habla sola. Todos ellos interpretándose con naturalidad a sí mismos, ignorantes de la mirada ajena que los observa, los ama, los admira en ese momento, y aprieta el clic con la mera intención de narrar en imágenes aquello que con palabras se diluiría. Un diario paralelo a este otro diario que cuenta lo que la escritora ve mientras vagabundea.”

El chico del antifaz que cabecea a tu lado en el tren camino a Madrid, dos horas aislado de la luz tenue del vagón silencio. El que le tiembla la mano bruscamente y come churros junto a ti en la barra, ese, el de la cazadora de cuero que llama a su madre mientras agita el desayuno. El niño que corre sonriente entre las obras surrealistas de Dorothea Tanning, lejano a la barbarie, la atrocidad, al terror que muestran dichas esculturas sin cabeza y con angustia. Madre e hija que comparten postre en el restaurante. Se gritan un “¡espera!” para fotografiar ambas la golosina y así compartirla en sus redes sociales. La chica en la librería que pide el café con leche en vaso, por favor. El señor vestido de uniforme que duerme en el metro, entre el gentío a las seis de la tarde de un sábado en la parada de Gran Vía, él hasta parece estar soñando. El que ríe en el tren, en el viaje de vuelta, mientras whatsappea. Qué bonita la risa generada por una conversación a distancia, qué maravilla que arranquen la sonrisa unos mensajes de alguien que te piensa mientras vas a su encuentro.

¿Y esa pareja que camina detrás mío? Sitges, octubre '18.

En mi último viaje sola, rumbo a Madrid, me llevé deberes. Elvira Lindo me puso tareas. Anoté en mi libreta durante todo el día la gente que vivió las calles madrileñas a mi paso. Tiene toda la razón cuando afirma que comparten diario con nosotros. Esos desconocidos son parte de la historia, de nuestra historia, del recuerdo que escribiremos agotada la jornada. Porque los miramos, los observamos detenidamente y sonreímos, nos sulfuramos o emocionados con sus movimientos o palabras. Puede que olvidemos sus figuras con el tiempo, tal vez no pensemos en ellos nunca más. Aún así, debemos ser capaces, también, de darles el protagonismo que merecen. Durante unos minutos han centrado nuestra atención, nuestra intención. Durante unos minutos hemos vivido sus vidas, compartido espacio, y tal vez, hasta intercambiado miradas y sonrisas.

¿Por qué hacerles desaparecer tan deprisa? Personajes que actúan ajenos a nuestra persona. Se mueven, conversan y miran sin tener conciencia de nuestros ojos ni de nuestra libreta. ¿Imagináis que alguien escribe sobre vosotros en su diario? ¿Por qué no? Pululamos por la vida sin darnos cuenta de quiénes nos miran a lo largo del día. Vagabundeamos indiferentes a la importancia que quizá hemos significado para algún desconocido, para algún conocido que no nos confiesa que seremos parte de sus líneas, de su libreta. Tal vez llevamos el neón en el que otro se fija y por el que seremos recordados. El azar nos lleva a cruzarnos con ellos, como dice Lindo, para narrar en imágenes todo aquello que no hace falta decir en palabras. Pero, sí, cuenta transcribirlo y así no olvidarlo. ¿Quién se ha cruzado por vuestro lunes?

Una pareja, en una tienda de objetos de segunda mano, escoge bolas de bingo con números determinados de una caja repleta. ¿Días importantes para ellos? ¿Números unidos a sus vidas? Yo los fotografío y así se quedan conmigo para siempre. Segovia, agosto '18.

lunes, 15 de octubre de 2018

La memoria que se adapta

“El tiempo pasa.
Los recuerdos se borran, la memoria se adapta, la memoria se ajusta a lo que creemos recordar.”

Pasa el tiempo y una cree que recuerda pero tan solo es un espejismo, una parte de esa vivencia vuelve, pero no con la nitidez que creemos que la guardamos. Pasa el tiempo y regresas a lugares que antaño fueron tu casa, y que ahora solo frecuentas muy de vez en cuando, y te das cuenta de que siempre recuerdas lo mismo, con iguales palabras lo repites a la última ocasión en que estuviste. No se amplía el recuerdo, cuando regresas dibujas el diálogo idéntico de nuevo. Intentas que sea más certero, más ajustado a lo que sientes, pero no. La memoria se adapta, cierto.

Sitges. Octubre '18 

La nostalgia es tan amplia que acoge también los lugares donde viviste, sentiste, o los que te hicieron suspirar o sonreír. Aquellos parajes que aguardaron a tus pasos una y otra vez, si te ven volver hacen que el recuerdo llegue bueno, sano, libre de dolor. La memoria se adapta, sí. Paseas por las calles, reconoces locales que ya no existen, la arena que quemó tus pies, el olor de la sal es igual a entonces. La sal es la misma, o la memoria se ajusta a lo que creemos recordar. Intentas traer a ti más instantes, porque estuviste ahí más de seis años considerando que era tu casa, pero no vuelven más que los recuerdos de siempre. No queda nada más pero sientes nostalgia. Tal vez echas de menos no recordarlo todo, añoras no poder vivir con mayor intensidad todo lo que ese lugar significó para ti, no eres capaz de volcar todo el sentimiento que se agolpa al caminar. No lo eres.

Carson McCullers dijo que “estamos divididos entre la nostalgia por lo familiar y un impulso por lo extranjero y lo extraño. A menudo, estamos más nostálgicos de los lugares que nunca hemos conocido.”· No sé qué pensar. Es cierto que cuando una llega a un lugar que anhelaba siente ese escalofrío de triunfo, ese relajar los músculos porque ya está ahí viendo y viviendo todo lo que había tan solo imaginado. ¿Es eso nostalgia? ¿O lo es la pena por volver a pisar ese espacio y sentir que no te llega del todo aquello allí sentido? ¿Es melancolía, pena, miedo? Tal vez no sea nostalgia, sino el temblor por la velocidad del tiempo, por la fuga de los recuerdos nítidos, por el adaptarse de la memoria que nos roba aquello que conservamos translúcido en las páginas del diario.

Sitges. Octubre '18 

“Te quedan tus maravillosos recuerdos, me decía la gente más tarde, como si los recuerdos trajeran consuelo. No lo traen. Los recuerdos son por definición del pasado, de lo que ya no está. Los recuerdos son los uniformes de la Westlake que hay en el armario, las fotografías descoloridas y agrietadas, las invitaciones a las bodas de gente que ya no está casada, las tarjetas impresas en serie de funerales de gente cuya cara ya no recuerdo. Los recuerdos son las cosas que ya no quieres recordar.”

¿Y entonces por qué regresamos si ya no queremos recordar, Didion? ¿Por qué?

Sitges. Octubre '18 
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