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lunes, 5 de diciembre de 2016

Libros prohibidos

Fahrenheit 451 es la temperatura a la que el papel de los libros empieza a arder. Bradbury dejó escrita la historia ficticia de esa quema en un libro con ese mismo nombre en 1953. Más tarde, en 1966, Truffaut la plasmó en la gran pantalla y ¿quién ha sido capaz de olvidar a la bibliotecaria ardiendo entre libros? ¿O ese televisor hueco repleto de papel? Una película con un toque futurista novedoso para su momento, con un ritmo lento en el que quedarse absorto en cada plano, en cada macro directo a un título o un autor a punto de ser hechos cenizas. Ver cómo queman a Dalí o Proust. O cómo Montag, nuestro bombero protagonista, rescata un Dickens y lo devora a escondidas en una sola noche. 

Aquello tan solo fue una ficción. La historia se ha encargado de demostrarnos que también ha sido real, que la lectura ha sido perseguida. Tal vez no siempre quemada, pero sí ocultada o silenciada. Durante el franquismo muchos títulos desaparecieron de las bibliotecas. No era posible leer La Celestina, Los Pazos de Ulloa o Sonata de Otoño, por ejemplo. Se vetaron obras de Ortega y Gasset, Pérez Galdós o Pío Baroja, entre otros. El nazismo tampoco se quedó impasible ante las “lecturas peligrosas”. Es famosa la quema pública de mayo de 1933 de títulos de Freud, Marx o Zola. Muchas otras dictaduras también hicieron lo suyo con el fin de proteger al pueblo de los demonios escritos, todo por el pueblo. Rebuscando información para el post, he pensado en la biblioteca de mis abuelos. Si mis tíos más mayores recordarían algunos de esos libros rescatados y guardados tras la guerra. Si alguna de esas páginas prohibidas se salvó en nuestra cuna familiar. La última vez que estuve en la casa del Pirineo no había rastro alguno de lecturas. Tal vez, todas fueran requisidas. En parte, tiene su qué especial, pensar que mis ancestros eran lectores de lo que no se debía leer. Esto tengo que saberlo, buscarlo, investigarlo yo.   


Hace unos días, mientras planeaba ya este post en mi cabeza, Manuel Rivas hizo varios tuits sobre libros prohibidos. Exposición de estos perseguidos que encontró en la Biblioteca de Guadalajara, México. Mencionó cómo se había prohibido Caperucita de Perrault durante la Ley Seca en EEUU, porque la niña llevaba vino en su cesta. O El Principito de Saint-Exúpery, en la dictadura argentina, por fomentar la imaginación. Es curioso ver cómo se hacen exposiciones de estas prohibiciones del pasado, igual que hablamos de las mujeres olvidadas del 27 y nuestra lucha actual por su recuperación. Siempre intentando recuperar lo perdido, y más si fue exigido su silencio. Curioso en tanto que siempre estamos recuperando  y prohibiendo, a su vez, otras tantas cosas que quizás sean recuperadas en décadas venideras. Bucles históricos, de vida, flujos constantes de lecturas y lectores. 


Buscando siempre que el papel salga a la luz, una está constantemente a la caza de en qué lugar el libro es el protagonista. Cuando no está entre lanas, claro. Hace un par de meses nos aventuramos con Sarah hasta Cervera. Se convirtió durante un fin de semana en una ciudad librera. Book town 2016. Su casco antiguo se llenó de libros. Estantes en las calles, bicicletas cargadas, escaparates, cuentos en las ventanas, libros colgando… Todo se llenó de páginas escritas, exposiciones literarias, cursos de encuadernación o de caligrafía. Era como entrar en un túnel de literatura, como si todos esos libros prohibidos de los que hablábamos antes hubieran tomado las calles sin miedo a ser quemados. Encontramos allí un viejo museo de maíz, un caserón en el número 15 de la calle Mayor, reconvertido en librería de viejo. Miles de libros de segunda mano, joyas descatalogadas, tesoros de papel bajo un techo abovedado. Lugar donde seguramente encontraríamos todos esos libros exterminados por bomberos como Montag. ¡Estaban todos ahí!

Este fin de semana he vuelto a ver la gran película de Truffaut. Vino a mi mente tras estructurar el post con las prohibiciones recordadas esta semana en contraposición a los libros al aire libre vividos en Cervera. Imaginé cómo no sería posible esconder mis libros en estos pocos metros que me cobijan. Me estremecí pensando en perderlos; mis historias, mis recuerdos, mis páginas subrayadas. Y me encantó volver a ver cómo Montag escucha la advertencia a gritos de su esposa, para que se deshaga de los libros que tiene escondidos y que no ha quemado, y él responde: "Sí, lo haré, pero cuando los haya leído todos."


viernes, 25 de noviembre de 2016

Las Sinsombrero

Muchos aprendimos a amar la literatura de la mano de Lorca, Cernuda o Alberti. ¿Qué hubiera pasado si lo hubiéramos hecho a través de Chacel, Champourcín o Concha Méndez? Divagamos entre los ensayos de Ortega y Gasset, sin atender a Zambrano. Admiramos la obra de Dalí, ¿y si nos hubiéramos perdido entre las pinturas de Ángeles Santos o Maruja Mallo? Atender a todas esas mujeres olvidadas durante la generación del 27 ¿hubiera cambiado el curso de nuestra historia personal? ¿Tal vez una se hubiera decidido y se hubiera lanzado de cabeza a escribir? A veces pienso que como ellas fueron silenciadas, lo hemos sido muchas desde entonces. Quién sabe si habérnoslas hecho empapar en su momento, como hicieron con ellos, hubiese cambiado nuestro rumbo. Quién sabe…

Lo cierto es que 17 años después de mi COU literario, siguen sin casi aparecer. Sin llenar las aulas con sus versos, cuentos, novelas, pinturas, ensayos filosóficos. Siguen silenciadas. Mantenidas en modo avión. La mayoría siguen conociéndose como la mujer de, la amiga de, la amante de, la protegida de… Algunas siguen sonando vagamente para muchos, pero pocos recuerdan o gozan de lo que fue su magia. Magia que se quedó en la sombra, dentro de la chistera.



Tània Balló ha conseguido estirar de esa chistera el conejo blanco, la paloma y hasta los cientos de pañuelos de colores. A través de Las Sinsombrero las ha hecho revivir. Recordándonos a las que conocíamos y descubriendo nuevos mundos a los que regalar las horas. Recuperando sus vidas, algunas de ellas escondidas hasta para sus familiares. Su inquietud por la luz hizo que naciera el documental, y tras él el libro. Seguir los pasos de Ballò ha hecho que me adentre y me refugie en el mundo chaceliano. Que mi ansia lectora devore todo aquello escrito por la pucelana. Que haya deleitado a mis sentidos con los versos de Ernestina de Champourcín , Concha Méndez o Josefina de la Torre. Tenga en lista los libros de María Teresa León. O haya disfrutado leyendo sobre Marga Gil Röesset, siendo solo Marga como la queremos y respetamos muchos de nosotros. Por eso, por todo eso y más, Tània merecía ser recibida con los brazos abiertos. Descubrirla personalmente ha sido releer el libro en su mirada. En su voracidad por gritar al silencio, por luchar contra la tradición del olvido.




Su lectura generó mi deseo de más. Apasionada que es una para todo. Mi proceso de descubrimiento Sinsombrero fue acompañado de mis fotos lectoras. Fotos que poco a poco fueron bordadas. Acariciadas de nuevo por el hilo. Cada una de ellas una mujer, una luchadora, una voz que se escucha si aguzas el oído. He vuelto a bordar, esta vez para Tània. Ver cómo se abrían sus ojos al sacar del sobre los bordados fue el mejor agradecimiento posible. No podía creerse todo lo que había generado llegar a la última página escrita de su libro. El frenesí con el que una puede continuar esa historia de silencios. Cómo puede hilar de colores esos olvidos para unirlos y unirlas a ellas.




Deseosa ya de la segunda parte. De vivir el documental y de zambullirse entre sus páginas de nuevo. Mientras espero, seguiré leyendo a mis valientes. Si no habéis disfrutado del proyecto os animo a descubrirlo. No os arrepentiréis. Sigamos entre páginas y ¡quitémonos el sombrero!

lunes, 21 de noviembre de 2016

Mineralogy hat and mittens

No acostumbramos a robar, ni a hacer que roben. Pero esta vez sí. Sarah y yo de nuevo. Hicimos robar lana del alijo de Elena. Sabíamos que tenía una lana morada de lo más esponjosa, igualita a una nuestra. Pensamos que para su cumpleaños el mejor regalo sería dedicarle unas horas previas, tras el robo. Tejer para ella, a cuatro manos. Hacer girar la varita y transformar su madeja de Abuelita Yarns. ¡Magia!


Nos decidimos por un gorro para cada una. El patrón fue el Mineralogy Hat de Kelly McClure que podéis encontrar en su Ravelry. Fue el primer gorro que tejí con agujas circulares. Por lo tanto sin costura ninguna. Con un esquema fácil de seguir y entretenido de tejer. Lo tienes en un pim pam. Importante, no tardar un siglo en terminar la labor. Rematamos coronándolo con un súper pompón que surgió de nuestras pomponeras Pony, estrenadas también para este proyecto. Tras la guerra del pompón aún admiro más a todos aquellos capaces de crearlos de mil colores o formas distintos. ¡Pomponear es todo un proceso épico! Supongo que tienen sus trucos y mucha práctica. Saber la cantidad de lana, el momento en el que parar, cómo coserlo, cómo recortar y peinar… Todo un arte, sin duda.



Quisimos tejerle además unos mitones con el mismo patrón del gorro. Para calentar sus manos en los paseos con Ringo. La imaginamos ya enlilada bajo la niebla con su fiel amigo al otro extremo de la correa. El patrón fue un poco sobre la marcha, cogiendo de uno y de otro en cuanto a medidas y adaptación de la idea original. Pero conocida ya mi pasión por los rombos, fue un disfrute total.


Era un cumpleaños especial, más que otros, y queríamos recordarle que siempre, siempre, siempre estamos ahí. En el día a día, en las rutinas, las noches de cansancio, los fines de semana que vuelan o los miles de planes que vamos acumulando en nuestra maleta sin fondo. Nos tiene para calentar todos sus fríos a cambio de sonrisas. Lo celebramos rodeadas de magia, con Scamander y sus Animales Fantásticos. Como niñas con gorro nuevo. También el nuestro es seleccionador y hacemos magia varita en mano ... 


lunes, 14 de noviembre de 2016

Las perdices de Orson Welles

Tener familia en Cardona hace que siempre hayamos escuchado historias sobre el famoso octubre del 64. Otoño en el que desembarcó en el pueblo minero una troupe de americanos liderados por el mismísimo Orson Welles. No estuvieron allí más de dos semanas; pero los siete mil habitantes de la zona, por aquel entonces, se volcaron en el rodaje de Campanadas a medianoche.

El Sr. Welles, director y actor de la aclamada película shakesperiana, llenó de versos la colegiata de Sant Vicenç. El film trata de la amistad, la nostalgia, el paso del tiempo, esas campanas que llaman a los muertos… a través de Falstaff, amigo fiel del futuro Enrique V. Se mezclan en ella, en imágenes en blanco y negro, las obras de Shakespeare: Enrique IV, Enrique V, Ricardo II y Las alegres comadres de Windsor. Conocida ya la pasión del director por el genio británico, su amor por las Europas y su abandono del mundo americano debido a sus excentricidades. 

La película fue grabada dentro de la fortaleza. Más concretamente en la Colegiata que este octubre de 2016 ha recibido el reconocimiento con una placa de la EFA (Academia del Cine Europeo). Ha sido condecorada con la categoría de Tesoro de la Cultura Cinematográfica Europea, firmada ni más ni menos que por Wim Wenders. Placa que tan solo tienen 7 emplazamientos más en todo el continente. Para acabar de redondear el festejo se han expuesto, en el lugar exacto donde se grabó, unas fotos de la gran Colita. Se dice, se comenta, que la barcelonesa tuvo el privilegio de fotografiar el rodaje. Lo que no se dice es que una vez allí con el encargo de Fotogramas, Don Orson le dijo que le daba media hora, luego debía irse. Grandes fotos, aunque breves, en esos treinta minutos que pudo ponerse tras el objetivo y disparar el flash.

Colita 
Cuando empiezas a tirar del hilo se destejen historias vividas hace más de cincuenta años por esos espectadores anónimos. Anónimos a los que nosotros ponemos nombre y rostro. Anónimos que nos desvelan secretos y curiosidades que hacen que mantengamos vivo ese cariño a Welles con el paso de los años. Nos cuentan que la peluquera del pueblo cobró la friolera entonces de 5000 pesetas por peinar a los protagonistas. Comentan cómo el director pidió un whisky y cuál fue su decepción al saber que el pueblo no tenía tal licor, desde entonces nunca más ha faltado. Explican que el americano proclamó no entender cómo en un país de Paradores como era España, Cardona no tuviera el suyo mereciéndolo. Ahí empezaron los trámites para el mismo, inaugurándose doce años después, en 1976.

Recuerdan con cariño al abulense director de casting que eligió a los extras. El que rondaba por el pueblo con las peticiones más estrambóticas del cineasta. Ahí entra en acción nuestra familia. Nuestro tío contaba con 13 años, y antes de convertirse en minero, estuvo de camarero en el mítico bar El Turista. Ese octubre recibieron la visita del de Ávila solicitando un buen plato de perdices para el director. Conocida la caza en la zona, deseaba catar el plato. Les dio la mañana para la cocina y les envió un coche, desde lo más alto del pueblo, que los recogió a mediodía con la cazuela humeante. Juan José y su compañero, dos niños por aquel entonces, recuerdan subir al coche que impregnaron con el olor de ese buen guiso. Una vez en el castillo, recibieron una propina de 200 pesetas y la suerte de quedarse en el rodaje. Piel de gallina escuchando cómo estuvieron allí entre cámaras y claquetas. Cómo pasearon por esa colegiata con las perdices calientes, entre Welles o Fernando Rey. ¡Impresionantes relatos! Emocionados todos ellos cuando recuerdan los hechos, recuperan fotografías, o remiran la película y reconocen escenas grabadas con su presencia tras la silla principal del DIRECTOR.



Este puente, como cada año por Todos los Santos, nos acercamos a Cardona. Esta vez aprovechamos para ver la placa y sobre todo la exposición de Colita, que terminaba al día siguiente de nuestra visita. Paseamos reconociendo la luz que traspasaba las ventanas y que captaron sus cámaras. Recuperamos esas escenas en grises del film. Bajamos a la famosa cripta, subimos las estrechas escaleras por las que caminó Falstaff… y creo que hasta nos vino el olor de ese guiso de perdices. 


lunes, 7 de noviembre de 2016

The Tin Book

Recuerdo en el instituto cuando nos hicieron encuadernar las láminas de dibujo. Hará ya veinte años. Situación bastante rocambolesca cuando la mayoría de esas páginas no tendrían el recuerdo de mis trazos, sino de los de mi hermano. Negada que siempre ha sido una para la ilustración, mi artista hilaba mis deberes. Pero yo lo encuaderné en clase, dichosa de esa colección de buenas notas a mi nombre. Hicimos unas tapas con cartulinas forradas con papel de regalo. Mi elección fue uno en tonos marrones, repleto de hojas de otoño. Encolamos en su lomo el trabajo del curso.

Me vino a la mente cuando hace unas semanas asistimos con Sarah al curso de encuadernación japonesa con The Tin Book. Lo impartían en una feria librera en Cervera, de la que os hablaré en unos días.  
Cristina y Núria crearon la empresa en Barcelona con este nombre tan mágico. El libro de hojalata, en honor a la obra El tambor de hojalata de Günter Grass. Núria fue quien impartió la clase a diez alumnas atentas e ilusionadas. Nos sentimos casi, casi, casi como Oskar Matzerath, no por no querer crecer, sino por desear parar el tiempo y poder profundizar mucho más a su lado. 

Durante poco más de tres horas aprendimos los cuatro tipos de cosido japonés para la posterior encuadernación. Empezando del más básico hasta el más complejo. Probamos los modelos en cartones para poder llevarnos las muestras con nosotras. Cuatro puntos, noble, hoja de cáñamo y cáscara de tortuga. Los japoneses son magos de los nombres, ¿sí o sí?


Se utiliza una aguja similar a la lanera, con la que estamos tan familiarizadas, pero más larga y puntiaguda. El hilo era un lino un tanto encerado de grosor medio. Y como tercer elemento el taladro. Sí, señoras y señores, sin taladro no sois nada en el mundo de la encuadernación. Puede que para las muestras pudiéramos haber empleado un punzón, pero no para hacer los agujeros de las tapas junto con sus decenas de folios. ¡Taladro en mano, encuadernadores!




Conocéis mi amor por coser el papel. El flechazo no fue distinto, ¡encuadernar cosiendo papel! Hay que ser muy cuidadoso con el procedimiento. Recordad que es estilo japonés, así que los pasos exactos son primordiales para que acabe bien cosido. Elegimos el modelo hojas de cáñamo y quedamos encantadas con el resultado.


A todo esto, no puedo olvidar dónde tuvo lugar el taller. Fue en la entrada de una antigua casa cerverina. Invadimos un territorio de techos infinitos, gran escalinata y una ventana mágica desde donde nos acogió la noche. Imposible no guardar un buen recuerdo de lo aprendido, de la compañía y de la postal que nos queda para siempre en la retina. 


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