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lunes, 17 de septiembre de 2018

Luz del alma, luz divina, faro, antorcha, estrella, sol...

Lámpara previa al salón de la pensión regentada por Luisa Torrego en Segovia.
Hospedado allí Antonio Machado del 1919 al 1932. Foto: agosto '18.

Debía tener cinco o seis años cuando mi abuelo me dio la única lección que recuerdo. El aragonés me apartó de la televisión y me sentó en el sofá. Cogió mis manos entre las suyas y dijo que los ojos eran el mayor tesoro que teníamos, tesoro que debíamos cuidar, tesoro que había que guardar como oro en paño. Años después empezó a perder visión. Acabó con los ojos color blanco y murió ciego. Su mayor riqueza lo abandonó y quedó perdido entre tinieblas.

Me dijo que no olvidara jamás la distancia prudencial al televisor y que siempre, siempre, siempre, tuviera ni que fuera una lucecita encendida a su vera. Nada de ver la pantalla a oscuras, nunca. Me transmitió la idea de la importancia de la luz artificial, cuando la verdadera de afuera está ya difusa. Me enseñó a valorar ese amarillo luminoso que ayuda a nuestros ojos y los mantiene vivos cuando el sol ya descansa.

Cuando empecé a leer tuve claro que debía tener esa lámpara para mis noches de lectura, para los inviernos de niebla, para conseguir el resplandor en la oscuridad durante el descanso. Exigí ya de muy niña la mejor iluminación, tanto de techo como de mesa, escogía en todas las ocasiones cuáles de ellas cuidarían de mi vista. Estudiaba el color de la bombilla, cómo esta cambiaba el reflejo de los visillos o cómo creaba las sombras en la pared. Por eso las treinta páginas de Chacel sobre la luz en Barrio de Maravillas, me dejaron completamente absorta y emocionada, porque estudiaban su trayectoria e importancia, como antaño me había revelado mi abuelo. Porque la pucelana hablaba de “... la luz necesaria, confundida con los aromas, abdica de su silencio – silencio de barrio sin gran tráfago: solo pregones suben de la profunda calle – y acoge el ruido laborioso de una máquina Singer.” Porque esa tenue claridad que nos acompaña ya con la luna encendida es primordial para refugiarnos junto a las páginas del libro. Máquina de coser de fondo, agujas tintineantes, cucharas que remueven el té aunque no tenga azúcar, ronroneo de gatito que se tapa la cara porque sabe que necesitamos de esa llama eléctrica aunque perturbe su sueño. Porque Joaquín nos dijo que así cuidaríamos el mayor de nuestros tesoros.

Mi lámpara. La que aún ilumina 30 años después mi primera habitación.

Muchos escritores han confesado sus delirios nocturnos para escribir y yo siempre los he imaginado junto a sus lamparillas, cercanas a sus páginas, iluminados y escribiendo mientras hacían danzar las sombras de su mano. He recreado en mi mente esos candiles o esos focos alumbrando los poemas o los textos que luego leería yo, sabiendo que fueron escritos bajo una luz especial, una que los resguardaba del peligro de dañar sus ojos.

Recorrer la casa de Machado en Segovia fue lo que me hizo recordar las enseñanzas de mi abuelo. Constantemente conmigo pero en esa visita lo clarificó todo. Ver una a una las lámparas que allí había, encendidas, que iluminaron sus sobremesas, que cuidaron de su inspiración noche tras noche de creación, que calentaron las largas tardes de invierno. Cada una de ellas formaba un escenario, recreaba una postal con el poeta, daba vida a un recuerdo en el que era necesaria la ayuda del quinqué. ¡Amarga luz a mi rincón oscuro! que diría Don Antonio. Luz necesaria, pero no pura, luz urgente en la oscuridad, pero no real sino forzada. Luz, al fin y al cabo, maestro.

Lámpara del cuarto de Antonio Machado durante su estancia en Segovia. Foto: agosto '18.

Seguramente habrá gente, algunos de vosotros, que no den la mínima importancia a estos objetos colgantes que lo dan todo a un solo clic. Puede que no le encontréis la magia, ni la necesidad. Tal vez nunca os hayáis parado a pensar en si son o no útiles para la protección de vuestros ojos. Pensad entonces en todos los momentos en los que un mínimo destello os lo ha iluminado todo, pensad entonces la claridad con la que pudieron escribir aquellos que ahora leéis, pensad entonces; como decía Chacel, en esa luz que se refleja en las paredes como si fuera el azul del cielo.

Título: versos "Luz del alma, luz divina, / faro, antorcha, estrella, sol..." Machado, Antonio. Proverbios y cantares.

lunes, 10 de septiembre de 2018

Queda todo

“Ahora en aquel trozo de tierra ya no hay coles. ¿Por qué lo hemos echado a perder todo, todo?” 

No, todo no lo hemos dejado perder. Quedamos nosotros, junto a cada mínimo detalle, a cada momento del día, quedamos nosotros. Queda escuchar el picoteo insistente de las cigüeñas mientras hacen sus nidos y tengo la ventana abierta. Queda que Vic te mire fuerte y pronuncie su maumamau con esos ojos que gritan pidiendo auxilio y mimos desde el suelo. Queda el cantar de los pájaros que hacen salir el sol todos los días. Sí, ese que escucho desde mi cama y hace que valga la pena salir de las sábanas.

Queda el helado de turrón para que el verano también sea Navidad. Queda la espuma de la cerveza, los preliminares que conducen al oro que rebaja la temperatura. Queda el taparse los pies en el sofá en pleno agosto porque sientes que refresca. Queda el tender la ropa y comprobar que está seca antes del segundo suspiro.

Refugio de Amitges. Agosto 2018.

Queda emocionarse página tras página de un libro y pensar que no debe acabarse, que necesitas que siga contándote eso que te cuenta, que los personajes no se vayan y sigan hablándote como lo hacían. Queda pasar las horas revisando estantes a ver qué lee una, como si fuera Netflix y buscaras la serie siguiente. Queda abrir el buzón y ver un trocito de mundo que te envían los que te quieren y piensan en ti aunque el huso horario sea distinto. Queda recordar la risa de los tuyos cuando tú solo tienes ganas de llorar. Quedan los abrazos, ni que sean imaginados, cuando a una le urge saber que sigue habiendo fuerza afuera.

Queda concentrarse en cada punto de la vuelta, tejerlo poquito a poco, saborear el deslizar de la lana y seguir el hilo con la mirada. Ese momento que no vuelve ni que destejas, porque la labor nunca vuelve a ser tejida de igual manera. Nunca es la misma pieza. Queda elegir, compartir, avanzar labor con ellas, con las que tejen a tu lado, las aquellas que tienen tu necesidad. Como si regresara la abuela y decidiera junto a las suyas qué calcetines tejer a sus hijos que esperan con los pies fríos. 


 Agateador común en el estany port de Ratera. Agosto '18. ¿Lo veis? 
Troncos, vivos todavía, de bajada a Sant Maurici. Agosto '18.

Queda caminar montaña arriba sin perdernos nada. Atender al color del cielo bajo el que subimos, al grosor de las copas de los árboles invitándonos a susurrarles aun a riesgo de llevarnos la savia de vuelta, a los insectos en las flores que reclaman la fotografía como si fueran a esperarse hasta el disparo. Recordar el fragmento de Edna O'brien en Las chicas de campo: "Hacía un día soleado y frío, y bajo la azalea había crocos en flor. Crocos de un amarillo ocre. El viento había azotado algunos, y los pétalos habían caído a la hierba. Parecían pedacitos de papel de seda olvidados". Tan solo si miramos de esa manera, con esa intensidad, seremos capaces de ver los símiles que nos tiene preparada la naturaleza, la vida en general. Tan solo así nos llevaremos con nosotros esos pedacitos de seda. Esas atenciones se convertirán entonces en nuevas historias que enriquecerán nuestro recuerdo, siempre. 

Queda recordar aquello vivido, queda darse cuenta del porqué que nos importen todos estos pequeños detalles. Nada pertenece al azar, olvidad eso. Sara Herrera Peralta decía en Documentum Al fin y al cabo la memoria/ es el origen de todo”. Y es que nací y crecí en una casa donde escuchábamos el croar de las ranas día sí y día también… ¿tal vez por eso ahora necesite atender a las cigüeñas? ¿es cíclico el recuerdo incluso en la necesidad del sonido de los animales? Quizá sí… la memoria nos guía y nos da las pautas para no perderlo todo, para saber que siempre, siempre, siempre, queda todo.


Parque Nacional de Aigüestortes y Estany de Sant de Maurici. Agosto '18.

lunes, 3 de septiembre de 2018

El viajero nunca vuelve

Todos deberíamos viajar solos. Experimentar la sensación de no tener con quien hablar, a quien preguntar, exigirnos tener que decidir. Buscar un solo asiento o comprar una entrada, aclarando siempre con un “sí, voy sola”. Acomodarse en el tren, escuchar los pensamientos propios e imaginar los del pasajero que nos acompaña. Desconocido, atento siempre a los movimientos del vecino. Nos sentimos vigilados de lo que leemos, tejemos, damos al play o incluso nos desnuda sobre lo que discurrimos en silencio. Sabiendo, eso sí, que no volveremos a verle aun habiendo compartido tantas horas y secretos.


Apearse del transporte y pisar firme. Alzar la vista y que tus ojos admiren solos ese cielo porque difícil será compartirlo a la vuelta. Hay matices, nubes, que no pueden luego explicarse. Desplegar el mapa inmenso o el google maps, tener en mente dónde se quiere ir y por qué se quiere visitar con la intención más pura de estar viajando, y nunca de ser turista. Hace tiempo guardé una charla entre Andrés Neuman y Jorge Carrión sobre los viajes. Y el primero dijo algo que me había repetido yo en cada una de mis salidas: “El viajero es alguien que no vuelve nunca del viaje. El turista vuelve siendo la misma persona que salió de viaje”. Porque solo así se disfruta, siguiendo en el lugar del que vienes y viviendo con intensidad aquello que traes contigo en la maleta. Y si una viaja sola es aún mayor la sensación porque todo es tuyo, porque todo llena tu mochila en el más absoluto de los silencios, porque ya nunca serás la misma tras un paraje nuevo.

Caminar y observarlo todo, cada piedra, cada ventana, cada campo. Mirarlo como si fuera la primera vez. Sandor Marái decía que hay dos maneras de mirar las cosas: como cuando las ves por primera vez y las quieres conocer, y como cuando te despides de ellas. Llegar a los sitios y convertirse en una niña que memoriza con los ojos todo lo que ve, que no quiere perderse detalle, absorber la novedad para cuando se vaya poder mirarlo de manera distinta como si fuera un poquito más suyo, como si formara parte ya de ella para siempre.



Viajar sola es un poco como nadar. Los pensamientos no cesan, es como hablarse para uno, no en voz alta, pero sí dialogando sobre lo que ve, lo que siente y lo que aprende. Como si lo repitiera para luego poder contarlo a los suyos a la vuelta, para poder escribirlo. Lo fotografía todo para que la memoria no pierda la imagen, el color de ese día. La mente no para el movimiento, sigue su rutina, maquinaria mental del non stop. Como aquello que dijo Ginzburg en Las pequeñas virtudes: “El alma no se libera de sus vicios, tampoco adopta otros nuevos. Igual que la hierba, el alma se mece en silencio en su verdeante soledad, abrevada por una lluvia tibia”. Andarse una sola por el mundo, viajar sin compañía, hace que mente, cuerpo y sentimientos, sean completamente suyos; porque la soledad también nos hace fuertes y ese vicio del alma de hablarse, cuando uno está solo, es aún más fascinante si lo hace en terreno desconocido.

Una se fotografía a ella misma, va sola, y sigue los pasos de los que ya estuvieron en ese lugar. Tal vez caminaron por allí antes Delibes o Machado, por ejemplo. Bajaron esas mismas escaleras y miraron y admiraron desde la ventana en la que está. Carrión dice que “Si viajas para escribir tu atención se multiplica automáticamente. Cuando viajas en serio, lees en serio y piensas en serio”. Me encanta la idea del “viajar en serio” porque una parece que se empapa de todo, que no solo pulula por el mundo, sino que se lleva un trocito del lugar a su vuelta. Que no es solo un viaje, sino una guinda a la experiencia, una página más a los años viajados, una nueva sabiduría que anotar en los diarios. Todo eso que no obtienes con el pasear por pasear, sino solo con el agarrarse a la tierra que una pisa.

martes, 28 de agosto de 2018

Del tiempo que esquivamos. Fair Isle Flower Socks.

“La labor penelopiana de tejer el pensar en la que el recuerdo es el sobre y el olvido la carta, constituye en realidad la antítesis de lo que hiciera Penélope, es su doble signo contrario”.
Köhler, Andrea. El tiempo regalado.

Lo que realmente hacía Penélope era parar el tiempo, cada noche destejía lo que tejía durante el día, detenía el destino, nunca llegaba lo anunciado. Creaba una nueva historia, paralizaba el corazón, suspendía lo más sagrado de la vida: su paso. Leer a Köhler obliga a pensar si una también congela los días, obstaculiza que ocurran los acontecimientos preparados para ella. Un poco Penélope somos, y más las tejedoras, poderosas y capaces de deshilar los tejidos para volver a empezar si una no está orgullosa, de volver a ovillar si quiere otro comienzo distinto, rerereiniciar para conseguir la tensión deseada y la firmeza y la delicadeza que necesita. Un poco Penélope somos, sí.


Esperamos a hablar mientras escuchamos la risa que nos vuelve locas, la dejamos sonar. Apartamos todo atendiendo el bostezo de la gatita. Nos quedamos impactados y atentos al cambio de hora en el reloj para vivir ese nuevo número, sea el que sea, momento mágico en el que todo pone el freno. Solo miramos los dígitos. Esperamos segundos a que alguien estornude a nuestro lado. Nos mantenemos fijos a esa mano que aprieta la nuestra, son solo milésimas y nos concentramos en ese apretón como si nos transmitiera la fuerza que nos falta. Mantenemos la mirada en otra que nos da la paz y nuestros ojos hablan trillones de historias que las palabras no serían capaces de hilar. Todo, todo, todo, está plagado de controles de momentos, de frenos que vamos poniendo para saborear instantes que no vuelven, tiempos regalados que aprovechamos para ser un poquito más felices y otros para no ser tan tristes todavía.

Decidimos, no siempre, casi todo. Me lancé a tejer los primeros calcetines en fair isle, técnica que permite crear dibujos e incorporar más de un color en el tejido, en mi viaje a Finlandia. Descubrir el norte me hizo enamorarme de él, deseé no dejar de visitar ese cielo porque ese color era totalmente nuevo para mí. Allí compré lana para aventurarme con el tejido en distintos colores a la vez, también conocido como jacquard. Como también había decidido que intentaría tejer una prenda con lana de aquellos lugares que hubiera visitado. Pero paré el tiempo, detuve el momento de dar comienzo a la labor y de enero llegó el verano. Decidimos, no siempre, casi todo.



Me decanté por este Fair Isle Flower que Candice DeWitt tiene en su Ravelry. Porque quería un esquema sencillo para no agobiar a mis agujas, ni a mis manos débiles, y deseaba que esa lana pura de oveja finesa calentara mis pies este próximo invierno. Reto conseguido. Calcetines terminados en mis días en los Pirineos, siempre viajeras mis labores, donde les hice la sesión de fotos para no olvidar cuando me los ponga que de las montañas nórdicas llegaron tejidos a las nuestras. Tal vez por eso quise parar el tiempo y que el proceso terminara ahí, porque ese control nos facilita esquivar, no todo, pero sí algo de lo que va viniendo. Porque a veces, como Penélope, sabemos que lo bueno está por llegar y detenemos la narración al son de nuestras agujas.



lunes, 20 de agosto de 2018

Más cerca del cielo

Refugio de Amitges. Parque Nacional de Aigüestortes, verano '18.

Mis padres nacieron a más de 1200m. Crecieron cercanos al cielo, a tocar con la punta de los dedos. Aprendieron a hablar entre zarzas, conocieron todas las plantas y vivieron entre vacas, ovejas y cabras. Despertaban con el sol y el sonido de los pájaros y de las mulas. Pasturaban, muñían, esquilaban.

Intentaron transmitirme la necesidad del monte, la urgencia de sentir ese “casi tocar el cielo”, el amor por los animales, la necesidad de plantar los pies en el barro y de no tener miedo a la lluvia. Hicieron que mis primeros veranos, casi 20, absorbiera esa herencia y me convirtiera en parte activa del Pirineo. Consiguieron que muñiera las vacas, que hirviera la leche, que la esperara a la mesa ardiendo y rebosante de nata. Que reconociera el olor de esa leche reciente, que toda la cocina se impregnara de esa fragancia de vida y me hiciera sentir como un pedacito del todo.


Soy la tercera generación de hombres que vienen de la tierra y de la sangre. De las manos de mi abuelo atando los cuatro estómagos de un rumiante. De los pies de mi bisabuelo hundiéndose en la espalda de una mula para llegar a la aceituna. De la voz y la cabeza de mi padre repitiendo yo con tu edad yo y tu abuelo yo y los hombres”

Siempre tengo a mano el Cuaderno de campo de María Sánchez. Porque encuentro en él muchos de mis pensamientos, como si el legado de los que venimos de las montañas fuera en parte el mismo y tuviéramos todos un ingrediente propio y común, como si lleváramos impresa la huella de las manos del abuelo, como si el queso no fuera solo queso o los calcetines no surgieran de la nada.

Tras esos primeros 20 veranos con mis padres, he continuado los siguientes casi veinte ya, regresando a chafar firme. No es lo mismo. Pero una sube, sube, sube… y ya presiente el cielo más a mano, ya le da la fuerza de antaño, ya le cura las heridas acumuladas del invierno. Porque, aunque ya lejos del mismo azul, una sabe que allí todo sana, todo regenera y vuelve un poquito a dejarla ser ella misma y a decirse que puede con todo. Que igual que podía sacar esa leche, ponerla a hervir y saborear, ahora puede esperar esa nata, fuerte y paciente como entonces.

Porque “Ahora que no sabemos diferenciar/ la voz del mugido/ el pasto del alimento/ aquí nosotros/ aquí tus vacas/ abuelo.” Ya lo decía María, nada sigue igual, pero somos continuación de esas generaciones de monte, lo llevamos en al adn, es nuestro código. Seguiremos aquí, caminaremos con la garra firme.  


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