INICIO




lunes, 23 de diciembre de 2019

El aullido de la Navidad

Tío,

Ayer terminó el otoño, nuestra estación. Los meses en los que la montaña habla más que nunca. Cuando regresabas cargado de setas. Esas caminatas en las que el bosque estaba frondoso y la humedad conseguía ese olor a verde que tanto nos gustaba. ¿Cómo huele el verde? Se deben preguntar los que no lo saben. Llegabas calado hasta los huesos, pero satisfecho. Dichoso de tu paseo entre los colores del monte en estos meses, orgulloso de tus hallazgos y de tu aventura paso a paso entre la tierra mojada. Embarrarse era el objetivo, si no es que no se ha salido.

Salí a caminar para aprovechar el silencio de dentro y todo el ruido del bosque y así poder explicarte. Recordé un fragmento de Hasier Larretxea en El lenguaje de los bosques que te hubiera leído: “Desde que tengo memoria, el bosque ha ido recogiendo las pulsiones y los susurros que le lanzábamos al subconsciente, durante los paseos en silencio. […] Todo tiene un sentido y una esencia. Adentrarse en la espesura de los bosques supone adentrarse también en las profundidades de uno mismo.” También a ti te agradaba salir solo al monte, como a mí, porque sabíamos que ese silencio nos llevaba a lo más adentro, porque sabíamos que regresábamos como nuevos.

Los pies húmedos y la mirada al cielo, a su inmensidad, para no perderse detalle del tono que nos sobrevolaba. Acertaba Leslie Stephen al afirmar que, ahí tan pequeñitos, cuajaba la melancolía, la tuya y la mía. “Y cuaja la melancolía cuando el alma humana reconoce de manera espontánea su propia pequeñez, enfrentada a lo que nos hace llamar eterno e infinito.” Melancolía que se instala cuando acaba el otoño porque llega la Navidad. Así, sin avisar.

Cielo del último día de otoño, 2019.

A ti tampoco te entusiasmaba, no te gustaba ir a por regalos y te acostabas dejando la mesa llena de música y de turrones. Pasabas esos días esperando poder escapar a la nieve, cambiar el tono ocre del otoño por aquel blanco brillante que también te mojaba los pies. Te gustaba recibir los calcetines tejidos por tu hermana, sacabas algún billete para dar a los pequeños y eras el primero en llamarme agradecido tras encontrar en tu buzón la postal de Navidad. En esa llamada repasábamos la vida y nos decíamos que había que brindar antes de terminar el año para que el siguiente fuera mejor. Brindábamos gracias a una postal que nos decía que las fiestas había que vivirlas.

Desde que te fuiste no he vuelto a escribirlas. Ha cambiado mucho la Navidad desde entonces. Te sorprenderías, te entristecerías. Ya no se compran postales de Ferrándiz, ni ninguna similar, ya nadie llama ni por las postales ni para felicitar las fiestas. He intentado tejer los calcetines para la mama, pero solo tengo un pie… mis manos tampoco son las mismas. No hay reuniones, ni mesas cargadas de comida ni de gente, no hay planes ni panderetas, poco turrón y los regalos son escasos. Yo también pienso solo en escaparme a la nieve y mojarme los pies.

A menudo recuerdo cuando nos juntábamos todos para fer cagar el tronc. Apretujados en el comedor de los yayos, junto a la estufa de leña. Y me viene el fragmento de María Sánchez en Tierra de mujeres, con el que coincidirías: “Como el venero, recordándonos una y otra vez el origen, la raíz, el comienzo. Como las semillas que siempre se guardan, como un rito, como una forma de recordar una y otra vez de dónde venimos y a dónde deberíamos ir.” Alrededor de aquel tronco estaba todo. La raíz, el origen, el comienzo de nosotros mismos. Debe quedar el rastro, me digo, debe permanecer grabada la memoria, debe estar ahí la herencia… pero se ha diluido y debe ir valle abajo como el venero.

Ahora la mesa estará casi vacía y habrá silencio. Si pudiera pediría un trueque y parafraseando a Gerardo Diego con su villancico, "¿Cuánto me dan por la estrella y la luna?", soltaría un ¿Cuánto me dan por la Navidad entera?. Pero sé que no se debe gritar. Resistir susurrando, recuerda. Que hay que pasar por ello porque los hay con las mesas llenas. Que el padre de Maribel Andrés Llamero ya se lo dijo en el Autobús de Fermoselle: “… que en estos campos / mudos aprenda a acallar las palabras / porque todo lo que no es silencio, hija, / acaba por ser aullido.” Todo lo que no es silencio, tío, acaba por ser aullido. Por eso pasaremos de puntillas, también, por estos días. Para que no sean aullidos que espanten el bosque. Para que el recuerdo del solsticio de invierno siga siendo, como lo era para nosotros, el cambio en el color del monte y no el ruido de las celebraciones y de los regalos. Feliz Navidad.

Cielo del último día de otoño, 2019.

lunes, 16 de diciembre de 2019

La inmutable disciplina de la espera

Le gusta ducharse con agua a más de 38 grados; siempre tiene frío, hasta en agosto. Tiene preparado el transportín por si se cala fuego salvar a su gata antes que a nada. Es un desastre en la cocina. Ha llegado a poner caldo de pescado, y no leche, en un café. Le acompleja su nariz. Llora a la mínima y le encanta hacer regalos. Podría sobrevivir a base de lentejas, tortetas de Aragón, longaniza Bi-her y mochis de queso del Udon. Le gustan las sorpresas y la gente que la conoce por su mirada. Aquellos que no necesitan más que la cantidad de luz de sus ojos verdes. El que la entrelee, el que sabe que necesita un abrazo. Los abrazos. Le apasiona la literatura tanto como el monte. En un momento de su vida pensó que la familia era su mayor tesoro, ahora sabe que no, pero la herencia de antaño la fortalece. Tiene miedo a la soledad, a quedarse sin manos y a vivir para siempre una vida de mentira. Se cree una cobarde que ha corrompido sus sueños. Se adueña de versos de escritor@s con asiduidad, como este de Gil de Biedma hace un momento.

Lloré en los primeros cinco minutos de Historia de un matrimonio. El resto fue previsible, sobre lo esperado. Pero yo lloré en las primeras escenas cuando cada protagonista lee en un papel aquello que ha escrito del otro. Cualidades que solo se pueden saber si se quiere, si uno importa, si se ha estado ahí a la distancia que sea. Cualidades que no paran el curso de las cosas, claro. Porque la vida son ciclos, ya lo vimos en Los amantes del círculo polar. Todo empieza para terminar. Por mucho que duela todo se pierde.

Pineta, Llanos de la Larri. Septiembre 2018.

Leía en El arte de perder de Elisabeth Bishop que “no es difícil dominar el arte de perder: / tantas cosas parecen llenas del propósito de ser perdidas, / que su pérdida no es ningún desastre.” Qué seguridad semejante afirmación. Como si perder unas llaves, unos libros de la biblioteca, un calcetín o una calle; fuera lo mismo que ir perdiendo aquello que te hace fuerte, que te da paz o calor. La fuerza de la que debe apropiarse una para entender que la pérdida no es un desastre. Que las pérdidas generan un buscar que nos une a otros que también buscan. Siempre los hay que buscan. “Empezaba a ver que los que los que buscan a una persona tienen algo, una marca cerca de los ojos, de la boca, la mezcla de dolor, de bronca, de fuerza, de espera, hecha cuerpo. Algo roto, en donde vive el que no vuelve.” Este fragmento de Cometierra de Dolores Reyes me ha asaltado de nuevo tras leer a Bishop. Ese reconocer a los que buscan como miembros de la misma manada. Ese unirse a los que evitan el desastre, aunque ya hayan perdido todo.

Mientras, esperamos que alguien nos defina. Que un día nos encontremos una hoja de libreta arrancada con unas líneas escritas en letra bien pequeña, apresurada, en boli azul, que dejen constancia de nuestra existencia. Aquel que fuera capaz de escribir cuatro frases con lo que sabe de nosotros y puede que no sepa nadie más. Leer, como en el inicio de este post pero sin haberlo escrito nosotras, que alguien nos está observando, nos está viviendo desde afuera. Nos declara esa complicidad, ese darnos color al blanco y negro, ese no perdernos porque nos retienen.

Seguiremos esperando como Nusch Éluard. Haciendo uso, como ella, de nuestra inmutable disciplina de la espera. Esperamos la pérdida, sin desear el desastre. Disciplinadas. Aceptando que todo puede pasar, que todo puede terminarse, que todo puede volver a empezar. Esperamos encontrar ese papel que nos haga temblar porque vence a la invisibilidad. Pero esperaremos susurrando. Confiesa Olalla Castro, en Inventar el hueso, que "lo que de verdad es peligroso ha de decirse en voz muy baja". Y es peligroso luchar por dejar de ser invisible, por eso seguiremos de puntillas. "A veces resistimos susurrando". Y susurrando esperaremos que nos salve ese papel escrito en tinta azul .

martes, 3 de diciembre de 2019

Como las personas que comienzan

¿Y su abuela cómo tenía las manos? ¿Y su madre? Antes de responder mi mente reprodujo imágenes y más imágenes, decenas de ellas. Manos, manos y más manos. Sus manos lavando, tejiendo, avivando el fuego, despellejando un animal, lavando las verduras. Llenas de tierra, de frío y de ternura. “Llevaba dentro de mí una carga de cosas embalsamadas, de caras mudas, de palabras de ceniza, de países, voces, gestos que no vibraban, que no pesaban, muertos, en mi corazón.” Así lo decía Natalia Ginzburg en Las pequeñas virtudes y así lo viví ante las preguntas del doctor. Una carga de cosas embalsamadas. Caras mudas. Palabras de ceniza. Una carga. La herencia se convirtió de un plomazo en una carga, en un peso, en unas manos a copia y semejanza de las de las mujeres que me precedieron. A copia y semejanza del dolor y no de la valentía.

Vi a mi abuela postrada en una cama siendo aún una mujer joven y a mi abuelo quedarse con los ojos blancos. Yo siempre repetía: “de todo menos ciega, de todo menos ciega, por favor, ciega no… qué haré yo sin leer, sin ver el mundo y el cielo. Ciega no.” Mi madre me decía que no dijera tonterías, que las enfermedades de los viejos no se heredan y que dejara de llamar al mal tiempo. Con los años he aprendido que pedir deseos no funciona. Ni las velas en los cumpleaños, ni con las uvas de Año Nuevo, ni encontrando tréboles de cuatro hojas, ni soplando un diente de león o cazando una estrella fugaz. Nada de eso cumple los deseos, tampoco el repetirlos. Todo eso tan solo destapa el miedo, lo libera al mundo. Nos deja a la intemperie porque hemos pensado, ni siquiera pronunciado, ese temor. Y como bien decía Rosa Berbel en Las niñas siempre dicen la verdad, “nuestro temor desvela un paraíso / de incógnitas selladas hace tiempo”. Y ese paraíso de incógnitas selladas no deja de ser el terror a repetir el patrón no deseado, el temblor por heredar lo que duele, lo que nos hace vulnerables, lo que nos resta el valor que algún día creímos tener.


Las manos, antes de encontrar la palabra, intuyen, palpan, reconocen. Son ciegas hasta que no encuentran esa luz que termina convirtiéndose en escritura. Y en esa búsqueda, encuentran otras manos que dan cobijo y acompañan. Y es durante épocas de más oscuridad cuando otras manos se hacen más necesarias, cuando la luz que desprenden guía más que nunca.” Ahora que mis ojos no quieren ver cómo se pierden mis manos. Ahora que estas me exigen parar lo que a mí me daba luz. Parar el tejer, el escribir, el sentir con ellas. Ahora solo hay oscuridad a la espera de esas otras manos que acompañen, que guíen. Que me digan, susurrando, que todo irá bien y que encontrarán la palabra. Las manos de las que habla María Sánchez en Tierra de mujeres así lo gritan. Que ante la oscuridad, por muy ciegos que estén mis ojos, otras manos vendrán al auxilio de las mías. Otras manos se harán cargo de esas cosas embalsamadas.

No queda otra, una vez más, que aprender a vivir de nuevo. Tener conciencia de la pérdida, reconocer que son manos heredadas de trabajadoras incansables, verlas llenas de tierra y recordar lo que fueron y lo que serán a partir de ahora. Como decía Sara Herrera Peralta en Documentum, “sobrevivir a la intemperie / como las personas / que comienzan.” No queda otra, sobrevivir como las personas que comienzan.

lunes, 18 de noviembre de 2019

Los golpes del mundo

¿En la vida real tú crees que son tan felices como nosotros?” Se preguntan una de las parejas protagonistas de Modern Love. Y yo tras cada episodio he sentido el vacío al preguntármelo. La serie ha coincidido con la lectura de los relatos de Dorothy Parker, Una dama neoyorkina; así que he pasado unos días ordenando todas las espinas, como decía Lara Moreno en Tuve una jaula. Ordenar las espinas y ponerle nombres propios a la melancolía, a la soledad, a la tristeza o a la ilusión. Darles nombre para poder tutear y así identificar si son reales o si solo forman parte de un episodio más.

¿Nos aman como merecemos, como deseamos, como necesitamos? “Los tiernos nunca están a salvo, por más recta que sea su ruta, por más inocente que sea su destino”. Los tiernos. Los que sufren, los que esperan, los que van de puntillas para no molestar. Parker dijo que no están nunca a salvo, cierto, siempre al borde del precipicio aunque tengan el camino marcado, aunque cumplan normas y sean estrictos tras los muros. Los protagonistas de la serie también son de esos tiernos. De los vulnerables que se rompen, de los que no saben querer o que los quieran. De los que cuando aprenden a querer ya es tarde, de los que no saben cuidar y el tesoro desaparece. De los que recuperan un recuerdo, una pasión, y destruyen el amor que estaba junto a ellos en el sofá. Porque a veces los fantasmas son más veraces que la carne y hueso que comparte nuestra cama. Porque a veces un pequeño destello que nos haga sonreír puede cambiarlo todo, hasta a los tiernos.



Magalí Etchebarne escribía en su relato Jinete experto que “las mañanas como esta en las que se queda en su cama haciendo nada son como esperar el turno para vivir”. Recordé estas palabras de la argentina tras el tercer episodio de la serie. Una protagonista que se ausenta en su cama de la vida. Que se deja vencer, que se deja caer, que se olvida del mundo y se permite (o se castiga) pararlo todo. Porque hay veces que una espera el turno para vivir. Que aunque baile por la calle escuchando una música deliciosa no le toca el turno todavía. Es una de las tiernas. Porque aunque cante en el supermercado o luzca unos abrigos de ensueño o parezca que los ojos no le pueden brillar más; por dentro solo piensa en el refugio. Como dijo Parker, “… encontrar refugio. Allí, su corazón podía curarse de los golpes del mundo, y quedar entero para su propia pena. Era una estancia suspendida por encima de la vida…” Un lugar donde esconderse y poder pensar si en el mundo real son tan felices, si saben querernos y nos cuidan como merecemos, necesitamos, deseamos. Donde curarse de los golpes del mundo.

Cuando una serie remueve al son de las páginas de un libro. Cuando la combinación nos da un mazazo y nos identifica en ambas. Cuando nos convertimos en personajes y analizamos cómo nos quieren, cómo nos cuidan, cómo nos atesoran, cómo nos protegen; o cómo no. Nos damos cuenta de que somos mujeres Parker porque como ella dice “la soledad es la salvaguarda contra la mediocridad y la severa compañera del genio. La consistencia es el duende de las mentes pequeñas.” No seremos genios, pero nos hace fuertes la soledad alejados de lo que duele. Seremos tiernos y esperaremos el duende de las mentes pequeñas. Tenemos salvaguarda, somos mujeres Parker.

lunes, 11 de noviembre de 2019

Un universo repleto de chirridos

- ¿Y tú qué encuentras en los bolsillos del abrigo cuando los recuperas de un invierno al otro?
- ¿Yo? Pañuelos. ¿Y tú?
- Piedras. 

Es llegar el primer fresco y recuperar el abrigo. Necesitar que nos salven del golpe helado en el pecho. Poner la mano en el bolsillo, la curiosidad de comprobar qué quedó del otro invierno. Qué debió ser lo último que hicimos con él puesto, con el último frío. Este año he encontrado piedras. He intentado recordar el momento, el monte o la costa de donde salieron. Eran otros pasos, tal vez otra yo la que las recogió. ¿Somos los mismos tres estaciones después? Esos resquicios nos devuelven un poquito del camino recorrido, nos hacen pisar firme y saber que estuvimos ahí, que éramos nosotros los que lo llevábamos puesto.

Recuerdo a mi madre gritar siempre ante la lavadora. Tornillos, tuercas, lápices minúsculos, trozos de yeso, capuchones de bolígrafos, monedas. Mi padre siempre echaba a lavar la ropa con los bolsillos llenos, como si perteneciera al atuendo de trabajo. Como si todo lo que iba recogiendo, aquí y allá, formara parte de lo que había que lavar para volver a empezar. Siempre cargado, igual yo. Tal vez por eso, yo los revise una y mil veces antes de hacer la colada. Aunque siempre haya calcetines desparejados, nunca habrá bolsillos llenos. Como si vaciarlos implicara rescatar momentos vivos, consiguiera que no desaparecieran, los atesorara para siempre. Nos permitiera no borrar nada, no olvidar porque ha sido salvado.


Casa rosa en lagoa das Furnas _ São Miguel (Azores, 2019)

Leía en una crónica de Leila Guerriero sobre Juan José Millás. Le contaba sobre su libro Lo que sé de los hombrecillos: “Estaba escribiendo un artículo sobre las últimas fusiones empresariales cuando noté un temblor en el bolsillo derecho de la bata, de donde saqué, mezclados con varios mendrugos de pan, cuatro o cinco hombrecillos que arrojé sobre la mesa, por cuya superficie corrieron en busca de huecos en los que refugiarse.” Encontrarse los bolsillos cargados de historias, de mundos enmarañados, de sorpresas, recuerdos. Como si fuéramos capaces de guardar, junto a los mendrugos de pan, las mejores ideas, los relatos más sorprendentes. Al valenciano le dio para un libro encontrarse a los hombrecillos, ¿no? Como dice Guerriero en Plano americano, “un mundo, un laberinto de espejos, una cáscara recorrida por el humor que encierra un universo repleto de chirridos, de perpleja desesperación.” Igual que un mago con una chistera de la que extraer el conejo, las historias, los recuerdos y la magia. Somos magos. Todo está en nuestros bolsillos.  

En el chubasquero, cuando llovió hace unos días, encontré una factura de las Azores. Un aparcamiento en la lagoa das Furnas, cerca de la casa rosa del lago. ¡Un lago entero en un bolsillo, una casa rosa entera en un bolsillo! En el de la bata aparecen un clip, el resguardo de la analítica del lunes, el inhalador del resfriado, una madejita de lana, una pinza de la ropa. Poned la mano en el vuestro, ¿qué lleváis? No creo que lo que contengan nos defina, sino que cuenta. Explica en una pincelada por dónde hemos pasado. Es como un diario sin lápiz, sin palabras.

Tesoros involuntarios que hablan. Como habló el bolsillo de Don Antonio Machado. Recordemos cómo su hermano José encontró, tras la muerte del poeta, un verso escrito en su gabán: “estos días azules y este sol de la infancia”. Ojalá que lo que encuentren en los nuestros sea tan mágico como eso, que ilustre el sol y nuestro pasado entero. Que no quede en balde lo que hemos guardado minuciosamente en ellos, que haya alguien que los revise y nos reviva. Porque como dijo Vilariño una “se apaga / se aniquila / se extingue / se deshace / se acaba” pero quedará, momentáneamente, lo que llevaba en los bolsillos.