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lunes, 12 de julio de 2021

Sigo siendo yo

Dicen que soy sugestiva, que somatizo, que acumulo tensión y mi cuerpo me obliga a frenar. Dicen. Siempre nos ponen adjetivos gratis. Nos definen sin pararse a pensar en las consecuencias. ¿Recibirán ellos también su dosis de calificativos? Con la misma ligereza, con la misma crueldad con la que ellos sueltan el veneno. A menudo lo pienso.

Dejé de escribir hace seis meses porque me noquearon. Qué floja, pensaréis, dándome de nuevo otra definición. Me dispararon a traición, por la espalda, y me ha costado reaccionar.  Quizá estas palabras reafirmen las que a mí me regalaron. Si queréis que os diga la verdad, tanto me da.

He vivido mucho en este tiempo. Miradas dulces, amigas nuevas, la comprobación de que l@s de verdad siguen ahí. Es@s atienden, curan, escuchan y parlotean para que sea más fácil insonorizar lo que rebota en esta cabecita. Junto al desmantelar una casa para montar otra, han habido viajes, conciertos, abrazos y andamios para sujetar lo que caía. Andamios firmes con nombres y apellidos que han hecho que no olvidara todo lo que soy.



Me han acompañado lecturas diversas e intensas. Lecturas de las que no puedo hacer acopio de frases, como es mi costumbre, porque no sé si andarán en la caja 22 o en la 17. Lecturas que han saciado mi autoestima y mi sonrisa. Todas ellas hubieran merecido sus posts particulares, mis pensamientos en aquel momento que ya están difusos. Ahora se mezclan con tantas otras que las han sucedido y se han sumado a ellas.

Leí lo nuevo de Edurne Portela, Laura Ferrero o Ben Clark. Yendo de la desgarradora memoria histórica a la hiriente sinceridad o la sorpresa de los íntimos versos del Círculos negros. Aluciné de nuevo con la capacidad de Verónica Gerber Bicecci para desmontar las palabras y decirnos que pueden sonar o leerse fuera del papel. Descubrí a Jean Rhys en ese Ancho mar de los Sargazos brindándome momentos irrepetibles. Hasta llegar a Ana Llurba y reinventar los cuentos clásicos a la vez que anotaba títulos y títulos y autoras y más, todas pendientes. Son solo una muestra de las páginas que he ido pasando, de las que he ido aprendiendo y sanando mis heridas. Cicatrices ya.

Siempre acabo en Leila Guerriero y reconozco que los libros nos salvan. Ocupan minutos donde lo otro no duele. Recrean historias paralelas a las nuestras y nos dan las respuestas que no somos capaces de articular. Nos ofrecen caminos por recorrer y aprendizajes lejos del mundanal ruido. Conseguimos con ellos acercarnos un poquito al origen del ronroneo en el estómago. Nos acercan a aquellos con los que los compartimos, desgranamos, estrujamos y los hacen un poquito más nuestros, a los libros y a ell@s. Por eso creo que me he salvado.

Por eso y por haber superado un curso colosal, por haber aprobado una nueva oposición en plena pandemia, por resistir diez meses sin mi hermano, por mantener la ilusión de dos clubs de lectura, por disfrutar de mis alumnas como si fueran las últimas, por no caer del todo y saber que sigo siendo yo por muchos adjetivos que me pongan. Y sí, me justifico porque me hace falta, porque subir de nuevo la bastida no es sencillo, pero sigo siendo yo por muchos adjetivos que me pongan.

lunes, 15 de febrero de 2021

El martirio dignifica

¿Qué será de nosotras tras esto? ¿Quién nos devolverá a las que éramos y a todas las que estamos perdiendo en el camino? Una madre disfrazada de señora extraña, amigas que se alejan diciendo que ya nada nos une. Otras que soportan demasiada tristeza, que viven cargadas de miedo. Que arrastran las pestañas, que aprietan los dientes, que están solas en sus hogares esperando la salvación en un bote de 5mm.

Escribió Annie Ernaux: “Quizá agotar este dolor, cansarlo contando, describiendo.” Lo intento, Annie, pero no me sale. No me sale confesar que todo duele, que me abruma el porvenir, que este bonus track de soledad me está dejando sin mandíbula. Y sí, escribo victimista y lastimera. Posiblemente en nombre de todas las que no escriben y no fatigan este desconsuelo. Si les ayudo a agotar el suyo, puede que regresen.

Todo aturde y todo se magnifica. Cualquier traspié es una bomba de relojería directa a la ansiedad. Nada calma ni protege. Estamos a la intemperie y sentimos que caen sobre nosotras la primera plaga, la tercera, la séptima… hasta la décima. El granizo de fuego, las langostas y la oscuridad. No somos capaces de pararlas. Se suceden una tras otra. Que no nos engañen los minutos de tregua. Solo son unos minutos.

Ante esa imagen recuerdo unos versos de Pilar Adón en Da dolor. Curiosas las asociaciones de la mente. “La expresión del tormento / que veneran los cristianos. El martirio dignifica: / solo quien sufre vive y cultiva un corazón / romántico.” Solo quien sufre vive y cultiva un corazón romántico. El romanticismo por la intensidad, por la pasión al sufrimiento. El martirio dignifica. A menudo me digo que sin golpes también se aprende. ¿O tal vez no?

Lleida, atardecer de Febrero, 2021.

Tenemos suerte de refugiarnos en la literatura, de reconocernos en otras historias que nos ayudan a seguir. Identificar en lo cotidiano aquello que consiga salvarnos. Intentar convertir en metáfora aquello que ocurre, buscando su motivo y su misión. Hace unos meses Andrea tradujo del ruso un verso sobre un cielo rojo. Afirmó que era ese su color por el desgarro, por el pánico, por la guerra que lo teñía de sangre. Cielo de sangre. Puede que representara tan solo un símil, pero era la pintura que gritaban las alturas. Por eso deben ser así los cielos que nos cobijan estos tiempos, que los vemos más rojos quizá de lo que son. Porque están repletos del temor que llena nuestros días. Igual que en el poema.

Regresan entonces las palabras de Clara Obligadoque el dolor multiplica la vida, que la literatura sortea el horror”, a la par de las de Adón. El dolor que multiplica la vida. Que el cielo carga con toda la pena y que los libros nos ayudan a alejar la tempestad. A limpiar el cielo, a alejar el rojo y tintarlo de azul. ¿Será eso describir y agotar el dolor, Ernaux?¿Pintar?

lunes, 8 de febrero de 2021

Diario de confinamiento

#día451 #diariodeconfinamiento

Hoy ha hecho viento. He creído por un momento que, igual que Dorothy, iba a salir volando. Un aire agresivo. Tal cual el malo de la película que se hubiera despertado con ojos de furia y ganas de arrancarlo todo del suelo.

He pensado, como si la palabra misma me hubiera llevado a esas páginas, en la conferencia del cante jondo de García Lorca. ¡Qué cosas! Copio: “El viento es personaje que sale en los últimos momentos sentimentales, aparece como un gigante preocupado de derribar estrellas y disparar nebulosas, pero en ningún poema popular he visto que hable y consuele como en los nuestros.” Si Federico decía que el viento consuela, creeré que realmente ha venido para llevarse lo horrible de este lunes.

Termino el día con la canción “El mundo” de Love of lesbian sonando en mi móvil antes de apagar la luz. También habla del viento. Y del mundo, de lo absurdo y de saudade. Si en medio estamos tú y yo, dice…




#día456 #diariodeconfinamiento

Sábado remolón. Desde que me dijiste que el sexto día no tenía reloj, no miro ni la hora en que pongo el plato a la mesa. Me gusta despertar y estar en silencio en la cama. Sin moverme ni un milímetro. No saber si hay niebla o luce el sol.

Desde que se inició la pandemia las semanas me dejan exhausta. Más mental que física, mi cuerpo no reacciona. Quizá por eso me convenzo de los no-horarios los fines de semana. Por eso decidí no hacer la cama los festivos. Sería una buena idea, igual que hizo Annie Ernaux, fotografiar la cama todos esos días.

Recupero un fragmento de El uso de la foto: “Para una mujer, no hacer la cama en todo el día era considerado por el vecindario como la prueba misma de la dejadez, el indicio que no engaña de su incapacidad para llevar una casa y que la despreciaba a ojos de todos: atreverse a exhibir sin vergüenza las sábanas abiertas, arrugadas, con las manchas y las huellas de los cuerpos. Había que, a falta de sacudir vigorosamente por la ventana sábanas y mantas, ESTIRAR la cama, es decir, ocultarla.

Ocultar las huellas, los restos, los secretos. El recuerdo del porqué de cada pliegue que permanece cuando los cuerpos se mueven. Estirar bien la ropa para que no perdure la sombra de los abrazos. ¡Con lo que necesitamos esos abrazos ahora! La dejaría deshecha para siempre…



#día460 #diariodeconfinamiento

He visto en la televisión una noticia sobre el antiguo aeropuerto de Berlín. Recuerdo lo que me costó encontrarlo, pero la necesidad de verlo me urgía. Comprobar que era cierto que los berlineses disfrutaban ociosos allí. Viajar con la ofuscación (obsesión) de visitar un lugar sí o sí, aunque nadie más lo crea importante ni vital.

He vuelto a releer el Diario pinchado de Mercedes Halfon. No hace mucho que lo leí, escasas semanas. Pero he querido regresar a Berlín. Con su lectura paseé por sus calles unos días. Me sobrevolaba el olor de los desayunos. ¡Cómo vuelven los olores de los viajes!

Me paro en este párrafo de Halfon: “Estoy sola, como cuando aterricé en Berlín. Pienso en vos, como siempre. Como esas personas a las que amputan un brazo y lo siguen sintiendo.” Yo también dije esa frase hace muchos años. Es curioso que a veces percibimos el palpitar de aquello amputado. Incluso echamos de menos momentos que no hemos vivido. Mutilamos ilusiones y sueños. Ahora que lo pienso, nunca encontré el Tempelhofer Park. ¿Lo hubiéramos encontrado de haber ido juntos?


lunes, 1 de febrero de 2021

Enero en los páramos

Enero ha sido un ir y venir de la Granja de los Tordos a Cumbres Borrascosas. Más que la cuesta de enero ha sido un Everest, oscuro y lastimero. Mientras leía las desventuras de Cathy y Heathcliff, parecía que arrastraba el libro camino a la casa lúgubre. Sentía el cielo rojo caer sobre mi cabeza y estiraba los brazos para ver si así llegaba con la punta de los dedos. Dijeron que el año nuevo sería distinto y ha ido acorde a la intensidad de Brontë. A mi intensidad, tal vez.

He recorrido los páramos atenta a sus sentencias y a sus sueños. Me repetía la idea de felicidad celestial de Cathy. Parecía tan sencillo solo ansiar esa imagen. “… mecerse en un árbol verde y lleno de susurros, con el viento del oeste soplando y brillantes nubes blancas volando presurosas por encima; y no solo alondras, sino también tordos, mirlos, pardillos y cucos, haciendo brotar su música por todos los lados, y los páramos viéndose a lo lejos, recortados por frescos y umbrosos sotos, pero muy cerca de ellos grandes oleadas de hierba alta ondulándose como las olas por la brisa, y bosques, y aguas cantarinas, y el mundo entero despierto y loco de alegría.

El mundo entero despierto y loco de alegría. Intentaba cerrar los ojos y escuchar esos pájaros. Pero de pronto volvía a asaltarme el temor, y no era Joseph que viniera malhumorado, era el frío, la borrasca que me sorprendía, que me impedía escribir aquí o terminar un libro. Me acosaba la imposibilidad de leer, de conciliar el sueño, de escribir dos líneas que no estuvieran llenas de miedo. Me perseguía la prolongación de la tristeza, la falta de abrazos, de besos cálidos, de paseos tranquilos.

Cielo rojo de enero 2021.

A menudo me conformaba con imaginar aquello que me daba placer. Ahora parece que es una urgencia para seguir viva, como Heathcliff debía recordarse el respirar y el latir del corazón cuando ella le faltaba. Y leía, antes de dejarlo también a medias, a Olga Novo que escribía, “y sonríes porque sabes / que todavía no has caído / definitivamente / en la curva melódica del silencio.” Porque sé que aún puede ser peor, que aún puedo no levantarme, que aún puede no verse ni una nube. Que todavía existe un mínimo ruido que nos mantiene en pie con los ojos vigilantes hacía arriba.

Quizá se trate de conformarse. De no esperar que los árboles susurren, sino tan solo que estén allá parados. De no escuchar a los pájaros, que se hayan quedado mudos, impertérritos al movimiento del cielo. María Gainza en El nervio óptico, citaba a Cézanne: “Lo grandioso acaba por cansar. Hay montañas que, cuando uno está delante, te hacen gritar ¡me cago en Dios! Pero para el día a día con un simple cerro hay de sobra.” Será eso, tendría razón el pintor, que para diario no nos hace falta más.

Cielo blanco de enero 2021.

lunes, 28 de diciembre de 2020

El tiempo es el castigo

Cielo, 26 de diciembre de 2020.

A solas nos rendimos, Leila. No en las fotos en las que sonreímos. Tampoco en los zooms, en los meets de trabajo durante estos 290 días. Reuniones en las que nos hemos vestido a medias y hemos sobrevivido a medias. Apagando la cámara para llorar, para respirar o suspirar profundamente y así seguir mintiendo. Que se puede trabajar, que se puede llamar cada día a la familia y asentir que estamos bien, que no se para.

Continuar como si nada. “Comer con culpa es comer sin hambre, por pura necesidad, y masticar lento, con rabia, y tragar pensando que hay otros que ya no tragan, ni sienten hambre, aunque estén ahí, al lado del arroyo”. Igual. Mariana Travacio lo definió en Como si existiese el perdón sin saberlo. Comer sin hambre. Seguir sin ganas, sin fuerzas, sin alma. Arrastrar los pies pero ser efectiva, hacer la compra y pagar las facturas. Tragar pensando que hay que ya no tragan. Que los hay que nos han abandonado, que han descubierto que no les hacemos falta. Necesitaban una pandemia. No sentir hambre pero darse de comer.

Obligarse a la falta de afecto. Dar las gracias con los ojos. No recibir abrazos cuando una se derrumba. Convertir el desapego en un hábito. “El tiempo es el castigo” que decía Sara Mesa en Un amor. Contar los días, ver pasar los meses, acumular desencuentros, desencantos y momentos no vividos. Ese es el verdadero álbum de este año, el de lo no vivido. Los no abrazos, los no besos, las no visitas, las no sorpresas, los no viajes, las no caricias. El castigo. Y mientras seguimos fingiendo que no nos rendimos.

Tal vez por eso uno de mis libros de este 2020 sea el western de Travacio. Porque sigo en la carreta. Atravieso la llanura y tropiezo con las piedras. Me zarandea y siento los golpes en las costillas, el dolor de cabeza y la falta de aliento. El propósito es llegar al año nuevo, con la cara llenita de polvo y las manos heridas, pero llegar. Saber que al otro lado del arroyo sigue lo que ansiamos, que no es un espejismo, que nos está esperando y que volverá a convertir en rutina el tacto y el cariño, aunque estemos rendidas y cubiertas de tierra.