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lunes, 3 de agosto de 2020

La luz de las estrellas nos empapa los zapatos

Los veranos son los aviones que nos llevan a destino, son los batidos de melocotón hechos en casa o los helados que nos hacen coger frío. Dice Annie Ernaux que no hay que olvidar los libros que nos marcan en esta estación. Las historias que leemos determinan nuestros pasos en los meses de canícula. Leí en su Memoria de chica, hace unas semanas, que su libro en del 58 había sido El bello verano de Cesare Pavese. Y en esas páginas dio comienzo también mi mes de julio. Entre lienzos y pintores. Recuerdos ya de mi verano 2020, el pandémico y gris.

Con los años traemos de vuelta las vacaciones anteriores. Revivimos a otras yos más jóvenes que disfrutaron de esos días. Tienen parte de nosotras todas aquellas. También dice Ernaux que “a partir de los veinticinco los veranos ya no son inmensos, se acortan en veranillos cada vez más rápidos”. El tiempo no se para y nos aparece agosto en un salto desde el invierno. Como si fuera la cuenta atrás a un otoño ya con menos luz, sin una haberse dado cuenta de cómo ha pasado el mes de julio.

Mosteiros, São Miguel (Azores). Agosto 2019.

En la atrocidad de este estío atípico y cruel aparecen más que nunca “los pequeños monstruos de los sueños limpios del verano. Algo así como cigarras vestidas con ropas de domingo, como libélulas que supieran tocar la viola”. Regresa esta idea de Mary Ann Clark Bremer en Una biblioteca de verano. Pequeños monstruos que vienen a recordarnos, dormidos y despiertos, que debemos volar. Nos exigen que hay que hacer la maleta, que hay que callejear mundo, que hay que salir de casa. Sí o sí, no existe otra opción. Pero no saben que no podemos hacerlo, este año no.

Prohibido salir; no debemos, no conviene. Gran contradicción para lo habitual en estas semanas de calor, de las que guardaríamos las fotografías y formarían parte de nuestro álbum vital. Intentaremos hacerlo igualmente rememorando a Tabucchi en Dama de Porto Pim, por ejemplo. Recuperando los mares surcados por los balleneros, escuchando las alminhas desde los acantilados. Recorriendo la costa en el coche familiar de Anne Michaels y dejando que "la luz de las estrellas nos empape los zapatos". Memorias, solo eso.

Este año no habrá aviones que nos lleven a tierras azorianas. No perderemos vuelos, no habrá postales. Fue María Gainza en El nervio óptico quien hizo una lista de lo que nos perdemos por no viajar. Todos haríamos la nuestra. Se desvanecería la oportunidad de sentarse en un despeñadero para cerrar los ojos, notar la brisa y capturar en la retina el cambio de colores del cielo maderiense. No andaríamos con gusto entre la frondosidad y las cascadas de la isla de Flores. No atravesaríamos Faial de faro en faro recogiendo hortensias, con la esperanza de que esta vez sí arraigarían a la vuelta. Tabucchi, no, no traeríamos con nosotros la voces de las sirenas. Si no viajamos no habría nada de todo eso.

Aunque no podamos darnos el placer de volar y hacer ver que somos otros, por unos días, Gainza dice que “la imaginación sigue siendo tu aliada y que con lo que tenés acá tu mente se entretiene de lo lindo”. No solo el recuerdo de lo vivido o leído, sino las proyecciones posibles. Cerremos los ojos, entretengamos la angustia con la inventiva. Nuestro ideario está lleno de historias para pasar los días de bochorno creando souvenirs nuevos. Fue en Los errantes de Olga Tokarczuk donde leí que “hay cosas que acontecen por sí mismas, hay viajes que empiezan y acaban en sueños, como también hay viajeros que responden a la balbuciente llamada de su propia inquietud”. Somos seres inquietos. Somos viajeros que sueñan. Nos queda soñar y andar kilómetros a bordo de las estrellas que nos empapan los zapatos.

Ponta do Arnel, São Miguel (Azores). Agosto 2019.

lunes, 27 de julio de 2020

Fósiles

El cielo es un trapo a punto de cruz / donde los espacios que quedan en blanco / son un idioma desconocido.

La paciencia de los árboles, María Sotomayor.

Estos meses nos han presentado los retales en blanco. Nos han dejado el vacío para las puntadas, para los trazos distintos, para el sonido forastero del nuevo silencio. Hemos debido llenar los agujeros, los que se han hecho cotidianos junto a la resignación, con ese idioma desconocido.

Cada cruz bordada en ese lienzo nos ha mostrado una debilidad. Somos capaces, tras 136 días, de organizar el mapa de la fragilidad. De reconocer, por fin, lo que nos hace vulnerables. Sabemos; tras el encierro, el confinamiento, la desconfianza y el miedo, qué es aquello que nos quiebra y sin lo que no podemos completar la labor.

Escribe Claire Legendre en El Nenúfar y la araña: “El recuerdo de lo que ha sido o de lo que habría podido ser, de aquello a lo que he renunciado para conservar tranquilamente el fósil.” Nos quedan los fósiles. Los fósiles de aquello que, atravesando la pandemia, hemos querido mantener junto a nosotros. El recuerdo de lo que era, de lo que existía, de lo que nos hacía felices y nos permitía dar cuerda a la rutina. Avanzar porque existía la seguridad de que “todo” seguía ahí.

Esos fósiles son resquicios de aquello que ardía en la normalidad. ¿Podemos aferrarnos a los fósiles? Hacemos lista de los puntos frágiles. Los abandonos, los olvidos, las voces que hemos dejado de escuchar en estos meses. La enfermedad que nos hace estar pendientes de la lucha. La esperanza sobre el cuerpo traslúcido de una gata. La despedida para siempre de aquella que parecía eterna y tiraba del carro familiar. Fósiles.

Making Amends, Holly Warburton.


Cada pérdida y cada batalla supone un duelo. Dijo Paula Vázquez en Las estrellas, “leí que el duelo clasifica y reordena a quienes rodean al afligido, pone a prueba a los amigos, unos lo superan y otros fallan.” Ante el derrumbe, la comprobación de los que se quedan. De los de verdad, los que valen, los que no fallan. Ante la muerte, la desesperación y el terror, la valentía de los que montan el puzle. Los que sustentan las piezas, los que endulzan el duelo.

Todo ello ha supuesto aprender a vivir en alerta. Aceptando el reposo cual quimera. Entender cómo caminar sin la tranquilidad de antaño, sin la paz de la costumbre, con los ojos abiertos y acechantes. Hemos dejado atrás la quietud, como si al río calmo lanzáramos la piedra y diera el máximo de rebotes. Decía Pilar Adón en Las órdenes que “cada paso adiós, cada separación, / un desamparo que niega el reposo.” Cada quiebra, cada pieza perdida, todo suma al desamparo sin reposo. 

lunes, 20 de julio de 2020

La circularidad del mundo

Nos abandonan. Sumamos abandonos pero no los anotamos. ¿Por qué no queremos llevar la cuenta? Los asumimos como si fueran tareas que cumplir. El siguiente y a seguir. Aprendemos que el que se va desea "eludir, esquivar, escapar, desertar... fugarse, escabullirse, desdibujarse... Desaparecer". Así lo escribía Verónica Gerber Bicecci en Conjunto vacío. Sumamos abandonos convirtiéndonos en "compiladoras de historias irremediablemente truncas". Los que nos abandonan, desaparecen.

Desaparecen pero no mueren. Hablamos de los que no mueren. Los que dejan una herida que trasmina, que se adentra y nos oprime. Gerber también lo sabe y nos dice que “desaparecer es parecido, pero la muerte, creo, deja una herida grande (enorme), de golpe, que cierra poco a poco; y la desaparición – al contrario – hace una herida chiquita, que se abre un poco más cada día.” La herida del abandono de los vivos no se cierra nunca. Escuece para siempre, duele y no cicatriza. Porque se van y siguen viviendo sin nosotros.

¿Por qué se van? Nos puede dejar un amor, una amistad, un padre. No hay roles, ni jerarquías, ni familias, ni acuerdos que valgan. Podemos buscar sinónimos a desaparecer, pero todos acaban en Roma. Estas semanas ha coincidido, casualidad o no, la lectura de tres libros que han hablado de esas pérdidas. De cómo masticarlas, de cómo no hacer bola, de cómo poder digerir. Una ha sido Gerber, otra Cusk y otra Kamenszain.

                                                                                                     Flores a los pies, 19 de julio de 2020.

Las tres hablan de un mismo hecho. Tamara Kamenszain escribe en El libro de Tamar cómo creamos lenguajes indescifrables con los que amamos. Cómo somos capaces de aislarnos del mundo mediante un vocabulario propio. Los que nos rodean no entienden. Solo nosotros sabemos de esas palabras mágicas, de esas consignas, de esas llaves que abren nuestra sonrisa. Cuando dichas personas se esfuman eso también se une a la pena. Reaprender unas palabras que vuelven a simbolizar lo mismo que para el resto. Nos enfrentamos al caos. Ya no significan nada, ya no nos unen a nadie. Es ahí cuando esa pérdida se convierte en sufrimiento porque hay que aprender un lenguaje nuevo.

Rachel Cusk en Despojos afirma que “al principio hay una especie de encanto lánguido en el sufrimiento, porque el sufrimiento es el corolario de la salud, tal como la embriaguez lo es de la sobriedad. El encanto reside en el hecho de alejarse de la normalidad. Por algún tiempo, el estado antiguo presta su luz al nuevo, como el sol presta su luz a una estrella muerta, pero poco a poco he ido tomando conciencia de un frío inmenso, de un silencio que lo atraviesa como una sombra.” Eso es. No desfallecemos porque los resquicios de lo que fue siguen alumbrando al nuevo presente. Solo por eso, porque no se desdibujan del todo. Siguen ahí. Empezamos a sufrir cuando de ellos ya no queda nada. Sombra y silencio.

Es entonces cuando, cita Kamenszain “lo que mustio de mí se ahueca en vos: / dos tristes nadadores de lo hondo.” Nadamos a la deriva. O como dice la propia Cusk, nos volvemos "sensibles igual que los juncos a la caricia del viento". Nos tornamos frágiles, nos desmontamos ante la soledad, ante el silencio. Apunta Gerber que “la soledad es invisible, se atraviesa sin saberlo, sin darnos cuenta. Es una especie de conjunto vacío que se instala en el cuerpo, en el habla, y nos vuelve ininteligibles.

¿Os dais cuenta? Creamos idiomas propios con los que amamos, los perdemos cuando desaparecen y la soledad nos vuelve ininteligibles. Círculos. En Conjunto vacío leía que "el amor siempre nos demuestra la circularidad del mundo". Algo así debe ser, aferrémonos pues a ese amor para que no desaparezca y complete el círculo.   

lunes, 29 de junio de 2020

Luciérnagas

Crecemos creyendo a pies juntillas las afirmaciones familiares. Aceptamos las posibles enfermedades hereditarias sin pedir un diagnóstico que lo certifique. Nos lo creemos. Nos repetimos desde niños que podemos quedarnos ciegos. Escribimos en el diario que el abuelo luchó en el frente, toda una narración que sabemos de memoria. Paso a paso. Cuarenta años más tarde no cuentan una versión ampliada, con más protagonistas, con otro final. Somos nuevos ante lo sucedido, ante lo que teníamos guardado. ¿Por qué no lo supimos antes? Avanzamos convencidos de unos hechos que nos construyeron, pero de los que ahora dudamos. ¿Por qué nos mintieron? ¿Para qué esa invención?

Chilean electric, el libro de Nona Fernández que me recomendaron en Lata Peinada encarecidamente, me ha devuelto esa inquietud y he compartido con ella las preguntas y los miedos. Cuestionarse el porqué de los relatos de los antepasados. Se intenta no ir constantemente con las pestañas cargadas de nostalgia, dice María Sotomayor, pero en ocasiones nos urgen las respuestas.

Atardecer en estado de alarma, junio 2020.


Fernández se cuestiona
cuál será el mensaje oculto que guarda aquella historia. Qué cortocircuito quedó ahí, soltando descargas eléctricas que después de tanto tiempo aún me mantienen alerta. Me pregunto por qué mi abuela quiso contarme como un recuerdo un hecho en el que no participó.” Cuando descubrimos que aquello que nos ha hecho ser así, aquello que recordamos con toda la luz del cielo, no es cierto, todo se tambalea. El suelo tiembla, los pies no se mantienen firmes, los pilares vibran ante el derrumbe. Debemos saber el porqué de esos hechos. Por qué nos fueron contados así. Encontrar el detonante del chispazo, la intención de que uno tras otro aseguraran esa información fiable, fiel y propia.

Sé tan bien como ella que los límites entre la realidad y la ficción son débiles.” Lo entendemos, igual que Fernández y su abuela. La narración traspasa generaciones. De los bisabuelos, a los abuelos, a los padres y nos llegan en forma de verdades absolutas. Es difícil, entonces, intentar buscar respuestas. Imposible reconstruir un relato desde la incertidumbre que tantos han creído como legado familiar durante décadas. Leemos que las historias de los abuelos iluminan el pasado y nuestra mirada las proyecta al presente y al futuro. Las proyectamos, siempre y para siempre, y seguramente las seguiremos contando a los que vengan, aun sin reconocer la certeza de los hechos.


Ese cortocircuito, ese chispazo, esa luz que proyectamos por herencia, nos puede llevar a pensar en las luciérnagas. Lo contaba Pier Paolo Pasolini en su conocido artículo sobre ellas en el Corriere della Sera en los años setenta. Él lo utilizó de símil a un antes y un después del fascismo, un antes y un después de las luciérnagas desaparecidas por la contaminación. Se decía que “tan difícil era la vida del pastor cuidando sus rebaños en la noche, que la naturaleza le regalaba luciérnagas como vestigios de luz en la temible oscuridad.” Fernández afirma entonces que ahí está el mensaje oculto de su abuela. Tal vez ese recuerdo imaginario sea como una luciérnaga e ilumine con la letra la temible oscuridad. Quizá, por eso, los sucesos nos lleguen de la manera que lo hacen. Para iluminar, cuál luciérnaga que ayuda al pastor, la oscuridad que podamos hallar en el camino. Para que creamos, sin cuestionarnos, lo que nos dicen los apellidos que llevamos y vivamos con esa seguridad, con esa luz.

Resulta inverosímil y puede que, por esa razón, nos resignemos a continuar creyendo lo que hemos puesto en interrogante. Tantos ascendientes lo creyeron. Puede que sea cierto que las historias tuvieran intención de ayudarnos actuando igual que las luciérnagas. A lo mejor lo que pretendían tan solo eran mantenernos alerta de por vida. Llegados aquí, hay que ser más fríos, más racionales, más estables. Leer a Annie Ernaux, la conciencia serena, y repetirse que “ninguna pregunta que se aplique a las cosas del pasado tiene sentido”.

lunes, 22 de junio de 2020

Arriemos velas



Escribir desde la nostalgia de lo que no ha sucedido. Recordar la infancia mediante fotografías que tal vez no se hicieron. Sus voces se entremezclan con la mía y ese lazo rojo me hace sentir menos rara, más valiente, más orgullosa.

Asumir los 100 días de pandemia como un aprendizaje. Afirmar que afianzamos el amor mediante la añoranza. Lo que no se echa de menos no se quiere. Hasta se puede echar de menos lo que no ha existido nunca. El imaginario, el deseo, la urgencia de tener lo que no se tiene y tanto se adora. Aquello que construye lo que somos, lo que nos moldea, las piezas que nos faltan y que se mueven sueltas por el mundo. Un mundo que va y sigue y no se para, sin saber que esa pieza completa una construcción en otro sitio, no muy lejos. “Si somos importantes es porque nos deseamos”, así lo escribe Luna Miguel. En el deseo debe estar la clave de ese puzle.

La literatura, al igual que la imaginación o las aves pintadas de Audubon; crea realidades propias. Realidades no menos verdaderas, sino más personales, más íntimas. Formamos nuestros relatos de la mano de aquello que queremos, de lo que necesitamos y no está. No está de la manera que conseguiría el cielo azul todos los días, que lograría la sonrisa y la carcajada, que nos haría dormir del tirón con los pies calientes. Quien dice la literatura, dice el confinamiento, dice la nostalgia, dice el querer por encima de las fases.

Ese querer significa atesorar. Recordemos que para atesorar hay que cuidar, ya lo dijo Dorothy Parker. Me ha parecido que esta correspondencia entre Luna y María era un buen ejemplo de ese “crear tesoro”. Estos meses de pérdidas constantes debemos custodiar todo ese epistolario virtual. Los mensajes que nos han hecho poner fin al llanto. Las miradas, a través de las pantallas, que han conseguido desatar el nudo del estómago. Los audios que han logrado las risas. Risas que hemos tatuado en la piel herida para recordarnos que todavía sabíamos reír. Habrá que pensar en los que han estado ahí, arropándonos y dejando que les arropáramos. Los que han permanecido en servicio de guardia, con la oreja atenta al sollozo, con la manta preparada para abrigar el temblor. Consiguiendo que seamos capaces de mantener la calma, la armonía, el aguante.

Escribió María Sánchez que “es obligatoria la armonía, y el objetivo perseguido nunca cambia: que todos al día siguiente sigan siendo los mismos.” De eso debe tratarse. De mantener el aplomo, de ser resiliente, de olvidar que tan solo es resignación lo que asumimos. Creer que somos realmente valientes, que el objetivo nunca cambia. Lo único que sucede es que debemos aprender a perseguir la meta desde un escenario distinto.

Siempre atenta a las palabras de Leila Guerriero. “Hoy cuando todo ha sucedido, hago, como entonces, lo único que se puede hacer. Arrío las velas. Aguanto.” Confiemos en que los que queremos, y han estado, estarán también al final del túnel. Mientras se hace la luz a la salida, aguantemos y dejémoslo todo escrito.