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lunes, 14 de enero de 2019

Que se escriba como se ama

             Y es imposible
escribir hoy tu nombre de otra forma.
Imposible también, tras conocerte,
no volverse un gramático purista
de esos que literalmente dedican
las horas que les quedan por vivir
a defender tus reglas ortográficas
o, lo mismo,
                               vivir reivindicando
que tu nombre se escriba como se ama.”

Ben Clarkpoema "Esther" de La mezcla confusa.

La Esther de este poema nada tiene que ver conmigo. Tan solo su nombre. Su historia fue su historia, como me contó Ben, y la mía ha sido otra. Compartimos, eso sí, un nombre con una cierta exigencia desde que aprendimos a pronunciarlo. Toda la vida repetiremos ese: “Sí, con hache, por favor.” Porque los nombres nos definen y no son otros sino los que son, los que nos representan y se escriben de una manera exacta y concreta. Y se pronuncian como esperamos y nos apodan como deseamos. Así es, dado que constituye nuestro título, nuestra presentación, nuestro ADN. Porque si no se cumple, no somos nosotros. Debemos, por ello, reivindicar que nuestro nombre se escriba como se ama. Con hache, por favor. 



En mi familia, por ambas partes, ha habido, y hay, Marías y Teresas a mansalva. Los que fueron de casa Isabelana o casa Palleta o casa Antonio, pusieron títulos bien castizos a los suyos, sin olvidar esos dos. Aquellos cuyos descendientes repitieron hasta llegar a llamar a sus hijos de manera idéntica. Primas apodadas igual, porque sí. Decisiones que nos marcan de raíz. Porque quizá no todo hubiera sido igual de no tener que especificar siempre qué Mayte es y de quién. Porque nos trasladan una decisión de por vida escogida sin preguntar. Porque nos catalogan como parte de una estirpe que debe llevar la denominación que se nos impone. Con ella seguimos. Con otra, el camino, tal vez, sería distinto. Con hache, por favor.

Otro día os contaré la razón por la que tengo el segundo nombre que tengo. Que podría haber eliminado de mi carné de identidad, que podría haber borrado de mi historia. Pero entonces hubiera anulado parte de la historia de mi padre, quien necesitó que no solo me llamara como decidió mi padrino de bautizo. He dicho que nos determinan, pero también los marcan a ellos. A los que nos tatúan, como el número grabado a fuego a las vacas. Aunque se les llame de manera distinta a los dígitos, ellas saben su numeración. Con hache, por favor.



Decidí tejer esta manta ante la llegada inminente de un nuevo miembro a la familia. Creyendo que tal vez su nombre no hubiera sido elegido pensando en su herencia, ni en aquellos repetidos por los ancestros, ni en ninguna persona familiar de la que necesitaran perpetuar su título. Elegí la Baby Tweed de Katia y tejí esta manta de hojas de Leyla Alieva. Mientras dentro acababa de formarse la pequeña, afuera lazada a lazada iba creciendo también este tejido que le será arrullo, le será calor, le será parte de su historia. Espero que sus padres algún día le cuenten cómo crecieron ambas de la mano, que le expliquen el porqué se llama como se llama, ya que desde el momento en que se pensó su nombre: ella existe. Judit está a punto de llegar. Sin hache, por favor.  


lunes, 7 de enero de 2019

Me quedaré hasta que cambie el viento

Cuántos querríamos haber vivido en la C/ del Cerezo número 17. Saber que el viento del este y la niebla gris nos traerían a la niñera mágica. Estar seguros de que en una ciudad con un cielo incoloro, como la nuestra, aparecería ella prendida de su paraguas y cuidaría de nosotros, de los nuestros. Que podríamos reír sin parar hasta quedar colgados del techo, que entraríamos en los cuadros y nos vestiríamos de mil colores para cantar el supercalifragilísticoespialidoso. Pero nunca vino.

Confieso que era una de esas niñas que cantaban y bailaban cada vez que regresaba a la película. Que me inundaba la emoción verla aparecer y que escucharla asegurar que “todo es posible, hasta lo imposible” me hacía sentir capaz de todo. La imaginación iba conmigo, cierto, y creer en ella como en los Reyes Magos me devolvía la sonrisa. Confiar que todos los niños deberían tener una Mary, para soñar, para alejarse de los gritos, para pintar el cielo gris en tonos rosas. Para eso quería yo una Mary Poppins. Porque nosotros, como Jane o Michael, también necesitábamos que existiera la magia.

Pamela Lyndon Travers escribió sobre la niñera en los años treinta. Tuvo a su propia Poppins, la señora del paraguas que vino para salvar a su padre. Infancia dura, triste y dolorosa la suya. Podéis darle vida con la película Al encuentro de Mr. Banks, no os decepcionará. Descubrió que podían llegar de la nada personas con intenciones de rescatar a lo más querido. Por ello, una vez adulta, necesitó escribirlo, que no inventarlo. Lo compartió con nosotros, para contarnos que podemos creer que ante lo más peliagudo y oscuro que vivamos, puede cambiar el viento y traernos a nuestra Mary Poppins. 

Seguramente, en ese momento, no fuera consciente de todo lo que sus novelas iban a significar, de cómo sus palabras serían repetidas décadas después. De cómo muchos niñ@s nos sentíriamos identificados con su infancia, con su necesidad. Su adaptación al cine con Julie Andrews fue sublime, qué diré yo,  tras las negociaciones con Walt Disney para ceder sus derechos, su vida. Hizo que todos gozáramos de verla caer como si nada del cielo tan solo por cambiar el viento. ¿Quién no ha pensado en ella en ver girar una veleta?





Se han editado gran variedad de versiones del libro; ilustradas, ingeniosas, emocionantes, como la que hizo el Círculo de Lectores en 2013 ilustrado mágicamente por Júlia Sardà. Y por fin, este año, ha llegado traducida la maravilla de Hèlène Druvert en Edelvives. Un paseo con Mary Poppins es un cogerle de la mano y sumergirse entre siluetas, sombras, puros trucos de magia a través de sus páginas. Volar por ellas como si fueras la cometa de los Banks, como si danzaras al son del deshollinador. ¡Chim Chiminey, Chim Chiminey, Chim chim cher-ee!

El regreso de la niñera estas fiestas ha sido una explosión nostálgica. Aquellas niñas que necesitábamos verla todos los fines de semana y que seguimos entonando sus estribillos con solo mencionarla, estábamos ahí en cuanto se estrenó. La ilusión por el reencuentro hizo que en un primer momento todo fuera sorprendente. Realmente es una película con encanto, con detalles cuidados, pero… Los hermanos ya no tienen la luz que nosotros recordábamos y las canciones nuevas, aunque en su momento nos hagan recibir lágrimas emocionadas, luego no se van con nosotros a casa. No nos siguen, como sí lo hicieron aquellas. Una, entonces, piensa si ya no cree en la magia o, si por el contrario, esta ya no existe. 
Mary Poppins, con un poco de azúcar seguiremos soñando contigo. Srta. Travers lucharemos por salvar al padre, porque nada se perdió: tan solo no lo vemos, como bien les dice Poppins a los pequeños Banks.




lunes, 31 de diciembre de 2018

Somos precipitaciones

Este año he aprendido a ser muda, a aguantar el llanto, a no ver nada, a tener vacías las cuencas de los ojos. He acariciado y alimentado a la soledad, rodeada de humanos que no daban calor. He comprobado quién ofrecía la mano de verdad y quienes solo la dejaban flácida para sentirse bien. Los que me la dieron fuerte siguen agarrándome.

Este año he aprendido que el esfuerzo, la ilusión, aquello pendiente en los expedientes vitales de una, puede terminar en un “no apto”. Porque los sueños, a veces, no se cumplen. Porque el empeño o la pasión se pueden truncar cuando el cuerpo se desmorona y a una le da igual dormir que estar despierta. Nada se consigue si las cuencas de los ojos están vacías, repito. Si nos convertimos en precipitaciones que se caen entre recuerdos, que dice Alfred García en La ciudad. Nos arrastra lo vivido, tal vez sea cierto.



Este año me he reafirmado en mi creencia de que la familia no te arropa por las noches. Que una realmente puede sentirse sola entre los lobos y ser ella la que arremeta la manta bajo el colchón para no tener frío. Porque familia tenemos todos, pero no todas arrullan hasta que una se queda dormida. No todas.

Este año me he aventurado a viajar sola. Las estaciones de tren me hacen sentir la soledad a plomo pero también me aportan la serenidad de ser yo misma, me devuelven la parte de mí que me fija en el suelo, me llevan a lugares en los que, aunque solo escuche el silencio, me hacen fuerte y me hacen viva. Sí, hacerse viva. También eso lo he aprendido.

Este año me he dicho que cada uno hace el balance que quiere, este es el mío. Con la intención puesta ya en el 2019 para tejer y dar calor a los míos, para leer sin freno y descubrir nuevas historias, para recorrer el monte sin cesar, solo allí tocamos las raíces y el cielo con las manos. Repitiéndome que “la mañana sabe igual del dolor y del abismo. / Ven, dame la mano, / quiero volver a vivir a pesar de todo/ con la fuerza del miedo y la derrota.Sara Herrera Peralta, de nuevo con la razón en los versos. Que no me pare el miedo, que no me venza la derrota, que lo que sé y lo que siento hagan que luzca viva a mis ojos, que se llenen mis cuencas.


Baix Segre, 30 diciembre '18.

lunes, 24 de diciembre de 2018

La Navidad de Tanning

Navidad, escultura de tela de Dorothea Tanning. Museo Reina Sofía, octubre '18.

¿Qué es la Navidad? En mi pasión por ir en busca de los surrealistas, descubrí el pasado mes de octubre que la representación de la Navidad para Dorothea Tanning, era también un poco la mía. Lo que veis. ¿Un cuerpo? ¿Dos cuerpos? Enlazados sin pudor. La carne y la tela, primero enemigas, se reconcilian y comparten espacio. ¿Lo comparten? ¿Es espacio compartido u obligado? Para ella existía una lucha continua, como si la tela que nos viste se nos engullera y nos diera la vuelta. Como si nos quedáramos del revés. Curiosa representación de un día tan señalado. Como si la previa a tales comilonas compartidas nos dejara ya exhaustos y llegáramos a las veladas hechos un nudo. Como si la propia ropa se nos tragara y no quedara de nosotros más que lo que aquí observáis.

Tal vez sea esa la razón por la que el Surrealismo me fascine. Por su habilidad para dejar constancia tangible de tal cúmulo de sentimientos. Por ser capaz de crear en forma de objeto la pesadumbre, el agobio, la ofuscación. La obligación de comprar, comprar, comprar, comprar y de sonreír por tener que compartir. Escribía la propia Tanning: “Ráfagas, ráfagas / desempolvando la calle agitada. / La nieve acumulada se alza. / Él pensó en amapolas rojas.” Ser una cosa y simular otra, la que se espera, la amapola roja entre la nieve. Porque el tiempo pasa volando y hay que aprovechar las ráfagas, dejarse llevar aunque se nos coma la propia piel.


En 1936 dejó Chicago persiguiendo el Surrealismo que hervía en París. Allí encontró al amor de su vida, Max Ernst. Este abandonó a su reciente esposa, Peggy Guggenheim, tras quedar fascinado por la americana. Se convirtieron en una combinación explosiva, mezcla de un juego de puertas y espejos por donde huir al otro lado. Como si se adentraran juntos en el mundo de Alicia en el País de las Maravillas, tema recurrente en la obra de ambos. Los dos mundos. La artista repetía siempre que era difícil ser siempre la misma persona. Por eso, supongo, que fundía los cuerpos con las telas, por eso engullía lo que una es en un momento para aparecer siendo otra, la misma ya existente en el reverso.

En un artículo de Lorena G. Maldonado, leí que “Dorothea vivía en el “vértigo perpetuo”, donde cualquier umbral, visible o invisible, conducía a otro.” Ese vértigo la llevaba a ver así la Navidad, nada distante del Grinch, nada distante a la huella de tristeza que a muchos nos dejan estos días, nada distante a la figura que observáis. Retorcida, inconexa, violenta, inentendible. Quizá la mejor táctica para deshacer ese entuerto de los días que empezamos, sea la vuelta a los clásicos que nos emocionaban, para volver a sacar la piel afuera. Eso es lo que haré. Adentrarme al otro lado de las puertas y espejos. Para recuperarme, para bailar ese tango conmigo misma que apuntaba Tanning, para sobreponerme a la felicitación que todos hacen de la tristeza. Porque como ella decía: “¿por qué recibir felicitaciones tan sólo por vivir?”.

lunes, 17 de diciembre de 2018

Vivir a puro golpe

“Hacedor de sueños: / haz de la confitura su apetito, entrégame a los ausentes, / devuélvenos la infancia.”

Llegadas estas fechas ya estábamos hartos de abrir armarios en busca y captura de los regalos. Nunca queríamos saber qué eran, solo ver los paquetes con los papeles de Navidad. Reconocer la mentira, asegurarnos de que realmente habría sorpresas para nosotros, que no nos quedaríamos sin ellos, fuera lo que fuera lo que se viviera en esa casa. Estar tranquilos, respirar sabiendo que los gritos no habían ahuyentado nuestras merecidas recompensas.

Recuerdo con exactitud el momento en el que descubrimos los paquetes, la primera vez. El lugar concreto, el color del papel, los ojos de mi hermano. Esa expresión mezclada entre el triunfo y la decepción a partes iguales. Tal vez, se convirtiera en uno de los tantos momentos que nos unieron para siempre. Que fuera ese nuestro inicio del hilo rojo que ya no soltaríamos jamás.  

Intenté que ese descubrimiento no rompiera la magia que tenían las fiestas para mí. Intenté seguir creyendo que esos regalos “no eran porque tocaba” sino que eran deseados y merecidos. Intenté, como decía Sara Herrera Peralta, “vivir a puro golpe, / como en toda vieja construcción/ del equilibrio. / Creer.” No dejar de creer. Creer que eran regalos deseados por quien los hacía. Porque hacer regalos debe ser a conciencia y con intencionalidad. Porque hacer regalos no debe ser por obligación ni con desidia. Porque hacer regalos debe ser con premeditación y con el estudio previo a la ilusión del que recibe. Si no es hipócrita, si no es egoísta, si no es para sacarse peso uno de encima. Todo eso se vislumbra a través del envoltorio, por muchos renos o purpurina que este lleve. Por mucho que suenen villancicos, el desánimo chirría.

Navidad '17.

Descubrir el hallazgo no hizo que se perdiera la rutina del esconderlos y envolverlos con el papel brillante. Aprendemos ya de niños a mantener el engaño para hacer felices a los demás, para que crean que consiguen su objetivo. Era niña de rituales, aunque hubiera descubierto la primera estafa de la vida. Pedía siempre lo mismo al soplar las velas en cada tarta de cumpleaños, al cerrar los ojos en cada Noche Vieja… escribía cada año el mismo deseo en mi carta a los Reyes Magos. Siempre lo repetía, año tras año hasta pasados los veintimuchos. Aun reconociendo, muy adentro muy adentro, que no se cumpliría, que todo había empezado a derrumbarse con el primer gran engaño y el encuentro de aquellos paquetes.  

El futuro es una mentira que solo existe / en las manos de un niño”. Por eso conservo una lucecita encendida de aquel entonces. De cuando todavía una creía que llegaban los regalos, aunque hubiera tanto ruido, porque eran recompensas al esfuerzo de mantener la magia y la sonrisa. Porque una quiere creer que aún los hay que regalan por amor y no por obligación. Porque todavía estudia los detalles para encender las luces de los demás, pero no de todos, solo de aquellos a los quiere. A los que no se quiere, a los que no importan, a esos, no se entregan los regalos. Por todo ello “se aceptan las ofertas publicitarias / y se llenan las manos de números de la suerte: porque se necesita la fe / en este mundo.” Yo también la necesito y acepto todos los números de la suerte.

Todos los versos de este post corresponden al poemario Documentum de Sara Herrera Peralta.
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