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lunes, 22 de octubre de 2018

Vagabundear con ellos

“A mí me gusta capturar un instante de actividad diaria en la vida de cualquiera, o de ensimismamiento, o de conversación. Una chica que se pinta en el metro, una mujer que lee una carta, una anciana que habla sola. Todos ellos interpretándose con naturalidad a sí mismos, ignorantes de la mirada ajena que los observa, los ama, los admira en ese momento, y aprieta el clic con la mera intención de narrar en imágenes aquello que con palabras se diluiría. Un diario paralelo a este otro diario que cuenta lo que la escritora ve mientras vagabundea.”

El chico del antifaz que cabecea a tu lado en el tren camino a Madrid, dos horas aislado de la luz tenue del vagón silencio. El que le tiembla la mano bruscamente y come churros junto a ti en la barra, ese, el de la cazadora de cuero que llama a su madre mientras agita el desayuno. El niño que corre sonriente entre las obras surrealistas de Dorothea Tanning, lejano a la barbarie, la atrocidad, al terror que muestran dichas esculturas sin cabeza y con angustia. Madre e hija que comparten postre en el restaurante. Se gritan un “¡espera!” para fotografiar ambas la golosina y así compartirla en sus redes sociales. La chica en la librería que pide el café con leche en vaso, por favor. El señor vestido de uniforme que duerme en el metro, entre el gentío a las seis de la tarde de un sábado en la parada de Gran Vía, él hasta parece estar soñando. El que ríe en el tren, en el viaje de vuelta, mientras whatsappea. Qué bonita la risa generada por una conversación a distancia, qué maravilla que arranquen la sonrisa unos mensajes de alguien que te piensa mientras vas a su encuentro.

¿Y esa pareja que camina detrás mío? Sitges, octubre '18.

En mi último viaje sola, rumbo a Madrid, me llevé deberes. Elvira Lindo me puso tareas. Anoté en mi libreta durante todo el día la gente que vivió las calles madrileñas a mi paso. Tiene toda la razón cuando afirma que comparten diario con nosotros. Esos desconocidos son parte de la historia, de nuestra historia, del recuerdo que escribiremos agotada la jornada. Porque los miramos, los observamos detenidamente y sonreímos, nos sulfuramos o emocionados con sus movimientos o palabras. Puede que olvidemos sus figuras con el tiempo, tal vez no pensemos en ellos nunca más. Aún así, debemos ser capaces, también, de darles el protagonismo que merecen. Durante unos minutos han centrado nuestra atención, nuestra intención. Durante unos minutos hemos vivido sus vidas, compartido espacio, y tal vez, hasta intercambiado miradas y sonrisas.

¿Por qué hacerles desaparecer tan deprisa? Personajes que actúan ajenos a nuestra persona. Se mueven, conversan y miran sin tener conciencia de nuestros ojos ni de nuestra libreta. ¿Imagináis que alguien escribe sobre vosotros en su diario? ¿Por qué no? Pululamos por la vida sin darnos cuenta de quiénes nos miran a lo largo del día. Vagabundeamos indiferentes a la importancia que quizá hemos significado para algún desconocido, para algún conocido que no nos confiesa que seremos parte de sus líneas, de su libreta. Tal vez llevamos el neón en el que otro se fija y por el que seremos recordados. El azar nos lleva a cruzarnos con ellos, como dice Lindo, para narrar en imágenes todo aquello que no hace falta decir en palabras. Pero, sí, cuenta transcribirlo y así no olvidarlo. ¿Quién se ha cruzado por vuestro lunes?

Una pareja, en una tienda de objetos de segunda mano, escoge bolas de bingo con números determinados de una caja repleta. ¿Días importantes para ellos? ¿Números unidos a sus vidas? Yo los fotografío y así se quedan conmigo para siempre. Segovia, agosto '18.

lunes, 15 de octubre de 2018

La memoria que se adapta

“El tiempo pasa.
Los recuerdos se borran, la memoria se adapta, la memoria se ajusta a lo que creemos recordar.”

Pasa el tiempo y una cree que recuerda pero tan solo es un espejismo, una parte de esa vivencia vuelve, pero no con la nitidez que creemos que la guardamos. Pasa el tiempo y regresas a lugares que antaño fueron tu casa, y que ahora solo frecuentas muy de vez en cuando, y te das cuenta de que siempre recuerdas lo mismo, con iguales palabras lo repites a la última ocasión en que estuviste. No se amplía el recuerdo, cuando regresas dibujas el diálogo idéntico de nuevo. Intentas que sea más certero, más ajustado a lo que sientes, pero no. La memoria se adapta, cierto.

Sitges. Octubre '18 

La nostalgia es tan amplia que acoge también los lugares donde viviste, sentiste, o los que te hicieron suspirar o sonreír. Aquellos parajes que aguardaron a tus pasos una y otra vez, si te ven volver hacen que el recuerdo llegue bueno, sano, libre de dolor. La memoria se adapta, sí. Paseas por las calles, reconoces locales que ya no existen, la arena que quemó tus pies, el olor de la sal es igual a entonces. La sal es la misma, o la memoria se ajusta a lo que creemos recordar. Intentas traer a ti más instantes, porque estuviste ahí más de seis años considerando que era tu casa, pero no vuelven más que los recuerdos de siempre. No queda nada más pero sientes nostalgia. Tal vez echas de menos no recordarlo todo, añoras no poder vivir con mayor intensidad todo lo que ese lugar significó para ti, no eres capaz de volcar todo el sentimiento que se agolpa al caminar. No lo eres.

Carson McCullers dijo que “estamos divididos entre la nostalgia por lo familiar y un impulso por lo extranjero y lo extraño. A menudo, estamos más nostálgicos de los lugares que nunca hemos conocido.”· No sé qué pensar. Es cierto que cuando una llega a un lugar que anhelaba siente ese escalofrío de triunfo, ese relajar los músculos porque ya está ahí viendo y viviendo todo lo que había tan solo imaginado. ¿Es eso nostalgia? ¿O lo es la pena por volver a pisar ese espacio y sentir que no te llega del todo aquello allí sentido? ¿Es melancolía, pena, miedo? Tal vez no sea nostalgia, sino el temblor por la velocidad del tiempo, por la fuga de los recuerdos nítidos, por el adaptarse de la memoria que nos roba aquello que conservamos translúcido en las páginas del diario.

Sitges. Octubre '18 

“Te quedan tus maravillosos recuerdos, me decía la gente más tarde, como si los recuerdos trajeran consuelo. No lo traen. Los recuerdos son por definición del pasado, de lo que ya no está. Los recuerdos son los uniformes de la Westlake que hay en el armario, las fotografías descoloridas y agrietadas, las invitaciones a las bodas de gente que ya no está casada, las tarjetas impresas en serie de funerales de gente cuya cara ya no recuerdo. Los recuerdos son las cosas que ya no quieres recordar.”

¿Y entonces por qué regresamos si ya no queremos recordar, Didion? ¿Por qué?

Sitges. Octubre '18 

martes, 9 de octubre de 2018

Sé mi marinero, Bob

¿Bob, quieres surcar los mares conmigo? Nancy y Bob se conocieron cuando ambos ya tenían hijos de relaciones anteriores. Ella identificó en él al marinero de sus sueños y se atrevió a preguntarle si recorrería mundo a bordo de un barco de su mano. Bob sí fue su marinero. Así decidieron enrolarse en una aventura de dos décadas, junto a Reid el hijo de Nancy. Durante su periplo navegaron por el mundo, estudiaron los mapas, las atmósferas, lucharon contra mil y una inclemencias y tuvieron hijos juntos. Hijos que la mayor parte de sus vidas dejaron en tierra, al cuidado de otras personas que no eran sus padres.

Viendo el documental surgen sensaciones contrapuestas. La dualidad de nuestras vidas. Una se cree enjaulada en la rutina cuando descubre vidas como la de Nancy. Cuando se da cuenta de que ella encuentra al capitán que siempre había estado esperando. Aquel que la sigue en sus andanzas, que no se rinde, que se enamora día a día de estar a su lado. Con quien descubrir cada rincón del universo, con quien disfrutar de cada ola como si fuera la cima de todo, con quien no imaginar un cielo sin sus ojos. Esa Nancy, la que disfrutó de un sueño y encontró a su Bob.

Nancy Griffith.

Por otro lado, y sin juzgar, eso nunca, piensas en sus hijos. Cómo explican el hecho de no tener padres o tan solo tenerlos a temporadas y siempre en alta mar. A veces se dice que son los padres quienes viven la vida al son de sus descendientes. Nancy y Bob hicieron que fueran sus hijos quienes redibujaran su estela. Lucharon por su sueño y decidieron la vida que deseaban, pensando en su fascinación, nada más. ¿Seríamos capaces de dejarlo todo en tierra firme por una ilusión así?

¿En cuántas ocasiones la literatura o la propia historia nos han ofrecido ejemplos como estos? ¡Cientos! Es un vivir idílico, como si ese romper las reglas fuera salvaje, como si ese "abandonar" a los hijos fuera cruel... Y ahora diréis: claro, ella no tiene hijos. Aventurados y listos sois. Y yo pienso en Teresa Mancha y José Espronceda, y en cómo se bastaban y el mundo no importaba. También huyeron, como Bob y Nancy, y en su huir "había una seguridad confortadora, sin ningún horizonte azaroso. Y en su simple firmeza vivieron confiados durante largo tiempo"  Así lo dejó escrito Rosa Chacel en Teresa, como Nancy grabó su vida en una cámara Bolex de 16mm para que todos comprobáramos su seguridad confortadora junto a Bob, para que todos abriéramos la mente a su vivir confiados en el mar por su elección porque, aunque fueran juzgados, ellos decidieron sus vidas y no aceptaron que nada les impusiera cómo vivir. Ellos no tuvieron una vida de mentira, obligada ni consciente en la rutina. Ellos escogieron surcar su existencia a cielo abierto, nada más.  

Nancy afirma que su vida transcurrió en el mar. Surcando entre icebergs, descubriendo tierras protegidas, reconstruyendo el navío, temiendo por su vida. Incluso fallecido Bob, no fue capaz de dejar el mar y continuó su ruta, sin él, sin sus hijos. Porque su hogar no estaba teniendo los pies clavados. Admirable, emocionante, intrépida, ansiosa por no dejar de descubrir. ¿Egoísta? Tal vez haya quien lo piense, pero ¿por qué no valiente? Cada cual que haga sus conjeturas… mirad el documental, imaginad vuestra vida tan solo guiados por la vocecita que os repite: dale la mano a Bob.     

Following Seas Trailer from Araby Kelley on Vimeo.

lunes, 1 de octubre de 2018

El eco que chirría

Esther sin ruido. Aínsa, septiembre '18.
Tomé esta foto en mi fin de semana en el Pirineo aragonés. Me gusta fotografiar mi reflejo, sobre todo por el juego posterior de edición de la imagen y cómo hacerlo me devuelve una Esther que parece no estar en lo que capta el objetivo, pero sí lo está. La que veis es la imagen que obtuvo la lente. Es un yo colorado que a una la lleva a pensar si eso que ve la cámara es lo que ve el resto de la gente de ella, como decía Chacel en el relato “Figuraciones” de Sobre el piélago: “nadie puede responder más que de su mirada propia, aunque vea que los otros están de cara a aquello que se ve. ¿Quién sabe lo que ven de aquello?” ¿Quién me asegura que se me vea así como soy? Como creo que yo soy en realidad, claro.

Los ojos de la gente nos dibujan a su manera, desde afuera todo se pinta de otro color. Mi tío Quim me vivía diferente también. Creo que ya de niña descubrí esa mirada cómplice y dejé que me adoptara como nieta postiza porque sus ojos veían una pequeña que a mí me gustaba ser. Tal vez no era la misma en mis veranos en la montaña, a lo mejor tan solo era la que él veía y no la de la ciudad. Terminaba de comer y corría a casa de mis tíos. Comían temprano y a la hora de la siesta la casa estaba en tal penumbra que me hacía entrar de puntillas en el salón. Ellos ya estaban listos. Quim sentado en un lado del sofá, pies en alto en una silla frente a él, ojos cerrados y pala mata-moscas en la mano. Dormía, roncaba con unos soplidos ensordecedores, y aun así agitaba la pala y mataba todo bicho que perturbara su sueño. Le olían a demonios los pies descalzos, siempre calcetines puestos, pero igualmente yo me sentaba a su lado aguantando el olor porque no podía perder aquellos momentos. Sabía ya que no regresarían todos los veranos. La tía Mercè, rulos puestos para tener el pelo listo avanzada la tarde, se sentaba en una silla muy cercana al televisor. Dábamos al play, la telenovela empezaba. Ese ritual era diario en mis veranos con ellos. Mis primeras series fueron allí, con los soplidos, las moscas y el olor de pies. La oscuridad, que yo siempre evitaba abriendo el porticón, nos acogía a los tres en aquella sala ajenos al mundo, al resto del pueblo, al Pirineo entero. Daba igual qué hicieran los demás, yo hacía allí de nieta, nada más. Hace dos días que mi tío Quim ya no está. Ya no sopla, ni le huelen los pies. Y yo, que agolpo y recopilo todos los recuerdos, me pregunto si él me veía en ese rojo imaginario o realmente sabía cómo era yo.

Hace unos días, me aconsejaron que aceptara que me dijeran cosas bonitas. Que debía aprender a recoger los halagos, a creerlos, también, a guardarlos en una cajita y no olvidarlos. Pero es entonces cuando dudo del color con que me ven. ¿Somos conscientes de cómo nos visualizan? ¿Ponen ellos el filtro? ¿Somos cómo ven o cómo miramos desde dentro? Sara Herrera Peralta dijo que “somos cáscara, / algo que cuelga con pinzas / en el tendedero, / movidos por el aire, / hartos de tanto miedo.” Y una se pregunta si es el miedo el que la tapa, el que la vuelve roja, el que le pone el filtro hasta a la lente de la cámara. 

Porque no debiera alejarse tanto lo que una cree que es de aquello que le dicen ser. Acaso sea real lo que apunta Miguel Ángel Hernández en El dolor de los demás que: “La memoria del cuerpo acaba pasando factura y no desaparece jamás. Está detrás de los gestos, de la manera de moverse, de sentarse, de mirar a los demás, incluso en la forma de pensar el mundo.” Porque uno se hace una imagen propia y puede que no sea así solo por el miedo, sino también por la rutina, por la propia memoria del cuerpo, de la mirada que posamos sobre nosotros mismos. Debemos estudiarnos bien, ojearnos con la conciencia puesta en atender a cómo nos ven los otros. Quim ya no está, su mirada se ha perdido, pero sé cómo me observaba y lo que veía. Quizá deba creerlo.

Aplicando tan solo el contraste en la foto inicial, aparece la que veis. También soy yo. Más nítida, más definida. La primera imagen no tenía ruido, esta está llena de él. Atendámoslo a ver qué dice porque Herrera Peralta escribía que “el eco chirría, / nunca el silencio / fue tan revelador” Así que puede que si me ven sin ruido y colorada, sea ese el reflejo real de la que escribe.

Esther con ruido. Aínsa, septiembre '18.

lunes, 24 de septiembre de 2018

Con la cesta vacía de setas

Siempre que escribo sobre la memoria recurro a Sebald, siempre. A su afirmación sobre la dificultad vital de recuperar los recuerdos. A cómo puede que nos engañe ese álbum mental que generamos y sea verdad que cambiamos el orden de las fichas, que desencajemos la lógica temporal y que no sea así como creemos que es. Esta semana añado a mi registro sobre la memoria a Óscar Muñoz. Tras la visita a su exposición una se va vacía, se va hueca, con un nudo que debe desarmar antes de volver a la prisa de la realidad. Su Des/materializaciones desmonta, por cómo somos capaces de perder la versión nítida del recuerdo, por cómo si nos pusiéramos a organizar los momentos vividos uno a uno nos costaría, tal vez, ordenarlos como piezas en la línea de nuestro tiempo, por cómo borramos las imágenes sin querer y es tan costoso conseguir que regresen sin ser confusas una vez ya guardadas.

Llevaba días intentando organizar una sucesión de imágenes concreta. Soy de rehacer vivencias de manera ordenada, cronológica y transparente. Me fascina traer el pasado al presente con todo lujo de detalles, haciendo que lleguen hasta los olores, las risas y la transición correcta de movimientos. Representar en mi mente de nuevo la escena y saber que nada se escapa, que todo vuelve a estar vivo para mí, que no existen los vacíos. Pero esta vez topé con la sombra de lo perdido.

Setas fotografiadas en el Valle de Pineta. Los llanos de la Larri. Septiembre '18.


Quería recordar con exactitud las excursiones junto a mi padre a buscar setas. La manera con que decidíamos la ropa adecuada para el bosque, cómo siempre anudábamos el jersey a la cintura sabiendo que sentiríamos la humedad al llegar a la umbría, aunque en el pueblo hiciera un calor sofocante. Traer a mí de nuevo cómo preparábamos la navaja de mango blanco, la habitual en la mesa junto a mi padre, y nos colgábamos del brazo las dos cestas de mimbre. Las guardo yo, él ya no irá con ellas a buscar setas, si va. Están conmigo porque bajaron del Pirineo y ya mi abuelo se las llevó al monte y volvió a casa con ellas repletas de setas para todos.

El final del verano, el principio del otoño, traía consigo el volver a esa procesión. El aire estaba vivo y el bosque reservaba su intensidad en olor y color para nosotros. Recuperar el bastón de madera para caminar, apartar el follaje y así localizar los tesoros. Íbamos sin mapa, pero éramos cazadores audaces. Yo solo recogía aquellos a los que ponía nombre, previo grito entre ramajes para avisar del triunfo al montañés, para ser el orgullo de hija cazadora del manjar. Él siempre delante, su cesta a rebosar de conocidos y extraños. Le gustaba regresar y buscar a los más viejos del lugar, revisar uno a uno lo encontrado y conocer el nombre de los venenosos recogidos, esos no los olvidaría. A esos los desecharía en la plaza misma del pueblo, rodeado de "los que sabían de verdad" y por los que le gustaba instruirse, y así llegar a casa con la cesta llena de todo aquello comestible y descubierto. El gran logro había sido alcanzado, el juego había terminado con todos los puntos posibles conseguidos. Junto al cansancio, la mañana invertida, los kilómetros hechos, las piernas molidas y la sonrisa imborrable por la cena cazada. Me sentía llena, dichosa porque el bosque nos había permitido disfrutarnos y entrar en casa por la puerta grande de los vencedores.



Me costó hacer volver a mí todas esas imágenes, llegué a pensar que no eran reales, que como las composiciones de Muñoz se desvanecían en la memoria y se colaban como el agua que se pierde desagüe abajo. Creí que no había vivido todo aquello. Pero escribiendo, ahora, sonrío porque descubro que he dado aliento a que regresen, que como dice el colombiano hay veces que solo hay que darles luz o mantener el agua en calma para que no se las lleve el remolino.

Aunque en ocasiones se deba forzar la memoria, vuelve a llenarse el hueco porque cobra nitidez. Porque al cerrar los ojos una recobra la humedad en la piel, el olor de la hojarasca cuando era removida, la sensación del cambio de peso de la cesta. Ahora vuelve a estar llena. Recupero un fragmento de Josep Pla que siempre me lleva allí de nuevo, a sentir ese frío y a ver la luz en medio del bosque. No dejemos que se pierda ni un segundo de lo vivido, porque todo huye con una fugacidad trémula.

"En aquestes extasiades, transparents hores de tardor, la gent surt a caçar bolets. Els vessants dels petits pujols, coberts de pins, del país, s'emplenen de veus llunyanes, de crits, de fressa. La gent remou la fullaraca, la molsa, la terra, que fa un perfum rovellat, incitant, corromput. Quan n'apareix una mata, quina delícia de colors, de colors de rovells, ferruginosos, de verdets, de violacis, de grisos! Les tardes comencen d'escurçar-se. Les herbes fan una olor intensa. Els arbres despullats, tocats de color de vinagre i d'or vell, tenen una pompa decrèpita. L'aire és viu. Una ramiola de vent fa caure, planejant, les fulles grogues. En els racons emboscats, la humitat s'hi concentra, blava i espessa. Sobre la molsa titil·len les gotes d'aigua freda. El temps -la tarda- passa ràpidament. La llum es dissol en el crepuscle. És la tardor. Tot fuig en una fugacitat trèmula. Temps de bolets..."


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