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lunes, 28 de diciembre de 2020

El tiempo es el castigo

Cielo, 26 de diciembre de 2020.

A solas nos rendimos, Leila. No en las fotos en las que sonreímos. Tampoco en los zooms, en los meets de trabajo durante estos 290 días. Reuniones en las que nos hemos vestido a medias y hemos sobrevivido a medias. Apagando la cámara para llorar, para respirar o suspirar profundamente y así seguir mintiendo. Que se puede trabajar, que se puede llamar cada día a la familia y asentir que estamos bien, que no se para.

Continuar como si nada. “Comer con culpa es comer sin hambre, por pura necesidad, y masticar lento, con rabia, y tragar pensando que hay otros que ya no tragan, ni sienten hambre, aunque estén ahí, al lado del arroyo”. Igual. Mariana Travacio lo definió en Como si existiese el perdón sin saberlo. Comer sin hambre. Seguir sin ganas, sin fuerzas, sin alma. Arrastrar los pies pero ser efectiva, hacer la compra y pagar las facturas. Tragar pensando que hay que ya no tragan. Que los hay que nos han abandonado, que han descubierto que no les hacemos falta. Necesitaban una pandemia. No sentir hambre pero darse de comer.

Obligarse a la falta de afecto. Dar las gracias con los ojos. No recibir abrazos cuando una se derrumba. Convertir el desapego en un hábito. “El tiempo es el castigo” que decía Sara Mesa en Un amor. Contar los días, ver pasar los meses, acumular desencuentros, desencantos y momentos no vividos. Ese es el verdadero álbum de este año, el de lo no vivido. Los no abrazos, los no besos, las no visitas, las no sorpresas, los no viajes, las no caricias. El castigo. Y mientras seguimos fingiendo que no nos rendimos.

Tal vez por eso uno de mis libros de este 2020 sea el western de Travacio. Porque sigo en la carreta. Atravieso la llanura y tropiezo con las piedras. Me zarandea y siento los golpes en las costillas, el dolor de cabeza y la falta de aliento. El propósito es llegar al año nuevo, con la cara llenita de polvo y las manos heridas, pero llegar. Saber que al otro lado del arroyo sigue lo que ansiamos, que no es un espejismo, que nos está esperando y que volverá a convertir en rutina el tacto y el cariño, aunque estemos rendidas y cubiertas de tierra.    

lunes, 21 de diciembre de 2020

Abrazos de Navidad

Recordé hace unos días a María Gainza contar en El nervio óptico cómo mirando un cuadro de Augusto Schiavoni una creía ver el mar sin ver el mar. “No había un mar para ver desde esa ventana pero se podría pensar que sí, por la manera intensa que tenía Schiavoni de mirar hacia afuera.” Pensé entonces que es un ejercicio que nos toca hacer esta Navidad. Creer lo que no vemos, saborear lo que no viene. También el mar, sí, junto a todo lo demás.

Durante el confinamiento pensamos que cada minuto vivido superaba el anterior porque cuando se está con los pies dentro una no ve más allá del charco. Los pies mojados, el pantalón hundido en el barro. Lo clavó Annie Ernaux en Memoria de chica: “la incomprensión de lo que se vive en el momento en que se vive, esa opacidad del presente debería agujerear cada frase, cada aserto.” No entendemos y lo tapamos. Lo sumergimos bien en ese charco en el que tenemos los pies y nos repetimos que nada ocurre. Nada nos afecta. Construimos imágenes, vemos el mar sin tenerlo delante, y guardamos.


Aprendemos a guardar instantes que necesitamos. Atesoramos esperanzas de abrazos venideros, de roces y caricias con la mano prieta. Por eso tejí los abrazos de Arne & Carlos en el encierro más oscuro. Porque añoraba hasta los que no había dado nunca. Sorprendida muchas veces de eso mismo. De echar de menos sin haber vivido lo que echaba de menos. Carmen Laforet le escribió algo así a Elena Fortún: “Te echo de menos, como si hubiera tenido la costumbre de verte cada día”. Afloró en nosotros la urgencia, como si nunca hubiéramos visto el mar.

Los tejí con mis manos débiles. Infinitos, cálidos y halagüeños. Imaginarios. Estos días los he repartido. Entregas sin apretones más que los laneros. Contradicciones pandémicas. Igual que el mar sin mar de Schiavoni, los abrazos sin abrazos. Para que los conserven a la espera del día en que no sean solo ensoñaciones. Para que la ausencia parezca más llevadera.

Mientras preparaba este post, me hacía consciente de la lista de cosas que voy a echar en falta. Las personas que no van a estar, quizá ya no estaban otras fiestas, y que voy a precisar estos días. Me decía que los mimos tejidos están a buen recaudo. Y leí a Leila Guerriero y me desmonté de nuevo. 

Hoy no extraño los cines. No extraño las ciudades. No extraño a mi padre ni a mis hermanos. Extraño eso. El riesgo, el arrebato. Vivir como si uno estuviera todo el tiempo aullándole a los trenes, dispuesta a atropellar.” 

Extrañamos aullidos propios, acciones que no somos, ni seremos, capaces de llevar a cabo. Nos deseamos atropellando, pero sumergimos la cabeza en el charco, no solo los pies, y no nos damos cuenta de que la única solución es mirar intensamente hacia afuera a lo Shchiovani. Mirar intensamente y hacer real y palpable el abrazo y el arrebato y el mar. Feliz Navidad.  



lunes, 14 de diciembre de 2020

La siesta regalada

Siestas en un banco de Charlottenburg en Berlín, en el taburete del vigilante en el Pompidou de París, en un bar de Sitges a media tarde, en la montaña a la vera del río o en la arena caliente junto al mar. Tras un orgasmo, sola o acompañada. A media mañana, previas a la comida o justo antes de la cena. Las siestas de los demás, los ronquidos de tu madre, tu tío con la pala matamoscas en la mano, el televisor puesto a todo trapo. Siestas de invierno sin necesidad de pasar la cortina, las de verano todo tapiado. Siestas como espectadores, sigilosos, de puntillas por respeto al momento sagrado de los durmientes. Dormir cuando no procede, cuando no es hora, cuando la mayor parte de la gente está activa.

Leer El don de la siesta de Miguel Ángel Hernández ha sido regresar a todo eso y repetirme lo que significa. Ninguna cita debo buscar o recordar yo esta vez porque él las pone todas y más. Salgo de la siesta de este cuaderno con muchas notas, con muchos deberes, con mucho aprendizaje. Con el libro subrayado casi en su totalidad. Asintiendo a las lecturas compartidas y anotando otras pendientes y necesarias.

Convirtiéndome en negacionista de la siesta capitalista. ¡No al dormir para producir más! Sí a la siesta para el encuentro con una, la reconciliación con la tranquilidad soterrada por la rutina de la mañana. Sí a ponerse el pijama entre semana, bajar la persiana, cerrar la puerta y hacer que el mundo se pare. Stop. Regalarse la siesta a modo de paréntesis, cueva, búnker donde no pasa nada más que aquello placentero, excitante y suspirante. Abrir la brecha del silencio durante la que no pasa nada fuera. El afuera no existe mientras dormimos. No existimos.

Aceptar la siesta como memoria. Álbum de sentidos. Huella de una casa, de un espacio, de un recuerdo localizado en un mapa. El olor de la siesta en las vacaciones de verano en el Pirineo. Su color a la luz de las cinco de la tarde en los meses gélidos. Las frías y las calientes, las húmedas, las sudorosas. Las de la niñez sin dormir, las de la adolescencia para escapar. Las siestas de enfermedad y de enfermera, las de duelo, las de dicha. Las de descanso, las de amparo, las de enfado. Con sus dones todas.

La siesta de escritura, porque solo lo que se escribe queda. Analizarlas, hacerlas conscientes en sus modalidades. Etiquetarlas para saber su valor y su importancia. Defender su finalidad y su necesidad. “Defender la siesta será entonces defender el cuerpo, el tiempo corporal, pero también el tiempo de las sombras frente a la luz, del individuo centrado en sí mismo, desconectado del exterior, replegado. Más una «solitud» que en una «soledad». El tiempo de la compañía con nosotros mismo.” Gracias por la siesta y la compañía, Miguel Ángel.

lunes, 7 de diciembre de 2020

Respirar en el fuego

Queda la insensatez del ánimo
cuando se sitúa en modo desorden y cree:
la próxima vez estudiaré alemán,
la próxima vez seré más fuerte, la próxima vez
naceré en Viena.
La próxima vez.
En una tierra sobre la que gime la hierba
que decimos conocer.


"Carintia 3", Pilar Adón en Las órdenes


Cuando se desordena el ánimo y nos dice que debemos ser más fuertes. Cuando la conciencia nos exige que seamos mejores en cada paso, que pisemos con más fuerza o con más seguridad. Como si no hubiéramos sido suficientemente hábiles y valientes a la primera. Como si esa vez no contara y tan solo se nos brindara de prueba.

Estos días he visto Mulán, Gambito de dama y Enola Holmes. En ellas se empodera a la mujer, sí. Se le otorga el coraje pero siempre desde la duda, desde el temor a fallar, desde el miedo a que camine sola. Remarcando la insensatez del ánimo que decía Pilar Adón.  Mujeres que deben emprender el destino en soledad, sobrellevar lo que acontezca, liderar sus propias decisiones. Cargada a sus espaldas la mochila llenita de piedras, la que encorvará su fuerza y les robará la ligereza para el vuelo. Lo definía a la perfección Mónica Ojeda en Las voladoras con aquel “es inagotable la pena que un cuerpo es capaz de sostener”.

Sostenemos la pena impertérritas para que nos reconozcan fuertes. Para organizar la Navidad, comprar regalos, montar agendas. Fingir la sonrisa de la normalidad. Fingir. En Despojos, Rachel Cusk explicaba cómo actuamos para conseguirlo. “Este esfuerzo incesante por producir normalidad es como una falsificación artística, tan laborioso comparado con la facilidad con que se creó el original”. Recreamos falsificaciones. Pintamos copias que hacemos creer que son las de antaño. Falsificamos. Mentimos.

4 de Diciembre de 2020.

Todo para no detenernos. Frenar sería una derrota. La madre de Enola le repetía constantemente que tenía dos caminos, el suyo y el que los otros elegirían por ella. No hay que mostrar la debilidad, podemos hacerlo. Y sino nos esforzaremos por la falsificación.

Pero tengamos claro que si no llegamos a recrear esa normalidad que ya no existe, si no nos sentimos animosas para vivir las fechas que vienen como si fueran una pintura maravillosa, debemos sincerarnos y gritar que no soportamos el fuego. Lara Moreno ya nos lo anunció en Tuve una jaula, “se puede respirar en el fuego. No todo el mundo es capaz de llevar el fuego en las manos, no todo el mundo. No todo el mundo es capaz de recibirlo”. Porque aunque nos vendan humo con nuestro empoderamiento, también somos valerosas para afirmar que no resistimos con ese fuego entre las manos.

lunes, 30 de noviembre de 2020

Memoria sonora

De niña me tapaba los oídos tras la puerta cerrada. Ponía los dedos índices uno en cada oreja y repetía la lección. Escuchaba mi eco, aprendía de mi propia voz en repetición. Lo había practicado con anterioridad para no escuchar golpes ni gritos. Luego aprendí que también servía si quería concentrarme y estar dentro de mí misma sin estar sola.

Cuando me adentré en Desierto sonoro de Valeria Luiselli ya escribí sobre mi ansia por el sonido. De mi álbum acústico en el monte o simplemente estando en casa. Allí leí que las voces no se oían con los oídos sino con el recuerdo. Regresan como reverberaciones a nuestro encuentro. De ahí, de ese viaje con la grabadora en marcha, salté a Annie Ernaux y a su cita sobre cómo lo primero que perdemos tras la muerte es la voz del que se va. Curiosa contrariedad. Es el recuerdo y también el primer olvido.

Estos días he viajado a las cordilleras andinas de la mano de Mónica Ojeda. No solo he leído Las voladoras, sino que he vuelto a encontrar en un relato la importancia del sonido. “Slasher” es una delicia en pleno horror y narra la diferencia entre el ruido y el silencio para dos gemelas, una sorda y la otra no. ¿Cómo se explica un sonido?

Describe con puro estremecimiento desde el susurro de placer hasta el grito. “Lo sé todo de los gritos, dijo Paula, sé que deforman el rostro de la gente, que hacen temblar la materia, que activan una señal en la amígdala que genera el miedo y que la naturaleza del miedo es la supervivencia. Bárbara, sin embargo, intentó explicarle lo importante: Un grito es una explosión de las palabras. Cuando alguien grita, las letras se disparan sin ningún orden y atraviesan el tórax de las personas.” Quizá por eso yo tapiaba mis oídos tras la puerta. Para que el grito no explotara, para que no atravesara mi tórax. Para no llenarme más de miedo. Para sobrevivir.

Llanos de la Larri, Parque Nacional de Ordesa 2018.


Pero el sonido no solo debe ser recuerdo del desasosiego. He tenido la suerte de que coincidieran en el tiempo la lectura ecuatoriana y la conferencia de Carlos de Hita. En el marco del Ornitocyl 2020 este recolector de sonidos de la naturaleza (de aullidos, ululatos, trinos, silbidos, zumbidos y estridencias, dice él) nos brindó el fin de semana un viaje en forma de sonograma por los bosques españoles. 

Recuperó mis momentos de caminante (in)quieta, atenta, móvil o grabadora en mano. Vigilando a cada ave o murmullo en el camino, con los oídos abiertos y la mirada curiosa. Escuché sus grabaciones con los ojos cerrados. Transportándome a cada rincón, a cada trino, a cada goteo, a cada soplar del viento. Dejé atrás el cemento para subir al monte. No importaba el confinamiento, la melodía me regalaba todo lo que necesitaba. Estaba allí de nuevo. El poder de los sentidos, la magia. El "conjuro" del que hablaba Ojeda se materializaba ahora no con la palabra sino con el sonido. 

Tomé notas y apunté su libro de El viaje visual y sonoro por los bosques de España en mi carta de Navidad. Con la seguridad de que cuando esté en mis manos generará uno o dos o infinitos posts. Se hizo imprescindible tras afirmar que el oído es el sentido de la evocación, de la memoria. Y me dije, entonces, que esa memoria sonora debe estar entre aquella desazón del grito y la nostalgia placentera del Pirineo.