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lunes, 6 de mayo de 2019

El abrazo del mediodía

“La imagen del techo
formando un triángulo de crema con la puerta
mientras me abrazas al mediodía.
La cazuela de barro burbujeando salsa verde y pescado.
La sopa de cebolla haciéndole los coros.
El gato con ansia de caricias.
La mesa puesta.
La casa caliente.

(Y las ganas de llorar).”

Sonia San Román, Anillos de Saturno.

Morella, abril 2019. Bajo el azote del viento.

Cumplir años es un poco como este poema de Sonia San Román. El abrazo al mediodía, la rutina de la cazuela, los coros de la sopa, el gatito que reclama, sí, la casa caliente y sí, las ganas de llorar. No solo le cae a una encima el peso del número, las arrugas nuevas, las facciones marcadas. Ley de vida y la lucha de no parecer nunca la edad que una tiene. Cae una doble losa, la del que no está, y otra más poderosa, la del que no quiere estar.  

Perdemos personajes por enfermedad, por tragedia, por traslado que no es muerte pero es distancia. Perdemos por desidia, por desinterés, por desamor. Perdemos por fuerza explícita de no aparecer, sabiendo que permanecemos ahí. Que dedicamos el día a su espera, que vuelan los minutos más intensos con las manos abiertas para acoger a los que no llegan, descartando los que sí porque no son los que faltan. Andrea Köhler escribía en El tiempo regalado que "no es lo mismo esperar que tener esperanza. La esperanza está del lado del futuro; la espera está atrapada en el instante". La espera significa la continua presencia, el no perder de vista el pensamiento de esa aparición. Tener presente todo el día al que no quiere venir, regalar el tiempo justo al que no quiere regalar nada en el día de tu cumpleaños. Irónica la vida, bromista, se carcajea ante la cazuela burbujeante.



Un día de primavera para echar de menos. "Cómo de inevitables se vuelven las cosas cuando acaba el frío", dijo Alba Flores Robla. Cierto. Las últimas semanas de frío una se teje el Zorzal, con lana de Finlandia que huele a oveja y a pasto una barbaridad. Se cree que deberá esperar a la siguiente temporada y le sorprende ese viento invernal de abril. El frío siempre vuelve, más a las destempladas, más a las que esperan. Por eso se hace necesario el tejer, el calentar las agujas y dar forma al abrigo en forma de lana, de recuerdo de un cielo nórdico. Las madejas de lana Novita se convirtieron en este Zorzal de Lisa Hannes, para arropar lo inevitable cuando acaba el frío, para mediar en la espera, para conseguir el abrazo del mediodía.

Se necesita la lana en primavera, bajo un sol que ciega pero no calienta. Se exige a quién no aparece, convirtiendo un día de dicha en la pesadumbre de la espera, porque siempre deseamos al que no quiere soplar las velas. Luna Miguel dijo que el duelo ahoga, la espera también. Porque ante la estampa de la cotidianidad, ante el empeño para que la rutina haga de la sopa el plato principal, aparecen las lágrimas. Nada nos importa hasta que duele, o sí.


lunes, 29 de abril de 2019

Como relámpago de fuego

Silencio, el día recién estrenado. Doy al play. La música la escojo yo. Suena Estrella, al momento Enrique. Los Morente ponen el paso, el ritmo, el repiqueteo. Ya lo dice el padre, si él encontrara la estrella que le alumbrara, la guardaría en el pecho. De adolescente me decían que esa música no era acorde al tiempo ni a mi edad. Mi respuesta era que la música la escogía yo porque con ella rompía las nubes negras.


He roto platos, me he perdido con el coche, me he saltado la salida de la autovía o de la rotonda, he hecho cafés con leche con caldo de pescado, he olvidado cosas en la compra, he dejado algún cubierto sucio tras el fregoteo, he lavado calcetines separados… Y en todo momento he tenido miedo. Siempre. Tras la lectura de Formas de estar lejos, de Edurne Portela, no he sido capaz de subrayar nada porque cada diálogo era para hacerlo. Porque cuando una se reconoce en una historia tan triste, el hígado hace el mortal hacia atrás. Porque cuando una se había dicho que eso no lo viviría más, se lee en esas líneas y se da cuenta que vuelve a caer y que el estómago es un genio de la pirueta. Porque leerla es sentir el vello de punta de nuevo, identificarse en cada temblor. Reconocer que, tal vez, el ser vulnerable es marca de la casa. Como escribía Caroline Lamarche, en La memoria del aire, “la sensación de encontrarse en el centro, como la araña, es la misma que cuando contamos una historia”. Leerla ha sido eso, sentirse la araña atrapada en el centro.

La memoria del aire conserva todos nuestros gestos, todas las palabras y hasta los gestos y las palabras a los cuales terminamos de renunciar”. La memoria del aire… bien parece que podamos sepultar los miedos, que seamos capaces de renacer si es con personas nuevas… pero somos los mismos miedosos, esté quién esté junto a nosotros. Nos adaptamos a su fuerza, y perdemos la nuestra. El aire, su memoria, nos lo recuerda. Imposible borrar. “Acomodarse a los demás, adoptar su color o su enfermedad, vivir al borde de una misma, siempre en terreno pantanoso.” Como un camaleón… sin olvidar que el yo rebelde escogía a Morente siendo adolescente. Para luego pasar, como Alicia o Caroline, al miedo. Al atarse por terror. A pedirlo todo sonriendo. Procurando pedir lo menos posible, no se debe molestar, dice Lamarche. Evitar, al precio que sea, los ojos llenos de furia que la miren una. No molestar, no dar faena, no incomodar, no preocupar, no agobiar, no, no no n…


Crecer dándole al play, con la convicción de encontrar la estrella que alumbrara, que decía el maestro. Ir viviendo cómo se enciende y se apaga la luz. Cómo el que llega no lo hace para mantenerla prendida. Como dice Celeste, en ¿A quién te llevarías a una isla desierta?, las promesas solo sirven para saber que nunca se cumplen, solo son promesas. Una debe aprender a cumplirlas sola, a que el deseo no incluya a nadie más. Ser capaz de abrir un mundo propio, sin fusiles ni veneno.

Saber que lo sentido nos construye, que lo vivido nos moldea para el paso siguiente, que la intensidad va en el ADN, no por herencia, sino por la pasión y la devoción que marcan los astros. Me quedo con las palabras de Portela: “Me llevo mis ruinas conmigo, las respetaré y las interpretaré, haré de ellas un lugar hospitalario y atenderé a los mensajes que me comuniquen los fantasmas. Y tal vez, quizás, llegará el día en el que sobre ellas construya mi nueva ciudad” ...y siga escogiendo la música que rompa las nubes negras.

Jarrón de Genunine de Gijón.

lunes, 22 de abril de 2019

Nuestra identidad

No abrió boca en 60 años. Nadie supo su secreto, ni sospechó nunca la de viajes que había hecho con los secretos nazis escondidos en el doble de su falda, de Canfranc a Zaragoza. Lola Pardo fue una espía de la Resistencia que jamás confesó a su marido quien había sido. Como si hubiera sepultado parte de sí misma, como si no hubiera dejado emerger a la luz la valentía de la que era capaz, como si fuera otra persona a los ojos de los suyos. ¿Somos distintos a lo que nos creen los que nos conocen, los que nos quieren, los que confían, los que duermen en la misma cama?

Somos múltiples, pero somos uno. Qué difícil afirmar que somos valientes, enarbolar la bandera de la fuerza, cuando luego la bajamos por el miedo a perder. Así es como el resto dibuja nuestra imagen, nuestro yo visible. Como leí en Primera persona, de Margarita García Robayo, “sea lo que sea que queramos pensar de nosotros mismos, no somos lo más parecido a lo que soñamos ser, ni somos esa síntesis que creemos ver en el espejo. Somos el resultado de cómo nos han mirado los demás a lo largo de la vida. La historia de nuestra identidad está escrita por los otros.

El resultado de lo que dejamos entrever, de lo que mostramos al mundo, de lo que se ha visto salir por debajo de la manta. Poco más existe a ojos de los demás. A partir de aquello que dejamos al aire, de lo que no sabemos ocultar, el mundo genera nuestro yo. Porque en ocasiones poco se sabe, ni se intuye, nada se cree que no sea lo que hemos dejado ver voluntariamente.

García Robayo se desnuda en el libro de Tránsito. Verdades como puños sobre la infancia, los hombres, su madre o la maternidad. Sabiendo que eso es quitarse la manta, que eso es mantener la bandera en lo alto, que eso es declararse espía y valiente. Descoserse el dobladillo de la falda y dejar ver los secretos. Al que no le guste, como le escuchamos afirmar a ella misma en la librería Alberti, que escriba sus porqués como ella hace. Que deje en el papel todas las respuestas, las súplicas, los temores y la necesidad. Escribir como solución.

¿Seremos tan valientes el resto para escribir lo que de verdad queremos? ¿Seremos capaces de gritar quiénes somos de verdad sin importar quién escuche? ¿Nos atreveremos a confesar al viento lo que esconden las costuras de nuestras faldas?

Canfranc, marzo 2019.

lunes, 15 de abril de 2019

En manos del silencio

“Mi elocuente callada amiga. Yo que te escribo, que contesto a las cartas que tú escribiste a otros en aquello que encuentro dirigido a mí…”

Los que hemos escrito diarios a lo largo de nuestra vida sabemos que siempre se escriben como si habláramos con alguien. Como si hubiera un receptor ahí mismo, tras el candado, que recibiera el dolor, la desesperación, la tristeza, la alegría, la excitación. No como si nos lo contáramos a nosotros mismos, no. Muchas veces, conduciendo las páginas como si el destinatario de todas esas emociones estuviera ahí leyendo a medida que avanzan las palabras. Dicen que sana escribir lo que uno siente. Tal vez lo que sane sea saber que esa persona ya todo lo sabe porque lo ha leído. Saber sana, quizá eso sea.

Pudimos leer cómo Marga Gil Roësset escribía su diario como si lo leyera Juan Ramón Jiménez. Cómo le declaraba su amor, su pasión, su devoción. Su sentirse pequeñita ante su inmensidad. “… Y no me ves… ni sabes que voy yo… pero yo voy… mi mano… en mi otra mano… y tan contenta… porque voy a tu lado.

Canfranc, marzo 2019.

No es lo mismo escribir cartas sin respuesta. Cuando uno escribe una carta o un correo electrónico nunca va dirigido a uno mismo, ese sí tiene un destinatario. Una dirección. Existe un “alguien” que debiera interactuar con nuestro discurso, que debiera responder. Un "alguien" que hiciera posible que no se generara el ahogo de la melancolía sino que nos ayudara a recuperar la sonrisa de la confianza. Así lo decía Carmen Conde en sus cartas a Katherine Mansfield. Cartas con destinataria, pero sin respuesta. Puede que sin que la neozelandesa supiera que existieran las misivas. Conde leía los diarios de Mansfield, sus libros de cartas publicadas, y vivía la afinidad que encontraba entre ambas como si necesitara escribirle. Contarle cómo le escribía al pie de una higuera cuantiosa de higos; sentada en el suelo, tocada con amplísimo sombrero de palma mallorquín. Confesarle cómo su alma es como un paisaje desvaneciente, cómo no vale ni un soplo de sol, ni una gota de aurora. ¿Cómo enviarle tales palabras con la seguridad de que no habría respuesta? ¿Cómo escribir esas líneas sabiendo que nunca tendrían arrullo?

Puede que nos haya pasado a nosotros. Que hayamos necesitado explicarnos, compartir, abrir el corazón para no ahogarnos, llorar en unas líneas para así quedarse una en paz... sabiendo que no habría réplica, como Conde. Que no llegaría la vuelta, la contestación, el abrazo receptor a nuestra confesión. Que contamos, como Carmen, porque sabemos que existe la complicidad. Que contamos, porque siempre queda la mínima esperanza de que se lea, la diminuta fe de una respuesta. Que contamos, como leemos en sus cartas, porque iremos un día llevando en los hombros collares de astros, por la alameda sombría de pájaros en que ella espera… Y entonces nos dará respuesta a las cartas, nuestra Katherine. Mientras tanto, y al igual que la murciana, y como decía el Conde de Villamediana: “en manos del silencio nos encomendamos”.

Canfranc, marzo 2019.

lunes, 18 de marzo de 2019

Nunca preguntes por la historia real

“David, se puede decir sí…  y entrar al bosque.”
M. Junio de 2007.

Hace unos días me sorprendió esta dedicatoria en una visita a mi librería de viejo. No pude comprar el libro, me estremeció pensar en M. Imaginar a David. Siempre que rebusco entre libros de segunda mano me da por mirar su primera página, comprobar que efectivamente tuvieron otro lector. Otro lector que se desprendió de ellos, sin importarle por qué llegó a su lectura, sin importarle las manos que los pusieron en las suyas, sin importarle el lanzar al vacío un pedacito de su historia como si eso la borrara de manera definitiva. Y no, no se borra. Como dice Elvira Sastre en Días sin ti: “… el amor no termina, aunque la historia sí lo haga. De eso se trata: no de esquivar esos agujeros, sino de saber dónde se encuentran y seguir su camino sin miedo a ellos, es decir, aprender a vivir con los finales sin renunciar a otros principios.” Porque esquivar los agujeros es dejar la herida a la intemperie. ¿Tenía D la cicatriz aún blanda por M? Aunque tal vez sea mejor, como dijo Margaret Atwood, no preguntar nunca por la historia real.

El apego a las páginas, y a todo en general, para qué negarlo, me hace imposible desprenderme de aquello que no puedo olvidar cómo llegó a ser mío. Esté o no dedicada su primera página. Sé de quién viene, recuerdo el momento en qué llegó a mí, las palabras no dichas o sí, la mirada en la entrega, la complicidad. Aunque todo eso ya no exista. Quedó escrito, con fecha, con firma, con motivo, decisión y pensamiento. Coincido con Elvira Lindo en Noches sin dormir: “Me gusta entender la vida así, cosida por un hilo invisible que entrelaza relaciones caprichosas pero posibles, no forzadas por las fantasías a las que tan aficionados son algunos literatos sino basadas en coincidencias reales”. Las personas que aparecen lo hacen por alguna razón. Caprichoso destino, tal vez. Serendipia del camino, puede ser. ¿Dejó de ser importante M para David? ¿Dejó de tener sentido esa frase para él?

Cuesta de Moyano. Madrid, enero 2016.

En alguna ocasión he escrito sobre la sensación al llevar ropa de segunda mano. Es un poco similar pero, tal vez, menos intensa. Es cierto que otra percha ha vivido historias con ella, pero lo del libro dedicado implica la palabra, supone interpretar esas frases y poder darle realidad a ese momento, a esa relación, a la necesidad de que quedara escrito. Así, simulando los versos de Sara Herrera Peralta: “¿Hacia dónde van los gritos / del condenado, / el amor de una viuda / o el miedo / del autista?”. Me pregunto ¿hacia dónde van los libros abandonados, las historias que terminan o las palabras escritas en la primera página?

Cuando me doy de bruces con dedicatorias como esas, ya sin dueño, entre tantos otros libros desprendidos; me pregunto por qué no arrancaron esa primera página. Agradezco que no lo hicieran, claro. Pero me entristece pensar en M. Libros con las dedicatorias de los propios escritores, con ilustraciones, dedicados por amantes, de padres a hijas, amigas del alma, profesores. Ninguna relación, ninguno de los hilos invisibles de Lindo, se tuvo en cuenta para no recibir los veinte céntimos a cambio. Ninguna. Mis estantes están repletos de padres que no son los míos, amigas que no fueron mis confidentes, amantes que no pensaron en que fuera yo quien recibiera la emoción de esas páginas, escritores que no me tuvieron delante ávida de su tiempo para mí. Páginas dedicadas por personas que no fueron mis coincidencias, sino las de otros que decidieron no leerlos más. ¿Puede imaginar David que ese libro esté en otro estante con esa frase de M?


Cuesta de Moyano. Madrid, enero 2016.
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