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lunes, 18 de noviembre de 2019

Los golpes del mundo

¿En la vida real tú crees que son tan felices como nosotros?” Se preguntan una de las parejas protagonistas de Modern Love. Y yo tras cada episodio he sentido el vacío al preguntármelo. La serie ha coincidido con la lectura de los relatos de Dorothy Parker, Una dama neoyorkina; así que he pasado unos días ordenando todas las espinas, como decía Lara Moreno en Tuve una jaula. Ordenar las espinas y ponerle nombres propios a la melancolía, a la soledad, a la tristeza o a la ilusión. Darles nombre para poder tutear y así identificar si son reales o si solo forman parte de un episodio más.

¿Nos aman como merecemos, como deseamos, como necesitamos? “Los tiernos nunca están a salvo, por más recta que sea su ruta, por más inocente que sea su destino”. Los tiernos. Los que sufren, los que esperan, los que van de puntillas para no molestar. Parker dijo que no están nunca a salvo, cierto, siempre al borde del precipicio aunque tengan el camino marcado, aunque cumplan normas y sean estrictos tras los muros. Los protagonistas de la serie también son de esos tiernos. De los vulnerables que se rompen, de los que no saben querer o que los quieran. De los que cuando aprenden a querer ya es tarde, de los que no saben cuidar y el tesoro desaparece. De los que recuperan un recuerdo, una pasión, y destruyen el amor que estaba junto a ellos en el sofá. Porque a veces los fantasmas son más veraces que la carne y hueso que comparte nuestra cama. Porque a veces un pequeño destello que nos haga sonreír puede cambiarlo todo, hasta a los tiernos.



Magalí Etchebarne escribía en su relato Jinete experto que “las mañanas como esta en las que se queda en su cama haciendo nada son como esperar el turno para vivir”. Recordé estas palabras de la argentina tras el tercer episodio de la serie. Una protagonista que se ausenta en su cama de la vida. Que se deja vencer, que se deja caer, que se olvida del mundo y se permite (o se castiga) pararlo todo. Porque hay veces que una espera el turno para vivir. Que aunque baile por la calle escuchando una música deliciosa no le toca el turno todavía. Es una de las tiernas. Porque aunque cante en el supermercado o luzca unos abrigos de ensueño o parezca que los ojos no le pueden brillar más; por dentro solo piensa en el refugio. Como dijo Parker, “… encontrar refugio. Allí, su corazón podía curarse de los golpes del mundo, y quedar entero para su propia pena. Era una estancia suspendida por encima de la vida…” Un lugar donde esconderse y poder pensar si en el mundo real son tan felices, si saben querernos y nos cuidan como merecemos, necesitamos, deseamos. Donde curarse de los golpes del mundo.

Cuando una serie remueve al son de las páginas de un libro. Cuando la combinación nos da un mazazo y nos identifica en ambas. Cuando nos convertimos en personajes y analizamos cómo nos quieren, cómo nos cuidan, cómo nos atesoran, cómo nos protegen; o cómo no. Nos damos cuenta de que somos mujeres Parker porque como ella dice “la soledad es la salvaguarda contra la mediocridad y la severa compañera del genio. La consistencia es el duende de las mentes pequeñas.” No seremos genios, pero nos hace fuertes la soledad alejados de lo que duele. Seremos tiernos y esperaremos el duende de las mentes pequeñas. Tenemos salvaguarda, somos mujeres Parker.

lunes, 11 de noviembre de 2019

Un universo repleto de chirridos

- ¿Y tú qué encuentras en los bolsillos del abrigo cuando los recuperas de un invierno al otro?
- ¿Yo? Pañuelos. ¿Y tú?
- Piedras. 

Es llegar el primer fresco y recuperar el abrigo. Necesitar que nos salven del golpe helado en el pecho. Poner la mano en el bolsillo, la curiosidad de comprobar qué quedó del otro invierno. Qué debió ser lo último que hicimos con él puesto, con el último frío. Este año he encontrado piedras. He intentado recordar el momento, el monte o la costa de donde salieron. Eran otros pasos, tal vez otra yo la que las recogió. ¿Somos los mismos tres estaciones después? Esos resquicios nos devuelven un poquito del camino recorrido, nos hacen pisar firme y saber que estuvimos ahí, que éramos nosotros los que lo llevábamos puesto.

Recuerdo a mi madre gritar siempre ante la lavadora. Tornillos, tuercas, lápices minúsculos, trozos de yeso, capuchones de bolígrafos, monedas. Mi padre siempre echaba a lavar la ropa con los bolsillos llenos, como si perteneciera al atuendo de trabajo. Como si todo lo que iba recogiendo, aquí y allá, formara parte de lo que había que lavar para volver a empezar. Siempre cargado, igual yo. Tal vez por eso, yo los revise una y mil veces antes de hacer la colada. Aunque siempre haya calcetines desparejados, nunca habrá bolsillos llenos. Como si vaciarlos implicara rescatar momentos vivos, consiguiera que no desaparecieran, los atesorara para siempre. Nos permitiera no borrar nada, no olvidar porque ha sido salvado.


Casa rosa en lagoa das Furnas _ São Miguel (Azores, 2019)

Leía en una crónica de Leila Guerriero sobre Juan José Millás. Le contaba sobre su libro Lo que sé de los hombrecillos: “Estaba escribiendo un artículo sobre las últimas fusiones empresariales cuando noté un temblor en el bolsillo derecho de la bata, de donde saqué, mezclados con varios mendrugos de pan, cuatro o cinco hombrecillos que arrojé sobre la mesa, por cuya superficie corrieron en busca de huecos en los que refugiarse.” Encontrarse los bolsillos cargados de historias, de mundos enmarañados, de sorpresas, recuerdos. Como si fuéramos capaces de guardar, junto a los mendrugos de pan, las mejores ideas, los relatos más sorprendentes. Al valenciano le dio para un libro encontrarse a los hombrecillos, ¿no? Como dice Guerriero en Plano americano, “un mundo, un laberinto de espejos, una cáscara recorrida por el humor que encierra un universo repleto de chirridos, de perpleja desesperación.” Igual que un mago con una chistera de la que extraer el conejo, las historias, los recuerdos y la magia. Somos magos. Todo está en nuestros bolsillos.  

En el chubasquero, cuando llovió hace unos días, encontré una factura de las Azores. Un aparcamiento en la lagoa das Furnas, cerca de la casa rosa del lago. ¡Un lago entero en un bolsillo, una casa rosa entera en un bolsillo! En el de la bata aparecen un clip, el resguardo de la analítica del lunes, el inhalador del resfriado, una madejita de lana, una pinza de la ropa. Poned la mano en el vuestro, ¿qué lleváis? No creo que lo que contengan nos defina, sino que cuenta. Explica en una pincelada por dónde hemos pasado. Es como un diario sin lápiz, sin palabras.

Tesoros involuntarios que hablan. Como habló el bolsillo de Don Antonio Machado. Recordemos cómo su hermano José encontró, tras la muerte del poeta, un verso escrito en su gabán: “estos días azules y este sol de la infancia”. Ojalá que lo que encuentren en los nuestros sea tan mágico como eso, que ilustre el sol y nuestro pasado entero. Que no quede en balde lo que hemos guardado minuciosamente en ellos, que haya alguien que los revise y nos reviva. Porque como dijo Vilariño una “se apaga / se aniquila / se extingue / se deshace / se acaba” pero quedará, momentáneamente, lo que llevaba en los bolsillos.

lunes, 28 de octubre de 2019

Una versión particular del silencio

La amortajada de María Luisa Bombala la llama de los altos cirios, cuantos la velaban se inclinaron, entonces, para observar la limpieza y la transparencia de aquella franja de pupila que la muerte no había logrado empañar. Respetuosamente maravillados, se inclinaban sin saber que Ella los veía. Porque Ella veía, sentía.” ¿Imagináis que el muerto al que veláis os está viendo, bajo las pestañas cerradas, y está pensando en todo lo que no hicisteis por él en vida? ¿Quién nos dice que no es así?

Aspiramos a que nos quieran bien. A que los que están a nuestro lado entiendan nuestros ojos de tristeza, nuestras preocupaciones, los miedos, el dolor, la necesidad. Que sean capaces de identificar cuando la lágrima está punto o cuando la alegría pudiera desbordarse por un gesto suyo. Creemos que tenemos el tablero a favor, que todas las piezas están dispuestas para ganar. Que el juego está controlado. Pero como decía Caroline Lamarche en La memoria del airesí, jugábamos una partida intensa y extraordinariamente compleja, semejante a una partida de ajedrez en que la mayoría de las veces yo acababa en jaque, a pesar de mis reinas, mis reyes, mis alfiles, mis caballos y mis caballeros.” Tenemos el equipo ganador: los padres, los hermanos, los amantes, los amigos, los compañeros, los vecinos, los conocidos… Pero nos siguen dando jaque mate. ¿Y si fueran conscientes que una vez amortajadas les rendiremos cuentas?

Que nos quieran bien. No sufrir, empatizar, esperar, ir de puntillas para no molestar. Que nos atiendan, que nos busquen, que nos piensen. Que no nos abandonen, mientras estemos vivos. Leía a Ana María Moix en A imagen y semejanza y aseguraba que “todas las calles desembocan en los muelles y qué triste es tener que abandonar las casas para que las paredes y los libros no nos vean llorar.” ¿Deberemos esperar a la mortaja para exigir responsabilidades? ¿Deberemos ocultar el llanto hasta tener la boca sellada y no poder pedir ya el auxilio sonoro? ¿Eso será? ¿Que no nos vean llorar?

Giulia Rosa.

Queremos convencernos de que es posible el bien querer. La semana de los muertos, la que cambian la hora, la que ordenamos el armario. Nos ponemos ropa de abrigo, sacamos la manta y encendemos velas porque parece que caliente más, a falta de chimenea. Porque "las cosas son inevitables cuando acaba el frío" escribió Alba Flores Robla en Autorregalo, así que, tal vez, su llegada consiga que todo se aserene. Apuntó Edurne Portela, también, en Formas de estar lejos que la nieve “hace que la realidad se suavice, que los contornos se difuminen, que se pierdan los ángulos. Crea una versión particular del silencio. La nieve protege. La nieve es una forma de estar lejos.

El frío exige el resguardo, el calor, aquel que nos permita escondernos, estar lejos. Esperaremos, siempre, no tener que llegar a la mortaja, al velatorio, a los ojos cerrados. Esperaremos, siempre, que nuestros alfiles, reyes, reinas, torres; sepan consolarnos cuando aún estén a tiempo. Cuando llegue el frío y ellos nos protejan como la nieve. Porque sabemos, como dijo Lara Moreno en Tuve una jaula, que “… todo final es una herida. Toda cicatriz guarda un secreto.” Que la recién estrenada oscuridad a media tarde, que la calefacción ya en marcha, que la nariz fría, que los pies helados, son síntomas de auxilio. Y ellos, los nuestros, tal vez puedan calmar la cicatriz, la neutralicen, la congelen… y nos escuchen cuando aún no tengamos la boca pegada.

lunes, 21 de octubre de 2019

La distancia que separa el pasado del presente

“La distancia que separa el pasado del presente quizá se mida por la luz esparcida por el suelo entre las sombras, deslizándose por los rostros, acentuando los pliegues de una falda, por la claridad crepuscular, sea cual sea la hora de la exposición, de una foto en blanco y negro”.


La distancia que separa el pasado del presente. Recuerdo la única foto de mis padres sonrientes, juntos. En una mesa que no reconozco, con sus camisas de cuadros. Él le rodea el cuello con el brazo y ríen más que sonreír. De niña la recordaba para decirme que en algún momento aquello fue real. Una foto con el chándal de tactel, con mi padre y con mi hermano, en un refugio del Pirineo, tal vez la última vez que subimos juntos. La imagen de mi viaje adolescente a Venecia. Rizos largos y labios hinchados, totalmente quemados, pero luciendo una sonrisa inolvidable. Esa misma apareció en el periódico para desearme felices 18. Una instantánea en Sitges, en invierno, con un jersey rojo y el pelo negro. Puro azabache, como jamás he vuelto a lucir. El mar bravo de fondo, bajo un cielo cargado de nubes. Ahí todavía no auguraba que lo venidero iba a doler tanto. Recuerdo la última fotografía con Obi. Juntos en la penumbra de la habitación, él lleno de tubos, de sondas, de vendas; la mirada perdida. La pienso a menudo y me digo si podría haber hecho más y estaría vivo.


Ernaux reconstruye su vida mediante las imágenes que guarda y rememora. Las mismas que le ayudan a repasar y poner en orden los acontecimientos políticos y sociales. Las mismas, las nuestras, que nos ayudarían a nosotros a pasar del transistor a la radio, de ahí al equipo de música, al discman o el ipod. Recorrer los años mediante el paso de las fotos en blanco y negro, a los tonos marrones, hasta las fotos en color. Del revelado al digital. Del papel a la volatilidad, a la fragilidad. Porque esas pequeñas impresiones de nuestras vivencias, no hacen sino ayudarnos a revivir esa línea temporal por la que hemos pasado, en la mayoría de ocasiones, de puntillas para no molestar.

Viene a mí el primer impacto de una foto rota. Descorazonada, desmembrada, agujereada, rasgada. Decapitada. Mi tía guardaba centenares de fotografías familiares. Distintos formatos, colores, del pueblo, de sesiones con flash hechas por algún fotógrafo profesional, con ovejas, con personas o sin. Un día empezó a romperlas, pero no a tirarlas. Eliminar una foto es un sacrilegio para un supersticioso, como abandonar un alma. No se deshacía de ellas, tan solo garabateaba la cara del que ya no quería, recortaba la cabeza del que para ella era innombrable, partía la foto eliminando a un protagonista. Tras los hechos eran devueltas al álbum, a la caja, con el resto, como si nada. Como si pudieran mirarse todas ellas sin inmutarse. Rolan Barthes en La cámara lúcida, decía que “la fotografía siempre necesita una máscara de lo puro, pues por norma general, nadie quiere ver la realidad en estado puro, siempre es mucho mejor rodearlo todo de ruido para ocultar ciertas cosas”.  La destrucción, ese era el ruido de mi tía.



Descubrir aquellas fotos hizo que diera aún más validez a las imágenes. Encontrarme aquel cajón sin rostros consiguió mantener viva mi curiosidad por saber quiénes eran el nuevo non grato. Desde niña exigiría fotografías en cualquier ocasión, me ardía la necesidad de guardar los momentos en papel. Tenerlos a mi custodia, habitación llena de álbumes, a salvo de los cortadores de cabezas.

Anne Michaels dijo en Miner’s Pond que “la memoria es una selección acumulativa. / Un cable submarino que conecta un continente / con otro, / electricidad que atraviesa la negra salmuera de la distancia.” Tal vez por ese miedo a la distancia y a la selección acumulativa, que no quiere decir siempre ajustada y veraz, necesite fotografiar el mundo. Para no olvidar nada. Para ofrecerle a la memoria (débil) un ancla que la fije, que le ayude a no alejarse de nuestra orilla. 

Leyendo a Ernaux me doy cuenta de que el objetivo no ha llegado a la totalidad. Que la vida está plagada de situaciones, de personas, de fechas, de las que no guardo el negativo. Algunos ya no están, será imposible. Y pienso en los que sí y en cómo decirles que necesito capturarlos en un trocito de papel porque no puedo fiarme solo de la memoria. Que no les garabatearé la cara nunca, como mucho las bordaré. Que es mi único consuelo. Como escribió Magalí Etchebarne en Los mejores días, “el consuelo es la euforia de unas horas, la iluminación.” La luz esparcida entre las sombras, la distancia que separa el pasado del presente.

Fotografías bordadas de Francesca Colussi Cramer.

lunes, 14 de octubre de 2019

El primer grito

“Es como si algo nos esperase en el futuro, algo que en realidad ya ha ocurrido: la – tenga la forma que tenga – nada. En ese sentido, toda nuestra vida es una espera de algo que cayó en el olvido con el primer grito.”


Qué barbaridad pensar que esperamos cosas que perdimos, olvidamos, borramos, con el primer grito. Que anhelamos que regresen instantes que no hemos vivido. Como si la espera formara parte del primer segundo de vida. Como si fuera una misión ansiar hasta lo que no puede suceder o, lo que es peor, ya ha ocurrido. Köhler escribió este fragmento tras la lectura de Habla, memoria de Nabokov, donde explicaba el pánico que le había producido verse a él mismo antes de ser, contemplar el carrito vacío y a sus padres aún sin hijo. Cómo verse sin estar, sabiendo que todavía no has llegado. Esperarse a uno mismo nacer.

Esperamos a que se enfríe el té, a que se terminen los créditos para que empiece el episodio, a que se seque la ropa exigiendo la celeridad del sol. Esperamos un mensaje, una llamada, un beso, un abrazo. Una mirada cómplice, una sonrisa, una postal. Esperamos unos padres que no hagan de hijos. Esperamos el frío, cuando no esperamos el calor. Esperamos que nos sorprendan, que haya un regalo cuando no hay nada a celebrar. Que florezcan las orquídeas, los geranios, los hibiscos, que no terminen de morir. Esperamos que la risa sea para nosotras. Esperamos que el cielo nos regale sus mejores galas, que se pinte de colores porque estamos ahí observándolo. Porque nos lo debe, creemos en él. Como si creer lo fuera todo, lo cumpliera todo.

23 de septiembre de 2019.

Es la espera perpetua, constante, impasiva. Eterna. Siempre estamos esperando, aun antes de nacer, decía Nabokov. ¿Solo esperan los vivos? La afirmación del escritor ruso me hacer preguntar si también esperan los muertos, y más en estos días. Igual que aguardamos nosotros a ser visibles y existir para aquellos que amamos, ¿ellos deben permanecer pacientes a que llevemos flores, limpiemos su lápida, hablemos al cemento que los cubre? Si la espera es antes de nacer, también lo deberá ser después de morir. La obligación de los vivos a no demorar la espera de los muertos. El deseo de mi madre por cuidar lo que allí queda, solo se cumple si la llevo yo. Solo se cumple si los que quedamos vivos, si los suyos que quedamos vivos, los pensamos. Pero, como decía Pilar Adón en Las órdenes, ¿Quién me va a cuidar cuando sea vieja? / ¿Quién me va a esperar, feliz de verme? /… / ¿Quién va a venir a verme los fines de semana? / Si no soy madre. Si los vivos que quedamos ya no acudimos a la espera de los nuestros… ¿quién acudirá a nosotros cuando ya no quede nadie?

Luna Miguel escribía en La tumba del marinero que “Pasamos la vida estudiando caligrafía para escribir nuestro epitafio con trazo firme”. Tal vez se una a la idea de Nabokov y estemos ya esperando desde antes de existir para luego aprender a escribir la despedida. Que esperamos cosas, instantes, recuerdos, toda la vida para dejar un epitafio digno, por si nadie viene a vernos cuando esperemos muertos. Porque, quizás, el único que sí cumpla y se apiade de nuestra espera sea el cielo. Porque “no hay pedazo de cielo más prometido / que el del mundo blando repleto de pisadas”, que decía María Sotomayor en Nieve antigua. Y sean todas esas pisadas, el camino recorrido de la espera, las que pinten el cielo de colores como retorno a nuestra impaciencia desde antes de nacer.

23 de septiembre de 2019.