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lunes, 16 de abril de 2018

El arte de contar historias

Siempre nos mienten. Constantemente. Intencionadamente o no. Todavía no se lo digo por si al final no es, puedo esperar a contarle a que se acerque el momento, para qué decirle si va a sufrir antes de hora, ahora no se le puede preocupar… Maquillamos la vida con el colorete rosa, como si el tono pudiera mejorarse con los polvos. El que tiene en su poder el dolor, el que lo aguanta, el que no lo comparte y cree que lo hace de manera empática… Ese es el egoísta, el cruel, el salvaje. El que se cree con la fuerza absoluta de decidir el momento en el que tú sufras, en el que tú descubras, en el que tú sepas. Él ya sabe, tú no, depende de él que es el que sabe. ¿A quién no le han ocultado una enfermedad porque durante exámenes mejor no distraer? ¿A quién no le han callado una muerte por estar de viaje o simplemente conduciendo? ¿A quién? Manipuladores de nuestro sentir, de nuestra vida, los que retienen el dolor que ya es nuestro aun estando en sus manos todavía.

Visión de los Estudios Disney. Exposición en Caixaforum El arte de contar historias.

También están los que varían los hechos, aquellos del colorete, los que mejoran lo ocurrido para crear un rumbo de la historia “mejor” de lo que era en realidad. Ya lo hacían los trovadores cuando escribían sus epopeyas. Composiciones literarias en verso que contaban las hazañas legendarias de sus héroes, ¿o es que acaso creéis que era todo cierto? El propio Cid, sí sí el campeador por excelencia, también fue retocado. Todo lo que nos cuenta el cantar que le ocurrió al gran Don Rodrigo Díaz de Vivar en cinco años, en realidad sucedió en trece. Si ya nos engañaban, para nuestro bien ¡claro!, en el siglo XIV, ¿qué no harán ahora?

Walt Disney eran un gran maquillador, sombra aquí y sombra allá. Se le debe agradecer la recuperación de historias que no habríamos conocido, tal vez. Pero ante todo, y aunque sus relatos sean medio engaños, se le debe dar las gracias por contar la verdad tras la dulcificación. Era un gran contador de historias y le apasionaba compartir las proezas narradas en las crónicas de la historia norteamericana. Rescató leyendas que hubieran caído en el olvido de no ser por él, pero siempre intentó explicarlas con finales felices, distantes, la mayoría de ocasiones, de la realidad. Regresamos, entonces, al que tiene el poder del curso de las cosas en sus manos, he aquí otra vez el que manda sobre el qué saber y cuándo.

Boceto de Robin Hood. Exposición en CaixaForum El arte de contar historias.

Un ejemplo de ello sería el conocido Flautista de Hamelín. En esta leyenda alemana del siglo XIII, un pueblo infestado de ratas contrata a un flautista que es capaz con su música de hacer llegar a todas las ratas al río y morir allí. Una vez las calles limpias, no quieren pagarle sus servicios. El flautista, indignado, decide vengarse y con su melodía atrae a todos los niños del lugar y los lleva al agua donde se ahogan uno a uno. ¿Disney nos enseñó el final real de la leyenda en su recreación? ¡No! La dulcificó, nos brindó otra terminación para que no cundiera el pánico, para que todo fuera feliz. Como nos pasa continuamente, desde niños, el sonido de la flauta no toca nunca los acordes verdaderos. El flautista aguanta siempre nuestro dolor entre sus notas.  

Bocetos de La sirenita. Exposición en CaixaForum El arte de contar historias

(no os perdáis la exposición El arte de contar historias en CaixaForum, totalmente imprescindible)

lunes, 2 de abril de 2018

Nostalgia del presente


En aquel preciso momento el hombre se dijo:
Qué no daría yo por la dicha
de estar a tu lado en Islandia
bajo el gran día inmóvil
y de compartir el ahora
como se comparte la música
o el sabor de la fruta.
En aquel preciso momento
el hombre estaba junto a ella en Islandia.

Jorge Luis Borges, Nostalgia del presente.

¿Es posible sentir nostalgia del presente? Es decir, ¿podemos echar de menos aquello que estamos viviendo justo y precisamente en este instante? ¿Somos capaces de agolpar esa añoranza por algo que estamos experimentando y que sabemos que en cuanto termine volveremos a quererlo de nuevo? ¿Lo somos? Lo somos, sí. Borges lo afirmaba desde su interrogación de qué razones había para postular que existía el futuro. Si no tenemos esa certeza, tampoco sabremos si existirá ocasión para querer algo pasado, en el caso de no existir un tiempo posterior para mirar atrás. Pero, dejémonos de disertaciones sobre eternidades o infinitos; para eso tenemos los ensayos del argentino que ya seguiremos leyendo.

A todo esto se me ocurre que el concepto de nostalgia significa ese regreso apenado al pasado, a una vivencia que nos lleva atrás y que vemos desde el ahora con anhelo de volver a vivir. ¿Es así? Me pregunto entonces, cuando recordamos momentos pasados sin la tristeza de que vuelvan, cuando regresan esas historias pero no existe añoranza… ¿es también nostalgia?

Cada lunes de Pascua, como hoy, se repiten los mismos recuerdos. Hasta bien entrada mi adolescencia siguieron un mismo ritual anual. Se resumía en familia paterna y día de monte. Seis familias, once niños, solo dos niñas, componían el equipo. Tras organizar el territorio siempre íbamos en busca del tomillo. Me gusta recordar cómo nos vestíamos de campo, los adultos casi siempre repitiendo la ropa deportiva del año anterior, los niños no. Los niños tal vez mostraban la heredada de cualquiera de los otros diez, eso sí. Mientras, yo pensaba, que en otra sierra aragonesa estaría él también llenando su bolsa y pensando que no encontraríamos nosotras tan buen herbolario como el suyo.


Tras el momento “necesitamos tomillo porque nos va la vida”, los adultos se disponían a organizar el fuego y a charlar, tal vez no se veían más que en esa ocasión del calendario. Los niños jugaban a futbol, sin alternativa posible; exceptuando a tres, los de siempre. Evidentemente, habéis adivinado, yo me incluía en el trío. Trío que pasaba su lunes de pascua por separado, no es oro todo lo que reluce. Mi prima mayor se encerraba en la furgoneta de su padre a escuchar música. Mi primo, un mediano de tres hermanos, tampoco quería compañía (tantos años después me arrepentiría de no estirarle de la lengua y aprovechar cada segundo que luego ya no nos permitió…).

Aprendí, en esos lunes de campo, a disponer de mi plan B. Enfundada en mi chándal de tactel, primero azul (el mío), luego morado (el que dejó pequeño mi hermano) ideé mi hábito para esa “jornada anual”. Como si se tratara de una sesión obligatoria tras los saludos, el tomillo, la distribución de los mayores, el rodar de la pelota, a un lado mi primo, al otro la que tarareaba… Esther sacaba su lectura, siempre la misma. Destiné un libro a leer tan solo de año en año en el campo. No recuerdo la primera vez, debía ser muy niña porque el marca páginas que escogí, y que no dejé de utilizar, me delataba. La lectura en cuestión era Adiós en azul de John D. MacDonald. Novela negra de la que creé yo misma los fascículos, como si fuera una serie por entregas. Doce meses tras doce meses, seguía con las aventuras del detective Travis McGee justo allí donde lo había dejado en la sesión anterior un año antes. Siempre seguía, siempre recordaba el momento en qué lo había dejado, siempre respondía sonriente a la llamada de “¡a comer!” porque yo había cumplido mi misión, yo sí.

No recuerdo con pena todo aquello, no querría que regresara, pero quizá actuaría de otra manera. Pediría ir a recoger tomillo a la otra sierra, jugaría a la pelota, hablaría con él y seguiría leyendo, eso sí. Por eso inicio el post de hoy con la nostalgia del presente. Porque si estáis viviendo, ahora mismo, algo que sabéis que vais a echar de menos en cuanto termine, no cerréis los ojos, ni parpadeéis siquiera, apretadlo fuerte, agarraos bien y sentid la nostalgia del ahora; es la única de verdad.  


lunes, 26 de marzo de 2018

Los muertos no se van

Duermo con las cenizas de Obi en la mesilla. El último tomillo de mi tío en el salón. La boina de mi abuelo en el armario. No se van del todo, nadie, nunca. Sientes su presencia en incontables momentos, en fechas concretas, efemérides que compartías o simplemente te retornan por un olor que te los devuelve. A ellos, a los muertos.

Chucherías en mano, pienso en los ositos de gominola que cargaba mi abuela en los bolsillos de la bata. Cada vez que alguien me comenta que estudiará filosofía, regresa mi primo y el impacto de perderlo sin llegar a la treintena. El que me nombra un huerto me devuelve a mi otro tío y el arreglar las tomateras y aparecer en casa llenita de picaduras de mosquito. Siguen con nosotros, tal vez ellos no lo sepan, pero miles de pensamientos siguen siendo para ellos, los muertos.

La que cuenta con más de una quincena de estos en su vida, reconoce el peso del vacío, el hueco que deja cada despedida. Recuerda la primera pérdida y la última. Recuerda cada llamada y su noticia. Recuerda la voz emisora del otro lado, el desgarro se apodera de una con cada reminiscencia. Sabe quien lo dijo, la hora, la manera, si fue por teléfono, si fue una visita inesperada que la hizo salir de una clase de la facultad, si fue una mirada, simplemente una mirada, a la que ella respondió con un “¿ya?”. Puede que olvide la fecha exacta, pero no borrará nunca la sacudida del estómago, la sensación de pérdida y de abandono.

Arbeca y al fondo los Pirineos. Enero 2018.
Leí a Sara Herrera Peralta que decía algo así como que los muertos permanecen en los álbumes de fotos, no los quitamos de las páginas porque ya no estén vivos aquí con nosotros. Siguen ahí, formando parte de las instantáneas del recuerdo. Vamos pasando las páginas y van apareciendo, es entonces cuando recordamos con nostalgia todo lo que rodea a esa imagen. El momento previo, el llegar hasta allí, la conversación, si dijimos “Luis” o “patata”, la risa o la carcajada, porque las fotos las tomamos cuando estamos dichosos. Pocos nos hacemos fotografías ante la tristeza o la angustia. Pocos queremos tener recuerdo visual, y menos impreso, de una lágrima o de un hueco sin rellenar. Quizá sea esa la razón por la que no quitemos las fotos de los álbumes, porque nos devuelven a los muertos sonrientes, a los gatitos sanos, a los días en que todos estaban aquí y podíamos tocarlos, olerlos y su risa era real, no la reproducida ahora en nuestras cabezas.

 “Se levantan los muertos, respetad su pisada” dijo Emilio Prados. Respetad la huella que dejaron, intentad no hablar nunca mal de los que ya no están, hicieran lo que hicieran. Ejercicio brutal de respeto, de no eliminar las pisadas pero ocultar siempre las mal dadas. La hipocresía reina en el mundo de los vivos. O acaso, ¿no son innumerables las ocasiones en qué recordamos más a todos esos individuos cuando ya no están que cuando estaban vivos? Puede que esa sea la razón del respeto exigido a los muertos. Porque en vida no les hemos prestado la atención, el cariño, la empatía, la compañía o el amor que merecían; y una vez desaparecidos les debemos la honra y el reconocimiento a destiempo. Se convierten en un sacrilegio las malas palabras, los pensamientos turbios, el quitar las fotos, el ocultar sus enseres, el no llorar en la efeméride de su pérdida. Somos hipócritas, sí, los vivos. 

"Se levantan los muertos.
Detrás la vida sigue.
¡Preparad la batalla!"

Tenía razón, siempre, Prados. Detrás de ellos la vida sigue, no paramos aunque permanezcan aquí desdibujados. Les debemos el respeto, el perdón por todo lo no entregado en vida como hubieran meritado. Por todo ello exijámonos preparar la batalla como si ellos, los muertos, estuvieran siguiendo nuestros pasos con su mirada.


Los Pirineos, allá a lo lejos. Enero 2018.

lunes, 19 de marzo de 2018

Salvar el arte

“… Esta añade que José María Sert (famoso pintor español a quien he conocido personalmente y cuya obra decora la capilla del palacio de Liria de Madrid, perteneciente al duque de Alba) envió un telegrama a Londres al duque de Alba pidiéndole que cesaran los bombardeos durante el traslado de los cuadros y otros tesoros artísticos. Estos camiones contenían cuatrocientos o más cuadros de Velázquez, El Greco y Goya.

Ayer, por el territorio español entre Le Perthus y La Jonquera adelanté a diez enormes camionetas que llevaban estos tesoros; inmensos remolques, sólidamente embalados y unidos a vehículos especiales, que conducían camioneros franceses. Uno de los camioneros con el que hablé estaba indignado por las condiciones en las que se había desarrollado el trabajo. “Atacan hasta las obras de arte de un país –dijo–. ¿Puede imaginar lo que es abrirse camino desde Figueras durante estos ataques aéreos?””

8 de Febrero de 1939. Nancy Cunard, “A whole Landscape Moving”, Manchester Guardian.

Cuando una lee esto piensa en sus visitas a los museos. En cómo siempre se pregunta por qué la mayor parte de las obras son de allá o de más allá, lejos del lugar donde se encuentra. Numerosos son los expolios de las ciudades poderosas en épocas de guerra. Despiadadas se quedan con el botín de los vencidos, aprovechan traslados, se crecen ante la debilidad; sea o no sea su contienda.

La lectura me lleva a Sixena, a vivir de nuevo la pérdida como si fuéramos ciertamente los vencidos, como si nadie nos hubiera dejado articular palabra, como si tuviéramos las manos atadas. Pero no hace falta ir tan lejos. Las obras de arte han sufrido siempre las guerras, y no ha hecho falta que fueran mundiales ni civiles, tan solo familiares ya bastaban. Cuántas familias han discutido por la herencia de un familiar, hasta el punto de llegar la sangre al río. Cuántas otras se han desprendido del arte heredado como si nada fuera, como si careciera de valor, ni sentimental, ni monetario, ni histórico. ¡Cuántas!

Al morir Dora Maar, por ejemplo, se hallaron en su domicilio decenas de obras originales de Picasso, y ella sin descendencia. Paremos. Pensemos. Miremos alrededor, localicemos nuestras “obras de arte”. ¿Estamos seguros de que serán conservadas cuando no estemos de la misma manera que nosotros las cuidamos? ¿Serán regaladas? ¿Donadas? ¿Vendidas? ¿Olvidadas? ¿Luchadas? Por suerte, no estaremos para verlo.

Man Ray, Nancy with bracelets, 1926

Imagino a Cunard, aristocrática inglesa que estallada la Guerra Civil española vino, sin pensárselo dos veces, a ayudar al bando republicano. Llegó desde París, dejando allí a André Breton, Man Ray, T.S Eliot o al grupo Bloomsbury con Virginia Woolf, entre ellas. Aun habiendo vivido numerosas pérdidas cercanas tras la Primera Guerra Mundial, sintió el deber de venir a España. Hospedada en el Hotel Majestic de Barcelona, junto a la mayoría de reporteros extranjeros llegados para cooperar, se dedicó a repartir comida y dinero, y hasta trasladó a mujeres y niños a su casa francesa. 

Pero, detengámonos. Visualicémosla conduciendo una furgoneta, atravesando medio país cargada de víveres, y teniendo que adelantar a camiones y camiones llenos de obras de arte, hasta los topes de Velázquez o Goyas… Una mujer con su cultura, con su pasado surrealista de los años 20 parisinos, poeta dadaísta, abriéndose paso, entre vehículos que tenían tan solo una tregua de los bombardeos para salvar el arte, para resguardar el pasado y el futuro de las obras de un país, la herencia de nuestros artistas. Y ella allí, viéndolas pasar, luchando por unos ideales en una tierra que no era la suya. Quién le hubiera dicho que acabaría sola, que a su funeral no iría nadie, que su legado también quedaría al amparo del cesar de las bombas.  


Nancy Cunard by Cecil Beaton 1930

lunes, 5 de marzo de 2018

La mano culpable que teje el ajuar

Nos hacen el ajuar ya desde niñas. Bien pequeñas aprendemos a guardar “para”. Más tarde descubrimos que no importa con quien acabemos marchándonos, o si lo hacemos solas, que todo aquello, reservado durante años sin poder estrenarse, es para que cuando nos vayamos nos llevemos el trocito de esa generación que abandonamos. En mi casa se acumularon trapos de cocina, sábanas y toallas, bordadas o no. Ahora conviven conmigo, sin ser estrenadas aún y tal vez nunca lo sean. ¿Era necesaria tal cantidad? La respuesta sería no. Aunque entendemos, ahora, su necesidad de guardar nuevo todo aquello que las siguientes “necesitarán” ´sí o sí.

Junto a lo nuevo estaba todo aquello que nos caracterizó en algún momento, a nosotras y a ellas. Huellas materiales que no debemos perder de vista. Tras mi primera comunión borré cualquier rastro de larga cabellera en mi rostro, pero conservé entre periódicos esa cola junto a la de mi madre. Ella también había cortado su última melena muchos años atras. Cuando yo lo hice, ella ya lo había hecho. Siguen juntas. La familia de Natalia Litvinova bien tenía el cesto de trenzas de sus mujeres. Conservar objetos materiales de una mujer a otra de la familia, nunca antes de que esta haya desaparecido. Yo sé lo que se quedará conmigo cuando ella no esté. Nuestro pelo, cada uno con su lazo, envuelto en papel; su reloj de soltera rojo, su ajuar.

Todo esto ha venido a mí este fin de semana en que he terminado Alias Grace. Grace Marks también hereda el pañuelo de Mary, del que no se separará hasta que la vida se rompa. Y no deja de coser, episodio tras episodio, las colchas de sus amas. Con sus historias cosidas en figuras geométricas, simbolizando una vida tras otra. Cuando la suya está más que truncada ella se dedica a zurcir la de los demás, creando los ajuares de sus opresoras.


Esta mini serie de Netflix basada en la novela de Margaret Atwood vuelve a dejarla a una temblorosa. Inspirada en el caso de real de Grace Marks, acusada de matar a sus amos junto a otro criado con tan solo 16 años. La serie ahonda en la posibilidad de la fuerza de la mente humana. Cómo somos capaces de mentir mirando a los ojos, cómo podemos pensar una cosa y en el mismo instante decir otra, cómo mantenemos la sangre fría y apretamos los dientes. Cuando una se pregunta si es capaz o no de mentir, la ve a ella, impasible, y se la cree. Todo lo que ella diga será asentido a ciegas por el espectador, todo.



Explica su historia mientras cose pieza a pieza el patchwork de cada colcha. Mientras dobla las ropas, enhebra la aguja, da las puntadas, tiende el resultado o lo extiende sobre la cama destinataria. Geometría pura, como su mente, organizada y sin nada al azar. Cada pasada de ese hilo está estudiada como sus pensamientos, como estructura los recuerdos a su manera. Como se queda con las prendas de sus mujeres y crea puntada a puntada esos ajuares. Así evoluciona la serie, de quilt a quilt, hasta terminar el suyo propio, con su historia y con sus piezas. Como si cada una de nosotras decidiera la pieza que no debe faltar en la suya. Como si la asesina, o la víctima, decidiera la parte del puzle que falta para terminar de coser la definitiva. Como si la mano acusada, la encerrada, la culpable, la de la absoluta locura, debiera poner el dedal y el hilo para terminar también nuestras historias.    


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