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lunes, 12 de septiembre de 2016

Leyendas del Pirineo

Cuenta la leyenda que hace muchos, muchos, años un día de San Mauricio todos los habitantes de Espot se dirigían en romería hacia la ermita a pie del lago. Allí se celebraba una misa anual en honor al santo. Dos cazadores del pueblo, en el camino, avistaron un rebeco en lo alto. Grande, hermoso, lustroso. Decidieron entonces no llegar a la misa e ir en su busca. El animal en verse perseguido arrancó a correr montaña arriba. Cuando los cazadores llegaron a la cima, el rebeco había desaparecido. En ese momento, cayó un rayo justo encima de los pastores y los transformó en estatuas de piedra. Hoy en día desde el camino de la Ratera aún pueden verse las figuras de los dos cazadores.
Pasado el lago de la Ratera se puede acceder a un mirador desde el que se divisan formidablemente las montañas de Els Encantats. Esos encantados, según la leyenda, fueron los dos pastores que se negaron a ir a misa.


Hasta ahí llegamos, en el conocido Parque Nacional de Aigüestortes. Nos plantamos en el lago de Sant Maurici con un servicio de taxi 4x4 que sale desde Espot. Y ya desde allí, botas puestas y gorra en lo alto, empezamos a subir camino a la cascada de Ratera. La verdad es que tan solo en parajes como este te das cuenta de la magia de la naturaleza. Como emerge de la nada y se convierte en lo que ella quiere. Magia pura. Llegados a la cascada, una no puede quedarse tan solo con el aperitivo. Necesita un primer plato para comprobar que es tan bueno como el entrante. Seguimos subiendo camino al lago de Ratera. Fue como abrir una puerta y encontrar una habitación en otra dimensión. Un lago entre montañas, idílico, bucólico, sorprendente. Nos sentamos ahí a reponer fuerzas. A cargarnos de paz, a llenar la mochila de calma, de azul y de verde.





A poca distancia, relativamente, del lago se encuentra un mirador fabuloso. Desde allí se avista el lago de Sant Maurici, como os he contado antes, y las grandes torres rocosas de los encantados. Majestuosas, señoras, imponentes. Desde allí el sol hace que todo brille más: el agua del lago a lo lejos, los árboles, las flores. Todo tiene un tono dorado que lo hace aún más valioso.



La bajada, tras la hora y media de subida, la hicimos bordeando el lago por el lado opuesto a la subida. Suerte de las botas, la gorra, la crema solar y de todo animal viviente que alegró la otra hora y media de retorno. Además, cámara en mano, aquello era una fiesta para el objetivo. Cientos de fotos regresaron a casa. Cientos. Y es que parecía que fuera imposible no captar tanta maravilla ahí expuesta y llevársela de vuelta.





Otra vez en el lago inicial, volvimos a bajar al pueblo con el servicio de todoterreno. Casi cuatro horas de caminata, para esta urbanita descendiente de montañeses y que ha llevado un invierno más bien parada, hizo que recordara ese día en el parque unos cuantos días. Pero valieron la pena el cansancio y las agujetas por esas vistas, colores y descubrimientos guardados.

Parece que los dos días en el Pirineo hacen que esta de aquí no pueda parar de escribir. Será para que no se olviden. Para que esa paz dure todo el invierno. Y releyendo el post, me rio de mi delirio por las listas de adjetivos definitorios. Me ha recordado a Valle Inclán y sus series inolvidables de tres adjetivos. ¿Será que soy un poco esperpéntica yo también? 

4 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Gràcies bonica. Oi que marxaríem ara mateix per estar-nos-hi una estoneta???? Besitets!!!

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  2. Que preciosidad Esther, de texto y de fotos. Ha sido un gustazo poder hacer parte del camino contigo. Gracias por compartirlo. Desde luego días así merecen las agujetas de después. :)

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    1. Qué guapa eres y con qué ojos más bonitos me lees. Gracias, gracias, gracias. Sin ti no sé quién más leería mi blog jajajaaaaa No creo que entre mucha gente más!!!!

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