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lunes, 2 de mayo de 2022

Encerrar la nube

Aquellas horas de niño están a salvo. […]
Madurar es esto: 
Escribir 
lo que no se entiende. 
Darle una forma que se deshará cuando el torno cese 
su cadencia circular, 
hundir los dedos en ese barro que intuye. Su torre, su 
ego, se vendrá abajo. 
Esta infancia es una pregunta dejada a medias, para 
todos los que alguna vez vimos la nube y no nos 
detuvimos a encerrarla en una forma. 
Estaba allí arriba. Estaba el viento. Estaba el sol. 
Aquello era una promesa más cierta.


Sitges, 1 de mayo de 2022.


Madurar. Escribir. Salvar al niño. Encerrar la nube. Agradezco siempre tropezar con lecturas donde el cielo habla. Aquellos autores que identifican en las nubes o en el color cambiante de allí arriba una conexión directa con lo que ocurre aquí abajo. En poemas como este de Fran Garcerá del recién publicado Rotura son recurrentes estas imágenes. La idea del entendimiento si hubiéramos retenido la forma de la nube en la memoria. Si hubiéramos hecho caso al momento para que estuviera ahora con nosotros. Pero crecer, madurar, también debe ser ir olvidando o cambiando el valor de las cosas. Dejar pasar la nube.

Ayer cumplí años y aunque sé que las horas de niña están salvadas (las buenas y las malas) también pesa el avanzar frenético de los días. Los colores del cielo siguen sorprendiéndonos y creemos que el rojo es porque grita, que el morado es la melancolía, que el azul es el radiante, pero todos repiten patrones ya aprendidos. Eso debe ser sumar, ya conocer el color de lo que acontece.

¿No es eso mismo una resignación? Pensar que ya no existe nada nuevo, que nada nos sorprenderá, que no seremos capaces de asombrarnos ante la novedad que pueda ofrecernos el mirar hacia arriba. Sí, a menudo nos rendimos. Apretamos las mandíbulas y nos dejamos llevar por la corriente de la rutina. Los hay que no alzan la mirada, que se pierden el espectáculo del ocaso y siguen como si no importara ese festival de luz. Que aprietan cada vez más sin detenerse ante aquello que pueda dejarlos boquiabiertos.

Hay que mantener, aunque las arrugas rodeen nuestros ojos, la sed de descubrimiento. Admirarse ante todo aquello extraño que nos rodea, aquello hermoso que dejamos circular sin encerrar en una forma inolvidable. A veces ocurre y debemos prestar atención. En Quebrada, la última novela de Mariana Travacio, leemos alguno de estos momentos en los que nos abraza la sorpresa. “Y así nos dormimos, esa noche, al lado del arroyo, y mientras me iba durmiendo me llegaba ese olor nuevo, con el aire. Nunca lo había sentido. Recién al día siguiente, cuando nos despertamos, le pregunté qué era ese olor. Me dijo que era el olor del rocío: olor a rocío, doña, a hierba mojada”.  Perseveremos, no hay que flaquear. Debemos oler y mirar sin medida y sin control. Atesorar los atardeceres, los rocíos, y hasta el cielo azul sin ni una nube. Nunca sabemos si en la vejez nos hará falta haber salvado al adulto que ahora somos.

lunes, 4 de abril de 2022

Otro día tendido

La primavera no llega. El tiempo se encabezona en llevar la contraria, como el destino, como la rutina, como las malas noticias. Regresa el frío para decirnos quién manda, para no dejarnos arrinconar los abrigos, ni lucir las pecas por el sol. Así también suceden los días. Sin poder agendar sonrisas ni momentos de calma. Y eso es tan claro, cierto y breve como que hay un trueno tras un rayo, que escribía Ferran Garcia en Guilleries.

Organizamos calendarios imponiendo encuentros, deseando que lleguen momentos pospuestos, esperando el sol para plantar el tomillo. Subimos la persiana cada mañana con la ilusión de que hayan florecido anémonas y tulipanes. Pero todo lo frena el frío y las malas noticias. No somos dueños de la primavera, no. Ni de las agendas, tampoco.

Otro día con el dolor del tiempo. / Otro día tendido, alzado a la sombra del / calendario, casi sin oírse.” Estos versos de Cleo Campuzano en Paz primaria, estos versos. Porque los días se suceden y acontecen sorpresas que nos obligan a romper los planes, a cambiar la sonrisa por el llanto. Días en los que todo lo previsto queda tendido. Y así el invierno, o quizá el destino, nos detiene y nos clava en el suelo, nos pone en nuestro lugar para aprender a parar máquinas y volver a empezar. Aceptar que sigue con nosotros el jersey de cuello alto y la posibilidad de la pérdida, inminente, cruel, demasiado temprana.

                                                                                                                Limonero, abril 2022.

Onetti escribía en Los adioses que “nada permanece ni se repite”. Deberemos repetirnos esta idea. Primero, para dejar de temblar ante lo malo. Segundo, para disfrutar de lo emocionante sabiendo que es irrepetible. Que ante el ahogo de las pérdidas recientes, de los desencantos, de los sustos, también pueden cumplirse los sueños. Sí, a la par, aunque parezca salvaje sonreír. Aunque nos cueste aceptar que podemos vibrar de felicidad entre tanta penumbra. Se puede. Ahí estaba Mariana Enríquez para confirmarlo, para enriquecer los tiempos grises, sin ella saberlo. Conocerla en persona fue un oasis que nos permitió saber que un día, sí o sí, llegará la primavera.

Mientras, aparece el viento a removernos el pelo y las inquietudes. A formar un runrún constante para hacer realidad aquello que versaba María Gainza en Un imperio por otro, y que “de las cosas tristes / siempre queda / un ruido de fondo.” Ese ruido que nos repite día y noche el padecer que intentamos sobrellevar. Ese ruido que molesta al sueño y nos deja exhaustos. Debemos esforzarnos y pensar que quizá ese viento (ruido) hasta seque la ropa y arrastre lo malo. Atesorar cada minuto el sueño que sí nos deja descansar. Recordar a Gaspar, en Nuestra parte de noche, cuando decía aquello de que “había dormido, era cierto, notaba el gusto a sueño en la boca.” Notémoslo y démonos el permiso a descansar. A eso también.

lunes, 24 de enero de 2022

Vitaminas

 Mañana, ayer, ¿qué significan esas palabras? Solo existe el presente. En un momento dado, nieva. En otro, llueve. Luego hace sol, viento. Todo eso es ahora. No ha sido, no será. Es. Siempre. Todo a la vez. Ya que las cosas viven en mí y no en el tiempo. Y en mí, todo es presente.

Sentenciaba estas líneas Agota Kristof en su Ayer, las pienso ahora. Admiro ese presente que contiene todos los tiempos a la vez. “Es. Siempre.”

Me gusta tender la ropa fuera, aunque haga frío. Comprobar que ese sol de invierno calienta, lucha ante la adversidad del bajo cero, y seca las prendas. Cierro los ojos para recibir el disparo de los rayos. Me calientan y me vitaminan. Justo ayer leía el tweet de Eva Piquer, “La vida té un rerefons trist i d’això no ens n’escapem. Però també hi ha el sol d’hivern.” Y sí, la tristeza está, pero tendemos la ropa fuera. Me gusta recordar la luz andaluza impactando en las naranjas de Mollina. Fotografiarlas como si fueran pájaros en extinción, frutos sagrados, imposibles de ver lejos de allí. Darle importancia a esa hora del día, porque la sensación es más dulce, porque estoy ahí para verlo.

Mollina, diciembre de 2021.

Sally Rooney escribe que la belleza es arbitraria pero que una vez das con ella aporta, indiscutiblemente, placer a tu vida. Será eso. Saber encontrarla. “¿O eran ajenas en ese instante, o algo más que ajenas: eran de algún modo invulnerables, insensibles a la vulgaridad y la feúra, porque estaban atisbando algo más profundo, algo camuflado bajo la superficie de la vida, no irrealidad, sino una realidad oculta: la presencia en todo momento, en todo lugar, de un mundo bello?” Ser conscientes de todo lo hermoso que nos acompaña, de lo que en un momento concreto nos sirve y nos engrandece. Tener la capacidad de mirar debajo, de mirar minuciosamente, de mirar sin miedo. Dar valor a todo aquello que alejará la tristeza y será un poquito como el sol de invierno.

Atesorar el zumo recién hecho de la mañana, el olor de los berberechos en el vermut, la temperatura del parqué a mediodía. Atender a los sonidos que nos rodean. Grabarlos. “¿Cuál sería la banda sonora / de ese álbum de los recuerdos? […] ¿La pérdida tiene sonido? […] ¿Qué sonido nos determina? / ¿Todo esto tiene fin? / ¿El sonido acompasa? / ¿O nos parte en dos?Hasier Larretxea me acompañaba estos días con su Otro cielo y me exigía atención a los sonidos.

Al maullido de Vic si tiene hambre, a la canción de la lavadora una vez terminado el programa, al pitido del termómetro cuando tiene noticias. Valorar cada mensaje como si fuera una receta. Aquel que aún te recuerda a la hora de la cena. Anotar las miradas bonitas, aunque tan solo las imagines. Hacer lista de los besos y abrazos que necesitas una vez desconfinada. Porque todo eso reconstruye el mundo bello que la tristeza malmete. Fortalece exprimir cada momento para que la vitamina se quede aquí. El mundo bello existe y está en el zumo y en el sol de invierno. Es. Siempre.

Confinamiento, enero de 2022.

lunes, 23 de agosto de 2021

Algo de fin del mundo en el cielo

Estallan tuberías, se rompen cisternas, se pone una enferma, atacan mil y una tareas como mosquitos acechantes, no cesa la compra en el súper, amistades que fallan, sobrevienen la tristeza y el agobio y hay personas que fallecen. Incluso en verano pasan esas cosas. También se muere. Aunque parezca imposible. Aunque nada pudiera hacernos regresar a la realidad desde las reservas de Booking en la playa que sea. Aunque resulte increíble, la muerte también hace las maletas.

Es el segundo agosto con Mariana Enríquez. Repetiré el que viene, convencida estoy. Me acompaña y sitúa los sueños sobre el asfalto. Fija los pies. Ha sido realmente sobrecogedor leer Alguien camina sobre tu tumba este verano. Viajar con ella y recorrer junto a Mireia cada km. Reconocer escenarios y estremecerse por descubrir otros en un futuro. Escuchar la BSO del libro, porque la argentina es todo un recopilatorio de conciertos.

Cada país es un gran cementerio y en casi todos, de una u otra manera, todo se echa a perder, tarde o temprano. En diferentes momentos, en idas y vueltas. Pero estamos acá para morir y, ¡si tenemos suerte!, para que los vivos nos entierren.” Quedan los vivos para enterrarnos, para recordarnos y guardar nuestras pertenencias. Quedan los vivos. Son más los muertos que los vivos, ¿lo habíais pensado? Caminamos sobre restos, ¡sobre qué, si no! No me perturba la idea, ni me inquieta, ni sorprende. Conocí la muerte con 6 años y desde entonces cargo 17 muertos cercanos a la espalda. Mochila llena de despedidas. Anunciadas, trágicas, dolorosas, imprevisibles. 17.


Entro en los cementerios sigilosa, con la prudencia de no despertar a nadie, con el respeto de entrar en casa ajena. Aun estando los míos. He procurado visitarlos allá donde voy y son esos momentos de silencio en los que floto de verdad en las historias de cada lugar. Como Enríquez. Caminar entre lápidas, reseguir los personajes ilustres enterrados, honrar a sus fantasmas, resucitar sus peripecias como vivos o como muertos, flotar para no malmeter nada sagrado.

Parece contradictorio vacacionar y visitar cementerios, pero ya he empezado diciendo que la gente también desaparece en verano. Vivido está, porque la muerte también se vive. Como las plantas pueden estar verdes y secas a la vez, llenas de pulgón o mosca blanca y florecidas. Contrariedades las que nos rodean y nos hacen recuperar el sentido de los días. Nos obligan a parar y mirar al cielo para respirar hondo, resituarnos y volver a empezar. “Siempre hay algo de fin del mundo en el cielo y en el viento implacable, siempre hay algo de polvo del desierto en el frío que corta la piel”. Por eso cuando alzamos la vista para tomar impulso también hay algo de fin del mundo y de inexplicable en ese azul.     

Cementerio de Valladolid, julio 2019

lunes, 9 de agosto de 2021

El poder del mar

Leer, hundir los pies en la arena y cargar tesoros de conchas y piedras preciosas. Quizá antes eran botellas de cerveza lanzadas al mar. Reconvertimos, revaloramos, miramos con ojos distintos. Pasear con restos de sal en la piel y en los labios, agarrando el sombrero de paja porque vuela. Recuerdas que una vez más olvidaste coserle la cuerda que lo sujeta. Tropezarse con frases de Laura Ferrero, “se deja de existir en el preciso instante en que se finge la felicidad”. Dejar caer las lágrimas que rememoran lo que duele, lo recién perdido, lo añorado. Porque no debe fingirse aunque la brisa marina te despeine y te susurre “afortunada, afortunada…”. Y entonces regresa a ti Lighea, la sirena de Lampedusa, por el susurro y la locura, y quieres releerlo en el momento. Comerse una paella con vistas a la playa aguantando el punto de oleaje que te produce el vino blanco. Retenerlo en la boca, saborearlo. Saber que te va a hacer flotar y así dejarás de llorar. Colgar stories y selfies y fotos pensadas a conciencia, porque eres tú y te da la gana hacerlo. Escuchar audios de amigos queridos que te querrían en Logroño. Tú miras el horizonte rebosante de barcas y los piensas, al poeta y la lectora. Pensamientos silenciosos, no se lo digas, lo sabrán aunque no lo escribas. Enviar un mensaje a alguien que echas de menos, para que sepa que sigues ahí, sin importar el desánimo que marca tus ojeras. Almudena Sánchez decía en Fármaco que “la tristeza va contra el protocolo y contra el mundo. La tristeza es una revolución y altera a los felices. La tristeza son gestos mundanos: un párpado hinchado.” Es un mensaje importante si te confiesas gris aunque brille el sol. Es un mensaje valioso si al otro lado no le estorba tu melancolía. De ahí llegas a Mariana Enríquez porque haces tuyas sus palabras. “Entiendo perfectamente los privilegios de mi vida y la frivolidad de mi melancolía; me permito la amargura por todo lo que no es importante, porque también se lo merece y no puedo evitarlo, ni siquiera una mañana de primavera en Highgate.” No estás en Highgate sino en la Costa Brava. Igualmente te permites la melancolía de esos pequeños instantes con el pelo mojado. Porque sí. Porque tú quieres. Porque tienes derecho al abatimiento le pese a quien le pese. Tarareas canciones con los escarpines llenos de arena, con una media sonrisa y la toalla enrollada abrazando tu humedad. Esos microsegundos de felicidad son los que aprovechas para capturar imágenes. Este texto sin pausas, con pensamientos arrojados de dicha y de llanto, me define. Debe ser el poder del mar que cantaba Facto Delafé y las Flores Azules. El poder del mar. Hoy gano, tú ganas, ganamos los dos. Hoy gano, tú ganas. Esto no se para. Esto no se para. Esto no se para. Esto no se para. Aunque una esté triste o no lo esté. 

Calella de Palafrugell, Agosto 2021.


(Dadle al play a Delafé_enlace en el texto)

lunes, 30 de noviembre de 2020

Memoria sonora

De niña me tapaba los oídos tras la puerta cerrada. Ponía los dedos índices uno en cada oreja y repetía la lección. Escuchaba mi eco, aprendía de mi propia voz en repetición. Lo había practicado con anterioridad para no escuchar golpes ni gritos. Luego aprendí que también servía si quería concentrarme y estar dentro de mí misma sin estar sola.

Cuando me adentré en Desierto sonoro de Valeria Luiselli ya escribí sobre mi ansia por el sonido. De mi álbum acústico en el monte o simplemente estando en casa. Allí leí que las voces no se oían con los oídos sino con el recuerdo. Regresan como reverberaciones a nuestro encuentro. De ahí, de ese viaje con la grabadora en marcha, salté a Annie Ernaux y a su cita sobre cómo lo primero que perdemos tras la muerte es la voz del que se va. Curiosa contrariedad. Es el recuerdo y también el primer olvido.

Estos días he viajado a las cordilleras andinas de la mano de Mónica Ojeda. No solo he leído Las voladoras, sino que he vuelto a encontrar en un relato la importancia del sonido. “Slasher” es una delicia en pleno horror y narra la diferencia entre el ruido y el silencio para dos gemelas, una sorda y la otra no. ¿Cómo se explica un sonido?

Describe con puro estremecimiento desde el susurro de placer hasta el grito. “Lo sé todo de los gritos, dijo Paula, sé que deforman el rostro de la gente, que hacen temblar la materia, que activan una señal en la amígdala que genera el miedo y que la naturaleza del miedo es la supervivencia. Bárbara, sin embargo, intentó explicarle lo importante: Un grito es una explosión de las palabras. Cuando alguien grita, las letras se disparan sin ningún orden y atraviesan el tórax de las personas.” Quizá por eso yo tapiaba mis oídos tras la puerta. Para que el grito no explotara, para que no atravesara mi tórax. Para no llenarme más de miedo. Para sobrevivir.

Llanos de la Larri, Parque Nacional de Ordesa 2018.


Pero el sonido no solo debe ser recuerdo del desasosiego. He tenido la suerte de que coincidieran en el tiempo la lectura ecuatoriana y la conferencia de Carlos de Hita. En el marco del Ornitocyl 2020 este recolector de sonidos de la naturaleza (de aullidos, ululatos, trinos, silbidos, zumbidos y estridencias, dice él) nos brindó el fin de semana un viaje en forma de sonograma por los bosques españoles. 

Recuperó mis momentos de caminante (in)quieta, atenta, móvil o grabadora en mano. Vigilando a cada ave o murmullo en el camino, con los oídos abiertos y la mirada curiosa. Escuché sus grabaciones con los ojos cerrados. Transportándome a cada rincón, a cada trino, a cada goteo, a cada soplar del viento. Dejé atrás el cemento para subir al monte. No importaba el confinamiento, la melodía me regalaba todo lo que necesitaba. Estaba allí de nuevo. El poder de los sentidos, la magia. El "conjuro" del que hablaba Ojeda se materializaba ahora no con la palabra sino con el sonido. 

Tomé notas y apunté su libro de El viaje visual y sonoro por los bosques de España en mi carta de Navidad. Con la seguridad de que cuando esté en mis manos generará uno o dos o infinitos posts. Se hizo imprescindible tras afirmar que el oído es el sentido de la evocación, de la memoria. Y me dije, entonces, que esa memoria sonora debe estar entre aquella desazón del grito y la nostalgia placentera del Pirineo.  


lunes, 10 de agosto de 2020

De aquel agosto...

Sigo subida a una carreta con los del Tano. Atravieso kilómetros y kilómetros áridos bajo un cielo acribillado de estrellas. Noto el sol sobre la cabeza y necesito agua para conseguir que no me venza el cansancio por el calor. No sé si existe el perdón o no, pero yo me he quedado en las páginas de Mariana Travacio y es difícil salir de ahí. El verano debe ir de eso, de leer, de imaginar que eres otra. Las lecturas nos salvan, le leí una vez a Leila Guerriero.

Esas historias que se suceden unas a otras y nos evitan el día de la marmota. Estos meses en los que la gente te pregunta si no viajas, en los que las redes sociales te recuerdan donde estabas hace un año, hace tres o hace ocho. La platea exige que huyas. Juan Tallón, en un artículo del fin de semana, reconocía que los veranos son para huir. Huir de la rutina, del trabajo, de nosotros mismos. ¿Qué hacemos si no podemos escapar a un lugar remoto? ¿Qué hacemos si el mundo nos exige a diario por qué no emprendemos un viaje?

Hay que respirar hondo y sacar la cantimplora. Hidratarse bajo este sol de justicia y recordar el mensaje de María Gainza: “siempre llegamos tarde a la niñez”. También al pasado y al verano, me digo yo. Quizá recordaremos el estío del coronavirus como el que no llegamos al lugar más remoto, pero sabemos que todo pasa. Igual lo harán estas semanas regadas de lecturas. Aventuras que apaciguaran la inquietud de no viajar, porque seguiremos descubriendo personajes que quedarán aquí. Como Luisa o Manoel y nos beberemos con ellos un agua con limón.

Salinas de Cambrils, agosto 2020.

Al poble d’estiueig li arribarà el setembre. / … / A nosaltres, amor, nosaltres”. Este poema de Mireia Calafell, “Lògic 1”, enumera lo que queremos escuchar. Todo acaba por pasar, terminamos sí o sí en septiembre y nos queda el nosotros. Siempre permanece el nosotros. Los días transcurren igual, sea en casa o en el destino lejano. Por eso los libros nos plantan escenarios nuevos, nos brindan el desierto y los caballos. Nos cargan las escopetas para vengarnos, aunque no exista perdón que valga. Llegamos tarde a la niñez, pero estamos ávidos de respuestas. A veces, Manoel, no queda otra que la sangre. Le diría el Tano.

Míriam Cano decía algo similar, a ese acumular sucesos. Escribía que hay que guardar la luz de agosto para recuperarla en el invierno gris. ¡Cuánta razón! Guardemos la luz, un poquito de sol, la sal pegada a los labios, los paseos por el desierto, los viajes de vendettas, el azul de la montaña. Guardémoslo para cuando la niebla, o el virus, vuelvan a recluirnos. “D’aquell agost de brescar el rusc / per quan l’hivern em marfongués / vaig fer-ne espelmes que encenia cada vespre / eren fars menuts per si tornaven les lluernes. / O tu.” Pongamos a resguardo aquello que nos salva. Hagámoslo y confiemos en que regrese.

Salinas de Cambrils, agosto 2020.

lunes, 16 de septiembre de 2019

El arte de caminar

El verdadero caminante es aquel que se deleita en el camino, que no presume ni se jacta de la fuerza física necesaria para ello. El que, por encima del esfuerzo muscular que hacen las piernas, valora la actividad cerebral que dicho esfuerzo le depara, aprecia aquello que en paz medita y, de manera espontánea cuando camina, se imagina generador de esa armonía intelectual que suele acompañar el monótono y pesado avance de los pies.

Caminar por caminar. Por el placer de mirar, de anotar los pasos, de recordar con el tiempo qué pensaste en ese paseo. ¡Eso es! El andar sin intención de hacer ejercicio físico, sin prisa, solo con el deseo de dejarse ir y que la mente divague como cuando se nada en la piscina. Brazadas arriba y abajo pero sin agua. Unir ese paseo con la rutina del día, enlazar cada paso con los sentimientos, con los anhelos, con los deseos y los sueños que no podemos decir en voz alta. Caminar para reconciliarnos con nuestro yo, como si meditáramos. Hablarnos para adentro a medida que avanza un pie y le sigue el otro. 

El mismo Stephen afirmaba en sus ensayos que “los recuerdos de los paseos están todos datados y localizados, unidos de por vida a un tiempo y a un espacio concretos; forman, de manera espontánea, una especie de almanaque o hilo conductor al que se pueden atar otros recuerdos.  Miro atrás, y se me presenta delante de los ojos un larga serie de pequeñas viñetas, y cada una representa una etapa determinada de mi peregrinación terrena, resumida y cuajada en un paseo”. Touché, amigo Stephen. Como si de cada sesión, el caminante guardara en la cajita de recuerdos una fotografía, como si fuera una imagen de Instagram. Como si al pensar en ese día, en el recorrido, se viniera a la mente una imagen-resumen. Una imagen que nos ayudara a recordar en qué pensamos, qué ideas tuvimos, qué fotos hicimos, qué árbol descubrimos o qué sonido se nos quedó grabado aun sin ver el plumaje emisor. El buen caminante tiene todo a resguardo.

Estas reflexiones me han hecho pensar en mis salidas, en mi almanaque y en mi tío. Él también era un caminante, como yo. Le suponía un gozo salir y deambular. Cuando no podía subir al Pirineo, daba vueltas por los viñedos en el llano o era capaz de bajar a la ciudad para andar sin más y así pensar y hacer suyo el asfalto. Recuerdo los paseos de monte junto a sus botas. Pisadas firmes, mochila cargada de supervivencia y todas las lecciones en aquella cabeza pensante. No caminaba por ejercicio, ni por meta. Lo hacía para respirar, para dejarse ir, para aprender de lo que le rodeaba. Conocía cada planta y cada árbol, cada flor y cada arbusto. Cada gorjeo era identificado. Acompañarle era descubrir, era anotar en la memoria todos los nombres, nunca más desconocidos. Era no quedarse jamás con la duda de si era un mostajo o un serbal de los cazadores.

Parque Nacional de Aigüestortes, Pallars Sobirà - Lleida. Agosto '19.

Los pasos sin él, o sin poder llamarle a la vuelta, hacen que regrese con mil preguntas. Por eso, siempre estudiando, debo llevar mi guía y parar cada dos pisadas. Reconozco lo que antaño me hubiera dicho una voz y lo digo en alto, como si él alcanzara a escucharme. Porque el caminar debe ser por el gusto mismo, sí, pero entre tanto barullo de pensamientos es bueno ponerle nombre a las cosas y aprender algo nuevo en cada paseo. Que los ojos no se pierdan la belleza, esa belleza que no muere. Como decía José Antonio Muñoz Rojas en Las cosas del campo: "Todo esto sigue. Y el sonar del campo, del río, entre estas riberas de cielo hermosísimas, deja un largo eco, una llamada eterna a la belleza." Nunca hay que caminar con los ojos cerrados, nunca. 

Para todo ello el bosque, el monte, es un gran compañero. Lo debe indicar mi ADN y como afirmaba Hasier Larretxea en El lenguaje de los bosques, “El amor incondicional hacia el bosque nace desde que se convierte en un refugio y en ese amigo indivisible e invisible. El confidente, lugar de recreo y espacio donde se comienza a tomarle medida a la vida a través de sus retos.” Por eso amo, como él, ese trote por el bosque. Porque me es refugio, me da cobijo, manta, abrazo y cueva para mis miedos. Porque atesora mis susurros y es cómplice de mis secretos, porque puedo descubrir en cada recorrido un recuerdo nuevo, porque me lo devuelve y regreso a casa un poco más entera.

En los bosques azorianos nos hubieran hecho falta guías a los dos. Especies nuevas, tonos nunca vistos. Casi sin setas, solo vi un par y son de las que hubieras dicho que no eran comestibles. Bosques frondosos, húmedos, con unos troncos que no asomaban el marrón de la madera. ¡Troncos verdes del suelo al cielo, tío! Y digo al cielo porque eran bosques de árboles altos, casi tocando las nubes con sus copas. Mirar arriba te hacía sentir, como dice Stephen, tu absoluta pequeñez ante la maravilla de la naturaleza. Como si fueras una mínima pieza del decorado. Y ahí, en esa espesura húmeda y verde, caminé y caminé y caminé. Y en ese caminar, solo rompían el silencio mis pies sobre la hojarasca y el borboteo de mis pensamientos. En ese rumor iba apuntando todo, todo, todo lo que te hubiera explicado a mi regreso. 

Bosque azoriano camino a Lagoa do Congro. São Miguel, Azores. Agosto '19

lunes, 9 de septiembre de 2019

El mar que fluye de ti

Nordeste. Faro Ponta do Arnel. São Miguel - Azores. Agosto '19.

Entra una luz que dibuja las franjas del porticón en la pared. “… Entre la sombra / entre las horas / entre / entre un antes y un después” que diría Idea Vilariño. Un antes y un después del sueño. Se insinúa así el comienzo del día, entremezclando el rumor de las olas con el ronroneo de Vic. Murmullos acompasados, acompañados de mi bostezo y mi desperezarme. La necesidad de no salir al mundo todavía, de levantarse para abrir las ventanas, pero volver a la cama. ¡Bendito día!

Retomo la lectura de anoche, como siempre que cierro los ojos con unos versos ya en el duermevela. La urgencia de saber qué provocó los sueños, a qué se debió todo. “Pongo en tu corazón desnudo mis oídos / y escucho el mar y aspiro el mar que fluye / de ti y me embarco hacia la abierta noche”. Así lo escribía Rafael Alberti y lo leía yo en Retornos de lo vivo lejano, antes de dejarme caer. Mientras escuchaba el mar, la mar, sin necesidad de caracola. Su rumor se cuela aun teniendo las ventanas cerradas, tiene fuerza, es bravo, es atlántico. Dueño y soberano también en la negrura de la noche.

Desde que vivo aquí cobra razón la explicación de Alberti del marinero en tierra. Él que se fue del Puerto de Santa María a Madrid, llevando la mar consigo. En la isla se tienen a pocos kilómetros las montañas de niebla espesa, pero una presiente el mar, sabe que está ahí a la vuelta de la esquina. No deja de ser marinera en la cima. Entre los árboles hay momentos en los que siente la brisa marina, convencida de que al regreso al llano estará la arena negra esperando con el dueño y soberano.

Los azorianos, además de ser marineros en tierra, tienen otro tempo. Sus caras son de facciones destensadas y mantienen la sonrisa porque saben que nada corre prisa, que todo llega sin necesidad de atosigar la espera. Esperar también forma parte del todo. Luisa sale tras la siesta, vive aquí a pocos metros del faro de Arnel. La brasa para cocinar el pescado está en mitad de la calle, los vecinos son chefs comunitarios. Ahí mismo pondrá las piezas conseguidas por la mañana y las dejará hacer toda la tarde, sin apremio, a fuego lento, con el olor a merced de los vecinos. Tal vez también incluya unos cangrejos, negros que son. Cuando anochezca la cena estará servida y acudiremos sin el cansancio que ocasiona la falta de cariño, la nula tolerancia o el fastidio de la rutina sin sonrisas regaladas.




Todo esto es ficción, claro. No he hecho las maletas, ni volado a la isla de nuevo, ni comprado la casa rosa del acantilado. Desde aquí no se oye el mar repicar contra las rocas, ni llega el olor que desprende el humo de la brasa del pescado, ni puedo dejar a la brisa enredarme el pelo. Desde aquí no. Pocos son tan valientes como para despertar a diario y ver este arrecife con solo abrir los ojos. Quizá nos falte valentía. Quizá necesitemos llamar a las cosas por su nombre y así no tener nunca el gesto sombrío y triste, como no lo tienen los azorianos. Quizá no sea tan difícil cambiar las cosas y dormirse acurrucada cada noche bajo el grito del Atlántico.

Seguramente bajar esos kilómetros a pie con un desnivel del 35%, ver el inmenso faro en funcionamiento, descubrir una casa con esas vistas y llegar al puerto pesquero con toda la inmensidad del viento, de las olas azotando salvajemente y del silencio absoluto, me hizo suspirar. Suspirar por imaginarme ahí abriendo los porticones cada mañana, poniendo en mi corazón desnudo sus oídos y escuchar el mar. Una buena amiga, hace pocos días, me decía que iría a verme donde fuera ni que no hubiera ese arrecife, ni que no gritaran las olas… ¿Y tú? ¿También vendrías? Hay que ser valientes para embarcarse hacia la abierta noche. Hay que ser valientes.


lunes, 2 de septiembre de 2019

Ni el paraíso perdura

Echamos de menos un olor que nos devuelva lo poco alegre de la niñez. Echamos de menos el sonido de una risa, una sonrisa cómplice cuando nos duelen hasta los ojos de llorar. Echamos de menos la dureza en los dedos de tanto pintar con los alpino, los buenos días que auguren que todo va a ir bien. Echamos de menos que nos arrope un mensaje antes de ir a dormir, que llueva y nos pille en sandalias, hartarnos de cerezas y no cenar. Mirar esas manos de las que conocemos los gestos con exactitud, con la meticulosidad que lo reproducirían nuestros ojos cerrados.

Nos puede la morriña. Parece que el vivir sea para crear momentos que echar en falta. Tal vez necesitamos de ellos para saber que fueron de verdad, que amamos con todas las fuerzas entonces y que otro tiempo vendrá distinto a este, como decía Ángel González. Sabemos que igual no regresará. Se podrá parecer, pero será otro. De ahí la mirada ausente, perdida. La mirada que hurga por lo que no vuelve. De ahí la necesidad urgente, vital, la prisa por memorizar porque luego vendrá distinto. 


Lagoa do Fogo, São Miguel - Azores. 14 agosto '19

En mi viaje a las Azores sentí esa añoranza más que nunca. La vista clavada en el no-final de sus paisajes me hacía anhelar unos ojos concretos que vieran lo que yo. Que no se perdieran la inmensidad de ese cielo, distinto a este también, y que alcanzaran mi mano para verlo todo. Sentí esa saudade en cada kilómetro recorrido. Pura melancolía, nostalgia aumentada a la que es habitual en mí. Unas ganas locas de llorar, de no querer irme pero, a la vez, echar de menos algo que no estaba. Algo que no estaría desde el momento en que me fuera. 

¿Cómo podía echar de menos algo nuevo para mí? Lo que sentía era una angustia por no poder llevarlo conmigo, por no poder guardar todo aquel sentimiento en la maleta¿Cómo se dice esto que no perdura? Que decía Roberto Bolaño, afirmando que ni el paraíso perduraba. Y ya se preguntaba Ben Clark en La Fiera. "¿Cómo se dice esto que nos falta, / ahora mismo, / mañana, esto que falta y siempre falta / un día antes, en otro sitio, en otra / habitación.” ¿Cómo se le llama a eso, Ben?

Anhelamos primeros momentos. Volver a leer un libro por primera vez, ¡eso no se repite! La emoción de no dejar el lápiz, de cazar las mejores frases al paso de tus ojos, al primer paso de tus ojos, las lágrimas por el descubrimiento, el no querer que termine. Quizá por eso el nombre del club, para tener siempre presente la añoranza de la primera vez. Porque también se echa de menos lo ya leído, porque releer no es lo mismo. Porque, ya lo afirmaba Sara Herrera Peralta, “… en la vida, / como en la guerra, / no hay nada que dé más miedo / que aquello que ya no vuelve.” Nos debe dar miedo esa añoranza. Es una pérdida, una despedida para siempre, un anhelo, una morriña. Saudade.  

Logo: Xavi Riba.

lunes, 26 de agosto de 2019

Lo que nadie ve

No regresar del todo. Viajar es eso, intentar mantenerlo por completo con una a la vuelta. Vivir tan intensamente los días como si fueran otra vida dentro de la propia, como dijo Elvira Lindo. Crear una burbuja, establecer rutinas allí donde estás para hacerlo tuyo. Recoger muestras en el camino, ir llenando los bolsillos de huellas materiales. Guardarlas en una cajita, todas las muestras juntas. Encerrar un microuniverso que nos devuelva el olor, el tacto y el verano una vez estemos ya de lleno en el otoño.  

Tengo mucho que contar de las Azores. Tenía razón Tabucchi y Vila-Matas y Navia. Pero todavía no puedo contarlo. Sigo allí y solo se escribe sobre el pasado cuando hay que mirar atrás. Sigo allí porque continúo mirando la hora y diciendo que en las islas son dos menos, sigo allí porque todavía lavo la ropa y aún la hay que huele a bosque y a mar, sigo allí porque los libros portugueses se apilan y no quiero leer nada más.

No quiero salir a la calle, para no pisar otro suelo que no sea el azoriano, para no hacer camino ni tener nada que contar del llano rutinario. Esforzarse en mantener el recuerdo, obligarse a no borrar nada, a que ni el más mínimo detalle se escape y desaparezca. Como si olvidar fuera un crimen, como si eso hiciera que el viaje no hubiera sido real. Agarrar con la punta de los dedos esos días en la isla, como si reemprender el ritmo consiguiera desvanecer las imágenes que hemos grabado en la retina y que la memoria ya ha hecho suyas.

Mi caja azoriana. Agosto '19.

Andrés Neuman dijo que “el viajero es alguien que no vuelve nunca del viaje. El turista vuelve siendo la misma persona que salió de viaje”. De eso se trata. De mimetizarse allí donde se aterriza. De caminar identificando historias aquí y allí. Saber que necesitarás escribir sobre ello. Compartirlo, indagar, leer y estudiar a fondo aquello que el mundo te brinda por ser camaleón tan lejos de casa. No ser la misma persona, dejar que los kilómetros recorridos te cambien. Que nos cambien para siempre porque somos viajeros, no turistas.

Dice Leila Guerriero que un buen cronista de viajes es el que explica lo que ha visto como si fuera tierra incógnita y eso solo es posible si el viajero “ha mirado” todo a su paso. Viajar observando cada detalle, cada persona, comentario, cartel o movimiento alrededor. Atendiendo al cielo y al suelo que se pisa junto al resto de viajeros que caminan y resiguen tus pasos. Viajar para contar es ver lo que está pero que nadie ve.

Eso es lo que hay, lo que veo y recuerdo cada vez que abro mi caja azoriana. Por eso iré volviendo a ella, poquito a poco. Para poder abocar mis recuerdos y así seguir ahí cuando ya esté aquí de nuevo. Aquí de verdad, no como ahora. Cuando la rutina se apodere de mis horas, abriré la caja y pondré en mis manos de nuevo la hoja del bosque camino al lagoa do congro, las rocas de la playa de Mosteiros, la ramita de pino azoriano, las hortensias comunes o las princesas, esas hojas de té de la Gorreana o el yeso del Monte Palace. Lo pondré en mi mano y volverá a mí, y a vosotros, ese fado en voz de Mariza mientras saboreo de nuevo la sopa de peixe en el pan.  

lunes, 22 de abril de 2019

Nuestra identidad

No abrió boca en 60 años. Nadie supo su secreto, ni sospechó nunca la de viajes que había hecho con los secretos nazis escondidos en el doble de su falda, de Canfranc a Zaragoza. Lola Pardo fue una espía de la Resistencia que jamás confesó a su marido quien había sido. Como si hubiera sepultado parte de sí misma, como si no hubiera dejado emerger a la luz la valentía de la que era capaz, como si fuera otra persona a los ojos de los suyos. ¿Somos distintos a lo que nos creen los que nos conocen, los que nos quieren, los que confían, los que duermen en la misma cama?

Somos múltiples, pero somos uno. Qué difícil afirmar que somos valientes, enarbolar la bandera de la fuerza, cuando luego la bajamos por el miedo a perder. Así es como el resto dibuja nuestra imagen, nuestro yo visible. Como leí en Primera persona, de Margarita García Robayo, “sea lo que sea que queramos pensar de nosotros mismos, no somos lo más parecido a lo que soñamos ser, ni somos esa síntesis que creemos ver en el espejo. Somos el resultado de cómo nos han mirado los demás a lo largo de la vida. La historia de nuestra identidad está escrita por los otros.

El resultado de lo que dejamos entrever, de lo que mostramos al mundo, de lo que se ha visto salir por debajo de la manta. Poco más existe a ojos de los demás. A partir de aquello que dejamos al aire, de lo que no sabemos ocultar, el mundo genera nuestro yo. Porque en ocasiones poco se sabe, ni se intuye, nada se cree que no sea lo que hemos dejado ver voluntariamente.

García Robayo se desnuda en el libro de Tránsito. Verdades como puños sobre la infancia, los hombres, su madre o la maternidad. Sabiendo que eso es quitarse la manta, que eso es mantener la bandera en lo alto, que eso es declararse espía y valiente. Descoserse el dobladillo de la falda y dejar ver los secretos. Al que no le guste, como le escuchamos afirmar a ella misma en la librería Alberti, que escriba sus porqués como ella hace. Que deje en el papel todas las respuestas, las súplicas, los temores y la necesidad. Escribir como solución.

¿Seremos tan valientes el resto para escribir lo que de verdad queremos? ¿Seremos capaces de gritar quiénes somos de verdad sin importar quién escuche? ¿Nos atreveremos a confesar al viento lo que esconden las costuras de nuestras faldas?

Canfranc, marzo 2019.

lunes, 15 de abril de 2019

En manos del silencio

“Mi elocuente callada amiga. Yo que te escribo, que contesto a las cartas que tú escribiste a otros en aquello que encuentro dirigido a mí…”

Los que hemos escrito diarios a lo largo de nuestra vida sabemos que siempre se escriben como si habláramos con alguien. Como si hubiera un receptor ahí mismo, tras el candado, que recibiera el dolor, la desesperación, la tristeza, la alegría, la excitación. No como si nos lo contáramos a nosotros mismos, no. Muchas veces, conduciendo las páginas como si el destinatario de todas esas emociones estuviera ahí leyendo a medida que avanzan las palabras. Dicen que sana escribir lo que uno siente. Tal vez lo que sane sea saber que esa persona ya todo lo sabe porque lo ha leído. Saber sana, quizá eso sea.

Pudimos leer cómo Marga Gil Roësset escribía su diario como si lo leyera Juan Ramón Jiménez. Cómo le declaraba su amor, su pasión, su devoción. Su sentirse pequeñita ante su inmensidad. “… Y no me ves… ni sabes que voy yo… pero yo voy… mi mano… en mi otra mano… y tan contenta… porque voy a tu lado.

Canfranc, marzo 2019.

No es lo mismo escribir cartas sin respuesta. Cuando uno escribe una carta o un correo electrónico nunca va dirigido a uno mismo, ese sí tiene un destinatario. Una dirección. Existe un “alguien” que debiera interactuar con nuestro discurso, que debiera responder. Un "alguien" que hiciera posible que no se generara el ahogo de la melancolía sino que nos ayudara a recuperar la sonrisa de la confianza. Así lo decía Carmen Conde en sus cartas a Katherine Mansfield. Cartas con destinataria, pero sin respuesta. Puede que sin que la neozelandesa supiera que existieran las misivas. Conde leía los diarios de Mansfield, sus libros de cartas publicadas, y vivía la afinidad que encontraba entre ambas como si necesitara escribirle. Contarle cómo le escribía al pie de una higuera cuantiosa de higos; sentada en el suelo, tocada con amplísimo sombrero de palma mallorquín. Confesarle cómo su alma es como un paisaje desvaneciente, cómo no vale ni un soplo de sol, ni una gota de aurora. ¿Cómo enviarle tales palabras con la seguridad de que no habría respuesta? ¿Cómo escribir esas líneas sabiendo que nunca tendrían arrullo?

Puede que nos haya pasado a nosotros. Que hayamos necesitado explicarnos, compartir, abrir el corazón para no ahogarnos, llorar en unas líneas para así quedarse una en paz... sabiendo que no habría réplica, como Conde. Que no llegaría la vuelta, la contestación, el abrazo receptor a nuestra confesión. Que contamos, como Carmen, porque sabemos que existe la complicidad. Que contamos, porque siempre queda la mínima esperanza de que se lea, la diminuta fe de una respuesta. Que contamos, como leemos en sus cartas, porque iremos un día llevando en los hombros collares de astros, por la alameda sombría de pájaros en que ella espera… Y entonces nos dará respuesta a las cartas, nuestra Katherine. Mientras tanto, y al igual que la murciana, y como decía el Conde de Villamediana: “en manos del silencio nos encomendamos”.

Canfranc, marzo 2019.

lunes, 22 de octubre de 2018

Vagabundear con ellos

“A mí me gusta capturar un instante de actividad diaria en la vida de cualquiera, o de ensimismamiento, o de conversación. Una chica que se pinta en el metro, una mujer que lee una carta, una anciana que habla sola. Todos ellos interpretándose con naturalidad a sí mismos, ignorantes de la mirada ajena que los observa, los ama, los admira en ese momento, y aprieta el clic con la mera intención de narrar en imágenes aquello que con palabras se diluiría. Un diario paralelo a este otro diario que cuenta lo que la escritora ve mientras vagabundea.”

El chico del antifaz que cabecea a tu lado en el tren camino a Madrid, dos horas aislado de la luz tenue del vagón silencio. El que le tiembla la mano bruscamente y come churros junto a ti en la barra, ese, el de la cazadora de cuero que llama a su madre mientras agita el desayuno. El niño que corre sonriente entre las obras surrealistas de Dorothea Tanning, lejano a la barbarie, la atrocidad, al terror que muestran dichas esculturas sin cabeza y con angustia. Madre e hija que comparten postre en el restaurante. Se gritan un “¡espera!” para fotografiar ambas la golosina y así compartirla en sus redes sociales. La chica en la librería que pide el café con leche en vaso, por favor. El señor vestido de uniforme que duerme en el metro, entre el gentío a las seis de la tarde de un sábado en la parada de Gran Vía, él hasta parece estar soñando. El que ríe en el tren, en el viaje de vuelta, mientras whatsappea. Qué bonita la risa generada por una conversación a distancia, qué maravilla que arranquen la sonrisa unos mensajes de alguien que te piensa mientras vas a su encuentro.

¿Y esa pareja que camina detrás mío? Sitges, octubre '18.

En mi último viaje sola, rumbo a Madrid, me llevé deberes. Elvira Lindo me puso tareas. Anoté en mi libreta durante todo el día la gente que vivió las calles madrileñas a mi paso. Tiene toda la razón cuando afirma que comparten diario con nosotros. Esos desconocidos son parte de la historia, de nuestra historia, del recuerdo que escribiremos agotada la jornada. Porque los miramos, los observamos detenidamente y sonreímos, nos sulfuramos o emocionados con sus movimientos o palabras. Puede que olvidemos sus figuras con el tiempo, tal vez no pensemos en ellos nunca más. Aún así, debemos ser capaces, también, de darles el protagonismo que merecen. Durante unos minutos han centrado nuestra atención, nuestra intención. Durante unos minutos hemos vivido sus vidas, compartido espacio, y tal vez, hasta intercambiado miradas y sonrisas.

¿Por qué hacerles desaparecer tan deprisa? Personajes que actúan ajenos a nuestra persona. Se mueven, conversan y miran sin tener conciencia de nuestros ojos ni de nuestra libreta. ¿Imagináis que alguien escribe sobre vosotros en su diario? ¿Por qué no? Pululamos por la vida sin darnos cuenta de quiénes nos miran a lo largo del día. Vagabundeamos indiferentes a la importancia que quizá hemos significado para algún desconocido, para algún conocido que no nos confiesa que seremos parte de sus líneas, de su libreta. Tal vez llevamos el neón en el que otro se fija y por el que seremos recordados. El azar nos lleva a cruzarnos con ellos, como dice Lindo, para narrar en imágenes todo aquello que no hace falta decir en palabras. Pero, sí, cuenta transcribirlo y así no olvidarlo. ¿Quién se ha cruzado por vuestro lunes?

Una pareja, en una tienda de objetos de segunda mano, escoge bolas de bingo con números determinados de una caja repleta. ¿Días importantes para ellos? ¿Números unidos a sus vidas? Yo los fotografío y así se quedan conmigo para siempre. Segovia, agosto '18.

lunes, 15 de octubre de 2018

La memoria que se adapta

“El tiempo pasa.
Los recuerdos se borran, la memoria se adapta, la memoria se ajusta a lo que creemos recordar.”

Pasa el tiempo y una cree que recuerda pero tan solo es un espejismo, una parte de esa vivencia vuelve, pero no con la nitidez que creemos que la guardamos. Pasa el tiempo y regresas a lugares que antaño fueron tu casa, y que ahora solo frecuentas muy de vez en cuando, y te das cuenta de que siempre recuerdas lo mismo, con iguales palabras lo repites a la última ocasión en que estuviste. No se amplía el recuerdo, cuando regresas dibujas el diálogo idéntico de nuevo. Intentas que sea más certero, más ajustado a lo que sientes, pero no. La memoria se adapta, cierto.

Sitges. Octubre '18 

La nostalgia es tan amplia que acoge también los lugares donde viviste, sentiste, o los que te hicieron suspirar o sonreír. Aquellos parajes que aguardaron a tus pasos una y otra vez, si te ven volver hacen que el recuerdo llegue bueno, sano, libre de dolor. La memoria se adapta, sí. Paseas por las calles, reconoces locales que ya no existen, la arena que quemó tus pies, el olor de la sal es igual a entonces. La sal es la misma, o la memoria se ajusta a lo que creemos recordar. Intentas traer a ti más instantes, porque estuviste ahí más de seis años considerando que era tu casa, pero no vuelven más que los recuerdos de siempre. No queda nada más pero sientes nostalgia. Tal vez echas de menos no recordarlo todo, añoras no poder vivir con mayor intensidad todo lo que ese lugar significó para ti, no eres capaz de volcar todo el sentimiento que se agolpa al caminar. No lo eres.

Carson McCullers dijo que “estamos divididos entre la nostalgia por lo familiar y un impulso por lo extranjero y lo extraño. A menudo, estamos más nostálgicos de los lugares que nunca hemos conocido.”· No sé qué pensar. Es cierto que cuando una llega a un lugar que anhelaba siente ese escalofrío de triunfo, ese relajar los músculos porque ya está ahí viendo y viviendo todo lo que había tan solo imaginado. ¿Es eso nostalgia? ¿O lo es la pena por volver a pisar ese espacio y sentir que no te llega del todo aquello allí sentido? ¿Es melancolía, pena, miedo? Tal vez no sea nostalgia, sino el temblor por la velocidad del tiempo, por la fuga de los recuerdos nítidos, por el adaptarse de la memoria que nos roba aquello que conservamos translúcido en las páginas del diario.

Sitges. Octubre '18 

“Te quedan tus maravillosos recuerdos, me decía la gente más tarde, como si los recuerdos trajeran consuelo. No lo traen. Los recuerdos son por definición del pasado, de lo que ya no está. Los recuerdos son los uniformes de la Westlake que hay en el armario, las fotografías descoloridas y agrietadas, las invitaciones a las bodas de gente que ya no está casada, las tarjetas impresas en serie de funerales de gente cuya cara ya no recuerdo. Los recuerdos son las cosas que ya no quieres recordar.”

¿Y entonces por qué regresamos si ya no queremos recordar, Didion? ¿Por qué?

Sitges. Octubre '18