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lunes, 27 de febrero de 2017

Vidas vividas

“Parece como si los libros que aún leemos nos resultaran más ajenos e incomprensibles cuando no podemos echar un vistazo a las cabezas que los compusieron; parece como si nuestro tiempo, en el que nada carece de su correspondiente imagen, se sintiera incómodo ante aquello cuya responsabilidad no puede atribuirse a un rostro; parece, incluso, como si las facciones de los escritores formaran parte también de su obra.”
Fragmento de Vidas escritas. Javier Marías.

Podéis considerarlo fetichismo, tal vez, pero como Marías yo también necesito poner cara a aquel o aquella que ha escrito, inventado o dibujado lo que haya dejado en mí su huella. Necesito indagar, descubrir, anotar qué pasó en su vida, en qué situación se encontraba, qué sentía cuando escribió o creó lo que fuere. Aún le da más vida a aquello que se aparece ante mis ojos inquietos. Él durante años se dedicó a recabar sus fotos, en blanco y negro, como un tesoro. Hasta que decidió que todas esas vidas fueran escritas desde su lado más humano y, por tanto, también fueran leídas.

Tras Vidas escritas una sabe que ya no volverá a leer igual a Wilde, ni a Mishima, ni a Rilke, ni a Faulkner, ni a Nabokov, ni a un largo etcétera porque ahora tiene sus caras, sus costumbres, sus manías al descubierto. Me apasiona leer biografías, más que autobiografías. Vidas intensas narradas a través de los ojos y la pluma de un espectador. Otros ojos que observan en la distancia, como los míos, y que encuentran y comparten aquello que dará un nuevo sentido a su lectura. Eso es lo bueno, desmitificar, colocar en su justo lugar a esos genios y así donar del sentido que le corresponde a sus líneas escritas. Somos capaces de leer desde otra perspectiva, más humana y menos endiosada. En parte ese fetichismo trata de eso mismo, de colocar la lectura en lo terrenal bajándola del cielo azul en el que la contenemos como si de un suspiro se tratara.


El libro de Marías llegó tras terminar Musas, mecenas y amantes de Victoría Combalía. Durante el último mes mis noches han relatado una vida tras otra. En esta ocasión la vida de seis mujeres surrealistas. Poetas, ilustradoras, cantantes, mecenas, artistas. Musas de sus acompañantes, las chispas de sus vidas, su encender la llama de la creación. Dejándolas a ellas, siempre, al amparo de la sombra, del olvido. Los años 20 y el surrealismo de la mano de seis mujeres que vivieron intensamente al cobijo, a la bandera, de poetas, pintores o barones. Ricos que las tuvieron de floreros, sin valorar su propio potencial; o pobres que utilizaron su dinero para hacerse un nombre a su costa. Mujeres, en su mayoría, poco o nada conocidas como sí lo fueron, en cambio, los hombres de sus vidas.

Conociendo un poco más a Kiki de Montparnasse, el maravilloso cuerpo del “violín de Ingress” de Man Ray. Actriz, cantante, pintora, musa por excelencia, ella sí. Hemingway prologó a Kiki diciendo que era un libro escrito por una mujer que nunca tuvo habitación propia, parafraseando a Woolf. O a Joyce Mansour, poeta surrealista, afirman que heredera de Baudelaire, de “inocencia monstruosa y ligera como una mariposa”. Toda ella una contradicción. Enamorada platónicamente de André Breton quien dijo de ella que le gustaba el perfume de orquídea negra –ultranegra- de sus poemas. ¿Queréis corroborarlo?

Deja que te ame
Déjame lamer tus ojos cerrados
Déjame perforarlos con mi lengua puntiaguda
Y llenar sus cuencas con mi saliva triunfante
Déjame cegarte.
(Cris, 1933)


Este sábado me acerqué a Barcelona para visitar la exposición de Combalía en la Galería Mayoral. Siguiendo la estructura de su libro recuperó a ocho mujeres surrealistas y nos mostró una pincelada de sus creaciones. Elegidas por haber tenido, en algún momento de sus vidas, relación con Cataluña. Descubrir un original de Valentine Hugo, “el cisne de Boulogne”, de sus dibujos sobre fondo negro, la gran admirada de Dalí. Contemplar las fotos de Dora Maar de las calles de la ciudad condal. ¡Cómo es posible que no hayan trascendido esas maravillas! Quedar absorta ante las obras de mis elogiadas Maruja Mallo o Ángeles Santos, nuestras Sinsombrero más surrealistas. Tenerlas ahí delante y erizarse el bello por completo, ¡eso sí es fetichismo! La visita fue la culminación a un mes de vidas escritas y de mujeres sorprendentes. 
Un libro tras otro, más de veinte personajes, unos conocidos y otros descubiertos. Lo más llamativo del caso ha sido encontrar alguna de mis surrealistas entre las vidas escritas de Marías, por ejemplo. Poder interrelacionar historias entre dos publicaciones, como si existiera un hilo que llevara de un libro a otro. Como si esa vida continuara como un equilibrista entre ellos. 

Mi reflejo sobre Cabezas y atletas (1945) de Maruja Mallo.
Ambos libros con prólogos exquisitos. Sois sabedores de mi pasión por ellos. Supongo que deben existir aquellos que avancen páginas, deseosos de saber qué ocurre, sin pensar que la nota previa es la alfombra roja, la antesala para comprender. Que Marías nos explique el por qué escribió sobre dichas vidas o Combalía analice el origen de la palabra musa. ¿Cómo perderse eso? Parad un momento, dejad el Atelier, y dadle un par de vueltas al concepto que utilizaríais para llamar a un ser no-femenino que cumpla las funciones de una denominada musa. Es decir aquel que sirva como inspiración, como originador de la palabra o de la obra. Aquel que sea la chispa, el que encienda la magia, el que prenda la mecha. Porque… las mujeres creadoras tal vez tengan en mente también a alguien del sexo opuesto, ¿o no? Ese ser no tiene denominación, aunque sí, seguramente, nombre propio. 

lunes, 20 de febrero de 2017

Sabores heredados. Swapetines 2017 (II)


No solo heredamos relojes de pared o tierras en el Pirineo. También quehaceres, maneras, olores, gestos y palabras. Muchos de ellos nos llegan ya en vida para poder darnos cuenta de que vienen impregnados de pasado. Lo bueno, lo curioso del caso, sería saber si no eres la primera generación en recibir ese legado. Si ha sido transmitido ya con anterioridad, si tal vez la abuela de tu tatarabuela ya recibió esa característica familiar. Mágico sería poder hacer un árbol genealógico de herencias en vida, pero no materiales ni ante notario, no.

Últimamente he leído poesía de mujeres que hablan justamente de eso. Coincidencia o no, en todas ellas he encontrado referencias a las herencias, la memoria, los recuerdos familiares que aparecen de sopetón como si nos despertaran del letargo del presente. Ángeles Mora, Sara Herrera Peralta, Mascha Kaléko o Natalia Litvinova son un buen ejemplo de esas lecturas. El reciente poemario de esta última es en esencia la caja de recuerdos que abre en Argentina llegada de su Bielorussia natal. Cada página impacta con un flash-back de su niñez. Un hecho reconstruido a ciegas, sin levantar la mirada. Porque no hace falta abrir los ojos para ver ese pasado, porque esos momentos llegan a ti como las imágenes salpicadas en un cuadro de Pollock. ¿Hay mejor manera de decirlo? No, Natalia, no la hay. Porque todo eso que evocamos con la edad nos llega por salpicaduras, retazos de memoria que aparecen por un gesto, una mirada, una risa, un artículo en la prensa, una frase en un libro de texto, un comentario en la cola del súper… Cualquier mínimo detalle hace resurgir ese río enterrado. Como dice Litvinova, las aguas turbulentas del recuerdo no descansan. Y nos damos cuenta, con el paso de los años, de cuántos detalles fluyen por esas corrientes cargadas de nostalgia.


Yo he heredado el sabor de la tortilla de patata de mi padre. Riendo estaréis. Pero también se heredan los sabores, yo lo sé. Pelo y corto las patatas como él. Sin forma alguna, contradiciendo a mi jerárquica cabeza. Finas, muy finas, para que se doren. No dejo de darles vueltas a fuego lento. Cuchara de madera que va y que viene y las destroza. Con cariño las mezcla haciendo que poco a poco se deshagan. Color oro reciben la cebolla. Sin cebolla no es tortilla, diría él, porque le da la ligereza y el aire para respirar. Y ese olor ya es el suyo. Ya me lleva tan lejos en el recuerdo que hasta parece que no sea yo. Y ese aroma me devuelve a cuando él aún cocinaba, cómo nos gustaba su tortilla. Regresa aquel olor y lo más sorprendente, también el sabor que paladeo de nuevo. Recuerdo la primera vez que la cociné. Me embargó la emoción porque el primer bocado ya contaba mi niñez. Ese día supe que esa sería la mejor herencia, junto al reloj de mi abuelo. Ahora cada vez que me pongo a cocinarla sé que seré capaz, sin querer y sin poder evitarlo, de recrear un sabor que viene de antaño. Puede que ya fuera el de la tortilla de alguno de mis antepasados. Yo quiero creer que sí. Pero… ¿eso cómo se sabe?

Y cocinando, lo poquito que me ven a mí los fogones, siguen avanzando los swapetines. A fuego lento pero sin parar de darle a la cuchara. Bien mezcladito, un color y otro. Como la patata y la cebolla. Mi primera labor de dos cabos distintos, hasta ahora labores solo de patata sin aire. Así que en esta edición me estreno como swapetina trabajando con dos madejas a la vez, a ver si soy capaz. De momento no se quema y huele bien. Un pie terminado, a por el segundo, y disfrutando de la edición. Una edición que como veis he tomado en el horno y la cocina, entre meriendas y tortillas. Será, tal vez, porque el destino de mis calcetines tiene las manos en la masa… 

lunes, 13 de febrero de 2017

La habitación propia del club

La luz entraba tímidamente a través de los porticones de madera. Me gustaba madrugar los sábados para ponerme en mi rincón preferido de la casa, mi escritorio. Encarado a una ventana tras la cual las vistas no eran más que un patio de luces minúsculo. Allí las vecinas: en bata, con o sin peluca o coronadas por sus rulos; salían a tender la ropa y a explicarse sus miserias. Detrás de esas dos puertas me escondía yo, aprovechando esa luz que entraba para darle al lápiz o al libro de turno. Me apasionaba pasar horas ahí sentada, apartar la cortina que siempre molestaba y dejar pasar esos tímidos rayitos que dibujaban formas y jugaban sobre mi papel. Tal vez por eso desde que me independicé, en todas las casas en que he vivido, nunca he querido cortinas que me taparan lo que vivía ahí afuera. Nunca.

Recuerdo que ahí mismo aprendí a observar los cambios que experimentaba la luz con el paso de las horas. Memoricé las diferentes tonalidades dependiendo del momento del día. Descubrí que tenía vida y no solo en su movimiento, sino en su color. Me gustaba la madrugadora, con su ingenuidad soñolienta como la mía. Por eso los sábados no existía la pereza, tras la semana en el colegio, porque quería vivir esa luz y escribir con ella. Me apasionaba la de la hora de la siesta en invierno. Igual que ahora, esa que brilla de forma distinta. Origina reflejos inexistentes el resto del día, comprobadlo. Intentaba apurar al máximo el disfrute de esa iluminación natural. Me resistía valientemente a hacer trabajar la lámpara artificial que creyeron tan buen regalo en mi casa para mi estimado rincón.

Cuando me compraron la primera máquina de escribir no tuve dudas del lugar donde emplazarla. De allí, con mi luz y sin cortinas, salieron mis primeros textos, cuentos e incluso algún capitulillo tecleados. Conservado todo ello en casa de mi madre, junto a mi Olivetti verde botella. Decenas de hojas con mis historias tras la ventana. Ya pensaba yo dónde habrían escrito los y las escritoras que para entonces leía. Virgina Woolf había dicho que era necesaria una habitación propia. Yo la tenía, con lo difícil que había sido para todas mis adoradas del siglo XIX. Es más: tenía la mesa, la ventana, las vistas y la mejor luz que existían para leer y escribir, o eso quería creer. Tal vez por esa razón nunca he dejado de hacerlo.

Me pregunto hoy en día cómo sería el lugar que Rosa Chacel necesitó para escribir Teresa. Si tendría unos buenos porticones, como los míos, para vivir la luz que tan bonito nos contaba. Me llena de curiosidad imaginar ese cuarto abarrotado de Machado o la pequeña habitación de Lorca en Nueva York, lugares de los que salieron obras tan maravillosas. Me enternece pensar en Marga Gil Roësset, recordar su dietario y pensar si siempre escribiría esa desdicha y ese amor por Juan Ramón en el mismo lugar… Emplazamientos físicos imaginados, como si fueran postales. Mágico sería descubrirlos, investigar y conocer en qué circunstancias físicas uno escribió lo que escribió. 


Tras la creación del club de lectura lo primero en que pensamos fue en la necesidad de tener nuestro espacio. Un lugar físico en el que encontrar amparo a aquello que leyéramos, a lo que se escribiera o deseara compartir. Era necesario para tener nuestros tesoros ordenados. Cabecitas pensantes dieron rienda suelta a su imaginación y junto a Montse, nuestra artista de la casa, ideamos la que sería nuestra ventana. Mezclamos los libros y la lana con el talento de nuestros lectores y la letra de nuestras historias. Donde pueden acudir los curiosos, los intrépidos escritores, que deseen dejar huella de todo aquello descubierto en las tardes de club. Una vez creado fue cuando recordé el mío. Como ahora tengo, de nuevo, mi escritorio junto a la ventana y allí el grito de mis jóvenes lectores. Cuando paso por ese pasillo sonrío, pienso en mi juventud, en el murmullo de las vecinas al otro lado de mi luz. Me alegro por ellos y me digo que el club ya tiene habitación propia, ya podemos leer y escribir lo que queramos.


lunes, 6 de febrero de 2017

Chocolate amargo. Swapetines 2017 (I)



... con un lejano rastro de cacao que saborean al raso de la tarde. 

La nostalgia se organiza en pequeñas cajas cerradas. Una de ellas cuando la abres huele a pan, a tardes, a risas y a merienda. Ángeles Mora dedica un poema a esas rebanadas que nos vienen a la mente si recordamos la niñez. Curioso es que todos tengamos esa cajita con un olor similar. Que recordemos con cariño cómo nos untaban ese pan con mantequilla. Que no olvidemos cómo luego nos daban ese buen trozo de chocolate, o revivamos como la abuela espolvoreaba el cacao sobre el amarillo y el azúcar. Nos parecía un manjar, comida de Dioses. Recompensa merecida de buenos nietos, creíamos. Nos daba fuerza para corretear media tarde antes de los deberes, su dulzura nos alegraba el final de la jornada. Recuerdos en casa de mi abuela paterna, siempre vienen a mi mente si pienso en la merienda.

Pero esa caja no tan solo revive la merienda. Recuerdo las tardes de los sábados con mi madre amasando la harina para la empanada. Tal vez como dice Sara Herrera Peralta, amasaba el dolor como se amasa el pan tan necesario. Tal vez sí, y ahora lo vemos. Sus manos enharinadas dando vueltas a la futura cena. Las nuestras de pinches amasando con ella, siendo partícipes de todo lo que mezclábamos allí. Memoria de ese rodillo que estiraba y estiraba, como estirábamos la tarde para que no se terminara nunca ese rato de paz y de cocina. Ese silencio y esa luz del horno preparada para quemar el dolor y dorar los buenos recuerdos. Con la masa sobrante preparábamos la torta de manzana. Ese olor, mezcla de dulce y salado a tandas en el horno, aún me viene ahora los domingos en los que no salgo de casa. Como si escuchara a mi madre trajinar en la cocina.


Así es como preparo este año mi participación en los Swapetines. Intercambio de calcetines tejidos a mano organizado por Pilar, por si alguien anda perdido. Ya tengo mi asignación secreta y pienso amasar con cariño esta malabrigo color chocolate amargo. Darle las vueltas necesarias para que no queden grumos. Para que sea memorable y contenga toda la ternura posible, con su pizca de sal, eso sí. Para que salga del horno a tiempo y arranque una sonrisa con su olor. Tengo el patrón decidido pero no desvelaré el secreto aún por si no soy capaz de tejerlo. Iré publicando avances en Instragram y en Facebook. Y prometo vivirlo con la intensidad de los 250ºC, con la calentura del grill y la ilusión que produce el subidón por la levadura. ¡Que den comienzo los juegos del calcetín! Yo me pongo ya con la merienda...

Mientras dure el proceso, tengo dos meses por delante, me quedo con uno de los versos más bonitos escritos sobre la merienda. Os lo dejo por si os estremece tanto como a mí. Andrea Valbuena dejó escrito:

“Olías a pan tostado y besarte era como merendar dos veces”