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lunes, 21 de diciembre de 2020

Abrazos de Navidad

Recordé hace unos días a María Gainza contar en El nervio óptico cómo mirando un cuadro de Augusto Schiavoni una creía ver el mar sin ver el mar. “No había un mar para ver desde esa ventana pero se podría pensar que sí, por la manera intensa que tenía Schiavoni de mirar hacia afuera.” Pensé entonces que es un ejercicio que nos toca hacer esta Navidad. Creer lo que no vemos, saborear lo que no viene. También el mar, sí, junto a todo lo demás.

Durante el confinamiento pensamos que cada minuto vivido superaba el anterior porque cuando se está con los pies dentro una no ve más allá del charco. Los pies mojados, el pantalón hundido en el barro. Lo clavó Annie Ernaux en Memoria de chica: “la incomprensión de lo que se vive en el momento en que se vive, esa opacidad del presente debería agujerear cada frase, cada aserto.” No entendemos y lo tapamos. Lo sumergimos bien en ese charco en el que tenemos los pies y nos repetimos que nada ocurre. Nada nos afecta. Construimos imágenes, vemos el mar sin tenerlo delante, y guardamos.


Aprendemos a guardar instantes que necesitamos. Atesoramos esperanzas de abrazos venideros, de roces y caricias con la mano prieta. Por eso tejí los abrazos de Arne & Carlos en el encierro más oscuro. Porque añoraba hasta los que no había dado nunca. Sorprendida muchas veces de eso mismo. De echar de menos sin haber vivido lo que echaba de menos. Carmen Laforet le escribió algo así a Elena Fortún: “Te echo de menos, como si hubiera tenido la costumbre de verte cada día”. Afloró en nosotros la urgencia, como si nunca hubiéramos visto el mar.

Los tejí con mis manos débiles. Infinitos, cálidos y halagüeños. Imaginarios. Estos días los he repartido. Entregas sin apretones más que los laneros. Contradicciones pandémicas. Igual que el mar sin mar de Schiavoni, los abrazos sin abrazos. Para que los conserven a la espera del día en que no sean solo ensoñaciones. Para que la ausencia parezca más llevadera.

Mientras preparaba este post, me hacía consciente de la lista de cosas que voy a echar en falta. Las personas que no van a estar, quizá ya no estaban otras fiestas, y que voy a precisar estos días. Me decía que los mimos tejidos están a buen recaudo. Y leí a Leila Guerriero y me desmonté de nuevo. 

Hoy no extraño los cines. No extraño las ciudades. No extraño a mi padre ni a mis hermanos. Extraño eso. El riesgo, el arrebato. Vivir como si uno estuviera todo el tiempo aullándole a los trenes, dispuesta a atropellar.” 

Extrañamos aullidos propios, acciones que no somos, ni seremos, capaces de llevar a cabo. Nos deseamos atropellando, pero sumergimos la cabeza en el charco, no solo los pies, y no nos damos cuenta de que la única solución es mirar intensamente hacia afuera a lo Shchiovani. Mirar intensamente y hacer real y palpable el abrazo y el arrebato y el mar. Feliz Navidad.  



lunes, 17 de junio de 2019

Bendita sea la lucha, flâneuses

Primero el olor… cerrar los ojos para contemplarlo. Avanzar, percibir la luz como un contacto, no precisamente en los ojos, sino en todas partes; en la frente, en las mejillas. La luz como un clima y luego, pidiéndole permiso, disculpándose de utilizarla, olvidarla y mirar las cosas que ella descubre, desnuda, acaricia, templa o ensombrece o hacer arder. Por entre la luz, asomándose hospitalariamente, rostros, miradas, cuerpos radiantes o doloridos, desnudos o vestidos… Vestidos de negro, pálidos, macilentos y tan señoriales, los Carreños, Carlos II, la monjil Doña Mariana de Austria como dueños de la casa, como retoños que fuesen abuelos, como fetos seculares de un mundo oscuro…

En cuanto me adentré en el ensayo de Anna Mª Iglesia,  La revolución de las flâneuses,  la lectura me devolvió a la pequeña Elena en El Prado. Cómo en esas páginas de Barrio de Maravillas, hizo suyos los pasillos, las pinturas, las vestimentas de los allí ilustrados. Se fijó en todos y cada uno de los detalles. Siendo ella la que deambulaba por el museo, siendo ella la que atisbaba a los personajes en el fondo de las pinturas. Aquellos que no atienden a los que los miran, pero están. Aquellos que observan dentro del cuadro mismo o, simplemente, se pasean en él. AquellAs que son protagonistas, como ella, aunque solo estén de paso. Aunque solo sean una flâneuse.


Iglesia nos da de la mano para recorrer las calles desde el París del S.XIX. Para observar desde fuera a las observadoras. Nos invita a deambular, a caminar como forma de insubordinación, como hicieran Maruja Mallo o Margarita Manso, sin sombrero y a lo loco. Sin miedo y con decisión. Porque la calle también era de ellas. Es de ellas. Porque como decía Mary Cassat la mujer también construye su propio relato y cumple la tríada del: mirar, caminar, crear. Porque podemos salir a la calle y ser las protagonistas. Observar todo cuanto pase, crear el relato, sin que sea sugerido por un hombre, como decía Pardo Bazán.

Afirma Iglesia que las flâneuses, observadoras y poetas, no eran meras paseantes, pues no gozaban de la libertad que sí tenían los hombres. Que su propósito y misión debería ser convertirse en ensayistas de la ciudad, en tanto que disponían de la capacidad para apropiarse del espacio público. Difícil ha sido esa apropiación, como ya sustentó Virginia Woolf en The Pargiters, donde describía la imposibilidad de una mujer para adueñarse a solas de la calle sin padecer una vulnerabilidad sexual. Sociedad patriarcal con necesidad de protección, de miedo y de congoja. ¿Años 20? No, sigue aquí ese miedo.



Dándole al play a la tercera temporada de El cuento de la criada, recupero también las líneas del ensayo en WunderKammer. Criadas que caminan bajo los ojos de las ametralladoras. Una al lado de la otra, sin mirar, sin alzar la cabeza, con el sombrero blanco que dirige su mirada sin posibilidad de elegir, como las anteojeras de los burros. De rojo sí, para ser vistas, pero en silencio. Flâneuses atadas, indignas si miran donde no deben. Esposas de verde sin la menor esperanza, sin decisión, sin poder ninguno para moverse sin aprobación y consentimiento. Sin poder reivindicarse como sujetos críticos dentro de la esfera pública. Gilead, donde bienaventurados son los mansos, bienaventurados son los que callan. Ni hablar, ni mirar. Se hace necesaria la revolución de las flâneuses, sí.

Cada capítulo del ensayo empieza con una obra pictórica con la que paramos el tiempo. Al menos yo he sido incapaz de pasar de puntillas. Obras en las que una mujer mira a lo lejos, obras en las que la protagonista es una mujer en silencio, obras en las que ella es observada por ellos. El arte nos ha gritado siempre que estábamos ahí. Aunque el pintor no quisiera, sucedía. A la par de esos comienzos mi lectura ha coincidido también con el descubrimiento de la ilustradora Kelly Reemtsen. Flâneuses, caminantes, deambulantes, paseantes. Mujeres enérgicas, decididas, valientes. En su feminidad empuñan un arma para hacerse paso, para abrir camino, para que el grito suene más y más lejos. Para emprender el caminar ocioso sin miedo, para osar salir a la calle y ser la Jo de May Alcott. Para luchar, armas en mano, porque bendita sea la lucha, flâneuses.

Bordado por mí con hilos metalizados de Anchor. Ilustración de Kelly Reemtsen.

lunes, 6 de mayo de 2019

El abrazo del mediodía

“La imagen del techo
formando un triángulo de crema con la puerta
mientras me abrazas al mediodía.
La cazuela de barro burbujeando salsa verde y pescado.
La sopa de cebolla haciéndole los coros.
El gato con ansia de caricias.
La mesa puesta.
La casa caliente.

(Y las ganas de llorar).”

Sonia San Román, Anillos de Saturno.

Morella, abril 2019. Bajo el azote del viento.

Cumplir años es un poco como este poema de Sonia San Román. El abrazo al mediodía, la rutina de la cazuela, los coros de la sopa, el gatito que reclama, sí, la casa caliente y sí, las ganas de llorar. No solo le cae a una encima el peso del número, las arrugas nuevas, las facciones marcadas. Ley de vida y la lucha de no parecer nunca la edad que una tiene. Cae una doble losa, la del que no está, y otra más poderosa, la del que no quiere estar.  

Perdemos personajes por enfermedad, por tragedia, por traslado que no es muerte pero es distancia. Perdemos por desidia, por desinterés, por desamor. Perdemos por fuerza explícita de no aparecer, sabiendo que permanecemos ahí. Que dedicamos el día a su espera, que vuelan los minutos más intensos con las manos abiertas para acoger a los que no llegan, descartando los que sí porque no son los que faltan. Andrea Köhler escribía en El tiempo regalado que "no es lo mismo esperar que tener esperanza. La esperanza está del lado del futuro; la espera está atrapada en el instante". La espera significa la continua presencia, el no perder de vista el pensamiento de esa aparición. Tener presente todo el día al que no quiere venir, regalar el tiempo justo al que no quiere regalar nada en el día de tu cumpleaños. Irónica la vida, bromista, se carcajea ante la cazuela burbujeante.



Un día de primavera para echar de menos. "Cómo de inevitables se vuelven las cosas cuando acaba el frío", dijo Alba Flores Robla. Cierto. Las últimas semanas de frío una se teje el Zorzal, con lana de Finlandia que huele a oveja y a pasto una barbaridad. Se cree que deberá esperar a la siguiente temporada y le sorprende ese viento invernal de abril. El frío siempre vuelve, más a las destempladas, más a las que esperan. Por eso se hace necesario el tejer, el calentar las agujas y dar forma al abrigo en forma de lana, de recuerdo de un cielo nórdico. Las madejas de lana Novita se convirtieron en este Zorzal de Lisa Hannes, para arropar lo inevitable cuando acaba el frío, para mediar en la espera, para conseguir el abrazo del mediodía.

Se necesita la lana en primavera, bajo un sol que ciega pero no calienta. Se exige a quién no aparece, convirtiendo un día de dicha en la pesadumbre de la espera, porque siempre deseamos al que no quiere soplar las velas. Luna Miguel dijo que el duelo ahoga, la espera también. Porque ante la estampa de la cotidianidad, ante el empeño para que la rutina haga de la sopa el plato principal, aparecen las lágrimas. Nada nos importa hasta que duele, o sí.


lunes, 11 de marzo de 2019

El musgo como venda. Los Meitner Socks.

“La selva de Irati da nombre al río que se conforma con la conjunción de los ríos Urtxuria (“agua blanca en euskera) y Urbeltza (“agua negra en euskera”); con esa simbología del ying-yang que caracteriza al bosque y que rezuma una estampa salvaje y natural incomparable.”

Cuando Laura me dijo que su hija se llamaría Irati todavía no había leído a Larretxea. Descubrir el lugar y caminar por ese paraíso boscoso le fascinó de tal manera que supo que el nombre debía ser ese. Tras las páginas de Hasier dedicadas al bosque, una se da cuenta de la magnitud de la decisión. El nombrarla como a un lugar en el que sus padres conectaron con la tierra, en el que encontraron el cobijo de los árboles, donde existe la conjunción de esos dos ríos. El ying y el yang, equilibrio que la acompañará siempre, seguro.   



Me dije que Irati estaría conectada al bosque de por vida. Que sería una niña árbol, una mujer con la corteza dura y sana. Organicé su primer kit de supervivencia, como si fuera el musgo que acaricia los troncos, como le llama Hasier: "ese elemento protector de los árboles, como si de una venda curativa se tratara". Ideé un hatillo a modo de musgo, para protegerla y ofrecerle el claro en las umbrías iniciales. La imaginé bien ataviada caminando bajo las hayas y quise ser parte de la historia. Su primera mochila, para cargar a sus hombros los recuerdos del monte. Su primera amiga, para que no entienda de soledad hasta bien mayor. Su libro-manual, porque este es necesario para los corazones con ramas, para los que somos de monte. Sus primeros calcetines, para cubrirla de lana, porque también llega de las montañas y nos une a ellas. Por la necesidad vital de unos pies calientes.




De la misma manera, pensé que su madre necesitaba también el arraigo de la lana. Tejí los Meitner Socks de Erika López (Loareknits) mediante el patrón que aparecía en el último número de Bellota Knits. Parecía que esa lana brillante simulaba el sol y calentaría sus pies, sabiendo de la importancia de la temperatura, de la calidez, del abrazo de la luz. Intentar que el desbordamiento de la crianza, que ese “aprender a vivir de nuevo”, tuviera el abrigo de esta espectadora. Tejer para mis mujeres, extender un lazo pensado en cada punto que se desliza de una aguja a otra, intentar que no sea tan solo un regalo, sino un nuevo componente de ese primogénito amor al bosque.

Escribe Hasier que “el amor incondicional hacia el bosque nace desde que se convierte en un refugio y en ese amigo indivisible e invisible. El confidente, lugar de recreo y espacio donde se comienza a tomarle medida a la vida a través de sus retos”. Palabras sabias. En la Selva de Irati sus padres se toparon con el arrullo de los árboles, con la sensación de fortaleza y de seguridad, con la certeza de querer educar a una niña con la corteza cargada del musgo como venda.

lunes, 14 de enero de 2019

Que se escriba como se ama

             Y es imposible
escribir hoy tu nombre de otra forma.
Imposible también, tras conocerte,
no volverse un gramático purista
de esos que literalmente dedican
las horas que les quedan por vivir
a defender tus reglas ortográficas
o, lo mismo,
                               vivir reivindicando
que tu nombre se escriba como se ama.”

Ben Clarkpoema "Esther" de La mezcla confusa.

La Esther de este poema nada tiene que ver conmigo. Tan solo su nombre. Su historia fue su historia, como me contó Ben, y la mía ha sido otra. Compartimos, eso sí, un nombre con una cierta exigencia desde que aprendimos a pronunciarlo. Toda la vida repetiremos ese: “Sí, con hache, por favor.” Porque los nombres nos definen y no son otros sino los que son, los que nos representan y se escriben de una manera exacta y concreta. Y se pronuncian como esperamos y nos apodan como deseamos. Así es, dado que constituye nuestro título, nuestra presentación, nuestro ADN. Porque si no se cumple, no somos nosotros. Debemos, por ello, reivindicar que nuestro nombre se escriba como se ama. Con hache, por favor. 



En mi familia, por ambas partes, ha habido, y hay, Marías y Teresas a mansalva. Los que fueron de casa Isabelana o casa Palleta o casa Antonio, pusieron títulos bien castizos a los suyos, sin olvidar esos dos. Aquellos cuyos descendientes repitieron hasta llegar a llamar a sus hijos de manera idéntica. Primas apodadas igual, porque sí. Decisiones que nos marcan de raíz. Porque quizá no todo hubiera sido igual de no tener que especificar siempre qué Mayte es y de quién. Porque nos trasladan una decisión de por vida escogida sin preguntar. Porque nos catalogan como parte de una estirpe que debe llevar la denominación que se nos impone. Con ella seguimos. Con otra, el camino, tal vez, sería distinto. Con hache, por favor.

Otro día os contaré la razón por la que tengo el segundo nombre que tengo. Que podría haber eliminado de mi carné de identidad, que podría haber borrado de mi historia. Pero entonces hubiera anulado parte de la historia de mi padre, quien necesitó que no solo me llamara como decidió mi padrino de bautizo. He dicho que nos determinan, pero también los marcan a ellos. A los que nos tatúan, como el número grabado a fuego a las vacas. Aunque se les llame de manera distinta a los dígitos, ellas saben su numeración. Con hache, por favor.



Decidí tejer esta manta ante la llegada inminente de un nuevo miembro a la familia. Creyendo que tal vez su nombre no hubiera sido elegido pensando en su herencia, ni en aquellos repetidos por los ancestros, ni en ninguna persona familiar de la que necesitaran perpetuar su título. Elegí la Baby Tweed de Katia y tejí esta manta de hojas de Leyla Alieva. Mientras dentro acababa de formarse la pequeña, afuera lazada a lazada iba creciendo también este tejido que le será arrullo, le será calor, le será parte de su historia. Espero que sus padres algún día le cuenten cómo crecieron ambas de la mano, que le expliquen el porqué se llama como se llama, ya que desde el momento en que se pensó su nombre: ella existe. Judit está a punto de llegar. Sin hache, por favor.  


lunes, 19 de noviembre de 2018

Trasueños de otoño

El otoño me recuerda a mi primer beso. Bajo una lluvia torrencial la noche más fría de la historia de los otoños. Un beso que culminó con una década de relación epistolar y que coronó con la mejor de las posdatas imaginables. Con la pérdida de hojas de los árboles revivo también cómo cayó Obi para siempre, y desapareció el gatito color pan. Color de la estación en la que su escenario adquiere el matiz dorado por excelencia. Meses en los que aquello que viven nuestros ojos se transforma del verde al oro al rojo al púrpura… que diría Vitale.

El otoño era eje de su obra, como lo fue la poesía de Juan Ramón Jiménez. Es imposible hacer caso omiso al grito del cielo cuando llueve, cuando aúlla y nos ofrece el festival de colores y de intensidad. Porque la naturaleza en esos días no se queda quieta, todo muta. El tono, la frondosidad, la temperatura… ¿cómo no atender tal aspaviento?  ¿Cómo vivir sin inmutarse y sin escribir sobre esa manera de caer la tarde?

Versos de Ida Vitale. Dadle al play.



“LLUEVE. El suelo se rompe y se llena de colores, de espejos, de imájenes. Es como un blando rompimiento silencioso de cristales. La calle se ha complicado, las piedras tienen frondas, cielos, infinitos. […] La tarde va cayendo. El cielo abre cristales amarillos, de un agrio amarillo de limón, amarillos de siemprevivas, de ocaso de noviembre…”

Juan Ramón Jiménez lo sentía, lo vivía, como así le transmitió a Ida Vitale y ella plasmó también en sus versos. Porque las gotas que caen, traviesas en recreo, dejan de ser lluvia en cuanto impactan contra la realidad. Ya no lo son, se funden y no forman parte ya de su todo. Todo es cambiante, todo se deshace o se mimetiza. O te unes a la tormenta o te arrastra con ella. 

También apuntó Hardwick en su Noches insomnesTodo gime bajo el peso de la traición. La hierba armarilla y sedienta se queja cuando la lluvia, implacable, la traiciona día tras día.” Nunca llueve a gusto de todos, y no es lo mismo el aguacero otoñal que el de la primavera. No es necesario de igual manera, ni se recibe con ánimo idéntico. Los que admiramos el cielo sin descanso y a los que nos maravillan los colores que nos rodean, las nubes de otoño nos encandilan día sí y día también. Anotamos sus formas y colores, sabemos qué nos dicen y cómo nos hacen sentir. Porque son tristeza, nostalgia, melancolía… son cambiantes, volubles. Se adaptan a nuestro aliento y a nuestra urgencia.

Para los mal contentos, que diría Marta Sanz, los versos lluviosos de JR Jiménez nos llevan a Ida Vitale. Por eso mismo nos alegró el Premio Cervantes, por eso mismo recogemos hojas y les bordamos sus versos, por necesidad. Porque ella nos dice que las gotas se funden para amarse, que corren libres por vidrios y barandas cuando se desprenden de la lluvia… ¿Se hieren y se funden? Trasueñan otra muerte. Seamos, bordemos, gotas.


lunes, 29 de octubre de 2018

Palabras que aún no existen. Woodland Walk Socks.

“Creo que es buena idea que en tus estantes haya libros leídos y no leídos, pero es igual de importante esa tercera categoría de libros: los que no has leído por completo y quizá jamás termines.


Reviso la pared de mi salón. No se ve su color. Está repleta de libros hasta el techo y entre ellos, es cierto, están los leídos, los pendientes y aquellos dejados a medias. Dejados a medias. Llevo con el runrún de este artículo de Mims hace una semana. No solo por lo que dicen sus líneas, sino todo lo que conlleva pensar que “la biblioteca de una persona a menudo es una representación simbólica de su mente”.

Todos aquellos leídos se han convertido en valiosos por los aprendizajes transmitidos, por todo lo que nos han ayudado a crecer. Desde Mujercitas mostrándonos cómo podíamos llegar a ser Jo. Hasta Rosa Chacel enseñándonos a analizar cada detalle del día, dándole el valor que merece. A Soledad Puértolas, Milena Busquests o Joan Didion, haciéndonos fuertes ante la muerte, olvidando el tabú y poniéndole párrafos al dolor.


Dice Mims que con los pendientes, aquellos que todavía no hemos abierto, nos deparan historias que añadir a nuestras maletas de conocimiento. Enseñanzas para unir a lecturas antiguas, hilos por atar a toda la pila de leídos, una vez hayamos pasado por ellos. Nuevas historias de Didion recorriendo California, biografías con surrealistas aún por admirar, poemarios con versos distintos que hurgarán en viejas heridas. Son retos, cajas de Pandora sin abrir, con el lazo puesto. El mejor regalo a un lector de vida, libros por estrenar, escogidos por deseo y con ansia de hincarles el diente. Porque, como él dice, con los años una reconoce qué quiere aprender, qué necesita descubrir, qué debe leer. Por eso acumulamos páginas, porque sabemos que nos será vital lo que en ellas se diga.

¿Y los que no terminamos? ¿Los que tan solo empezamos? ¿Los que leemos en páginas sueltas ya sean cartas, cuentos o artículos? ¿Qué nombre le damos a esos? Los japoneses llaman a los pendientes tsundoku, pero no tienen nombre para los que empezamos y olvidamos. Los que dejamos para luego, para otro momento, otro año, otra vida. Libros tan solo leídos parcialmente, esos que viven en el medio, entre el leerse y el empezarse. Libros grises, entre el blanco y el negro. Biblioteca personal: representación simbólica de la mente del propietario. Gris.

¿Solamente libros a medias? Acumulamos también conversaciones a medias, sin acabar nunca de explicar aquello que necesitamos verbalizar. Relaciones a medias, ni tan siquiera despedirnos o enlazarnos de nuevo con un hasta pronto. Labores a medias, las que se dejan en su bolsa de pendientes porque no se saben terminar, ni seguir, porque nos falta la tejedora gemela con la que contar puntos y pasadas. Se queda ahí, todo sin rematar, como en el limbo. A la espera de no saber bien qué se está esperando.



Mims dice que viven entre un mundo y otro. Flotan sin terminarse, sin pensarse… Pero hay un día que pueden reprenderse, como estos calcetines. Han tardado meses, se han tejido a trompicones de tiempo y de permiso de unas manos débiles. Pero han dejado de estar en proceso para calentar unos pies viajeros. Esta Rowan Fine Art se convirtió en los Woodland Walk Socks, y así pasó de la pila de los empezados a los terminados. Saltó a formar parte de las enseñanzas asimiladas, de aquello vivido e interiorizado.

Una piensa entonces, como bien dice el artículo, que tal vez todas esas lecturas que tenemos parcialmente leídas puede que esperen a ser retomadas en algún momento, como las labores. Puede que sean un símbolo, una señal de que siempre habrá páginas por leer, de que existirá lectura de manera perpetua, de que nunca lo tendremos todo leído hasta cerrar la última página de esos libros a medias. Hasta remallar el the end del papel como atacamos los calcetines.

martes, 28 de agosto de 2018

Del tiempo que esquivamos. Fair Isle Flower Socks.

“La labor penelopiana de tejer el pensar en la que el recuerdo es el sobre y el olvido la carta, constituye en realidad la antítesis de lo que hiciera Penélope, es su doble signo contrario”.
Köhler, Andrea. El tiempo regalado.

Lo que realmente hacía Penélope era parar el tiempo, cada noche destejía lo que tejía durante el día, detenía el destino, nunca llegaba lo anunciado. Creaba una nueva historia, paralizaba el corazón, suspendía lo más sagrado de la vida: su paso. Leer a Köhler obliga a pensar si una también congela los días, obstaculiza que ocurran los acontecimientos preparados para ella. Un poco Penélope somos, y más las tejedoras, poderosas y capaces de deshilar los tejidos para volver a empezar si una no está orgullosa, de volver a ovillar si quiere otro comienzo distinto, rerereiniciar para conseguir la tensión deseada y la firmeza y la delicadeza que necesita. Un poco Penélope somos, sí.


Esperamos a hablar mientras escuchamos la risa que nos vuelve locas, la dejamos sonar. Apartamos todo atendiendo el bostezo de la gatita. Nos quedamos impactados y atentos al cambio de hora en el reloj para vivir ese nuevo número, sea el que sea, momento mágico en el que todo pone el freno. Solo miramos los dígitos. Esperamos segundos a que alguien estornude a nuestro lado. Nos mantenemos fijos a esa mano que aprieta la nuestra, son solo milésimas y nos concentramos en ese apretón como si nos transmitiera la fuerza que nos falta. Mantenemos la mirada en otra que nos da la paz y nuestros ojos hablan trillones de historias que las palabras no serían capaces de hilar. Todo, todo, todo, está plagado de controles de momentos, de frenos que vamos poniendo para saborear instantes que no vuelven, tiempos regalados que aprovechamos para ser un poquito más felices y otros para no ser tan tristes todavía.

Decidimos, no siempre, casi todo. Me lancé a tejer los primeros calcetines en fair isle, técnica que permite crear dibujos e incorporar más de un color en el tejido, en mi viaje a Finlandia. Descubrir el norte me hizo enamorarme de él, deseé no dejar de visitar ese cielo porque ese color era totalmente nuevo para mí. Allí compré lana para aventurarme con el tejido en distintos colores a la vez, también conocido como jacquard. Como también había decidido que intentaría tejer una prenda con lana de aquellos lugares que hubiera visitado. Pero paré el tiempo, detuve el momento de dar comienzo a la labor y de enero llegó el verano. Decidimos, no siempre, casi todo.



Me decanté por este Fair Isle Flower que Candice DeWitt tiene en su Ravelry. Porque quería un esquema sencillo para no agobiar a mis agujas, ni a mis manos débiles, y deseaba que esa lana pura de oveja finesa calentara mis pies este próximo invierno. Reto conseguido. Calcetines terminados en mis días en los Pirineos, siempre viajeras mis labores, donde les hice la sesión de fotos para no olvidar cuando me los ponga que de las montañas nórdicas llegaron tejidos a las nuestras. Tal vez por eso quise parar el tiempo y que el proceso terminara ahí, porque ese control nos facilita esquivar, no todo, pero sí algo de lo que va viniendo. Porque a veces, como Penélope, sabemos que lo bueno está por llegar y detenemos la narración al son de nuestras agujas.



lunes, 30 de julio de 2018

El vértigo de la memoria

“Cuanta más energía pongo en lo que busco, 
tanto más me convenzo de lo difícil que es recuperar el recuerdo

En la literatura de Sebald son recurrentes los momentos en los que sus personajes, o él mismo como narrador, hacen referencia a la dificultad de recuperar los recuerdos. Afirma que aunque logre encajar las piezas de la memoria, no existe nada que le asegure con total confianza que esos hechos hayan sido reales…. Sino tan solo sean las piezas que su necesidad le exige. Lo que él llamó memoria subjetiva frente a realidad objetiva. Como os he comentado en muchas ocasiones: esa duda de que los recuerdos que tenemos sean reales o tan solo fotografías o explicaciones recibidas por los nuestros. ¿Hasta dónde es verdad nuestra memoria?

Hace unas semanas viví unos momentos hospitalarios junto a mi tía. La tejedora de calcetines oficial del Pirineo cayó en su mundo totalmente desorientada. Sin saber qué decía, ni quiénes éramos los suyos, ni dónde estaba. La fragilidad de la mente jugó sus cartas. La que te lleva lejos de donde están anclados tus pies. Allí, en una camilla indefensa y desprotegida, solamente tenía una inquietud, una petición, un deseo. Agarró la mano de la enfermera y en su delirio pronunció: “solo pido una cosa, ¿no pueden ponerme mis calcetines? Solo quiero eso, mis calcetines



Reafirmé mi creencia que ante la pérdida, la desesperación de estar encerrado dentro de uno mismo, se recupera la esencia de los inicios, la herencia, el recuerdo reconstruido e identificado en un elemento que nos une con aquello que nos fortalece. La memoria se aferra a aquellas piezas del puzle que encajan en lo que significaba el confort, en aquello que nos protege y asegura a la realidad. No quisieron ponérselos. Luchó sin ellos puestos.

Mientras tejía estos Simple Skyp Socks pensaba en lo que supone para mí tejer calcetines, esa unión con el pasado. Ese atarse a la memoria con el trabajo de las cinco agujas, ese reconocer la importancia de la calidez que proporcionarán en los pies destinatarios, ese legado perpetuado. Tal vez, en una situación similar a la de mi tía, también pida yo los calcetines. Para que me den el calor necesario en la jaula fría.

Cuantas más imágenes reúno del pasado […] tanto más improbable me parece que el pasado haya sucedido de esta manera”, decía Sebald. Mi tía, estoy segura de que no recuerda su súplica de calcetas, tal vez poco a poco acabe sin recordar nada, incluso tampoco ese amor, esa conexión, ese vínculo con el pasado que le suponía (en pasado recordado) la lana. Porque nuestra mente, con los años, se adentra en el vértigo de la memoria ante el que es tan complicado ser valiente.  




lunes, 11 de diciembre de 2017

Herencias nórdicas

He estado en Finlandia con Didion. Ella me ha dicho que no existen los días normales, que no hay nada corriente, que puedes sentarte a cenar y la vida que conocías se acaba. Sin más. Allí, a 4000 km de casa, me ha dicho que puedes tener el fuego encendido, que puedes seguir rituales desde el poner la mesa, separar la ropa para la lavadora, apilar los libros pendientes siguiendo una cronología, sentir que te resguardas en casa y asegurar que estás y están, los tuyos, a salvo, pero no ser cierto del todo. Nada está seguro por estar nosotros aquí. La rutina se rompe, lo corriente no existe, no podemos mantener siempre las promesas. Ni que queramos de más.

Ella me ha dicho, leyéndola rodeada de nieve, que las conexiones con determinadas personas son esenciales en momentos de pánico, de miedo soledad, duelo o dolor. Porque somos, aunque lo neguemos, personas dependientes de los recuerdos. Esos, con los que conectamos, son los que estarán ahí en caso de pérdida, cuando aparezca el terror y deseemos estar solos. Entonces, ellos, serán los que encenderán el fuego para que recuperemos la vida. Una vida distinta, pero vida al fin y al cabo.


Los que hemos sufrido la pérdida de seres queridos hemos experimentado la sensación de las “oleadas” o de los “torbellinos”. Momentos de ahogo, de nudo en la garganta y de necesidad de suspirar. Hemos vivido el miedo y la angustia de no dejar de recordar cada momento pasado vivido con ellos. De recorrer el año siguiente rememorando el mismo instante del año anterior en el que esa persona estaba con nosotros.

A veces también nos pasa con los vivos. Los vivos también se van. Y el ahogo es casi igual. Por eso, para suspirar pero de alivio y no de ahogo, necesitamos de las conexiones temporales, de los hechos que por insignificantes que parezcan nos llenen y nos hagan avanzar, aun llevando con nosotros una pizca del pasado.


Los nórdicos tenían, y siguen teniendo, un método de vínculo especial entre generaciones. Descubrí que sus antepasados guardaban los restos de lana una vez terminados los pares de calcetines tejidos. Yo los guardo, todos, por mínima que sea la extensión de lana restante. Llegado el momento de montar el árbol de Navidad lo que hacían, y hacen, era colgar de él los pequeños restos de lana de los calcetines ya tejidos y en sus pies. A modo de nexo y de agradecimiento. 

De la misma manera que, tan solo entrar en sus hogares, descalzan sus pies y dejan que sus calcetines conecten con su suelo firme. Esos mismos calcetines no terminan tan solo calentándoles, sino que también tienen como tarea felicitar la Navidad desde el árbol. Me pareció una forma tierna, delicada y brillante de terminar un ciclo. Sabía yo que guardaba todas esas demostraciones de cariño tejido por algo. Y he tenido que ir al frío de miles de kilómetros, de la mano de Didion, para que ellos me digan cómo mantener calientes los recuerdos, cómo conectar esos pies de mis mujeres y agradecer el haber tejido. Este año llenaré el árbol de lana. Kiito, Suomi. 


lunes, 27 de noviembre de 2017

Como arañas

Louise Bourgeois representó a su madre en una araña de casi 9 metros. Dejando de lado hoy la figura que representaba para ella, me quedo con la dualidad de la araña, la tejedora. La protectora y depredadora al mismo tiempo. La que utiliza la seda tanto para fabricar el capullo como para cazar a su presa, encarnando a su vez la fortaleza y la fragilidad. Así somos las tejedoras, las mujeres que hay detrás de las agujas, las que luchan y las que traman tejido. Las que ovillan el hilo y las que sacan las garras. Todos tenemos esa dualidad y cada uno representa su parte sensible de la manera que desea, que puede, que se le deja. De la misma manera que el contrapunto de la fuerza también puede estar unido al hilo, ¿por qué no?.



Estas madejas de Madelinetosh Merino Light en colores Pop Rocks y Candlewick, llegaron directamente desde la tienda Purl Soho de Nueva York. Su misión era convertirse en el Aisling proclamado a gritos desde aquí mismo. Pero, lo que tiene ser araña, la lana se acabó antes que el chal. Muchas veces existen los finales antes de que terminen las historias.

Como escribió Chacel en Teresa, y ahora me lo recuerda, el Aisling vendría a ser un poco como el amor. Metáfora chaceliana sacada de la chistera de esta tejedora. “El amor siempre le había parecido, más que un choque, una confluencia impetuosa; ahora veía que era solamente como la llama de dos cirios, algo que, aun siendo homogéneo, puede apagarse en uno y seguir ardiendo en el otro.” Lo mismo que un amor, que uno arde y el otro ya no da luz, pasó con estas lanas. La amarilla cumplió su deber y la rosa se apagó antes de finalizar su cometido. Y ahí vuelve a aparecer la araña.




La que lucha, la que busca, que pide, que exige, que grita a los cuatro vientos porque no puede retener a su presa, porque ya no existe esa lana rosada en lugar del mundo. La que mueve cielo y tierra para terminar su tela de araña, la que necesita sí o sí culminar su obra. La que hizo lo que pudo, para acabar tejiendo con la madeja de otra araña. Es un tono distinto, pero proviene de una madre arácnida, de una guerrera. Quizás fuera el destino quien quiso que se acabara esa pop rocks en todo alijo lanero, para terminar tejiendo con la lana de Elena.  

Porque las cosas no son como son al azar. Habrá quien crea que el cuadro de "Las Hilanderas" de Velázquez es una simple escena cotidiana de mujeres a la rueca. ¡Nunca un cuadro es tan solo la imagen que se ve! Como no lo es la Maman de Bourgeois. Este cuenta tras él, a grandes rasgos, la historia de Palas y Aracne, incluida en la Metamorfosis de Ovidio. Aracne gana en su competición de hilanderas a Palas. Y esta, en su lado furioso, la transforma en araña para que teja y teja y teja sin cesar toda su vida. Ahí vuelve a aparecer nuestra dualidad, nuestra fuerza que a veces es furia, incontrolables nosotras las arañas. Eso sí, chal terminado por el Ying y el Yang arácnido que día a día me acompaña.