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jueves, 8 de septiembre de 2022

Un fragmento de la mañana

PLAY

Septiembre se tiñe siempre de gris, llega atropellado, se impone asfixiante y estremece. Nada tiene que ver con el inicio del curso o el final del verano y de las vacaciones. En absoluto. Tiene que ver con la muerte y es así desde que tengo uso de razón. Quizá por eso esperé a este mes a leer a Delphine Horvilleur, en Vivir con nuestros muertos, para que aliviara este mal dormir y deseando que impusiera una luz distinta.

Mi abuela materna murió en el septiembre de mis seis años. Recuerdo que nadie supo explicarme dónde había ido. Recuerdo que me negaron ir al cementerio y me dejaron jugando a la comba con mi abuelo paterno, que nada quiso explicarme tampoco. Leo a Horvilleur sobre la torpeza en las palabras de los que se quedan, de los que deben dar pésame, de los que han de explicarles a los niños qué sucede. Ese fue mi primer contacto con un adiós irreversible, luego vendrían tantos y tantos otros. Tantos que se unieron a otras torpezas, a nuevas negativas de acompañar en el duelo, a momentos tremendos por no saber afrontar la despedida o entender el viaje. “Después de la muerte, cada uno de nosotros cae en la pregunta, y deja a los demás sin respuesta.

Mi tío también murió trágicamente un septiembre. Y Obi. Es un mes que nunca acostumbra a pintarse de rosa, que poco abriga, que poco mece, que poco relaja. Este está siendo complejo y leo a la rabina y, aún sin terminarlo, presiento que se une a mi visión de la muerte, que la fortalece, que asiente a mis planes. Hay que organizar también qué sucederá, facilitar a los que se quedan esa misión.

Ratera, verano 2022. 

Tras mi retahíla de despedidas y mis experiencias en tanatorios y cementerios desde muy joven forjé un plan, un pensamiento en un principio tan solo, para ese momento. Vivir con nuestros muertos me ha clavado en el suelo y me ha dado la razón. “Quizá necesitamos asegurarnos de que nuestra memoria permanece fiel a la complejidad de su existencia, que nunca se resume en el componente trágico de su interrupción. […] Lo que sea con tal de que en nuestro entierro se nos permita no ser reducidos a nuestras muertes y transmitir cuán vivos estuvimos en vida.

En muchos sepelios se confeccionan listas infinitas de las cosas que aquella persona ya no podrá hacer, ya no podrá vivir, ya no podrá sentir. He intentado luchar siempre contra eso, supongo que por la necesidad de memorizar las vivencias que sí tuvieron, los momentos compartidos. 

No explicaré ahora mis planes, pero sí os revelo la música que espero que suene (dadle al play arriba) y mi deseo por que pensaran en lo que sí he vivido, en lo que sí he sido o sentido. En cómo me gustaba el vermú o las aceitunas o las lentejas o el helado de turrón, tender la ropa al sol o dormir la siesta. En cómo Vic dejaba mis piernas hechas trizas y parecía constantemente que saliera del huerto. En cómo la lectura me hizo ser la mujer que era. En cómo me enamoraba día tras día del color del cielo. En cómo me sanaba poner los pies en el agua del Pirineo o cerrar los ojos ante el mar. Porque somos mucho más que nuestras muertes, porque suena el vals, porque un breve fragmento de la mañana puede poner la música y no reducirnos a lo trágico.

martes, 30 de agosto de 2022

Una nostalgia del agua

Bañarse con el cielo encapotado, con la lluvia amenazante. De repente te encuentras sola en la piscina. Algún cotilla mira de reojo desde arriba, pensando que va a atraparte el chaparrón. Sin atreverse, ocultando su deseo de nadar bajo el imperio de las nubes negras. Por unos minutos corres el riesgo. Por unos minutos logras el triunfo.

Este verano he leído mucho. En ocasiones la mala salud te obliga a esconderte en tu reducto y la literatura salva tanto como el agua. Con ella aprendes a dar nombres a las cosas que te ocurren, que piensas mientras nadas, cuando cierras los ojos sentada en el borde con los pies en remojo. Agustina Atrio en Tres formas de atravesar un río dice que “¿cómo influye la geografía en nuestra forma de nombrar? ¿Qué palabras se crean en ella? Palabras asfálticas. Palabras sin agua. Palabras encerradas en barrios a través de avenidas. Palabras de nostalgia, a veces también de hastío. Palabras que buscan correr, fluir. Entiendo, en ese momento, que la geografía en la que vivimos por un largo periodo configura, si no nuestro carácter, nuestra forma de sentir nostalgia. Se trata, en resumidas cuentas, de una nostalgia del agua.

Verano, 2022.

En ese paraíso líquido he sobrevivido, he controlado mi nostalgia y he aprendido a renombrar. Me calma soberanamente tumbarme sobre el agua. Hacer el muerto y solo escuchar el sonido mediante mis oídos sumergidos. Hacer el muerto. Dos niñas me han aleccionado y conmovido este verano. La primera dijo que ella hacía la muerta. Cierto, ¿cómo podía decir yo que hacía el muerto? Su definición y especificación sorprendieron mi costumbre, renombraron mi fascinación. La segunda dijo que ella hacía la estrella de mar. ¡Touché! Realmente no estamos muertas, solo flotamos. Y flotando como hacemos, tanto Gala, como Ona, como yo, estamos más vivas que nunca.

Este verano nostálgico, rescatado por el agua y por los triunfos bajo las nubes, ha conseguido conectarme con lecturas totalmente distintas entre ellas. Lecturas que han venido conmigo a mi refugio, que han bajado día a día bajo el sol ardiente o han recibido alguna que otra gota del cielo. Esta geografía en la que vivo ahora, la que abraza también los días oscuros, me ha hecho saber con esas palabras que corren, que fluyen, que igual que el riesgo no me acobarda al bañarme cuando viene la tormenta, los días aciagos tampoco podrán conmigo. Así, puedo adueñarme de esa nostalgia del agua que he creado para mí. Puedo manifestarla libremente al mundo, con todo el derecho y todo el miedo. Porque sé que la dirijo yo y que puedo salvarme. 

lunes, 2 de mayo de 2022

Encerrar la nube

Aquellas horas de niño están a salvo. […]
Madurar es esto: 
Escribir 
lo que no se entiende. 
Darle una forma que se deshará cuando el torno cese 
su cadencia circular, 
hundir los dedos en ese barro que intuye. Su torre, su 
ego, se vendrá abajo. 
Esta infancia es una pregunta dejada a medias, para 
todos los que alguna vez vimos la nube y no nos 
detuvimos a encerrarla en una forma. 
Estaba allí arriba. Estaba el viento. Estaba el sol. 
Aquello era una promesa más cierta.


Sitges, 1 de mayo de 2022.


Madurar. Escribir. Salvar al niño. Encerrar la nube. Agradezco siempre tropezar con lecturas donde el cielo habla. Aquellos autores que identifican en las nubes o en el color cambiante de allí arriba una conexión directa con lo que ocurre aquí abajo. En poemas como este de Fran Garcerá del recién publicado Rotura son recurrentes estas imágenes. La idea del entendimiento si hubiéramos retenido la forma de la nube en la memoria. Si hubiéramos hecho caso al momento para que estuviera ahora con nosotros. Pero crecer, madurar, también debe ser ir olvidando o cambiando el valor de las cosas. Dejar pasar la nube.

Ayer cumplí años y aunque sé que las horas de niña están salvadas (las buenas y las malas) también pesa el avanzar frenético de los días. Los colores del cielo siguen sorprendiéndonos y creemos que el rojo es porque grita, que el morado es la melancolía, que el azul es el radiante, pero todos repiten patrones ya aprendidos. Eso debe ser sumar, ya conocer el color de lo que acontece.

¿No es eso mismo una resignación? Pensar que ya no existe nada nuevo, que nada nos sorprenderá, que no seremos capaces de asombrarnos ante la novedad que pueda ofrecernos el mirar hacia arriba. Sí, a menudo nos rendimos. Apretamos las mandíbulas y nos dejamos llevar por la corriente de la rutina. Los hay que no alzan la mirada, que se pierden el espectáculo del ocaso y siguen como si no importara ese festival de luz. Que aprietan cada vez más sin detenerse ante aquello que pueda dejarlos boquiabiertos.

Hay que mantener, aunque las arrugas rodeen nuestros ojos, la sed de descubrimiento. Admirarse ante todo aquello extraño que nos rodea, aquello hermoso que dejamos circular sin encerrar en una forma inolvidable. A veces ocurre y debemos prestar atención. En Quebrada, la última novela de Mariana Travacio, leemos alguno de estos momentos en los que nos abraza la sorpresa. “Y así nos dormimos, esa noche, al lado del arroyo, y mientras me iba durmiendo me llegaba ese olor nuevo, con el aire. Nunca lo había sentido. Recién al día siguiente, cuando nos despertamos, le pregunté qué era ese olor. Me dijo que era el olor del rocío: olor a rocío, doña, a hierba mojada”.  Perseveremos, no hay que flaquear. Debemos oler y mirar sin medida y sin control. Atesorar los atardeceres, los rocíos, y hasta el cielo azul sin ni una nube. Nunca sabemos si en la vejez nos hará falta haber salvado al adulto que ahora somos.

lunes, 4 de abril de 2022

Otro día tendido

La primavera no llega. El tiempo se encabezona en llevar la contraria, como el destino, como la rutina, como las malas noticias. Regresa el frío para decirnos quién manda, para no dejarnos arrinconar los abrigos, ni lucir las pecas por el sol. Así también suceden los días. Sin poder agendar sonrisas ni momentos de calma. Y eso es tan claro, cierto y breve como que hay un trueno tras un rayo, que escribía Ferran Garcia en Guilleries.

Organizamos calendarios imponiendo encuentros, deseando que lleguen momentos pospuestos, esperando el sol para plantar el tomillo. Subimos la persiana cada mañana con la ilusión de que hayan florecido anémonas y tulipanes. Pero todo lo frena el frío y las malas noticias. No somos dueños de la primavera, no. Ni de las agendas, tampoco.

Otro día con el dolor del tiempo. / Otro día tendido, alzado a la sombra del / calendario, casi sin oírse.” Estos versos de Cleo Campuzano en Paz primaria, estos versos. Porque los días se suceden y acontecen sorpresas que nos obligan a romper los planes, a cambiar la sonrisa por el llanto. Días en los que todo lo previsto queda tendido. Y así el invierno, o quizá el destino, nos detiene y nos clava en el suelo, nos pone en nuestro lugar para aprender a parar máquinas y volver a empezar. Aceptar que sigue con nosotros el jersey de cuello alto y la posibilidad de la pérdida, inminente, cruel, demasiado temprana.

                                                                                                                Limonero, abril 2022.

Onetti escribía en Los adioses que “nada permanece ni se repite”. Deberemos repetirnos esta idea. Primero, para dejar de temblar ante lo malo. Segundo, para disfrutar de lo emocionante sabiendo que es irrepetible. Que ante el ahogo de las pérdidas recientes, de los desencantos, de los sustos, también pueden cumplirse los sueños. Sí, a la par, aunque parezca salvaje sonreír. Aunque nos cueste aceptar que podemos vibrar de felicidad entre tanta penumbra. Se puede. Ahí estaba Mariana Enríquez para confirmarlo, para enriquecer los tiempos grises, sin ella saberlo. Conocerla en persona fue un oasis que nos permitió saber que un día, sí o sí, llegará la primavera.

Mientras, aparece el viento a removernos el pelo y las inquietudes. A formar un runrún constante para hacer realidad aquello que versaba María Gainza en Un imperio por otro, y que “de las cosas tristes / siempre queda / un ruido de fondo.” Ese ruido que nos repite día y noche el padecer que intentamos sobrellevar. Ese ruido que molesta al sueño y nos deja exhaustos. Debemos esforzarnos y pensar que quizá ese viento (ruido) hasta seque la ropa y arrastre lo malo. Atesorar cada minuto el sueño que sí nos deja descansar. Recordar a Gaspar, en Nuestra parte de noche, cuando decía aquello de que “había dormido, era cierto, notaba el gusto a sueño en la boca.” Notémoslo y démonos el permiso a descansar. A eso también.

lunes, 28 de febrero de 2022

El territorio de la incertidumbre

Dicen que todo está en la genética. Y si no es en ella es en la herencia. Sea por una o por la otra, en ocasiones parece que nos caiga por ósmosis y seamos clones de la generación anterior. De unos años acá sonrío como mi madre, antes nunca había hecho esa mueca que nos hace tan parecidas. Lo curioso es que su sonrisa se debe a la disposición de sus dientes, debe sonreír así, pero yo no. Mi gesto ha cambiado, asimilándose al suyo pero teniendo mi propia y distinta dentadura. No tengo explicación ninguna.

Estos días terminaba Esta herida llena de peces de Lorena Salazar Masso y pensaba en cómo, tal vez sí, es posible que nos metamorfoseemos. “Las costumbres simples permanecen: nadar en el río, cocinar arroz con queso o trenzar a una vecina. Las trenzas unen a la dueña del pelo y a quien lo trenza en una complicidad íntima; la trenzada deja ver sus raíces, se arrodilla ante otra para que disponga de su fuerza y encanto. La trenzadora es responsable de crear caminos, ríos, salidas en el pelo de la otra, unirla a todas las mujeres que han sido trenzadas en la historia.” 

De niña odiaba que me tocaran el pelo, que mi madre me peinara, que me lavaran la cabeza en la peluquería. Para nada llegué nunca a pensar en esa unión entre trenzadora y trenzada. Si alguien me hubiera avisado, si alguien me hubiera dicho que esa era una conexión beneficiosa para mí… habría intentado pensar en aquel suplicio de otro modo. Pero no me avisaron. Con el tiempo, quizá al igual que mi sonrisa, eso ha ido cambiando. Ahora entiendo la proximidad que supone que alguien acaricie mi cabello. Ahora espero, y deseo, más minutos de ese masajeo en el lavacabezas antes de cortar o de teñir.

Cartoixa d'Escaladei, febrero 2022.

Mi madre ha repetido, desde que tengo uso de razón, aquello de “no he dormido nada en toda la noche”. Llegamos a pensar que era una vampira por llevar tanto sin cerrar un ojo. Al crecer entendimos que era una maldurmiente, como lo he acabado siendo yo. Otra herencia que sumar, si así puedo entenderlo o admitirlo. Llegó tarde, igual que entender las trenzas o la sonrisa calcada, pero llegó. Tras leer a David Jiménez Torres en el ensayo El mal dormir, me digo que debería entenderlo de otro modo. Afirma que “el insomnio tiene cierto grado de heredabilidad genética” y que una amiga suya comentaba, al descubrir que su padre también era maldurmiente como ella, “si en el fondo no estaré viviendo mi insomnio como algo hermoso; quiero decir, como parte de mi herencia.” Como si aceptar que las dos estemos desveladas sea algo delicioso y placentero. Como si el hecho de compartir el ir cansadas todo el día fuera algo que nos debiera unir. Como si la palabra herencia no pudiera ser tan solo algo bueno, sino también horas y horas de pensamientos a oscuras.

Es un post un poco disperso, podréis pensar. Pero en el fondo las tres ideas se unen en una sola. Escribía María Bastarós en el relato “Cena de mayores” de No era a esto a lo que veníamos que la “infancia es el territorio de la incertidumbre”. Supongo que a medida que una suma años se va dando cuenta del valor de las trenzas, del copiar una sonrisa o el heredar el mar dormir. O eso parece.

lunes, 7 de febrero de 2022

Lo más difícil de mundo

Brilla el sol pero hace frío. Hay que taparse las orejas para sentirlas sin punzadas. Suena a lo lejos, pero suena, ese fandango de Enrique Morente: “Lo más difícil del mundo”. Se nos queda: “por eso sufro y lloro como un niño”. Y nos da por cerrar fuerte los ojos, para que no lloren. Escribió Annie Ernaux que “Ninguna foto transmite la duración. Nos encierra en el instante. La canción es expansión en el pasado, la foto, finitud. La canción es el sentimiento feliz del tiempo, la foto su dimensión trágica. A menudo he pensado que se podría contar toda una vida solo con canciones y fotos.

Retengo esa guitarra y pienso en René Robert. Hace 10 días que no puedo evitar hacerlo. Día y noche se me aparece. Él, que se dedicó a fotografiar nuestro flamenco en vida, murió solo, sin música y arrojado al silencio 9h en el suelo. Tirado en una calle de París, sin socorrer, como si fuera la fotografía de un instante y no una muerte agónica y helada. Esa imagen vive conmigo desde el 27 de enero.

Cayó en mitad de la vía, ante la mirada atenta de tenderos, transeúntes, coches, ciclistas. Nadie lo auxilió. No se agacharon. No pararon. No preguntaron. Creían que era un sin techo, dicen. ¿Y? Siempre que veo a alguien durmiendo o estirado en la calle, me detengo a ver si respira, si está. No sé porqué razón, sin sentido, a menudo pienso que puede ocultarse mi padre tras los cartones. Y no es que sea un mendigo, sino que a veces lo más difícil del mundo son las relaciones paterno-filiales. Quizá por esa razón esta cabecita conviva con Robert y le venga a la mente la imagen de su figura tendida en el frío suelo parisino. Quizá por eso le ponga música.

París, 2010. Presagio.

Es salvaje pero también pienso en Sophie Calle. Ella que capturaba tantas escenas propias y ajenas. Que inmortalizaba estancias para estudiar quién podía haber pasado por allí. Hubiera retratado ese cuerpo inerte y nos habría sugerido tantas preguntas. Tantas respuestas. Un time lapse formado por cientos de instantes de esas 9h, por cada persona que pasó apartando la mirada, esquivando un cuerpo, desoyendo el auxilio, siguiendo su prisa. La lástima es que ni esa secuencia nos daría un golpe seco para hacernos reaccionar.

Leía a María Bastarós sobre los deseos incumplidos al soplar las velas en el cumpleaños y lo relacioné todo. Recordaba cómo de niña acumulaba deseos todo el año. Ante la tarta me preparaba a conciencia y los soltaba uno tras otro muy deprisa, concentrada a la vez en soplar con la máxima potencia. Creía fuertemente que dependía de mi capacidad pulmonar el cumplimento de mis deseos. Que estén bien, aunque separados, que no griten, pero que estén bien y tengan salud. Dudo de la veracidad de jugarse todas las cartas a un soplido. No sé si es cierto que dependiera de mí y de mis pulmones. 

Espero que la que soplaba velas y deseaba siempre lo mejor para Robert piense que todo eso de "soplar y cumplir" es una patraña. Piense que fue el azar, el destino, y tenga la tranquilidad de creer que sonó un fandango de caricia y arañazo, como los que fotografió el suizo en vida, y se enfrentó así acompañado a lo más difícil del mundo. 

lunes, 24 de enero de 2022

Vitaminas

 Mañana, ayer, ¿qué significan esas palabras? Solo existe el presente. En un momento dado, nieva. En otro, llueve. Luego hace sol, viento. Todo eso es ahora. No ha sido, no será. Es. Siempre. Todo a la vez. Ya que las cosas viven en mí y no en el tiempo. Y en mí, todo es presente.

Sentenciaba estas líneas Agota Kristof en su Ayer, las pienso ahora. Admiro ese presente que contiene todos los tiempos a la vez. “Es. Siempre.”

Me gusta tender la ropa fuera, aunque haga frío. Comprobar que ese sol de invierno calienta, lucha ante la adversidad del bajo cero, y seca las prendas. Cierro los ojos para recibir el disparo de los rayos. Me calientan y me vitaminan. Justo ayer leía el tweet de Eva Piquer, “La vida té un rerefons trist i d’això no ens n’escapem. Però també hi ha el sol d’hivern.” Y sí, la tristeza está, pero tendemos la ropa fuera. Me gusta recordar la luz andaluza impactando en las naranjas de Mollina. Fotografiarlas como si fueran pájaros en extinción, frutos sagrados, imposibles de ver lejos de allí. Darle importancia a esa hora del día, porque la sensación es más dulce, porque estoy ahí para verlo.

Mollina, diciembre de 2021.

Sally Rooney escribe que la belleza es arbitraria pero que una vez das con ella aporta, indiscutiblemente, placer a tu vida. Será eso. Saber encontrarla. “¿O eran ajenas en ese instante, o algo más que ajenas: eran de algún modo invulnerables, insensibles a la vulgaridad y la feúra, porque estaban atisbando algo más profundo, algo camuflado bajo la superficie de la vida, no irrealidad, sino una realidad oculta: la presencia en todo momento, en todo lugar, de un mundo bello?” Ser conscientes de todo lo hermoso que nos acompaña, de lo que en un momento concreto nos sirve y nos engrandece. Tener la capacidad de mirar debajo, de mirar minuciosamente, de mirar sin miedo. Dar valor a todo aquello que alejará la tristeza y será un poquito como el sol de invierno.

Atesorar el zumo recién hecho de la mañana, el olor de los berberechos en el vermut, la temperatura del parqué a mediodía. Atender a los sonidos que nos rodean. Grabarlos. “¿Cuál sería la banda sonora / de ese álbum de los recuerdos? […] ¿La pérdida tiene sonido? […] ¿Qué sonido nos determina? / ¿Todo esto tiene fin? / ¿El sonido acompasa? / ¿O nos parte en dos?Hasier Larretxea me acompañaba estos días con su Otro cielo y me exigía atención a los sonidos.

Al maullido de Vic si tiene hambre, a la canción de la lavadora una vez terminado el programa, al pitido del termómetro cuando tiene noticias. Valorar cada mensaje como si fuera una receta. Aquel que aún te recuerda a la hora de la cena. Anotar las miradas bonitas, aunque tan solo las imagines. Hacer lista de los besos y abrazos que necesitas una vez desconfinada. Porque todo eso reconstruye el mundo bello que la tristeza malmete. Fortalece exprimir cada momento para que la vitamina se quede aquí. El mundo bello existe y está en el zumo y en el sol de invierno. Es. Siempre.

Confinamiento, enero de 2022.

lunes, 27 de diciembre de 2021

En busca del conejo

Nunca te fíes del artista. Fíate de la narración. La auténtica función del crítico es salvar la narración del artista que la creó.” D.H.Lawrence.

La mecenas Mabel Dogde Luhan y su pareja, Elsie Clews Parsons, acogieron largas temporadas a artistas diversos en la segunda casa de su propiedad en Laos. Entre ellos estuvo el escritor D.H. Lawrence. La relación que mantuvieron fue tan increíblemente incómoda e inesperada que Dogde la dejó plasmada en su obra Lorenzo en Taos.

Rachel Cusk conocía la historia y el libro y quiso rendir homenaje al espíritu de esta mujer en su Segunda casa. Dodge, mujer libre, revolucionaria, inquieta; hubiera leído el libro de pie de pura emoción. Esta publicación de Libros del Asteroide te deja asombrada, despellejada, atónita ante su inteligencia. Eso, sí.

Despellejada como los conejos. Desplumada como los pollos de L. Recuerdo de niña la de veces que había cruzado el rellano porque nuestra vecina, Araceli, nos tenía listo el conejo de la semana. No logro hacer memoria de si le llegaba vivo o no a su casa. Solo sé que me enviaban a mí a recoger una bolsa de plástico transparente con un conejito envuelto en sangre dentro. Lo aceptaba a modo de regalo y lo llevaba a nuestra cocina. Lo comeríamos en breve. Fue ahí, creo, donde la muerte empezó a manifestarse con su normalidad, con su agradecimiento, con su salvaje acompañamiento y gratitud entre vecinos.

Sitges, octubre 2021.

Leer a Cusk me ha devuelto ese instante. Sin olvidar que “llega un momento en la vida en que comprendes que ya no es interesante que el tiempo avance hacia delante; mejor dicho, que su manera de avanzar hacia delante ha sido el pilar central de la ilusión de la vida, y que mientras esperabas a ver qué pasaba a continuación te iba robando poco a poco todo lo que tenías.” Porque vamos constantemente adelante y atrás, reviviendo y esperando lo que vendrá. Recordamos y proyectamos sin cesar. Y como a L, como a todos, nos condicionan los momentos vividos en el pasado. Nos hacen ser quienes somos. Sea por los pollos o por los conejos.

Preguntas y más preguntas a las que sus respuestas nos dejan heladas y acurrucadas. La relación de pareja, la necesidad de esa “segunda casa” para tener una conciencia propia y un divertimento de propiedad no compartida. El duelo que genera el cambio de conexión entre madres e hijas, padres e hijas, amigas, amantes, artistas. La mutación en la manera de tratarse también genera un proceso de dolor, hay que aprender a vivir con “los nuevos”. La feminidad, la aceptación, el mirarse al espejo y desearse una misma porque no hay nadie mejor. La invención de la necesidad. La creación de los mundos paralelos útiles y extraños a la par que vitales para mantener la cordura. ¿Somos libres para todo eso? ¿Decidimos verdaderamente? “¿Por qué vivimos tan dolorosamente en nuestras ficciones? ¿Por qué sufrimos tanto por cosas que nosotros mismos nos hemos inventado? […] He querido ser libre toda mi vida y no he sido capaz de liberar ni el dedo meñique del pie.” Ni el dedo meñique del pie.

Cusk nos cuenta cómo el arte puede ser decisivo en un momento clave. Cómo puede abrir las heridas, dejarnos a la intemperie, desnudarnos ante el resto. Convertirse en el clic que nos hace falta para seguir en busca del pilar central de la ilusión de la vida. Por eso la protagonista invita a L a la segunda casa en la marisma, para que el arte ayude a desmontarlo todo. Aunque asuste. Y es que "a veces hay que asustarse para no verse arrastrado a la entropía." Asustarse para ordenarlo todo, igual que cruzábamos el rellano en busca del conejo.

Sitges, octubre 2021.



lunes, 13 de diciembre de 2021

Palabras encadenadas

Jugábamos a las palabras encadenadas en clase. Tocaba la N. Elegí: numismática. El profesor me dijo que eso era un invento mío. Me eliminó del juego. Rechisté, pero la ronda continuó. Yo sabía que no mentía. Lo sabía puesto que, de camino al mayor supermercado de la ciudad, cuando paseábamos con mi madre, siempre me fijaba en un balcón con ese título. Allí había un centro de ávidos numismáticos. ¡Claro que existían! Supe ahí que me costaría constantemente defender mi voz ante el que cree que lo sabe todo, que debería imponerme todo el tiempo con la máxima luz posible. Ya lo escribió Annie Ernaux en Perderse, “la pasión colma la existencia, a punto de explotar”. Todo exigiría la explosión. Sin pasión no conseguiría nunca nada.

La importancia de la palabra. Las sílabas concretas que el receptor capturará para no olvidar. Aquellas consonantes que sonarán en nuestra cabeza con el tiempo, que nos traerán de nuevo a las personas, los sentimientos, las angustias. Tan solo un vocablo será capaz de activar nuestra memoria. Lola Mascarell, en Nosotras ya no estaremos, dice que “escribir es una forma de conjurar los miedos. […] que es en la fertilidad del tiempo vacío donde surgen las grandes ideas.” Cuando creemos que no puede pasar nada, cuando pensamos que corre la normalidad, cuando no imaginamos que aquello sea tan estremecedor en un futuro. Es entonces cuando podemos, y debemos, escribir para conjurar ese miedo. Escribir para confabularnos con el remedio.

Andorra, octubre 2021.

Todo esto viene por Luis. Viene por Luis, por Almudena. Porque, aunque a veces parezca que no se tiene qué decir, surge. Porque la enfermedad avisa, sí, pero duele inmensamente igual que la sorpresa. Porque nunca se está preparada para la muerte. Escribí a Luis porque el duelo de verdad era el suyo. Y la amistad es dejar a un lado la cobardía y sacar del cajón el abrigo, el amparo, el abrazo más ancho que una tiene. Almudena ya no está, no estará más y entre todas las palabras de la respuesta de Luis anoté “abismo”. Entre todas ellas, bonitas y cariñosas, anoté “abismo”. Cada expresión tiene su momento. Él lo sabe mejor que nadie.

… cuando la piel se apague, / cuando el amor se abrace con la muerte / y se pongan más serias nuestras fotografías, / sobre el acantilado del recuerdo, / después que mi memoria se convierta en arena, / por detrás de la última mentira, / yo seguiré esperando.

Ante el abismo recuperé su espera, el acantilado del recuerdo. Aquellos días en los que solo pensaba en cuándo llegaría la muerte. Solo era un pensamiento. Y me reafirmaba en los versos de María Sotomayor en Fiera, “Debe ser que al final / todas la palabras significan lo que una quiera vivirlas.” El abismo será solo una palabra y se llenará, Luis.

lunes, 20 de septiembre de 2021

La circularidad del mundo

Verónica Gerber Bicecci escribe que el amor siempre nos demuestra la circularidad del mundo. Pienso que el dolor también. Las relaciones con los demás por supuesto. Las últimas semanas tres series y un libro me han llevado al mismo pensamiento, una tras otra. A cómo por más idílico que sea el momento, o la conexión, todo puede desmoronarse por dentro.

The White Lotus, Cruel Summer o Nine perfect strangers son series sobre las relaciones humanas. Personas a las que aparentemente nada les falta y sufren y sufren y no dejan de sufrir. Porque aparentamos y lucimos la sonrisa. Porque nos dejamos llevar por la inercia de lo que se espera de nosotras. Porque somos cobardes y respondemos a las voces que nos exigen. Como si mirar atrás, o alrededor, para darnos cuenta de que la sonrisa es falsa y la apariencia también, fuera pecado.

Por eso aunque estemos en hoteles de lujo, en casas recién estrenadas, en puestos de trabajo envidiables, podemos rompernos por dentro. Estar hechas añicos no es incompatible con triunfar o avanzar, pues dejamos ir al zombi que vive con nosotras y a ese no hay nada que le tape los ojos. ¿Será que en realidad la gente se relaciona con ese doble nuestro? ¿Nadie se da cuenta?

En Dónde estás, mundo bello, Sally Rooney nos plantea esos círculos salvajemente. Y así es como una va dando vueltas al círculo de Gerber con Rooney, y no deja de interrogarse por lo que la acompaña. Desgrana en casi cuatrocientas páginas la dificultad de las relaciones, lo ficticio que hay en ellas, la realidad que las lidera.

Pensemos si trataríamos igual a nuestra madre, hermana, amante, si no ostentaran ese cargo, por ejemplo. Si a esas figuras nos uniera otra relación, ¿cederíamos igual a sus delirios? Pensemos si dejaríamos que dispensaran las mil disculpas que acostumbran, si no fueran en realidad los que nos hacen temblar el corazón, ¿dejaríamos entonces que nos ningunearan? Pensemos en tod@s aquell@s que tenemos a nuestro lado, si no fueran los nuestros. Si los miráramos desde afuera, ¿permitiríamos todo? Sean padres, amantes, amigas, vecinos, compañeras de trabajo, hermanos. Los vínculos establecen, fijan, idealizan, maneras de tratar ya dibujadas. Ahí es donde actúan los zombis, la inercia y la sonrisa falsa.

Esos lazos a veces tienen los nudos demasiado fuertes. Nos ahogan y la rutina se convierte en un círculo mucho más complicado. Y así: “Odiamos tanto más a la gente por cometer errores de lo que la amamos por obrar bien, que la manera más fácil de vivir es no hacer nada, no decir nada, no amar a nadie.” Dejarse llevar y no pensar en nada. Atender al mundo bello aunque estemos rotas.  

Silueta entre limonero y tomateras. Verano 2021.


miércoles, 15 de septiembre de 2021

Aquell glop de mort

Cada 15 de septiembre regreso a la misma portada de periódico. "Muere sepultado un operario en una finca. Una retroexcavadora le causa la muerte en intentar rescatarle." Muere sepultado. Ese golpetazo cada día 15 me recuerda que no estás. Que se te tragó la tierra. El intento de rescate destruyó tu cuerpo en mil pedazos. Irreconstruible. Bendicho dice que eso es la muerte. “Només un forat que se t’emporta”. Cumpliste a la perfección con la cita.

Se cumplen 7 años sin ti y no hay momento en que no estés. En pocas semanas hubieras cumplido los 68. He leído Terres mortes y has vuelto. La herencia siempre vuelve. El resquemor, la venganza, la lucha por no ser como los ancestros a los que no queremos emular. La obsesión por no ser copias del mismo apellido defectuoso. El miedo a enterrar porque es empezar a olvidar. Quizá a ti sea imposible olvidarte porque no te vimos irte. Porque se te llevó la tierra, nada más.

Ordesa, 2018.

Siempre tan prudente, tan respetuoso, tan de puntillas. Dejándote hacer y deshacer, herida arriba, herida abajo. Unos versos de Sharon Olds a menudo me recuerdan a ti y me hacen espabilar un poco y querer alzar la voz un grado más. “Tal vez su miedo no sea a morir, no sea a la muerte, sino al grito / que toda la vida guardó dentro de sí”. Había tanto ruido en tu interior. Tanto, tanto. Lo sabemos aquellos a los que confiabas las lágrimas. Aquellos a los que nos tenías ratos eternos al teléfono. Tan lejano todo ahora. La voz que sonaba tras el auricular era la tuya. Si hubieras gritado para el mundo… Si el mundo te hubiera escuchado como yo.

No sé si gritaste allí abajo. No sé si el último sorbo fue de rabia por todo lo que te dejaste sin decir o si fue, como escribe Bendicho, un glop de mort. Qué expresión más sobrecogedora. "Aquell glop de mort era la mare". Tan acostumbrados a chillar para adentro, a no molestar. Nunca pregunté si gritaste. No sé si quiero saberlo tampoco.

Cuando te pienso o te escribo no existe ocasión sin lágrimas. Me consuela Bendicho diciendo que “les persones dolentes no ploren. Només ploren les persones que pateixen molt”. A menudo nos exigen llorar a oscuras, escondidas, silenciosas sin sollozos. Y debemos reivindicar el llorar si algo nos duele, si algo nos hiere, si algo nos sepulta. “Les que caminen amb el cor trencat no serveixen per a res. Només una dona que ha sortit d’una casa on no hi ha hagut mai cor será forta, perquè quan no tens cor no se’t pot trencar res”. Será por eso que llorabas, tío, que lloramos, porque el corazón era grande y se rompía. Por esa razón de poco servimos porque caminamos con el corazón constantemente roto.

lunes, 6 de septiembre de 2021

Un sueño de perezas alcanzadas

Nuevos caminos, verano 2021


Qué se deben creer. Si yo hablara de verdad… Les diría lo que pienso y lo que siento. Claro que sí. Tú también lo harías si no tuvieras miedo. Quizá si no nos hubieran educado en la prudencia y en el ir de puntillas, todas seríamos valientes para afirmar que sí estamos bronceadas, que hemos engordado o que tenemos manchas en la cara. ¿Y qué? Que la familia a veces pesa. Que uno es insufrible y la otra perdió el norte. Defenderíamos la propiedad y gritaríamos a los cuatro vientos que deseamos lo que no es nuestro. Sí, incluso queremos eso. Lo que otra defiende. ¿Y qué? Me recuerda a las instrucciones de Leila Guerriero en Teoría de la gravedad. Declarar una cosa y pensar otra. Así somos, así vamos. Sin alzar la voz y con mentiras.

Regresamos a la rutina como si nada ocurriera. Como si no nos afectara lo más mínimo abandonar la piscina y dejar de leer o de dormir. Como si no importara que las tardes ahora sean para arreglar la casa y que no se derrumbe. Paola Masino ha sido la que nos ha enseñado este verano a nacer y a morir como amas de casa. Al igual que Guerriero, pero con la voz aún más firme, aparece y desaparece su convicción de ser el ángel del hogar pero a la vez el demonio (atrevido) que abandona la morada para ser ella misma. Ella. Lejos del mundanal ruido, del polvo, de la escoba y de la cocina. Del marido y del amante. Fantasía pura el no saber si era una o la otra la que hablaba. “Incluso se prohíbe a sí misma decirse: “Yo respiro, yo sueño, yo maduro”. Días desiertos y estancados, por tanto, los de una esposa.” Porque respirar, soñar, madurar, hasta vivir, está condicionado. ¿O leemos las entrelíneas de Guerriero? ¿O nos escapamos igual que el ama de casa?

Nos arrastran los hábitos, de acción y de palabra. Responde nuestra yo más superficial, la otra habla para adentro diciendo lo contrario. Seguimos empujadas por la voz que nos dice lo que “debemos” hacer y decir. Por eso me sedujo el verso de Ángela Figuera Aymerich, “un sueño de perezas alcanzadas”. Porque no sabemos a ciencia cierta si somos una o la otra, si al ser la otra también existiría la anterior. Y dicho bucle nos ofrece ese espejismo inalcanzable. No sé si todo será un sueño pero agota.

Los días siguen su ritmo, violento, y no se detienen. Y así pasamos de una lectura a otra y llegamos a Terres mortes de Núria Bendicho. Igualmente nos habla de los sueños y del llorar y de las mujeres que lloran pero que no deben llorar. “Els plors són d’aigua i en l’aigua és on moren les dones perdudes. En la profunditat de l’aigua la dona s’observa a si mateixa perduda en si mateixa. En els remolins de l’aigua s’enfonsen les tristors femenines, els somnis que no seran mai” Todo nos regresa al centro de nuestras dos yoes. A la profundidad del agua. A los sueños que no serán nunca.

lunes, 23 de agosto de 2021

Algo de fin del mundo en el cielo

Estallan tuberías, se rompen cisternas, se pone una enferma, atacan mil y una tareas como mosquitos acechantes, no cesa la compra en el súper, amistades que fallan, sobrevienen la tristeza y el agobio y hay personas que fallecen. Incluso en verano pasan esas cosas. También se muere. Aunque parezca imposible. Aunque nada pudiera hacernos regresar a la realidad desde las reservas de Booking en la playa que sea. Aunque resulte increíble, la muerte también hace las maletas.

Es el segundo agosto con Mariana Enríquez. Repetiré el que viene, convencida estoy. Me acompaña y sitúa los sueños sobre el asfalto. Fija los pies. Ha sido realmente sobrecogedor leer Alguien camina sobre tu tumba este verano. Viajar con ella y recorrer junto a Mireia cada km. Reconocer escenarios y estremecerse por descubrir otros en un futuro. Escuchar la BSO del libro, porque la argentina es todo un recopilatorio de conciertos.

Cada país es un gran cementerio y en casi todos, de una u otra manera, todo se echa a perder, tarde o temprano. En diferentes momentos, en idas y vueltas. Pero estamos acá para morir y, ¡si tenemos suerte!, para que los vivos nos entierren.” Quedan los vivos para enterrarnos, para recordarnos y guardar nuestras pertenencias. Quedan los vivos. Son más los muertos que los vivos, ¿lo habíais pensado? Caminamos sobre restos, ¡sobre qué, si no! No me perturba la idea, ni me inquieta, ni sorprende. Conocí la muerte con 6 años y desde entonces cargo 17 muertos cercanos a la espalda. Mochila llena de despedidas. Anunciadas, trágicas, dolorosas, imprevisibles. 17.


Entro en los cementerios sigilosa, con la prudencia de no despertar a nadie, con el respeto de entrar en casa ajena. Aun estando los míos. He procurado visitarlos allá donde voy y son esos momentos de silencio en los que floto de verdad en las historias de cada lugar. Como Enríquez. Caminar entre lápidas, reseguir los personajes ilustres enterrados, honrar a sus fantasmas, resucitar sus peripecias como vivos o como muertos, flotar para no malmeter nada sagrado.

Parece contradictorio vacacionar y visitar cementerios, pero ya he empezado diciendo que la gente también desaparece en verano. Vivido está, porque la muerte también se vive. Como las plantas pueden estar verdes y secas a la vez, llenas de pulgón o mosca blanca y florecidas. Contrariedades las que nos rodean y nos hacen recuperar el sentido de los días. Nos obligan a parar y mirar al cielo para respirar hondo, resituarnos y volver a empezar. “Siempre hay algo de fin del mundo en el cielo y en el viento implacable, siempre hay algo de polvo del desierto en el frío que corta la piel”. Por eso cuando alzamos la vista para tomar impulso también hay algo de fin del mundo y de inexplicable en ese azul.     

Cementerio de Valladolid, julio 2019

lunes, 9 de agosto de 2021

El poder del mar

Leer, hundir los pies en la arena y cargar tesoros de conchas y piedras preciosas. Quizá antes eran botellas de cerveza lanzadas al mar. Reconvertimos, revaloramos, miramos con ojos distintos. Pasear con restos de sal en la piel y en los labios, agarrando el sombrero de paja porque vuela. Recuerdas que una vez más olvidaste coserle la cuerda que lo sujeta. Tropezarse con frases de Laura Ferrero, “se deja de existir en el preciso instante en que se finge la felicidad”. Dejar caer las lágrimas que rememoran lo que duele, lo recién perdido, lo añorado. Porque no debe fingirse aunque la brisa marina te despeine y te susurre “afortunada, afortunada…”. Y entonces regresa a ti Lighea, la sirena de Lampedusa, por el susurro y la locura, y quieres releerlo en el momento. Comerse una paella con vistas a la playa aguantando el punto de oleaje que te produce el vino blanco. Retenerlo en la boca, saborearlo. Saber que te va a hacer flotar y así dejarás de llorar. Colgar stories y selfies y fotos pensadas a conciencia, porque eres tú y te da la gana hacerlo. Escuchar audios de amigos queridos que te querrían en Logroño. Tú miras el horizonte rebosante de barcas y los piensas, al poeta y la lectora. Pensamientos silenciosos, no se lo digas, lo sabrán aunque no lo escribas. Enviar un mensaje a alguien que echas de menos, para que sepa que sigues ahí, sin importar el desánimo que marca tus ojeras. Almudena Sánchez decía en Fármaco que “la tristeza va contra el protocolo y contra el mundo. La tristeza es una revolución y altera a los felices. La tristeza son gestos mundanos: un párpado hinchado.” Es un mensaje importante si te confiesas gris aunque brille el sol. Es un mensaje valioso si al otro lado no le estorba tu melancolía. De ahí llegas a Mariana Enríquez porque haces tuyas sus palabras. “Entiendo perfectamente los privilegios de mi vida y la frivolidad de mi melancolía; me permito la amargura por todo lo que no es importante, porque también se lo merece y no puedo evitarlo, ni siquiera una mañana de primavera en Highgate.” No estás en Highgate sino en la Costa Brava. Igualmente te permites la melancolía de esos pequeños instantes con el pelo mojado. Porque sí. Porque tú quieres. Porque tienes derecho al abatimiento le pese a quien le pese. Tarareas canciones con los escarpines llenos de arena, con una media sonrisa y la toalla enrollada abrazando tu humedad. Esos microsegundos de felicidad son los que aprovechas para capturar imágenes. Este texto sin pausas, con pensamientos arrojados de dicha y de llanto, me define. Debe ser el poder del mar que cantaba Facto Delafé y las Flores Azules. El poder del mar. Hoy gano, tú ganas, ganamos los dos. Hoy gano, tú ganas. Esto no se para. Esto no se para. Esto no se para. Esto no se para. Aunque una esté triste o no lo esté. 

Calella de Palafrugell, Agosto 2021.


(Dadle al play a Delafé_enlace en el texto)

lunes, 12 de julio de 2021

Sigo siendo yo

Dicen que soy sugestiva, que somatizo, que acumulo tensión y mi cuerpo me obliga a frenar. Dicen. Siempre nos ponen adjetivos gratis. Nos definen sin pararse a pensar en las consecuencias. ¿Recibirán ellos también su dosis de calificativos? Con la misma ligereza, con la misma crueldad con la que ellos sueltan el veneno. A menudo lo pienso.

Dejé de escribir hace seis meses porque me noquearon. Qué floja, pensaréis, dándome de nuevo otra definición. Me dispararon a traición, por la espalda, y me ha costado reaccionar.  Quizá estas palabras reafirmen las que a mí me regalaron. Si queréis que os diga la verdad, tanto me da.

He vivido mucho en este tiempo. Miradas dulces, amigas nuevas, la comprobación de que l@s de verdad siguen ahí. Es@s atienden, curan, escuchan y parlotean para que sea más fácil insonorizar lo que rebota en esta cabecita. Junto al desmantelar una casa para montar otra, han habido viajes, conciertos, abrazos y andamios para sujetar lo que caía. Andamios firmes con nombres y apellidos que han hecho que no olvidara todo lo que soy.



Me han acompañado lecturas diversas e intensas. Lecturas de las que no puedo hacer acopio de frases, como es mi costumbre, porque no sé si andarán en la caja 22 o en la 17. Lecturas que han saciado mi autoestima y mi sonrisa. Todas ellas hubieran merecido sus posts particulares, mis pensamientos en aquel momento que ya están difusos. Ahora se mezclan con tantas otras que las han sucedido y se han sumado a ellas.

Leí lo nuevo de Edurne Portela, Laura Ferrero o Ben Clark. Yendo de la desgarradora memoria histórica a la hiriente sinceridad o la sorpresa de los íntimos versos del Círculos negros. Aluciné de nuevo con la capacidad de Verónica Gerber Bicecci para desmontar las palabras y decirnos que pueden sonar o leerse fuera del papel. Descubrí a Jean Rhys en ese Ancho mar de los Sargazos brindándome momentos irrepetibles. Hasta llegar a Ana Llurba y reinventar los cuentos clásicos a la vez que anotaba títulos y títulos y autoras y más, todas pendientes. Son solo una muestra de las páginas que he ido pasando, de las que he ido aprendiendo y sanando mis heridas. Cicatrices ya.

Siempre acabo en Leila Guerriero y reconozco que los libros nos salvan. Ocupan minutos donde lo otro no duele. Recrean historias paralelas a las nuestras y nos dan las respuestas que no somos capaces de articular. Nos ofrecen caminos por recorrer y aprendizajes lejos del mundanal ruido. Conseguimos con ellos acercarnos un poquito al origen del ronroneo en el estómago. Nos acercan a aquellos con los que los compartimos, desgranamos, estrujamos y los hacen un poquito más nuestros, a los libros y a ell@s. Por eso creo que me he salvado.

Por eso y por haber superado un curso colosal, por haber aprobado una nueva oposición en plena pandemia, por resistir diez meses sin mi hermano, por mantener la ilusión de dos clubs de lectura, por disfrutar de mis alumnas como si fueran las últimas, por no caer del todo y saber que sigo siendo yo por muchos adjetivos que me pongan. Y sí, me justifico porque me hace falta, porque subir de nuevo la bastida no es sencillo, pero sigo siendo yo por muchos adjetivos que me pongan.

lunes, 15 de febrero de 2021

El martirio dignifica

¿Qué será de nosotras tras esto? ¿Quién nos devolverá a las que éramos y a todas las que estamos perdiendo en el camino? Una madre disfrazada de señora extraña, amigas que se alejan diciendo que ya nada nos une. Otras que soportan demasiada tristeza, que viven cargadas de miedo. Que arrastran las pestañas, que aprietan los dientes, que están solas en sus hogares esperando la salvación en un bote de 5mm.

Escribió Annie Ernaux: “Quizá agotar este dolor, cansarlo contando, describiendo.” Lo intento, Annie, pero no me sale. No me sale confesar que todo duele, que me abruma el porvenir, que este bonus track de soledad me está dejando sin mandíbula. Y sí, escribo victimista y lastimera. Posiblemente en nombre de todas las que no escriben y no fatigan este desconsuelo. Si les ayudo a agotar el suyo, puede que regresen.

Todo aturde y todo se magnifica. Cualquier traspié es una bomba de relojería directa a la ansiedad. Nada calma ni protege. Estamos a la intemperie y sentimos que caen sobre nosotras la primera plaga, la tercera, la séptima… hasta la décima. El granizo de fuego, las langostas y la oscuridad. No somos capaces de pararlas. Se suceden una tras otra. Que no nos engañen los minutos de tregua. Solo son unos minutos.

Ante esa imagen recuerdo unos versos de Pilar Adón en Da dolor. Curiosas las asociaciones de la mente. “La expresión del tormento / que veneran los cristianos. El martirio dignifica: / solo quien sufre vive y cultiva un corazón / romántico.” Solo quien sufre vive y cultiva un corazón romántico. El romanticismo por la intensidad, por la pasión al sufrimiento. El martirio dignifica. A menudo me digo que sin golpes también se aprende. ¿O tal vez no?

Lleida, atardecer de Febrero, 2021.

Tenemos suerte de refugiarnos en la literatura, de reconocernos en otras historias que nos ayudan a seguir. Identificar en lo cotidiano aquello que consiga salvarnos. Intentar convertir en metáfora aquello que ocurre, buscando su motivo y su misión. Hace unos meses Andrea tradujo del ruso un verso sobre un cielo rojo. Afirmó que era ese su color por el desgarro, por el pánico, por la guerra que lo teñía de sangre. Cielo de sangre. Puede que representara tan solo un símil, pero era la pintura que gritaban las alturas. Por eso deben ser así los cielos que nos cobijan estos tiempos, que los vemos más rojos quizá de lo que son. Porque están repletos del temor que llena nuestros días. Igual que en el poema.

Regresan entonces las palabras de Clara Obligadoque el dolor multiplica la vida, que la literatura sortea el horror”, a la par de las de Adón. El dolor que multiplica la vida. Que el cielo carga con toda la pena y que los libros nos ayudan a alejar la tempestad. A limpiar el cielo, a alejar el rojo y tintarlo de azul. ¿Será eso describir y agotar el dolor, Ernaux?¿Pintar?

lunes, 8 de febrero de 2021

Diario de confinamiento

#día451 #diariodeconfinamiento

Hoy ha hecho viento. He creído por un momento que, igual que Dorothy, iba a salir volando. Un aire agresivo. Tal cual el malo de la película que se hubiera despertado con ojos de furia y ganas de arrancarlo todo del suelo.

He pensado, como si la palabra misma me hubiera llevado a esas páginas, en la conferencia del cante jondo de García Lorca. ¡Qué cosas! Copio: “El viento es personaje que sale en los últimos momentos sentimentales, aparece como un gigante preocupado de derribar estrellas y disparar nebulosas, pero en ningún poema popular he visto que hable y consuele como en los nuestros.” Si Federico decía que el viento consuela, creeré que realmente ha venido para llevarse lo horrible de este lunes.

Termino el día con la canción “El mundo” de Love of lesbian sonando en mi móvil antes de apagar la luz. También habla del viento. Y del mundo, de lo absurdo y de saudade. Si en medio estamos tú y yo, dice…




#día456 #diariodeconfinamiento

Sábado remolón. Desde que me dijiste que el sexto día no tenía reloj, no miro ni la hora en que pongo el plato a la mesa. Me gusta despertar y estar en silencio en la cama. Sin moverme ni un milímetro. No saber si hay niebla o luce el sol.

Desde que se inició la pandemia las semanas me dejan exhausta. Más mental que física, mi cuerpo no reacciona. Quizá por eso me convenzo de los no-horarios los fines de semana. Por eso decidí no hacer la cama los festivos. Sería una buena idea, igual que hizo Annie Ernaux, fotografiar la cama todos esos días.

Recupero un fragmento de El uso de la foto: “Para una mujer, no hacer la cama en todo el día era considerado por el vecindario como la prueba misma de la dejadez, el indicio que no engaña de su incapacidad para llevar una casa y que la despreciaba a ojos de todos: atreverse a exhibir sin vergüenza las sábanas abiertas, arrugadas, con las manchas y las huellas de los cuerpos. Había que, a falta de sacudir vigorosamente por la ventana sábanas y mantas, ESTIRAR la cama, es decir, ocultarla.

Ocultar las huellas, los restos, los secretos. El recuerdo del porqué de cada pliegue que permanece cuando los cuerpos se mueven. Estirar bien la ropa para que no perdure la sombra de los abrazos. ¡Con lo que necesitamos esos abrazos ahora! La dejaría deshecha para siempre…



#día460 #diariodeconfinamiento

He visto en la televisión una noticia sobre el antiguo aeropuerto de Berlín. Recuerdo lo que me costó encontrarlo, pero la necesidad de verlo me urgía. Comprobar que era cierto que los berlineses disfrutaban ociosos allí. Viajar con la ofuscación (obsesión) de visitar un lugar sí o sí, aunque nadie más lo crea importante ni vital.

He vuelto a releer el Diario pinchado de Mercedes Halfon. No hace mucho que lo leí, escasas semanas. Pero he querido regresar a Berlín. Con su lectura paseé por sus calles unos días. Me sobrevolaba el olor de los desayunos. ¡Cómo vuelven los olores de los viajes!

Me paro en este párrafo de Halfon: “Estoy sola, como cuando aterricé en Berlín. Pienso en vos, como siempre. Como esas personas a las que amputan un brazo y lo siguen sintiendo.” Yo también dije esa frase hace muchos años. Es curioso que a veces percibimos el palpitar de aquello amputado. Incluso echamos de menos momentos que no hemos vivido. Mutilamos ilusiones y sueños. Ahora que lo pienso, nunca encontré el Tempelhofer Park. ¿Lo hubiéramos encontrado de haber ido juntos?


lunes, 1 de febrero de 2021

Enero en los páramos

Enero ha sido un ir y venir de la Granja de los Tordos a Cumbres Borrascosas. Más que la cuesta de enero ha sido un Everest, oscuro y lastimero. Mientras leía las desventuras de Cathy y Heathcliff, parecía que arrastraba el libro camino a la casa lúgubre. Sentía el cielo rojo caer sobre mi cabeza y estiraba los brazos para ver si así llegaba con la punta de los dedos. Dijeron que el año nuevo sería distinto y ha ido acorde a la intensidad de Brontë. A mi intensidad, tal vez.

He recorrido los páramos atenta a sus sentencias y a sus sueños. Me repetía la idea de felicidad celestial de Cathy. Parecía tan sencillo solo ansiar esa imagen. “… mecerse en un árbol verde y lleno de susurros, con el viento del oeste soplando y brillantes nubes blancas volando presurosas por encima; y no solo alondras, sino también tordos, mirlos, pardillos y cucos, haciendo brotar su música por todos los lados, y los páramos viéndose a lo lejos, recortados por frescos y umbrosos sotos, pero muy cerca de ellos grandes oleadas de hierba alta ondulándose como las olas por la brisa, y bosques, y aguas cantarinas, y el mundo entero despierto y loco de alegría.

El mundo entero despierto y loco de alegría. Intentaba cerrar los ojos y escuchar esos pájaros. Pero de pronto volvía a asaltarme el temor, y no era Joseph que viniera malhumorado, era el frío, la borrasca que me sorprendía, que me impedía escribir aquí o terminar un libro. Me acosaba la imposibilidad de leer, de conciliar el sueño, de escribir dos líneas que no estuvieran llenas de miedo. Me perseguía la prolongación de la tristeza, la falta de abrazos, de besos cálidos, de paseos tranquilos.

Cielo rojo de enero 2021.

A menudo me conformaba con imaginar aquello que me daba placer. Ahora parece que es una urgencia para seguir viva, como Heathcliff debía recordarse el respirar y el latir del corazón cuando ella le faltaba. Y leía, antes de dejarlo también a medias, a Olga Novo que escribía, “y sonríes porque sabes / que todavía no has caído / definitivamente / en la curva melódica del silencio.” Porque sé que aún puede ser peor, que aún puedo no levantarme, que aún puede no verse ni una nube. Que todavía existe un mínimo ruido que nos mantiene en pie con los ojos vigilantes hacía arriba.

Quizá se trate de conformarse. De no esperar que los árboles susurren, sino tan solo que estén allá parados. De no escuchar a los pájaros, que se hayan quedado mudos, impertérritos al movimiento del cielo. María Gainza en El nervio óptico, citaba a Cézanne: “Lo grandioso acaba por cansar. Hay montañas que, cuando uno está delante, te hacen gritar ¡me cago en Dios! Pero para el día a día con un simple cerro hay de sobra.” Será eso, tendría razón el pintor, que para diario no nos hace falta más.

Cielo blanco de enero 2021.

lunes, 28 de diciembre de 2020

El tiempo es el castigo

Cielo, 26 de diciembre de 2020.

A solas nos rendimos, Leila. No en las fotos en las que sonreímos. Tampoco en los zooms, en los meets de trabajo durante estos 290 días. Reuniones en las que nos hemos vestido a medias y hemos sobrevivido a medias. Apagando la cámara para llorar, para respirar o suspirar profundamente y así seguir mintiendo. Que se puede trabajar, que se puede llamar cada día a la familia y asentir que estamos bien, que no se para.

Continuar como si nada. “Comer con culpa es comer sin hambre, por pura necesidad, y masticar lento, con rabia, y tragar pensando que hay otros que ya no tragan, ni sienten hambre, aunque estén ahí, al lado del arroyo”. Igual. Mariana Travacio lo definió en Como si existiese el perdón sin saberlo. Comer sin hambre. Seguir sin ganas, sin fuerzas, sin alma. Arrastrar los pies pero ser efectiva, hacer la compra y pagar las facturas. Tragar pensando que hay que ya no tragan. Que los hay que nos han abandonado, que han descubierto que no les hacemos falta. Necesitaban una pandemia. No sentir hambre pero darse de comer.

Obligarse a la falta de afecto. Dar las gracias con los ojos. No recibir abrazos cuando una se derrumba. Convertir el desapego en un hábito. “El tiempo es el castigo” que decía Sara Mesa en Un amor. Contar los días, ver pasar los meses, acumular desencuentros, desencantos y momentos no vividos. Ese es el verdadero álbum de este año, el de lo no vivido. Los no abrazos, los no besos, las no visitas, las no sorpresas, los no viajes, las no caricias. El castigo. Y mientras seguimos fingiendo que no nos rendimos.

Tal vez por eso uno de mis libros de este 2020 sea el western de Travacio. Porque sigo en la carreta. Atravieso la llanura y tropiezo con las piedras. Me zarandea y siento los golpes en las costillas, el dolor de cabeza y la falta de aliento. El propósito es llegar al año nuevo, con la cara llenita de polvo y las manos heridas, pero llegar. Saber que al otro lado del arroyo sigue lo que ansiamos, que no es un espejismo, que nos está esperando y que volverá a convertir en rutina el tacto y el cariño, aunque estemos rendidas y cubiertas de tierra.