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lunes, 19 de febrero de 2018

Impasibles a las bombas

“Había mujeres haciendo cola, como en todo Madrid, mujeres silenciosas, vestidas por lo general de negro, con cestas de la compra en el brazo, esperando comprar comida. Un obús cayó en la plaza. Giraron la cabeza para mirar y se arrimaron un poco a la casa, pero ninguna abandonó su puesto en la cola. Después de todo, llevaban allí tres horas, y sus hijos esperaban la comida en casa.”


Las imagino en la cola con la cesta de mimbre colgando. Una tras otra, a la intemperie, por un trozo de pan o una miseria de harina. Resguardándose, apretadas a la pared tras cada proyectil. Los pedacitos de recuerdos de Gellhorn que estoy leyendo en Ve y cuenta lo que pasó en España. Mujeres extranjeras en la Guerra Civil: antología, son como imágenes totalmente nítidas de ese vivir sin poder tener cuidado a cada segundo. Ver a nuestras abuelas en igual situación, esperando para el pan de nuestros padres, de todos los nuestros. Sentir la piel de gallina ante el estallido, escucharlo a tantos años de distancia, como si fuera hoy que repicara en la misma plaza del pueblo donde vivimos.

Como ellas, me doy cuenta de que dejamos que exploten las bombas a nuestra vera. Permitimos el dolor en nuestra piel por proteger a quien no queremos que sufra. También nos hacemos a un lado tras la explosión, para que no nos salpique y así seguir al pie del cañón. No vamos de negro por fuera, tal vez sí por dentro. No llevamos la cesta, pero sí mochila imaginaria colgada sobre la viga que cargan los hombros.


Seguimos dejando que haga mella el dolor por los que queremos, defendemos nuestra parcela aunque duela. “La verdad es que una herida solo si está abierta duele” dijo Sara Herrera Peralta, "porque el dolor hay que amasarlo, como se amasa el pan". Y la Guerra Civil es esa herida abierta, que no cerraremos aunque pase la vida, aunque lleguen los siguientes. Deberemos transmitir esa sensación, ese oír el obús mientras esperamos turno. Amasando el poso que dejó su vivencia.

Quizás sea la herencia de nuestras ancestras haciendo cola entre obuses por la comida de los suyos. Quién sabe si eso también lo heredamos, sin guerra ni escasez de comida, pero con ese recuerdo que no descansa y que nos trae de nuevo cada día ese remover de tripas por el eco de las detonaciones.

No levantaré la mirada para verlo, / lo reconstruiré como una ciega, / como las imágenes salpicadas / en los lienzos de Pollock” Razón tenía Litvinova. No podemos estar pendientes a cada paso de lo que ellas sufrieron, como no podían permanecer atentas tan solo a los aviones que las sobrevolaban. Pero sí tendremos claro de dónde venimos, cómo lo sufrieron y la fiereza con la que se defendieron. A nosotras tan solo nos llegarán las salpicaduras de ese legado, como en un lienzo, para que no lo olvidemos mientras aguantamos el dolor. 

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