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lunes, 5 de noviembre de 2018

El mundo untado de mantequilla

“A medida que fabulaba, la realidad se le escapaba de las manos. Mientras modificaba al Viejo, lo destruía.”

¿Idealizamos? Idealizamos. Aunque lo neguemos para nuestros adentros, lo hacemos. Fabulamos con la dependienta que nos vende los mejores limones del mundo, con el librero que nos recomienda poesía entre tanto ensayo, con el alumno que hace todos los días su tarea. Admiramos en exceso a todos aquellos que consiguen que nosotros mismos nos veamos de la manera que también deseamos creer que somos, cómo nos gustaría ser y no logramos. Todo una farsa que seguimos día a día, porque “ese” sí asiente vernos así, “ese” sí. Y tal vez, igual que Casi, lo anotamos en el diario como si fuera real. Nada más lejos de la realidad.

Inventamos personajes sobre aquellos conocidos. Los hacemos súper héroes, súper todo, cuando en realidad no son más allá de lo que ven nuestros ojos. Poco a poco creamos protagonistas que no existen. Los convertimos en aquellos que necesitamos tener y disponer para seguir adelante. Porque si nosotros escribiéramos el guion, allí estarían y serían como nos aseguramos que son.

Sara Mesa une a dos personajes marginados. Ni se ven gordos, ni infantiles, ni llenos de granos, ni huidizos, ni sucios, ni pobres, ni raros, ni locos. Ni raros, ni locos. No se ven. Se comparten, se escuchan, aunque nada importe lo que cuente la otra voz, se esperan, se ilusionan, se esperanzan. Sueñan sin importar el otro lado, sin pensar en la vida de verdad, allá fuera del seto. Fuera del seto donde la gente los ve realmente como son, donde no los quieren igual, no les piensan, no les echan de menos. Fuera del seto, no importan. ¿Cuántos estamos dentro del seto?

Gala Pont dibujó la portada de Cara de Pan, y bien podría haber sido esta. 

Dejando de lado la dulzura aparente de sus páginas, me ha generado una angustia real. Me ha transmitido la cruda exigencia de la imaginación. De creer a pie juntillas en esos personajes que nos llevan a la placidez que nos conviene para sonreír, para crecer, para dormir, para crear, para vivir. Al final, se convierten en reales (los convertimos en reales), toman la dimensión que les ofrecemos, adquieren los súper poderes, los hacen suyos y hacen magia con nosotros. Les otorgamos el don que necesitamos que tengan, para nuestro egoísmo. Como diría el Viejo, es como si el mundo entero se untara de mantequilla y todo fuese más sabroso y mejor. A nuestros ojos, así son, poderosos. 

La literatura, igual que el cine o las series, no dejan de ofrecernos a personajes no-ideales, enfermos, perturbados, tarados. No propondré ejemplos, pensad en los vuestros, en los que esperarían el regreso de su Milana bonita. Nos obligan página a página, secuencia a secuencia, a dejar de ver esa parte oscura. Consiguen que empaticemos con ellos, que estemos de su lado, que ansiemos su triunfo. Esperamos que todos entiendan lo que es tan evidente, ¿no lo ven? Pero… ¿sería así si esos personajes estuvieran en nuestro día a día? ¿Les regalaríamos nuestro tiempo? ¿A los tarados? Quizá, realmente, estemos rodeados de ellos pero los hemos maquillado tanto, tantísimo, que les vemos la capa puesta y volamos de su mano.

1 comentario:

  1. M’encaanta aquesta ilustració! Jo idealitzo!

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