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lunes, 24 de diciembre de 2018

La Navidad de Tanning

Navidad, escultura de tela de Dorothea Tanning. Museo Reina Sofía, octubre '18.

¿Qué es la Navidad? En mi pasión por ir en busca de los surrealistas, descubrí el pasado mes de octubre que la representación de la Navidad para Dorothea Tanning, era también un poco la mía. Lo que veis. ¿Un cuerpo? ¿Dos cuerpos? Enlazados sin pudor. La carne y la tela, primero enemigas, se reconcilian y comparten espacio. ¿Lo comparten? ¿Es espacio compartido u obligado? Para ella existía una lucha continua, como si la tela que nos viste se nos engullera y nos diera la vuelta. Como si nos quedáramos del revés. Curiosa representación de un día tan señalado. Como si la previa a tales comilonas compartidas nos dejara ya exhaustos y llegáramos a las veladas hechos un nudo. Como si la propia ropa se nos tragara y no quedara de nosotros más que lo que aquí observáis.

Tal vez sea esa la razón por la que el Surrealismo me fascine. Por su habilidad para dejar constancia tangible de tal cúmulo de sentimientos. Por ser capaz de crear en forma de objeto la pesadumbre, el agobio, la ofuscación. La obligación de comprar, comprar, comprar, comprar y de sonreír por tener que compartir. Escribía la propia Tanning: “Ráfagas, ráfagas / desempolvando la calle agitada. / La nieve acumulada se alza. / Él pensó en amapolas rojas.” Ser una cosa y simular otra, la que se espera, la amapola roja entre la nieve. Porque el tiempo pasa volando y hay que aprovechar las ráfagas, dejarse llevar aunque se nos coma la propia piel.


En 1936 dejó Chicago persiguiendo el Surrealismo que hervía en París. Allí encontró al amor de su vida, Max Ernst. Este abandonó a su reciente esposa, Peggy Guggenheim, tras quedar fascinado por la americana. Se convirtieron en una combinación explosiva, mezcla de un juego de puertas y espejos por donde huir al otro lado. Como si se adentraran juntos en el mundo de Alicia en el País de las Maravillas, tema recurrente en la obra de ambos. Los dos mundos. La artista repetía siempre que era difícil ser siempre la misma persona. Por eso, supongo, que fundía los cuerpos con las telas, por eso engullía lo que una es en un momento para aparecer siendo otra, la misma ya existente en el reverso.

En un artículo de Lorena G. Maldonado, leí que “Dorothea vivía en el “vértigo perpetuo”, donde cualquier umbral, visible o invisible, conducía a otro.” Ese vértigo la llevaba a ver así la Navidad, nada distante del Grinch, nada distante a la huella de tristeza que a muchos nos dejan estos días, nada distante a la figura que observáis. Retorcida, inconexa, violenta, inentendible. Quizá la mejor táctica para deshacer ese entuerto de los días que empezamos, sea la vuelta a los clásicos que nos emocionaban, para volver a sacar la piel afuera. Eso es lo que haré. Adentrarme al otro lado de las puertas y espejos. Para recuperarme, para bailar ese tango conmigo misma que apuntaba Tanning, para sobreponerme a la felicitación que todos hacen de la tristeza. Porque como ella decía: “¿por qué recibir felicitaciones tan sólo por vivir?”.

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