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lunes, 7 de septiembre de 2020

Corazón exhausto

Llevan días aquí. Han dormido conmigo, creado mis sueños y también mis pesadillas. He caminado por la calle, a solas pero acompañada, y me han hablado al oído. Han recorrido las páginas aunque ya no se les citara en ellas. Seguían todos sobrevolando la historia ni que no fuera su momento, ni que ya no estuvieran vivos. Han sido ecos, dijo Juan. Descarnados que se han acomodado a mi lado en el sofá.

He caminado al Otro Lugar, he sentido la Oscuridad y he visto su garra de uñas doradas. La he amado porque no quería que se fuera, porque era él. He buscado las puertas, pensando en encerrar también lo que aquí dolía tras el papel. Han regresado los muertos, los secretos familiares, la necesidad del arrullo y las flores negras en el cielo ante la migraña inminente. Marita tenía razón, para vivir hay que renunciar a los muertos, dejarlos ir. Yo, igual que Gaspar, no sé dejar ir a los muertos. Los que somos así, entonces, vivimos distinto.

Leer Nuestra parte de noche de Mariana Enríquez me ha hecho vivir el olor de la lluvia sobre tierra seca en el pelo, el dolor físico como marca de protección, la familia que duele, las elecciones que dibujan el camino. No podía dejar de leer porque necesitaba que continuaran confiando en que todo iba a salir bien. Aunque sabíamos, ellos y también yo, que no sería así. Que al final los lugares malos esperan, o buscan, que lo malo vuelva a suceder.


Hice un árbol genealógico para no perder detalle de lo que decía cada uno. Para saber quien deseaba con la rabia de un adolescente y la arrogancia de un semidios. Quien ya no podía pelear porque la única manera de estar en paz era rendirse. Saber que era Rosario quien afirmaba que, ni que muriera, lo perseguiría cual fantasma. Haunt me, le dice él.

Saber que podemos vivir sin contar las cosas importantes. Callamos. Seguimos haciendo ruido para tapar el agujero que tenemos dentro, como Gaspar. Que controlamos el miedo, porque sabemos que este se proporciona, se amolda. Pablo lo sabe. Continuamos porque amamos con la voracidad de una boca, con la fuerza del aliento, con la negrura de la noche.

Aprendemos que "después de un tiempo la falta de sueño se vuelve una especie de estufa encendida en piloto: está alerta, arde y economiza energía. No hace falta avivar el fuego". Nos acostumbramos a no dormir. ¿Renunciamos? Reconocemos que soñamos cosas que no ocurrirán jamás. Olvidamos esos sueños, ¡cómo es posible si tanto los deseamos! Dijo Vicky, "¿cómo vamos a tener dejà vu de sueños olvidados?".

Seguramente porque vivimos entre dos mundos. La realidad y la fantasía. Aquí, en casi 700 páginas, hemos rondado a la muerte constantemente. ¿La muerte es realidad o fantasía? Hemos bailado a su vera sabiendo, por fin, que al acercarse no te pasa la vida por delante. Nos habían engañado. Cuando viene, tras haberte perseguido sin dar tregua, sientes un miedo atroz. Un miedo atroz y el latir del corazón exhausto.

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