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lunes, 11 de diciembre de 2017

Herencias nórdicas

He estado en Finlandia con Didion. Ella me ha dicho que no existen los días normales, que no hay nada corriente, que puedes sentarte a cenar y la vida que conocías se acaba. Sin más. Allí, a 4000 km de casa, me ha dicho que puedes tener el fuego encendido, que puedes seguir rituales desde el poner la mesa, separar la ropa para la lavadora, apilar los libros pendientes siguiendo una cronología, sentir que te resguardas en casa y asegurar que estás y están, los tuyos, a salvo, pero no ser cierto del todo. Nada está seguro por estar nosotros aquí. La rutina se rompe, lo corriente no existe, no podemos mantener siempre las promesas. Ni que queramos de más.

Ella me ha dicho, leyéndola rodeada de nieve, que las conexiones con determinadas personas son esenciales en momentos de pánico, de miedo soledad, duelo o dolor. Porque somos, aunque lo neguemos, personas dependientes de los recuerdos. Esos, con los que conectamos, son los que estarán ahí en caso de pérdida, cuando aparezca el terror y deseemos estar solos. Entonces, ellos, serán los que encenderán el fuego para que recuperemos la vida. Una vida distinta, pero vida al fin y al cabo.


Los que hemos sufrido la pérdida de seres queridos hemos experimentado la sensación de las “oleadas” o de los “torbellinos”. Momentos de ahogo, de nudo en la garganta y de necesidad de suspirar. Hemos vivido el miedo y la angustia de no dejar de recordar cada momento pasado vivido con ellos. De recorrer el año siguiente rememorando el mismo instante del año anterior en el que esa persona estaba con nosotros.

A veces también nos pasa con los vivos. Los vivos también se van. Y el ahogo es casi igual. Por eso, para suspirar pero de alivio y no de ahogo, necesitamos de las conexiones temporales, de los hechos que por insignificantes que parezcan nos llenen y nos hagan avanzar, aun llevando con nosotros una pizca del pasado.


Los nórdicos tenían, y siguen teniendo, un método de vínculo especial entre generaciones. Descubrí que sus antepasados guardaban los restos de lana una vez terminados los pares de calcetines tejidos. Yo los guardo, todos, por mínima que sea la extensión de lana restante. Llegado el momento de montar el árbol de Navidad lo que hacían, y hacen, era colgar de él los pequeños restos de lana de los calcetines ya tejidos y en sus pies. A modo de nexo y de agradecimiento. 

De la misma manera que, tan solo entrar en sus hogares, descalzan sus pies y dejan que sus calcetines conecten con su suelo firme. Esos mismos calcetines no terminan tan solo calentándoles, sino que también tienen como tarea felicitar la Navidad desde el árbol. Me pareció una forma tierna, delicada y brillante de terminar un ciclo. Sabía yo que guardaba todas esas demostraciones de cariño tejido por algo. Y he tenido que ir al frío de miles de kilómetros, de la mano de Didion, para que ellos me digan cómo mantener calientes los recuerdos, cómo conectar esos pies de mis mujeres y agradecer el haber tejido. Este año llenaré el árbol de lana. Kiito, Suomi. 


6 comentarios:

  1. M’ha encantat... Estic molt d’acord amb les teves paraules...

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    1. Gràcies bonica, els nòrdics són motl savis ;)

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  2. ostres tota la setmana intentant escriure un comentari i ni movil ni tablet em deixen no sé que passa. Pero cada dilluns hi sóc! Per cert jo tinc un cabdellet que et pertany i potser et cal per posar-lo

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    1. Eva!!! aquell cabdellet penja'l al vostre arbre!!!! fijo que dona sort!!!!

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  3. que hermoso ....me encanta...gracias!!!!!!

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  4. Me quedo pensando si por eso yo también guardaba los restos...

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