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lunes, 2 de julio de 2018

No es el mismo ningún día

El verano es un paréntesis cruel. Es un tiempo de sal, de sol y de meriendas. La rutina se atenúa y una debe reaprender a organizar los momentos que no vuelven. Hablar con gente distinta, hacer planes imposibles en invierno, lecturas más espesas porque hay tardes de sobras, jornadas que parecen infinitas porque la luz se resiste a abandonarlas. He dicho cruel porque supone un esfuerzo de vivir como si lo establecido no existiera, como si todo se hubiera desvanecido y la nueva dimensión exigiera algo nuevo. Siempre exigiendo.

Szymborska decía que “nada sucede dos veces / ni va a suceder, por eso / sin experiencia nacemos / sin rutina moriremos.” “No es el mismo ningún día, / no hay dos noches parecidas, / igual mirada en los ojos, / dos besos que se repitan.” La polaca tenía razón. Aún más en verano, porque hay otros meses que pueden ser similares, pero estos dos no. Estos, no. Nos cambian las personas con quienes compartimos los días de horarios. Desaparecen, se esfuman con las olas. Los arrastra la brisa y son engullidos por las horas de sol. No se ven, no se escuchan. Ni las caracolas nos acercan los susurros. Nada. Los del verano son diferentes, tal vez otros que no han aparecido durante el curso. ¿Dónde estaban escondidos? ¿Por qué aparecen ahora? Solo ahora. Luego, también se irán.

Es tiempo de nostalgia. De recordar los veranos de la niñez, en los que daba ilusión perder de vista lo cotidiano para abrazar lo que esperábamos todo el año. Vuelven los recuerdos de los que ya no están. Los de la boina, la de los ositos en el bolsillo del delantal, la de las tostadas de pan con mantequilla. Regresan las tardes de Tour de Francia, la persiana casi al límite para ocultarse del calor, los helados de madrugada. El correr por callejuelas del Pirineo durante la siesta, espacio sagrado de silencio que nosotros nos guardábamos en el bolsillo por ser nuestro mientras todos dormían. Cesaban las cartas, el estío no daba lugar a la correspondecia, porque estabas con aquellos a quienes escribías. Con el bochorno de esos días se hacían reales los remitentes del invierno. Esos eran los que sustituían a los de la rutina. Esos.

Ahora con el frío tampoco hay cartas. No vienen los remitentes porque no existen. Se escurren los habituales y aparecen brutalmente otros, los sustitutos. Con los que compartir los días eternos, las puestas de sol, la marca del bañador, la picadura de la ortiga a la que llenar de barro; porque la de las tostadas nos dice al oído que es el mejor remedio. La ropa se seca en un suspiro, las plantas se ahogan, los libros se suceden contando los días que pasan de esos dos meses crueles. Meses crueles que han engullido a todos los borrosos con los que compartimos la vida.

Foto: Esther Martínez Borobio. Charles River, 7 de abril de 2011.

1 comentario:

  1. Benvinguda!!! Pensó en els meus estius i em dóna per pensar si les meves filles els enyoraran com jo!!

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