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lunes, 24 de septiembre de 2018

Con la cesta vacía de setas

Siempre que escribo sobre la memoria recurro a Sebald, siempre. A su afirmación sobre la dificultad vital de recuperar los recuerdos. A cómo puede que nos engañe ese álbum mental que generamos y sea verdad que cambiamos el orden de las fichas, que desencajemos la lógica temporal y que no sea así como creemos que es. Esta semana añado a mi registro sobre la memoria a Óscar Muñoz. Tras la visita a su exposición una se va vacía, se va hueca, con un nudo que debe desarmar antes de volver a la prisa de la realidad. Su Des/materializaciones desmonta, por cómo somos capaces de perder la versión nítida del recuerdo, por cómo si nos pusiéramos a organizar los momentos vividos uno a uno nos costaría, tal vez, ordenarlos como piezas en la línea de nuestro tiempo, por cómo borramos las imágenes sin querer y es tan costoso conseguir que regresen sin ser confusas una vez ya guardadas.

Llevaba días intentando organizar una sucesión de imágenes concreta. Soy de rehacer vivencias de manera ordenada, cronológica y transparente. Me fascina traer el pasado al presente con todo lujo de detalles, haciendo que lleguen hasta los olores, las risas y la transición correcta de movimientos. Representar en mi mente de nuevo la escena y saber que nada se escapa, que todo vuelve a estar vivo para mí, que no existen los vacíos. Pero esta vez topé con la sombra de lo perdido.

Setas fotografiadas en el Valle de Pineta. Los llanos de la Larri. Septiembre '18.


Quería recordar con exactitud las excursiones junto a mi padre a buscar setas. La manera con que decidíamos la ropa adecuada para el bosque, cómo siempre anudábamos el jersey a la cintura sabiendo que sentiríamos la humedad al llegar a la umbría, aunque en el pueblo hiciera un calor sofocante. Traer a mí de nuevo cómo preparábamos la navaja de mango blanco, la habitual en la mesa junto a mi padre, y nos colgábamos del brazo las dos cestas de mimbre. Las guardo yo, él ya no irá con ellas a buscar setas, si va. Están conmigo porque bajaron del Pirineo y ya mi abuelo se las llevó al monte y volvió a casa con ellas repletas de setas para todos.

El final del verano, el principio del otoño, traía consigo el volver a esa procesión. El aire estaba vivo y el bosque reservaba su intensidad en olor y color para nosotros. Recuperar el bastón de madera para caminar, apartar el follaje y así localizar los tesoros. Íbamos sin mapa, pero éramos cazadores audaces. Yo solo recogía aquellos a los que ponía nombre, previo grito entre ramajes para avisar del triunfo al montañés, para ser el orgullo de hija cazadora del manjar. Él siempre delante, su cesta a rebosar de conocidos y extraños. Le gustaba regresar y buscar a los más viejos del lugar, revisar uno a uno lo encontrado y conocer el nombre de los venenosos recogidos, esos no los olvidaría. A esos los desecharía en la plaza misma del pueblo, rodeado de "los que sabían de verdad" y por los que le gustaba instruirse, y así llegar a casa con la cesta llena de todo aquello comestible y descubierto. El gran logro había sido alcanzado, el juego había terminado con todos los puntos posibles conseguidos. Junto al cansancio, la mañana invertida, los kilómetros hechos, las piernas molidas y la sonrisa imborrable por la cena cazada. Me sentía llena, dichosa porque el bosque nos había permitido disfrutarnos y entrar en casa por la puerta grande de los vencedores.



Me costó hacer volver a mí todas esas imágenes, llegué a pensar que no eran reales, que como las composiciones de Muñoz se desvanecían en la memoria y se colaban como el agua que se pierde desagüe abajo. Creí que no había vivido todo aquello. Pero escribiendo, ahora, sonrío porque descubro que he dado aliento a que regresen, que como dice el colombiano hay veces que solo hay que darles luz o mantener el agua en calma para que no se las lleve el remolino.

Aunque en ocasiones se deba forzar la memoria, vuelve a llenarse el hueco porque cobra nitidez. Porque al cerrar los ojos una recobra la humedad en la piel, el olor de la hojarasca cuando era removida, la sensación del cambio de peso de la cesta. Ahora vuelve a estar llena. Recupero un fragmento de Josep Pla que siempre me lleva allí de nuevo, a sentir ese frío y a ver la luz en medio del bosque. No dejemos que se pierda ni un segundo de lo vivido, porque todo huye con una fugacidad trémula.

"En aquestes extasiades, transparents hores de tardor, la gent surt a caçar bolets. Els vessants dels petits pujols, coberts de pins, del país, s'emplenen de veus llunyanes, de crits, de fressa. La gent remou la fullaraca, la molsa, la terra, que fa un perfum rovellat, incitant, corromput. Quan n'apareix una mata, quina delícia de colors, de colors de rovells, ferruginosos, de verdets, de violacis, de grisos! Les tardes comencen d'escurçar-se. Les herbes fan una olor intensa. Els arbres despullats, tocats de color de vinagre i d'or vell, tenen una pompa decrèpita. L'aire és viu. Una ramiola de vent fa caure, planejant, les fulles grogues. En els racons emboscats, la humitat s'hi concentra, blava i espessa. Sobre la molsa titil·len les gotes d'aigua freda. El temps -la tarda- passa ràpidament. La llum es dissol en el crepuscle. És la tardor. Tot fuig en una fugacitat trèmula. Temps de bolets..."


4 comentarios:

  1. Nena... m’has deixat morta. Tinc preparat El quadern gris per rellegirme!

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  2. Respuestas
    1. ¿Cómoooooooooooooooooo?! Suposo que el buscar bolets és el "nosequé" dels altres, potser feies altres coses que recordes amb la intensitat que jo aquesta. Pensa-hi!

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