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lunes, 3 de diciembre de 2018

El crujido del suelo

“… y dejan de notar / el abrazo / y el aliento en la nuca / y comienzan a dormir / como cuando eran niñas / y por dentro sueñan / con encontrar a alguien / que las duerma por las noches / y no tener ya más miedo / a la puerta abierta del armario / o al crujido del suelo / de los vecinos del quinto / o a levantarse solas al baño / después de las doce.”

Nos creemos que siempre habrá alguien que nos arrope antes de cerrar los ojos. Aunque no lo hayamos vivido en la niñez, nos prometemos que existirá el que nos diga que no tengamos miedo cuando nos desee las buenas noches. Aquel que cuando nos envíe al reposo siga ahí por si despertamos cargados de frío. Por si la manta que nos cobija no acaba de darnos el calor que necesitamos, a lo mejor se ha movido y nos hemos quedado con los pies fuera. Temblando sin saber por qué se nos ha destapado. Sin cercionarnos de qué es lo que nos asusta en la madrugada.

Monasterio de La Santa Espina. Provincia de Valladolid, agosto '18.

La vida nos vende, como la mejor de las propagandas, que no hay que temer porque estamos rodeados por una multitud. Gentes que están ahí a diario, que forman parte de la familia, de los amigos, de los compañeros, de los conocidos. Todos esos que atenderán a tus ojos tristes y conseguirán que todo se pinte de mil y un colores en círculos concéntricos, unidos entre sí, que nos darán la calma y la paz para asegurarnos que no estamos solos. ¿Nos acompañan realmente? ¿Atienden nuestras necesidades? ¿Son tan solo atrezzo de esta sesión de vida que nos toca?

Debemos creer que la lista de personas a las que enviaríamos la postal de Navidad estará ahí siempre ante nuestra llamada de socorro. Aquellos destinatarios de nuestros mejores deseos, confiamos que serán los que acudirán al rescate ante la nostalgia de los limoneros o las casas vacías de estómago, como decía María Sotomayor en Nieve Antigua. ¿Acudirán todos ellos, tras recibir la postal, a calmar nuestro frío en el estómago?

Les ponemos carteles con el nombre de su personaje, como si todo se tratara de un juego de rol: el amor, la mejor amiga, la madre, el compañero de trabajo, el secreto, la vecina… Pensamos que cada uno debe responder a una petición dentro del tablero del juego. Petición muda, no pronunciada jamás pero instalada en la mirada compartida. Sabemos qué nos debemos. Normalmente no llega esa respuesta, no existe la reciprocidad en la partida. Se incumplen los contratos, no son posibles las reclamaciones, ahogamos el grito hacia dentro. Ninguno quiere enterarse, ninguno quiere saber, ninguno quiere ser consciente del miedo que debe atender.

Sara Herrera Peralta decía en Hombres que cantan nanas al amanecer y comen cebolla que "basta con encender la luz / y ver que no queda nadie / debajo de la cama. / Tenemos miedo / porque hemos temido siempre / a los mismos monstruos.” Monstruos que emiten el sonido del crujido del suelo en la oscuridad, del tener que taparnos nosotros mismos cuando apagamos la luz, del refugiarnos en los calcetines para sanar el temblor de los pies. Monstruos que nos dicen que no hacen falta postales navideñas que no serán correspondidas, que no sirven los carteles con sus funciones a quienes no van a cumplirlas, que no hay que obligarse a esperar lo que no llegará. Monstruos con el neón de la soledad, esa sí está iluminada, pero ante los que debemos repetirnos, como dijo María Sotomayor, que “no hay pedazo de cielo más prometido / que el del mundo blando repleto de pisadas”. Pisadas que debemos buscar, rehacer y creer para reencontrar ese calor del recuerdo que las funde en la nieve.

Monasterio de La Santa Espina. Provincia de Valladolid, agosto '18.

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