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lunes, 7 de agosto de 2017

Memorias de Oporto (I)

Día de mar en el viento, día alto
donde mis gestos son gaviotas que se pierden
girando sobre las olas, sobre las nubes.

Sophia de Mello Breyner Andresen. Versión de Diana Bellessi.


Es imposible pasear solo por Oporto. Te acompaña una cantinela de gaviotas que sobrevuelan la ciudad. Gritándote lo que no puedes perderte, guiándote a mirar su cielo azul muy a menudo. Como si te dieran la mano, como si te cantaran antes de acostarte y también al despertar. La ciudad de las gaviotas.

Los que dicen que se ve en dos días deben ser los que tan solo pasan de puntillas. Los que no ven ni las gaviotas porque no les da tiempo a alzar la vista al cielo. Los que no quieren vivir la ciudad portuguesa intensamente. A mí me gusta recorrer las calles de los lugares a los que viajo. Más de una y de dos veces. Poder reconocer así por donde piso, sus portales, la gente de sus tiendas… saber dónde estoy y adonde me dirijo desde allí. Ser una más, aunque no lo sea.

A bordo del autobús 201 se llega al único ejemplar de Art Déco de Portugal. La Casa de Serralves. Sitio que me enamoró, ya esperándolo. Iba predispuesta, sí. Quería ver el edificio modernista y sus jardines. Era uno de mis principales objetivos en tierras lusas y no me defraudó en absoluto. El arquitecto Jacques Gréber supo crear en esa combinación rosa-verde un espacio único. Llegó a manos de Carlos Alberto Cabral en herencia del segundo Conde de Vizela. Líneas redondeadas, puras, susurros suaves como llamándote a acariciar sus paredes. Unos jardines inmensos y repletos de espejos acompañando a los troncos de los árboles. ¡Espejos por todas partes! Imaginar una vida allí, el bajar de esas escaleras, con el suspiro de todo ese agua cayendo sobre piscinas verdes. Y al final de los peldaños… un lago. Fue la paz de Oporto para mí. Pasearme entre espejos, rosas y pajareras de lo más variopintas. Obras de arte moderno recorren sus jardines. Poca aglomeración turística, de la que siempre intenta huir una. Como sentirse Jacques Tati en Mon Oncle, igualito. Saltando de piedrecita en piedrecita como él. Como salida de su película y puesta ahí en una de las piezas. Qué rosa y verde más increíbles. Dejaros solo una foto es un crimen… hice decenas y maravillada sigo mientras las revivo.


Viajar debe suponer eso. Recordar con el tiempo unos sonidos, como el de las gaviotas o los chorros de agua de Serralves; pero también deberemos revivir esas estancias a través de los sabores. Aquellos que nos han impactado volverán a nuestro paladar con los años. Debemos viajar con los cinco sentidos activados, como si fueran el GPS. La repostería de Oporto regresará seguro a mi memoria. Ya sean los pasteles de nata (de Belém), los bolos o las tortas. Delicias caracterizadas por su gran cantidad de huevo. Sorprendida vuelvo por la diferencia con nuestros dulces, por saborear ese ingrediente con tanta intensidad. Lo mejor para ello es sentarse en el Café Majestic. Junto al piano. Música en directo, una bebida caliente, una maravilla azucarada y relax. No dejar de mirar techos, paredes o espejos, estos últimos castigados por los ya casi cien años de existencia. Se dice que J.K. Rowling, en sus años de estancia en la ciudad, se sentaba muchas tardes allí mientras escribía. Páginas de Harry Potter surgieron entre esas paredes, sin extrañarme porque tiene magia. No os perdáis su tranquilidad y… ¡a soñar la Belle Époque!


2 comentarios:

  1. M'encanta la teva foto!!! No savia lo de la Rowling!

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    1. Gràcies!!! Doncs sí, va viure allà uns anys mentre hi treballava i berenava allà escrivint el Harry ♥

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