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lunes, 10 de septiembre de 2018

Queda todo

“Ahora en aquel trozo de tierra ya no hay coles. ¿Por qué lo hemos echado a perder todo, todo?” 

No, todo no lo hemos dejado perder. Quedamos nosotros, junto a cada mínimo detalle, a cada momento del día, quedamos nosotros. Queda escuchar el picoteo insistente de las cigüeñas mientras hacen sus nidos y tengo la ventana abierta. Queda que Vic te mire fuerte y pronuncie su maumamau con esos ojos que gritan pidiendo auxilio y mimos desde el suelo. Queda el cantar de los pájaros que hacen salir el sol todos los días. Sí, ese que escucho desde mi cama y hace que valga la pena salir de las sábanas.

Queda el helado de turrón para que el verano también sea Navidad. Queda la espuma de la cerveza, los preliminares que conducen al oro que rebaja la temperatura. Queda el taparse los pies en el sofá en pleno agosto porque sientes que refresca. Queda el tender la ropa y comprobar que está seca antes del segundo suspiro.

Refugio de Amitges. Agosto 2018.

Queda emocionarse página tras página de un libro y pensar que no debe acabarse, que necesitas que siga contándote eso que te cuenta, que los personajes no se vayan y sigan hablándote como lo hacían. Queda pasar las horas revisando estantes a ver qué lee una, como si fuera Netflix y buscaras la serie siguiente. Queda abrir el buzón y ver un trocito de mundo que te envían los que te quieren y piensan en ti aunque el huso horario sea distinto. Queda recordar la risa de los tuyos cuando tú solo tienes ganas de llorar. Quedan los abrazos, ni que sean imaginados, cuando a una le urge saber que sigue habiendo fuerza afuera.

Queda concentrarse en cada punto de la vuelta, tejerlo poquito a poco, saborear el deslizar de la lana y seguir el hilo con la mirada. Ese momento que no vuelve ni que destejas, porque la labor nunca vuelve a ser tejida de igual manera. Nunca es la misma pieza. Queda elegir, compartir, avanzar labor con ellas, con las que tejen a tu lado, las aquellas que tienen tu necesidad. Como si regresara la abuela y decidiera junto a las suyas qué calcetines tejer a sus hijos que esperan con los pies fríos. 


 Agateador común en el estany port de Ratera. Agosto '18. ¿Lo veis? 
Troncos, vivos todavía, de bajada a Sant Maurici. Agosto '18.

Queda caminar montaña arriba sin perdernos nada. Atender al color del cielo bajo el que subimos, al grosor de las copas de los árboles invitándonos a susurrarles aun a riesgo de llevarnos la savia de vuelta, a los insectos en las flores que reclaman la fotografía como si fueran a esperarse hasta el disparo. Recordar el fragmento de Edna O'brien en Las chicas de campo: "Hacía un día soleado y frío, y bajo la azalea había crocos en flor. Crocos de un amarillo ocre. El viento había azotado algunos, y los pétalos habían caído a la hierba. Parecían pedacitos de papel de seda olvidados". Tan solo si miramos de esa manera, con esa intensidad, seremos capaces de ver los símiles que nos tiene preparada la naturaleza, la vida en general. Tan solo así nos llevaremos con nosotros esos pedacitos de seda. Esas atenciones se convertirán entonces en nuevas historias que enriquecerán nuestro recuerdo, siempre. 

Queda recordar aquello vivido, queda darse cuenta del porqué que nos importen todos estos pequeños detalles. Nada pertenece al azar, olvidad eso. Sara Herrera Peralta decía en Documentum Al fin y al cabo la memoria/ es el origen de todo”. Y es que nací y crecí en una casa donde escuchábamos el croar de las ranas día sí y día también… ¿tal vez por eso ahora necesite atender a las cigüeñas? ¿es cíclico el recuerdo incluso en la necesidad del sonido de los animales? Quizá sí… la memoria nos guía y nos da las pautas para no perderlo todo, para saber que siempre, siempre, siempre, queda todo.


Parque Nacional de Aigüestortes y Estany de Sant de Maurici. Agosto '18.

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