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lunes, 21 de octubre de 2019

La distancia que separa el pasado del presente

“La distancia que separa el pasado del presente quizá se mida por la luz esparcida por el suelo entre las sombras, deslizándose por los rostros, acentuando los pliegues de una falda, por la claridad crepuscular, sea cual sea la hora de la exposición, de una foto en blanco y negro”.


La distancia que separa el pasado del presente. Recuerdo la única foto de mis padres sonrientes, juntos. En una mesa que no reconozco, con sus camisas de cuadros. Él le rodea el cuello con el brazo y ríen más que sonreír. De niña la recordaba para decirme que en algún momento aquello fue real. Una foto con el chándal de tactel, con mi padre y con mi hermano, en un refugio del Pirineo, tal vez la última vez que subimos juntos. La imagen de mi viaje adolescente a Venecia. Rizos largos y labios hinchados, totalmente quemados, pero luciendo una sonrisa inolvidable. Esa misma apareció en el periódico para desearme felices 18. Una instantánea en Sitges, en invierno, con un jersey rojo y el pelo negro. Puro azabache, como jamás he vuelto a lucir. El mar bravo de fondo, bajo un cielo cargado de nubes. Ahí todavía no auguraba que lo venidero iba a doler tanto. Recuerdo la última fotografía con Obi. Juntos en la penumbra de la habitación, él lleno de tubos, de sondas, de vendas; la mirada perdida. La pienso a menudo y me digo si podría haber hecho más y estaría vivo.


Ernaux reconstruye su vida mediante las imágenes que guarda y rememora. Las mismas que le ayudan a repasar y poner en orden los acontecimientos políticos y sociales. Las mismas, las nuestras, que nos ayudarían a nosotros a pasar del transistor a la radio, de ahí al equipo de música, al discman o el ipod. Recorrer los años mediante el paso de las fotos en blanco y negro, a los tonos marrones, hasta las fotos en color. Del revelado al digital. Del papel a la volatilidad, a la fragilidad. Porque esas pequeñas impresiones de nuestras vivencias, no hacen sino ayudarnos a revivir esa línea temporal por la que hemos pasado, en la mayoría de ocasiones, de puntillas para no molestar.

Viene a mí el primer impacto de una foto rota. Descorazonada, desmembrada, agujereada, rasgada. Decapitada. Mi tía guardaba centenares de fotografías familiares. Distintos formatos, colores, del pueblo, de sesiones con flash hechas por algún fotógrafo profesional, con ovejas, con personas o sin. Un día empezó a romperlas, pero no a tirarlas. Eliminar una foto es un sacrilegio para un supersticioso, como abandonar un alma. No se deshacía de ellas, tan solo garabateaba la cara del que ya no quería, recortaba la cabeza del que para ella era innombrable, partía la foto eliminando a un protagonista. Tras los hechos eran devueltas al álbum, a la caja, con el resto, como si nada. Como si pudieran mirarse todas ellas sin inmutarse. Rolan Barthes en La cámara lúcida, decía que “la fotografía siempre necesita una máscara de lo puro, pues por norma general, nadie quiere ver la realidad en estado puro, siempre es mucho mejor rodearlo todo de ruido para ocultar ciertas cosas”.  La destrucción, ese era el ruido de mi tía.



Descubrir aquellas fotos hizo que diera aún más validez a las imágenes. Encontrarme aquel cajón sin rostros consiguió mantener viva mi curiosidad por saber quiénes eran el nuevo non grato. Desde niña exigiría fotografías en cualquier ocasión, me ardía la necesidad de guardar los momentos en papel. Tenerlos a mi custodia, habitación llena de álbumes, a salvo de los cortadores de cabezas.

Anne Michaels dijo en Miner’s Pond que “la memoria es una selección acumulativa. / Un cable submarino que conecta un continente / con otro, / electricidad que atraviesa la negra salmuera de la distancia.” Tal vez por ese miedo a la distancia y a la selección acumulativa, que no quiere decir siempre ajustada y veraz, necesite fotografiar el mundo. Para no olvidar nada. Para ofrecerle a la memoria (débil) un ancla que la fije, que le ayude a no alejarse de nuestra orilla. 

Leyendo a Ernaux me doy cuenta de que el objetivo no ha llegado a la totalidad. Que la vida está plagada de situaciones, de personas, de fechas, de las que no guardo el negativo. Algunos ya no están, será imposible. Y pienso en los que sí y en cómo decirles que necesito capturarlos en un trocito de papel porque no puedo fiarme solo de la memoria. Que no les garabatearé la cara nunca, como mucho las bordaré. Que es mi único consuelo. Como escribió Magalí Etchebarne en Los mejores días, “el consuelo es la euforia de unas horas, la iluminación.” La luz esparcida entre las sombras, la distancia que separa el pasado del presente.

Fotografías bordadas de Francesca Colussi Cramer.

lunes, 17 de junio de 2019

Bendita sea la lucha, flâneuses

Primero el olor… cerrar los ojos para contemplarlo. Avanzar, percibir la luz como un contacto, no precisamente en los ojos, sino en todas partes; en la frente, en las mejillas. La luz como un clima y luego, pidiéndole permiso, disculpándose de utilizarla, olvidarla y mirar las cosas que ella descubre, desnuda, acaricia, templa o ensombrece o hacer arder. Por entre la luz, asomándose hospitalariamente, rostros, miradas, cuerpos radiantes o doloridos, desnudos o vestidos… Vestidos de negro, pálidos, macilentos y tan señoriales, los Carreños, Carlos II, la monjil Doña Mariana de Austria como dueños de la casa, como retoños que fuesen abuelos, como fetos seculares de un mundo oscuro…

En cuanto me adentré en el ensayo de Anna Mª Iglesia,  La revolución de las flâneuses,  la lectura me devolvió a la pequeña Elena en El Prado. Cómo en esas páginas de Barrio de Maravillas, hizo suyos los pasillos, las pinturas, las vestimentas de los allí ilustrados. Se fijó en todos y cada uno de los detalles. Siendo ella la que deambulaba por el museo, siendo ella la que atisbaba a los personajes en el fondo de las pinturas. Aquellos que no atienden a los que los miran, pero están. Aquellos que observan dentro del cuadro mismo o, simplemente, se pasean en él. AquellAs que son protagonistas, como ella, aunque solo estén de paso. Aunque solo sean una flâneuse.


Iglesia nos da de la mano para recorrer las calles desde el París del S.XIX. Para observar desde fuera a las observadoras. Nos invita a deambular, a caminar como forma de insubordinación, como hicieran Maruja Mallo o Margarita Manso, sin sombrero y a lo loco. Sin miedo y con decisión. Porque la calle también era de ellas. Es de ellas. Porque como decía Mary Cassat la mujer también construye su propio relato y cumple la tríada del: mirar, caminar, crear. Porque podemos salir a la calle y ser las protagonistas. Observar todo cuanto pase, crear el relato, sin que sea sugerido por un hombre, como decía Pardo Bazán.

Afirma Iglesia que las flâneuses, observadoras y poetas, no eran meras paseantes, pues no gozaban de la libertad que sí tenían los hombres. Que su propósito y misión debería ser convertirse en ensayistas de la ciudad, en tanto que disponían de la capacidad para apropiarse del espacio público. Difícil ha sido esa apropiación, como ya sustentó Virginia Woolf en The Pargiters, donde describía la imposibilidad de una mujer para adueñarse a solas de la calle sin padecer una vulnerabilidad sexual. Sociedad patriarcal con necesidad de protección, de miedo y de congoja. ¿Años 20? No, sigue aquí ese miedo.



Dándole al play a la tercera temporada de El cuento de la criada, recupero también las líneas del ensayo en WunderKammer. Criadas que caminan bajo los ojos de las ametralladoras. Una al lado de la otra, sin mirar, sin alzar la cabeza, con el sombrero blanco que dirige su mirada sin posibilidad de elegir, como las anteojeras de los burros. De rojo sí, para ser vistas, pero en silencio. Flâneuses atadas, indignas si miran donde no deben. Esposas de verde sin la menor esperanza, sin decisión, sin poder ninguno para moverse sin aprobación y consentimiento. Sin poder reivindicarse como sujetos críticos dentro de la esfera pública. Gilead, donde bienaventurados son los mansos, bienaventurados son los que callan. Ni hablar, ni mirar. Se hace necesaria la revolución de las flâneuses, sí.

Cada capítulo del ensayo empieza con una obra pictórica con la que paramos el tiempo. Al menos yo he sido incapaz de pasar de puntillas. Obras en las que una mujer mira a lo lejos, obras en las que la protagonista es una mujer en silencio, obras en las que ella es observada por ellos. El arte nos ha gritado siempre que estábamos ahí. Aunque el pintor no quisiera, sucedía. A la par de esos comienzos mi lectura ha coincidido también con el descubrimiento de la ilustradora Kelly Reemtsen. Flâneuses, caminantes, deambulantes, paseantes. Mujeres enérgicas, decididas, valientes. En su feminidad empuñan un arma para hacerse paso, para abrir camino, para que el grito suene más y más lejos. Para emprender el caminar ocioso sin miedo, para osar salir a la calle y ser la Jo de May Alcott. Para luchar, armas en mano, porque bendita sea la lucha, flâneuses.

Bordado por mí con hilos metalizados de Anchor. Ilustración de Kelly Reemtsen.

lunes, 26 de junio de 2017

Páginas marcadas

Recuerdo el día en el que leyendo un libro de mi madre sobre el Pirineo, siendo yo adolescente, encontré entre sus páginas una flor de nieve prensada. Nunca había visto una flor similar. Tenía una magia de terciopelo que me dejó pasmada. Le pregunté y me dijo que venía justo de los lugares de los que hablaba el libro. Que era un recuerdo, ahí guardado entre las fotos en blanco y negro de sus prados. Sus palabras aún engrandecieron más mi asombro haciendo que considerara esa flor como un legado, un olor traído de sus montañas, un regalo familiar que permanecería para siempre entre esas páginas cómo ella había dispuesto.  

Ese suceso generó en mí dos pasiones a partir de ese momento que me acompañaron muchos años. La primera fue convertirme en una prensadora de flores sin freno. Empecé a querer guardar los campos en mis libros. Recoger, recoger, recoger... y aprender las mejores técnicas para que no cambiaran demasiado su color, para que quedaran casi perfectas una vez perdida su frescura. Entre periódicos y bajo todos los diccionarios y enciclopedias de la casa guardaba yo mis tesoros. Sin tocarlos. Esperando el tiempo preciso para desmontar la construcción y descubrir el resultado. Luego repartía las flores en mis libros. Aún hoy, esas páginas de entonces, esconden los campos que en su día fueron mi escenario. 





Por otro lado, empecé a utilizar, de la misma manera que las flores, elementos de lo más personales convirtiéndolos en marcapáginas. Fotos, postales, publicidad, etiquetas de mis prendas de ropa... Marcadores para recordarme dónde dejaba mi lectura y que normalmente en finalizarla quedaban entre sus páginas. ¿Por qué? Porque eran o se convertían en su propiedad. Esa tradición, o esa rutina lectora, hizo que cada libro fuera un pequeño diario. Ahora puedo abrirlos y encontrar la etiqueta de mi bañador preferido, entradas a parques nacionales, tarjetas de visita o alguna que otra postal. Quedan ahí para recuperar el momento mientras el cual viví esa historia concreta.  

Ya no prenso flores, ni guardo recuerdos entre las páginas de los libros. Ahora leo con un lápiz a mano y necesito un punto de libro que me sirva para subrayar con precisión. Es cierto que en mis lecturas poéticas queda mi nota de color en la primera página con mis “escogidos”, una lista de páginas, de momentos álgidos de mi paso por ellos. Y aunque pueda utilizar postales o fotografías entre páginas durante la lectura, ya no tengo por costumbre que queden ahí.

Pensé en la importancia del punto de libro para los buenos lectores. Para los que este no se escoge al azar, nunca. Cómo los primeros fueron hilitos de seda en los tomos religiosos y después, en los períodos de entre guerras (I y II Guerra Mundial), empezaron a usarse elementos publicitarios. Me dije que sería un buen regalo para los miembros del club. Bordar para ellos marcadores personalizados que detuvieran su lectura hasta la vuelta a las páginas. Convirtiéndolo así en una buena guinda al pastel en terminar el curso. Escogí las pegatinas de La Barbuda Shop para ilustrar sus postales y luego bordé sus nombres con hilos DMC. Para detener sus historias con recuerdos, como hacia yo antaño. Para trasladarles un poco de esa nostalgia y agradecerles las horas, la ilusión, sus síes constantes y las sonrisas ofrecidas. Han sido lo mejor del curso, sin dudar, y ahora tienen su marcapáginas para no olvidarlo. 



lunes, 29 de mayo de 2017

Arroz Montevideo

“En las fotos que guardo en el álbum familiar, hay fotos que se asemejan entre generaciones distintas. A veces miro algunas fotos de mi madre siendo joven o en edad adulta, regando una maceta, leyendo un libro, sentada en la arena de la playa frente al mar, y reconozco gestos propios en cada una de esas fotos. Este es un ejemplo del porqué de que crea a tan ciegas que la fotografía y la poesía son la misma cosa. Un gesto basta para hablar del pasado, del presente, de la nostalgia o de un crimen. Yo sé que tengo algo de los ojos de mi madre en los míos, algo de sus manos. Si la palabra es inútil, la utilizamos para tratar de acercarnos un poco a aquello de lo que quisiera hablar el corazón, si ese de verdad fuera el órgano capaz de hablar de amor.”

Herrera Peralta, Sara. Arroz Montevideo. La isla de Siltolá (2016)


De vez en cuando todos tenemos ataques de nostalgia. Volvemos a nuestra casa de la infancia con la necesidad de repasar fotos. Localizamos el álbum y nos sentamos en aquel sofá donde un día merendábamos ese pan con mantequilla, bien espolvoreado de cacao. Mejor si estamos solos, en silencio con el blanco y negro. Revivir momentos, recordando exactamente quien había tras el objetivo, quien enfocaba e inmortalizaba. Cada fotografía hace rememorar una escenificación, una vivencia que quedó en un trocito de papel. Si recuperamos imágenes aún más antiguas, tiene razón Sara, identificamos en ellas gestos familiares. Últimamente he reconocido mi sonrisa actual en las fotos de mi madre. Hacemos un mismo gesto, idéntico, que yo siempre había negado. Está ahí. Igual que la mirada, este brillo en mis ojos cuando sonríen también es herencia. Los ojos de mi padre ríen igual, las fotos lo dicen, en ellas se ve.

La poesía de Sara, la más reciente, se centra en las herencias. En los abuelos perdidos, en lo que ha quedado de ellos y que perdurará para siempre. Por eso me atrapa, por eso decido quedarme con ella. En esta su primera novela, Arroz Montevideo, hace algo extraordinario. Un viaje de recuperación de la memoria. Comparte con el lector su biblioteca, sus exposiciones, sus marcas en los libros. Esas relecturas que podemos hacer tras nuestros subrayados o exclamaciones al margen. Ella las transcribe, las comparte haciendo que sean un poquito más nuestras. Ampliando así nuestra lista de pendientes. Descubriéndonos personajes con historias sorprendentes como Louise Bourgeois o Camille Lepage, entre otras. Reseguimos su sendero a través de la literatura que llena sus días. Siempre había pensado que sería fascinante poder recopilar todo lo que me ha embriagado en cada lectura, ella lo hace. La admiro por ello y le agradezco infinitamente que haya compartido esa vivencia personal, ese viaje a por la tía Lola con nosotros.


Recorrer el camino por el que dejaron sus huellas los muertos, a veces lo hacemos. Reseguir sus pasos, desandando lo andado por ellos. Si cuento a mis cuatro abuelos, he perdido ya a catorce familiares directos. Desde niña he ido despidiendo a mis seres queridos antes de tiempo. Alguno de ellos en circunstancias trágicas, traumáticas, imposibles de borrar. Esos adioses viven para siempre con nosotros. Aprendemos, aunque cueste, a convivir con hospitales y tanatorios, conocemos las calles de los cementerios. Nos hacemos expertos en el ritual del adiós. Asimilamos el dolor y seguimos caminando. En el libro encontré una afirmación que me hizo cerrarlo y dejar en reposo. Cómo las fotografías de todas esas personas que nos han dejado siguen ahí… en el mismo sitio del álbum, sin moverse, al lado de los vivos. Seguimos pasando páginas y esas imágenes no se han disuelto. Permanecen al amparo del recuerdo. Por eso, también yo, pienso que la fotografía es poesía. Porque se dirige a lo más secreto que nos acompaña.

Reflexiona sobre cómo estas situaciones de desgarro nos pueden lanzar a la escritura, cómo la palabra es capaz de calmar la herida, de cauterizar el agujero. Muchas veces nos invitan a salir, cámara en mano, a buscar en la fotografía aquello que sentimos. Capturarlo en el exterior, crear esa poesía visual que explicará el dolor, la vida. Sus páginas nos invitan a relacionar nuestras lecturas con lo que vivimos, a recuperar noticias del periódico, enlaces encontrados al azar, a adentrarnos en las pinturas para hallar lo que buscamos, a excavar en los exposiciones encontrando el mensaje escondido que nos regalan. Cada página de Arroz Montevideo me permitiría tirar de un hilo distinto. Crea una telaraña magnífica de pensamientos, de nuevas ideas para escribir sin parar, ¡posts infinitos!

Trata de la poesía, del dolor, de la pérdida, de la escritura. De encontrar respuestas en mujeres como Bourgeois, Lapage, Salwa Al Neimi, Joan Didion, Anne Carson, María Zambrano,  Eudora Welty, Alexandra Boulat… ¿sigo? Nos regala la historia de su tía Lola, historia con más silencios que mentiras. Historia que dibuja círculos espesos en los ojos y grullas de origami con arroz para los muertos. Y también para los vivos. Porque hay muertos que están muertos y otros que están vivos. Pensando en ellos, unos y otros, decidí bordar la grulla. Dibujarla con hilo, como Lola y Céline lo hacían con arroz. Para no olvidar lo que ha supuesto su lectura, la generosidad de Sara Herrera Peralta y la gran lista de sensibles tareas que nos ha dejado pendientes su lectura. 


lunes, 22 de mayo de 2017

Contra todo florecen los almendros


Este fue el primer poema que leí de Ben Clark. Llegó a mis manos incluido en una revista de literatura, no la localizo, me perdonaréis. Recuerdo el impacto causado, la emoción y la lágrima ante ese “… y tú eras de las noches cuando se iba la luz; la vela amable y milagrosa tú, mi mundo mago” Me llegó de tal manera que ahí empezaron también los versos bordados. Desde entonces, hace ya más de dos años, Ben no se ha ido más.

Como me ha recordado estos días la lectura de Arroz Montevideo, de Sara Herrera Peralta, Cocteau decía que “poeta es quien escribe sin escribir”. Ben hace más a o menos eso, es poeta, pone voz a aquello que sabemos que sentimos pero para lo que no tenemos palabras. Pone voz a la inquietud, da sosiego al agujero. Siempre se ha dicho que el lector de poesía hará suya la interpretación del poema, que este hablará para él, dirá lo que quiere y necesita leer. Algunos no lo consiguen, él sí.

En La Fiera nos rescata del letargo, nos hace reconocer aquello que duele y que aun así seguimos esperando. Consigue que abramos los ojos para darnos cuenta de que aquello que perseguimos en vano toda la vida, tal vez llegue, pero no perdure. Que, tal y como decía Joan Margarit, los principios nada tienen que ver con los finales. Que la fruta se pudre, la flor se marchita, el arco iris se desvanece. Y cuando se ha sentido ese desgarro, cuando ha dolido, leer a Clark hace que una asienta verso tras verso y diga que sí, que tiene razón. Que ya nada vuelve a ser como hace unos segundos.

Los últimos perros de Shackleton es un viaje a lo imposible, sin rumbo pero sin miedo, el triunfo del amor ante la adversidad. Recordemos lo dicho, todo se diluye, pero si el momento vivido es intenso, queda grabado en el hielo para siempre. Pertenecer al diminuto imperio del aliento de Sir Ernest Henry Shackleton. Tener la necesidad de buscar su vida y comprobar, como dice Ben, que su historia es la metáfora misma del amor. En estado puro. Porque resistimos, conquistamos, y así nos lo hace creer página tras página.

Los hijos de los hijos de la ira, recientemente reeditado por Delirio tras doce años de su publicación, nos devuelve el joven poeta social. El que clama al cielo por los hijos de la bonanza, los que no conocimos la hambruna, ni la guerra, ni la necesidad. Esos hijos que también descubrimos el sufrimiento y el dolor, pero sin temer a las bombas. Esos mismos, los que llevábamos en mano la navaja muda, afilada para cortar la carne, para helar con los ruegos los geranios. Ben en esencia, pero lejano al del 2017. Él pero otro, con tanto por vivir.


Paralelo al poeta está el traductor. Acercándonos a George Saunders con dos colecciones de cuentos del narrador estadounidense, aquí a mi vera y aún por descubrir. De Anne Sexton nos tradujo sus Poemas de amor. Brindándonos imágenes ardientes, sensuales, emotivas. Escribiendo para nosotros el deseo procedente de una lengua que viene de unos labios, entreabiertos, medio animales… como toda pasión, como dos tijeras que se juntan para cortar.

Junto a Borja Aguiló alinearon a los poetas muertos en la I Guerra Mundial, aquellos que se llevaron el don de la palabra a las trincheras. Mediante este trabajo, Tengo una cita con la muerte, descubrí a muchos de ellos, indagando en sus biografías y enamorándome de Edward Thomas. Azares de la vida, el traductor de la Poesía Completa del poeta de guerra inglés fue Ben Clark, precisamente. Más de cuatrocientas páginas llenas de magia, de lucha, de perseverancia… de proclamar a los cuatro vientos cómo no muere todo aquello que primavera tras primavera es aprendido y cantado por los tordos. Pena la mía desprenderme de esa joya para devolverla a la biblioteca. Ese ejemplar de Linteo con Thomas y Clark, acabará siendo mío, anotadlo en vuestra memoria.

Todavía quedan páginas del ibicenco por descubrir. Palabras que volverán a emocionarla a una como si fueran partes de un diario. Como si pudieran ser transcritas para expresar lo que pensamos los lectores. Era necesario un post sobre su poesía para que vosotros, ahí al otro lado, no os perdáis lo que también os puede hacer sentir. Para que permitáis que aparezca la fiera. Para que aprendáis a amansarla y os dejéis llevar por su palabra…  


lunes, 3 de abril de 2017

Abril venía...

Leer poesía es como convertirse en abeja polinizadora. De poeta en poeta, picoteando. De flor en flor, asimilando versos, absorbiendo el sol. Cuanto más polen, más palabras, más brillo. Más queremos. No se trata de quedarse con uno, se trata de no parar de descubrir. Elvira Sastre ya lo había dicho con anterioridad, pero nos lo repitió, esos saltos de Bécquer a Prado o a García Montero, hacen que una se reconozca en los versos, aprenda a leer, a escribir, a interpretar… porque las distintas voces dan luz a cualquier página aún a oscuras. Siempre tendremos poesía para darle al interruptor.

Recuerdo cuando nos dijeron en clase que debíamos recitar un poema de memoria, el que quisiéramos. Yo elegí a Juan Ramón Jiménez. Contaba con dieciséis años. No tuve ninguna duda, en ese momento, de que mi poema sería Primavera amarilla. Me fascinaba el amarillo desde las flores a los huesos de los muertos o las manos de Dios. Me parecía que Juan Ramón hacía magia con el color, que ese poema no tan solo tenía la musicalidad y el brillo, sino que le daba el tono exacto a los sentimientos. Cómo podía no rendirme yo a un dorado despertar de vida en exclamaciones de amarillo. Cómo podía dejar pasar esa canción, aparentemente alegre y primaveral, pero que ocultaba a su vez esa melancolía que yo ya sabía reconocer. ¡Cómo!?



De Jiménez, salté a Machado, a Lorca… de ahí a Cernuda y necesité a Baudelaire o Kavafis… para no parar ya nunca más. Recordar los primeros versos leídos en público, rememorar a esos poetas iniciales con cariño; hace pensar en los chicos que tenemos en las aulas. Desear que ellos también tengan sus saltos, de poeta en poeta y tiro porque me toca. Que configuren su propio juego de la oca, sin pozos ni cárceles que alejen los puentes. Tratar de iluminar su camino para que sean ellos quienes elijan sus estrofas. Tal vez lo sean las de Elvira Sastre o Andrea Valbuena, las que hayan encendido la mecha a la poesía de sus vidas. Y de ahí, tras La soledad de un cuerpo acostumbrado a la herida o Mágoa, necesiten más versos que les hablen y deban buscarlos en nuevos poetas, poemarios distintos. Quizá no empiecen por la Generación del 27, ya llegarán a ella. Los tiempos han cambiado, las redes, la rapidez, la proximidad, hace que poetas como Elvira o Andrea se hagan hueco en corazones grandes y pequeños, con la magia de entender lo que nos dicen, de emocionarnos porque nos identificamos y podemos extrapolar lo que sentimos a sus páginas. ¿Imagináis haber podido coincidir con el Instagram de Juan Ramón? ¿Hubiera dedicado sus fotos a Zenobia? ¿Habría compartido las flores que le llevaba Marga todos los días?

Por todo ello, porque la vida evoluciona, porque ya no huele a naftalina ni a laca a borbotones. Porque la modernidad se adueña de todo, me parece ridículo escuchar que si no se empieza leyendo a los clásicos no vale. Que si este o aquel no hacen poesía, no cumplen normas, no son rigurosos, no son poetas. ¿Quién certifica que uno escribe o no poesía? Si es leído es válido. Si consigue despertar las mariposas, ver los unicornios, saltar la lágrima, necesitar más, ya cumple el objetivo. Si lo leo y me siento identificado es que lo han escrito para mí.



Lo importante y memorable es empezar a leer y desear no parar. Saltar de uno a otro, solicitar más nombres, idiomas, temáticas distintas. Hacer que la poesía esté presente por decisión propia, que un buen día despierten y les vengan unos versos a la cabeza porque sí. Que depende de cómo se sientan puedan escoger un poema u otro que explique eso mismo, ese día sabrán que la necesitan. Ese día reconocerán que deben seguir el camino del sol que unge de amarillo el mundo… tan solo ese día.

Aprender a leer poesía, entenderla, escribirla, desearla. Enseñar a hacerlo a los que vienen detrás. Aunque sean abismos los primeros versos, aún más complicados que las peores fórmulas matemáticas. Aproximar esos mundos metafóricos, esos sueños escritos a través de lenguajes más apacibles. Empezar por la modernidad, tal vez Benjamín Prado o García Montero antes que Garcilaso. ¿Por qué no? Sin desmerecer a De la Vega, ya iremos a él luego cuando deseemos impregnarnos de todo… Leed poesía, desde quien queráis, pero teniendo preparada la cama elástica para dar el salto al siguiente.  Siempre preparados al color que pueda daros…

Abril venía, lleno
todo de flores amarillas...

viernes, 25 de noviembre de 2016

Las Sinsombrero

Muchos aprendimos a amar la literatura de la mano de Lorca, Cernuda o Alberti. ¿Qué hubiera pasado si lo hubiéramos hecho a través de Chacel, Champourcín o Concha Méndez? Divagamos entre los ensayos de Ortega y Gasset, sin atender a Zambrano. Admiramos la obra de Dalí, ¿y si nos hubiéramos perdido entre las pinturas de Ángeles Santos o Maruja Mallo? Atender a todas esas mujeres olvidadas durante la generación del 27 ¿hubiera cambiado el curso de nuestra historia personal? ¿Tal vez una se hubiera decidido y se hubiera lanzado de cabeza a escribir? A veces pienso que como ellas fueron silenciadas, lo hemos sido muchas desde entonces. Quién sabe si habérnoslas hecho empapar en su momento, como hicieron con ellos, hubiese cambiado nuestro rumbo. Quién sabe…

Lo cierto es que 17 años después de mi COU literario, siguen sin casi aparecer. Sin llenar las aulas con sus versos, cuentos, novelas, pinturas, ensayos filosóficos. Siguen silenciadas. Mantenidas en modo avión. La mayoría siguen conociéndose como la mujer de, la amiga de, la amante de, la protegida de… Algunas siguen sonando vagamente para muchos, pero pocos recuerdan o gozan de lo que fue su magia. Magia que se quedó en la sombra, dentro de la chistera.



Tània Balló ha conseguido estirar de esa chistera el conejo blanco, la paloma y hasta los cientos de pañuelos de colores. A través de Las Sinsombrero las ha hecho revivir. Recordándonos a las que conocíamos y descubriendo nuevos mundos a los que regalar las horas. Recuperando sus vidas, algunas de ellas escondidas hasta para sus familiares. Su inquietud por la luz hizo que naciera el documental, y tras él el libro. Seguir los pasos de Ballò ha hecho que me adentre y me refugie en el mundo chaceliano. Que mi ansia lectora devore todo aquello escrito por la pucelana. Que haya deleitado a mis sentidos con los versos de Ernestina de Champourcín , Concha Méndez o Josefina de la Torre. Tenga en lista los libros de María Teresa León. O haya disfrutado leyendo sobre Marga Gil Röesset, siendo solo Marga como la queremos y respetamos muchos de nosotros. Por eso, por todo eso y más, Tània merecía ser recibida con los brazos abiertos. Descubrirla personalmente ha sido releer el libro en su mirada. En su voracidad por gritar al silencio, por luchar contra la tradición del olvido.




Su lectura generó mi deseo de más. Apasionada que es una para todo. Mi proceso de descubrimiento Sinsombrero fue acompañado de mis fotos lectoras. Fotos que poco a poco fueron bordadas. Acariciadas de nuevo por el hilo. Cada una de ellas una mujer, una luchadora, una voz que se escucha si aguzas el oído. He vuelto a bordar, esta vez para Tània. Ver cómo se abrían sus ojos al sacar del sobre los bordados fue el mejor agradecimiento posible. No podía creerse todo lo que había generado llegar a la última página escrita de su libro. El frenesí con el que una puede continuar esa historia de silencios. Cómo puede hilar de colores esos olvidos para unirlos y unirlas a ellas.




Deseosa ya de la segunda parte. De vivir el documental y de zambullirse entre sus páginas de nuevo. Mientras espero, seguiré leyendo a mis valientes. Si no habéis disfrutado del proyecto os animo a descubrirlo. No os arrepentiréis. Sigamos entre páginas y ¡quitémonos el sombrero!

lunes, 26 de septiembre de 2016

Versos Bordados IV

Mi caja de hilos de bordar es heredada. Es la misma que utilizaba mi madre de soltera. Más de 40 años tiene. Todavía quedan en ella algunos de sus hilos. A decir verdad la mayoría todavía lo son. Otros han sido incorporados recientemente por estas nuevas manos bordadoras.

Cada vez que abro mi maletín de bordar y sale la caja, pienso en sus manos. En cómo bordaba sábanas, como las que os enseñé. Y esos hilos que salían de aquí mismo, ahora son míos. Herencias de las que solo eres consciente con el paso de los años. La madurez que la hace a una más sentimental, si cabe, más nostálgica.

Con esa combinación de ayer y hoy, llega la cuarta serie de versos bordados. Ocho poetas han puesto la palabra, yo he escrito con el hilo. Esta vez han sido Ernestina de Champourcín, Sara Herrera Peralta, Kim Addonizio, Sonia San Román, Luis García Montero, Karmelo C. Iribarren, Edward Thomas por Ben Clark y Josep Maria Nogueras. Abrazos, milagros, herencias, dolores, deseos, lloros, nostalgias y paz. ¿Os dais cuenta de todo lo que llega a concentrarse aquí? Sentimientos que otros han escrito por ti. Nuevos versos para el dietario. Recuerdos bordados para que perduren.


Estrenando hilos nuevos, siguiendo en mis probaturas con los dorados, volviendo a escribir con el bordado. Es todo un reto, como siempre os digo, analizar cada uno de los versos para ver qué me pide el hilo con ellos. Esta vez, para hacer la labor más placentera, he conseguido una esponja mayor como zona de trabajo. Recordad que para bordar papel hay que trazar primero el camino con la aguja. A mayor superfície sobre la que trabajar, libertad total de movimientos.

Ernestina de Campourcín.
Kim Addonizio.

Edward Thomas (Ben Clark).
Luis García Montero.

Siempre lo repito: bordar versos calma mil mareas. Otra vez ha sido así. No os quedéis tan solo con las fotos y con seguir el hilo. Leed lo que nos cuentan estas líneas, ampliad las fotos y leed. Viviendo, como he hecho yo, cada uno de estos poemas. Porque cada lectura ha sido una piel de gallina, cada foto un escenario regalado a esas palabras. Nada al azar. Lo único que llega sin pedirlo es el deseo de que sea ese poema y no otro. Eso sí llega solo.

Karmelo C. Iribarren.
Josep Maria Nogueras.
Sonia San Román.
Sara Herrera Peralta.

Se acumulan ya en mi carpeta cuatro series de versos bordados. Algunos de ellos han viajado hasta sus dueños respectivos. Los poetas tienen en sus manos sus letras bordadas, todo un honor para mí. En ocasiones vale la pena desprenderse de algo tan valioso para una. Y es curioso como acabando una serie ya te viene a la mente la siguiente...  Esperad a ver, mientras sigamos leyendo. 
  

lunes, 13 de junio de 2016

Versos Bordados III

Bordar versos calma todas las mareas. Esta frase os la escribí hace justamente una semana. Es cierto. Totalmente. Como ya os dije en su día es todo un proceso que me reconforta soberanamente.

Decidir el verso, el hilo, la puntada. Releer, revivir. Esta es una edición muy especial de los Versos Bordados. Dedicada a aquellos poetas que han participado o lo harán en nuestra revista. Y es que hace un par de años que codirijo la revista de nuestro instituto. Prometo presentárosla en unos días.
Llegado, por fin,  el momento de tenerla en mis manos decidí que debía recompensar a “mis poetas” por su predisposición, su dulzura y su generosidad. Pensé que junto a la revista qué menos que enviar uno de sus versos bordados. Como recuerdo, como muestra de gratitud.

Así en esta tercera edición tenemos a Luis García Montero, Álvaro Tato , Elena Medel y Josep María Nogueras; que tan bonitamente se han prestado a mis deseos editoriales. Y tenemos a Ben Clark, mi querido Ben, que forma parte del futuro de la revista. Atrevida yo, dichosa yo de que tenga la revista en sus manos.


Todo versos fotografiados y bordados por mí, menos uno. El de Josep María Nogueras que es una foto suya. Una foto maravillosa de un campo en el que comparten espacio y cielo margaritas y amapolas. Me prendé de ella. Busqué uno de sus versos inéditos y le bordé su principio. A la espera de su publicación. 


La lenta luz, el amor y este saberse eterno bajo el sol nuestro de la mañana.” 
(‘Cielo claro. Apuntes’). Josep Maria Nogueras.

Junto a mis poetas agradecí, hilo en mano, a mi asesora particular. Mi nueva luz, mi abre puertas, mi animadora de habitaciones oscuras. Anna Sàez está ahí, al amparo de la desilusión y con el teclado cargado de recuerdos y de buenos amigos. Siempre que identifico a alguien especial: abro el costurero, saco el dedal y aseguro la puntada. Para Anna, mi escritora, bordé a Mosquis. Para que ella y Sara lo tuvieran bordado y les llegara también mi gratitud. Gràcies, bonica!
Bordar papel es otro mundo y esta vez me aventuré con el hilo metalizado de Anchor. ¡Qué Odisea! Son unos hilos dorados, plateados, relucientes, preciosos. Preciosos pero difíciles de manejar con la aguja en el papel. No son aptos para puntos demasiado cortos ni para cadenas ni ondulaciones. Se rasga el metálico y no hay manera. Era la primera vez. De todo aprende una.

Estrenaba también mi nueva impresora para fotos. Exclusiva para mis versos bordados. Ahora cada verso que enamore a mis hilos podrá ser impreso en un suspiro y atacado por mi aguja. ¡Todo un lujo! Se trata de una Selphy de Canon, que aunque sea una maravilla que funciona por wifi perfectamente, tan solo tiene el problema de la medida del papel. Este no se ajusta a la medida habitual de mis fotos, por lo que hay que retocar. Nada sin solución.
Fotos hechas entre libros, entre algunos de sus libros. Y es que como he empezado el post lo termino. Bordar versos calma mil mareas. Creedme. Leerlos, interiorizarlos, apropiarse de ellos, dejarlos reposar… y finalmente darles vida con el hilo. Acariciarlos con la aguja como hicieron los poetas en su día con la tinta.

Gracias, mis poetas, Luis, Álvaro, Elena, Ben, Josep María, Anna. Estos versos abandonan el barco y navegan hacia vuestros puertos.