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lunes, 24 de enero de 2022

Vitaminas

 Mañana, ayer, ¿qué significan esas palabras? Solo existe el presente. En un momento dado, nieva. En otro, llueve. Luego hace sol, viento. Todo eso es ahora. No ha sido, no será. Es. Siempre. Todo a la vez. Ya que las cosas viven en mí y no en el tiempo. Y en mí, todo es presente.

Sentenciaba estas líneas Agota Kristof en su Ayer, las pienso ahora. Admiro ese presente que contiene todos los tiempos a la vez. “Es. Siempre.”

Me gusta tender la ropa fuera, aunque haga frío. Comprobar que ese sol de invierno calienta, lucha ante la adversidad del bajo cero, y seca las prendas. Cierro los ojos para recibir el disparo de los rayos. Me calientan y me vitaminan. Justo ayer leía el tweet de Eva Piquer, “La vida té un rerefons trist i d’això no ens n’escapem. Però també hi ha el sol d’hivern.” Y sí, la tristeza está, pero tendemos la ropa fuera. Me gusta recordar la luz andaluza impactando en las naranjas de Mollina. Fotografiarlas como si fueran pájaros en extinción, frutos sagrados, imposibles de ver lejos de allí. Darle importancia a esa hora del día, porque la sensación es más dulce, porque estoy ahí para verlo.

Mollina, diciembre de 2021.

Sally Rooney escribe que la belleza es arbitraria pero que una vez das con ella aporta, indiscutiblemente, placer a tu vida. Será eso. Saber encontrarla. “¿O eran ajenas en ese instante, o algo más que ajenas: eran de algún modo invulnerables, insensibles a la vulgaridad y la feúra, porque estaban atisbando algo más profundo, algo camuflado bajo la superficie de la vida, no irrealidad, sino una realidad oculta: la presencia en todo momento, en todo lugar, de un mundo bello?” Ser conscientes de todo lo hermoso que nos acompaña, de lo que en un momento concreto nos sirve y nos engrandece. Tener la capacidad de mirar debajo, de mirar minuciosamente, de mirar sin miedo. Dar valor a todo aquello que alejará la tristeza y será un poquito como el sol de invierno.

Atesorar el zumo recién hecho de la mañana, el olor de los berberechos en el vermut, la temperatura del parqué a mediodía. Atender a los sonidos que nos rodean. Grabarlos. “¿Cuál sería la banda sonora / de ese álbum de los recuerdos? […] ¿La pérdida tiene sonido? […] ¿Qué sonido nos determina? / ¿Todo esto tiene fin? / ¿El sonido acompasa? / ¿O nos parte en dos?Hasier Larretxea me acompañaba estos días con su Otro cielo y me exigía atención a los sonidos.

Al maullido de Vic si tiene hambre, a la canción de la lavadora una vez terminado el programa, al pitido del termómetro cuando tiene noticias. Valorar cada mensaje como si fuera una receta. Aquel que aún te recuerda a la hora de la cena. Anotar las miradas bonitas, aunque tan solo las imagines. Hacer lista de los besos y abrazos que necesitas una vez desconfinada. Porque todo eso reconstruye el mundo bello que la tristeza malmete. Fortalece exprimir cada momento para que la vitamina se quede aquí. El mundo bello existe y está en el zumo y en el sol de invierno. Es. Siempre.

Confinamiento, enero de 2022.

lunes, 15 de febrero de 2021

El martirio dignifica

¿Qué será de nosotras tras esto? ¿Quién nos devolverá a las que éramos y a todas las que estamos perdiendo en el camino? Una madre disfrazada de señora extraña, amigas que se alejan diciendo que ya nada nos une. Otras que soportan demasiada tristeza, que viven cargadas de miedo. Que arrastran las pestañas, que aprietan los dientes, que están solas en sus hogares esperando la salvación en un bote de 5mm.

Escribió Annie Ernaux: “Quizá agotar este dolor, cansarlo contando, describiendo.” Lo intento, Annie, pero no me sale. No me sale confesar que todo duele, que me abruma el porvenir, que este bonus track de soledad me está dejando sin mandíbula. Y sí, escribo victimista y lastimera. Posiblemente en nombre de todas las que no escriben y no fatigan este desconsuelo. Si les ayudo a agotar el suyo, puede que regresen.

Todo aturde y todo se magnifica. Cualquier traspié es una bomba de relojería directa a la ansiedad. Nada calma ni protege. Estamos a la intemperie y sentimos que caen sobre nosotras la primera plaga, la tercera, la séptima… hasta la décima. El granizo de fuego, las langostas y la oscuridad. No somos capaces de pararlas. Se suceden una tras otra. Que no nos engañen los minutos de tregua. Solo son unos minutos.

Ante esa imagen recuerdo unos versos de Pilar Adón en Da dolor. Curiosas las asociaciones de la mente. “La expresión del tormento / que veneran los cristianos. El martirio dignifica: / solo quien sufre vive y cultiva un corazón / romántico.” Solo quien sufre vive y cultiva un corazón romántico. El romanticismo por la intensidad, por la pasión al sufrimiento. El martirio dignifica. A menudo me digo que sin golpes también se aprende. ¿O tal vez no?

Lleida, atardecer de Febrero, 2021.

Tenemos suerte de refugiarnos en la literatura, de reconocernos en otras historias que nos ayudan a seguir. Identificar en lo cotidiano aquello que consiga salvarnos. Intentar convertir en metáfora aquello que ocurre, buscando su motivo y su misión. Hace unos meses Andrea tradujo del ruso un verso sobre un cielo rojo. Afirmó que era ese su color por el desgarro, por el pánico, por la guerra que lo teñía de sangre. Cielo de sangre. Puede que representara tan solo un símil, pero era la pintura que gritaban las alturas. Por eso deben ser así los cielos que nos cobijan estos tiempos, que los vemos más rojos quizá de lo que son. Porque están repletos del temor que llena nuestros días. Igual que en el poema.

Regresan entonces las palabras de Clara Obligadoque el dolor multiplica la vida, que la literatura sortea el horror”, a la par de las de Adón. El dolor que multiplica la vida. Que el cielo carga con toda la pena y que los libros nos ayudan a alejar la tempestad. A limpiar el cielo, a alejar el rojo y tintarlo de azul. ¿Será eso describir y agotar el dolor, Ernaux?¿Pintar?

lunes, 1 de febrero de 2021

Enero en los páramos

Enero ha sido un ir y venir de la Granja de los Tordos a Cumbres Borrascosas. Más que la cuesta de enero ha sido un Everest, oscuro y lastimero. Mientras leía las desventuras de Cathy y Heathcliff, parecía que arrastraba el libro camino a la casa lúgubre. Sentía el cielo rojo caer sobre mi cabeza y estiraba los brazos para ver si así llegaba con la punta de los dedos. Dijeron que el año nuevo sería distinto y ha ido acorde a la intensidad de Brontë. A mi intensidad, tal vez.

He recorrido los páramos atenta a sus sentencias y a sus sueños. Me repetía la idea de felicidad celestial de Cathy. Parecía tan sencillo solo ansiar esa imagen. “… mecerse en un árbol verde y lleno de susurros, con el viento del oeste soplando y brillantes nubes blancas volando presurosas por encima; y no solo alondras, sino también tordos, mirlos, pardillos y cucos, haciendo brotar su música por todos los lados, y los páramos viéndose a lo lejos, recortados por frescos y umbrosos sotos, pero muy cerca de ellos grandes oleadas de hierba alta ondulándose como las olas por la brisa, y bosques, y aguas cantarinas, y el mundo entero despierto y loco de alegría.

El mundo entero despierto y loco de alegría. Intentaba cerrar los ojos y escuchar esos pájaros. Pero de pronto volvía a asaltarme el temor, y no era Joseph que viniera malhumorado, era el frío, la borrasca que me sorprendía, que me impedía escribir aquí o terminar un libro. Me acosaba la imposibilidad de leer, de conciliar el sueño, de escribir dos líneas que no estuvieran llenas de miedo. Me perseguía la prolongación de la tristeza, la falta de abrazos, de besos cálidos, de paseos tranquilos.

Cielo rojo de enero 2021.

A menudo me conformaba con imaginar aquello que me daba placer. Ahora parece que es una urgencia para seguir viva, como Heathcliff debía recordarse el respirar y el latir del corazón cuando ella le faltaba. Y leía, antes de dejarlo también a medias, a Olga Novo que escribía, “y sonríes porque sabes / que todavía no has caído / definitivamente / en la curva melódica del silencio.” Porque sé que aún puede ser peor, que aún puedo no levantarme, que aún puede no verse ni una nube. Que todavía existe un mínimo ruido que nos mantiene en pie con los ojos vigilantes hacía arriba.

Quizá se trate de conformarse. De no esperar que los árboles susurren, sino tan solo que estén allá parados. De no escuchar a los pájaros, que se hayan quedado mudos, impertérritos al movimiento del cielo. María Gainza en El nervio óptico, citaba a Cézanne: “Lo grandioso acaba por cansar. Hay montañas que, cuando uno está delante, te hacen gritar ¡me cago en Dios! Pero para el día a día con un simple cerro hay de sobra.” Será eso, tendría razón el pintor, que para diario no nos hace falta más.

Cielo blanco de enero 2021.

lunes, 28 de diciembre de 2020

El tiempo es el castigo

Cielo, 26 de diciembre de 2020.

A solas nos rendimos, Leila. No en las fotos en las que sonreímos. Tampoco en los zooms, en los meets de trabajo durante estos 290 días. Reuniones en las que nos hemos vestido a medias y hemos sobrevivido a medias. Apagando la cámara para llorar, para respirar o suspirar profundamente y así seguir mintiendo. Que se puede trabajar, que se puede llamar cada día a la familia y asentir que estamos bien, que no se para.

Continuar como si nada. “Comer con culpa es comer sin hambre, por pura necesidad, y masticar lento, con rabia, y tragar pensando que hay otros que ya no tragan, ni sienten hambre, aunque estén ahí, al lado del arroyo”. Igual. Mariana Travacio lo definió en Como si existiese el perdón sin saberlo. Comer sin hambre. Seguir sin ganas, sin fuerzas, sin alma. Arrastrar los pies pero ser efectiva, hacer la compra y pagar las facturas. Tragar pensando que hay que ya no tragan. Que los hay que nos han abandonado, que han descubierto que no les hacemos falta. Necesitaban una pandemia. No sentir hambre pero darse de comer.

Obligarse a la falta de afecto. Dar las gracias con los ojos. No recibir abrazos cuando una se derrumba. Convertir el desapego en un hábito. “El tiempo es el castigo” que decía Sara Mesa en Un amor. Contar los días, ver pasar los meses, acumular desencuentros, desencantos y momentos no vividos. Ese es el verdadero álbum de este año, el de lo no vivido. Los no abrazos, los no besos, las no visitas, las no sorpresas, los no viajes, las no caricias. El castigo. Y mientras seguimos fingiendo que no nos rendimos.

Tal vez por eso uno de mis libros de este 2020 sea el western de Travacio. Porque sigo en la carreta. Atravieso la llanura y tropiezo con las piedras. Me zarandea y siento los golpes en las costillas, el dolor de cabeza y la falta de aliento. El propósito es llegar al año nuevo, con la cara llenita de polvo y las manos heridas, pero llegar. Saber que al otro lado del arroyo sigue lo que ansiamos, que no es un espejismo, que nos está esperando y que volverá a convertir en rutina el tacto y el cariño, aunque estemos rendidas y cubiertas de tierra.    

lunes, 21 de diciembre de 2020

Abrazos de Navidad

Recordé hace unos días a María Gainza contar en El nervio óptico cómo mirando un cuadro de Augusto Schiavoni una creía ver el mar sin ver el mar. “No había un mar para ver desde esa ventana pero se podría pensar que sí, por la manera intensa que tenía Schiavoni de mirar hacia afuera.” Pensé entonces que es un ejercicio que nos toca hacer esta Navidad. Creer lo que no vemos, saborear lo que no viene. También el mar, sí, junto a todo lo demás.

Durante el confinamiento pensamos que cada minuto vivido superaba el anterior porque cuando se está con los pies dentro una no ve más allá del charco. Los pies mojados, el pantalón hundido en el barro. Lo clavó Annie Ernaux en Memoria de chica: “la incomprensión de lo que se vive en el momento en que se vive, esa opacidad del presente debería agujerear cada frase, cada aserto.” No entendemos y lo tapamos. Lo sumergimos bien en ese charco en el que tenemos los pies y nos repetimos que nada ocurre. Nada nos afecta. Construimos imágenes, vemos el mar sin tenerlo delante, y guardamos.


Aprendemos a guardar instantes que necesitamos. Atesoramos esperanzas de abrazos venideros, de roces y caricias con la mano prieta. Por eso tejí los abrazos de Arne & Carlos en el encierro más oscuro. Porque añoraba hasta los que no había dado nunca. Sorprendida muchas veces de eso mismo. De echar de menos sin haber vivido lo que echaba de menos. Carmen Laforet le escribió algo así a Elena Fortún: “Te echo de menos, como si hubiera tenido la costumbre de verte cada día”. Afloró en nosotros la urgencia, como si nunca hubiéramos visto el mar.

Los tejí con mis manos débiles. Infinitos, cálidos y halagüeños. Imaginarios. Estos días los he repartido. Entregas sin apretones más que los laneros. Contradicciones pandémicas. Igual que el mar sin mar de Schiavoni, los abrazos sin abrazos. Para que los conserven a la espera del día en que no sean solo ensoñaciones. Para que la ausencia parezca más llevadera.

Mientras preparaba este post, me hacía consciente de la lista de cosas que voy a echar en falta. Las personas que no van a estar, quizá ya no estaban otras fiestas, y que voy a precisar estos días. Me decía que los mimos tejidos están a buen recaudo. Y leí a Leila Guerriero y me desmonté de nuevo. 

Hoy no extraño los cines. No extraño las ciudades. No extraño a mi padre ni a mis hermanos. Extraño eso. El riesgo, el arrebato. Vivir como si uno estuviera todo el tiempo aullándole a los trenes, dispuesta a atropellar.” 

Extrañamos aullidos propios, acciones que no somos, ni seremos, capaces de llevar a cabo. Nos deseamos atropellando, pero sumergimos la cabeza en el charco, no solo los pies, y no nos damos cuenta de que la única solución es mirar intensamente hacia afuera a lo Shchiovani. Mirar intensamente y hacer real y palpable el abrazo y el arrebato y el mar. Feliz Navidad.  



lunes, 14 de diciembre de 2020

La siesta regalada

Siestas en un banco de Charlottenburg en Berlín, en el taburete del vigilante en el Pompidou de París, en un bar de Sitges a media tarde, en la montaña a la vera del río o en la arena caliente junto al mar. Tras un orgasmo, sola o acompañada. A media mañana, previas a la comida o justo antes de la cena. Las siestas de los demás, los ronquidos de tu madre, tu tío con la pala matamoscas en la mano, el televisor puesto a todo trapo. Siestas de invierno sin necesidad de pasar la cortina, las de verano todo tapiado. Siestas como espectadores, sigilosos, de puntillas por respeto al momento sagrado de los durmientes. Dormir cuando no procede, cuando no es hora, cuando la mayor parte de la gente está activa.

Leer El don de la siesta de Miguel Ángel Hernández ha sido regresar a todo eso y repetirme lo que significa. Ninguna cita debo buscar o recordar yo esta vez porque él las pone todas y más. Salgo de la siesta de este cuaderno con muchas notas, con muchos deberes, con mucho aprendizaje. Con el libro subrayado casi en su totalidad. Asintiendo a las lecturas compartidas y anotando otras pendientes y necesarias.

Convirtiéndome en negacionista de la siesta capitalista. ¡No al dormir para producir más! Sí a la siesta para el encuentro con una, la reconciliación con la tranquilidad soterrada por la rutina de la mañana. Sí a ponerse el pijama entre semana, bajar la persiana, cerrar la puerta y hacer que el mundo se pare. Stop. Regalarse la siesta a modo de paréntesis, cueva, búnker donde no pasa nada más que aquello placentero, excitante y suspirante. Abrir la brecha del silencio durante la que no pasa nada fuera. El afuera no existe mientras dormimos. No existimos.

Aceptar la siesta como memoria. Álbum de sentidos. Huella de una casa, de un espacio, de un recuerdo localizado en un mapa. El olor de la siesta en las vacaciones de verano en el Pirineo. Su color a la luz de las cinco de la tarde en los meses gélidos. Las frías y las calientes, las húmedas, las sudorosas. Las de la niñez sin dormir, las de la adolescencia para escapar. Las siestas de enfermedad y de enfermera, las de duelo, las de dicha. Las de descanso, las de amparo, las de enfado. Con sus dones todas.

La siesta de escritura, porque solo lo que se escribe queda. Analizarlas, hacerlas conscientes en sus modalidades. Etiquetarlas para saber su valor y su importancia. Defender su finalidad y su necesidad. “Defender la siesta será entonces defender el cuerpo, el tiempo corporal, pero también el tiempo de las sombras frente a la luz, del individuo centrado en sí mismo, desconectado del exterior, replegado. Más una «solitud» que en una «soledad». El tiempo de la compañía con nosotros mismo.” Gracias por la siesta y la compañía, Miguel Ángel.

lunes, 7 de diciembre de 2020

Respirar en el fuego

Queda la insensatez del ánimo
cuando se sitúa en modo desorden y cree:
la próxima vez estudiaré alemán,
la próxima vez seré más fuerte, la próxima vez
naceré en Viena.
La próxima vez.
En una tierra sobre la que gime la hierba
que decimos conocer.


"Carintia 3", Pilar Adón en Las órdenes


Cuando se desordena el ánimo y nos dice que debemos ser más fuertes. Cuando la conciencia nos exige que seamos mejores en cada paso, que pisemos con más fuerza o con más seguridad. Como si no hubiéramos sido suficientemente hábiles y valientes a la primera. Como si esa vez no contara y tan solo se nos brindara de prueba.

Estos días he visto Mulán, Gambito de dama y Enola Holmes. En ellas se empodera a la mujer, sí. Se le otorga el coraje pero siempre desde la duda, desde el temor a fallar, desde el miedo a que camine sola. Remarcando la insensatez del ánimo que decía Pilar Adón.  Mujeres que deben emprender el destino en soledad, sobrellevar lo que acontezca, liderar sus propias decisiones. Cargada a sus espaldas la mochila llenita de piedras, la que encorvará su fuerza y les robará la ligereza para el vuelo. Lo definía a la perfección Mónica Ojeda en Las voladoras con aquel “es inagotable la pena que un cuerpo es capaz de sostener”.

Sostenemos la pena impertérritas para que nos reconozcan fuertes. Para organizar la Navidad, comprar regalos, montar agendas. Fingir la sonrisa de la normalidad. Fingir. En Despojos, Rachel Cusk explicaba cómo actuamos para conseguirlo. “Este esfuerzo incesante por producir normalidad es como una falsificación artística, tan laborioso comparado con la facilidad con que se creó el original”. Recreamos falsificaciones. Pintamos copias que hacemos creer que son las de antaño. Falsificamos. Mentimos.

4 de Diciembre de 2020.

Todo para no detenernos. Frenar sería una derrota. La madre de Enola le repetía constantemente que tenía dos caminos, el suyo y el que los otros elegirían por ella. No hay que mostrar la debilidad, podemos hacerlo. Y sino nos esforzaremos por la falsificación.

Pero tengamos claro que si no llegamos a recrear esa normalidad que ya no existe, si no nos sentimos animosas para vivir las fechas que vienen como si fueran una pintura maravillosa, debemos sincerarnos y gritar que no soportamos el fuego. Lara Moreno ya nos lo anunció en Tuve una jaula, “se puede respirar en el fuego. No todo el mundo es capaz de llevar el fuego en las manos, no todo el mundo. No todo el mundo es capaz de recibirlo”. Porque aunque nos vendan humo con nuestro empoderamiento, también somos valerosas para afirmar que no resistimos con ese fuego entre las manos.

lunes, 30 de noviembre de 2020

Memoria sonora

De niña me tapaba los oídos tras la puerta cerrada. Ponía los dedos índices uno en cada oreja y repetía la lección. Escuchaba mi eco, aprendía de mi propia voz en repetición. Lo había practicado con anterioridad para no escuchar golpes ni gritos. Luego aprendí que también servía si quería concentrarme y estar dentro de mí misma sin estar sola.

Cuando me adentré en Desierto sonoro de Valeria Luiselli ya escribí sobre mi ansia por el sonido. De mi álbum acústico en el monte o simplemente estando en casa. Allí leí que las voces no se oían con los oídos sino con el recuerdo. Regresan como reverberaciones a nuestro encuentro. De ahí, de ese viaje con la grabadora en marcha, salté a Annie Ernaux y a su cita sobre cómo lo primero que perdemos tras la muerte es la voz del que se va. Curiosa contrariedad. Es el recuerdo y también el primer olvido.

Estos días he viajado a las cordilleras andinas de la mano de Mónica Ojeda. No solo he leído Las voladoras, sino que he vuelto a encontrar en un relato la importancia del sonido. “Slasher” es una delicia en pleno horror y narra la diferencia entre el ruido y el silencio para dos gemelas, una sorda y la otra no. ¿Cómo se explica un sonido?

Describe con puro estremecimiento desde el susurro de placer hasta el grito. “Lo sé todo de los gritos, dijo Paula, sé que deforman el rostro de la gente, que hacen temblar la materia, que activan una señal en la amígdala que genera el miedo y que la naturaleza del miedo es la supervivencia. Bárbara, sin embargo, intentó explicarle lo importante: Un grito es una explosión de las palabras. Cuando alguien grita, las letras se disparan sin ningún orden y atraviesan el tórax de las personas.” Quizá por eso yo tapiaba mis oídos tras la puerta. Para que el grito no explotara, para que no atravesara mi tórax. Para no llenarme más de miedo. Para sobrevivir.

Llanos de la Larri, Parque Nacional de Ordesa 2018.


Pero el sonido no solo debe ser recuerdo del desasosiego. He tenido la suerte de que coincidieran en el tiempo la lectura ecuatoriana y la conferencia de Carlos de Hita. En el marco del Ornitocyl 2020 este recolector de sonidos de la naturaleza (de aullidos, ululatos, trinos, silbidos, zumbidos y estridencias, dice él) nos brindó el fin de semana un viaje en forma de sonograma por los bosques españoles. 

Recuperó mis momentos de caminante (in)quieta, atenta, móvil o grabadora en mano. Vigilando a cada ave o murmullo en el camino, con los oídos abiertos y la mirada curiosa. Escuché sus grabaciones con los ojos cerrados. Transportándome a cada rincón, a cada trino, a cada goteo, a cada soplar del viento. Dejé atrás el cemento para subir al monte. No importaba el confinamiento, la melodía me regalaba todo lo que necesitaba. Estaba allí de nuevo. El poder de los sentidos, la magia. El "conjuro" del que hablaba Ojeda se materializaba ahora no con la palabra sino con el sonido. 

Tomé notas y apunté su libro de El viaje visual y sonoro por los bosques de España en mi carta de Navidad. Con la seguridad de que cuando esté en mis manos generará uno o dos o infinitos posts. Se hizo imprescindible tras afirmar que el oído es el sentido de la evocación, de la memoria. Y me dije, entonces, que esa memoria sonora debe estar entre aquella desazón del grito y la nostalgia placentera del Pirineo.  


lunes, 23 de noviembre de 2020

La llave mágica

Mientras la lectura sea para nosotros la iniciadora cuyas llaves mágicas nos abren en nuestro interior la puerta de estancias a las que no hubiéramos sabido llegar solos, su papel en nuestra vida es saludable”.

No entiendo a un lector, con carné colgado al cuello (hasta los presumidos y arrogantes que todo lo saben), que no haya leído Sobre la lectura de Proust. Yo siempre regreso a él para recordar por qué y para qué leo. Para que me repita que un lector es aquel que desea que no termine nunca la historia, aquel que cree que pierde a esos personajes y qué será de él sin conocer las desventuras de sus vidas. Leemos para abrir puertas. Puertas que teníamos tapiadas, sin picaporte, ni luz ni sonido al otro lado. Por eso leemos, para arrancar las postillas de las heridas que sabíamos sanadas.

Pienso también en por qué escribimos. A menudo esa pregunta me ha hecho parar el ritmo de escritura y dejar de publicar. Reflexiono si me conduce a algún sitio este post semanal, si alguien está ahí, si interesa lo que esta de aquí aboca y siente y padece. Y freno. Luego regreso como si todos esos pensamientos se hubieran esfumado y no me interrogo más. Hasta la siguiente crisis, de manera cíclica y constante.

Una deja de mirar las estadísticas de visitas. No le importa si nadie comparte el post o se molesta en dejar un comentario o si no recibe mensajes sobre el texto. No escribe para todo eso. No se aplaude ni se alaba ni espera ramos de flores. Escribe para abrir y cerrar puertas y cree que, tal vez, aquel que llegue lo haga con el “malsano intento de querer leer entre líneas para comprobar si el texto de otro dice algo sobre nosotros”. Acertada afirmación de Tamara Kamenszain en El libro de Tamar. Hay que saber indagar por qué se lee y por qué se escribe. Intentar verse en los textos de otros para reconocer qué miedos van con una todos los días en el metro o esperan con ella en los semáforos. Sin olvidar, jamás, que se puede estar en ambos lados del camino. Leyendo y (mal) escribiendo, debiéndose a las palabras con respeto y admiración.

Lectora en las Azores, agosto 2019.


Todo esto viene por la sorpresa de hace unos pocos días. Por una lectora que ha desvelado el secreto de su espera todos los lunes. Por una lectora que ha dicho que octubre estuvo vacío sin publicaciones. Por una lectora que dice sentirse acompañada con estas confesiones. Acompañar. Ese verbo no formaba parte de mi lista de porqués. Estas líneas acompañan. La emoción me dijo entonces que escribiera, aunque solo lea ella. Me dijo que evite el vacío, porque escribió Arelis Uribe en Quiltras que el tiempo vacío tiene la particularidad de ser veloz en su densidad”. El vacío se traga los días y los deja blancos, sin relatos ni personajes. El vacío defrauda a Proust porque le genera la orfandad de historias y de puertas.

Por eso escribimos, para estar ahí. Porque hay vivencias, sueños, inquietudes y saudades por contar. Porque hay soñadoras al otro lado. Porque dijo Ana María Moix en A imagen y semejanza que “la belleza cómo mata jugando de verdad a las controversias”. Todo lo bello nos llena, aunque sea triste, calma las polémicas internas y nos da la llave mágica para abrir las puertas.

Gràcies, Mònica, per obrir la porta i fer morir les controvèrsies.   

lunes, 16 de noviembre de 2020

Conservar el dolor

¿Qué significa ser una persona normal? Estudiar una carrera, casarse, ser fiel, tener hijos a los treinta, un trabajo estable, comer en casa de los suegros los domingos, hacer la compra de los padres, enviar felicitaciones de Navidad, responder a todos los mensajes con puntualidad. No decir palabras mal sonantes, no tener pensamientos sucios, violentos, sexuales. Mantener la casa limpia, ser ahorrador, no discutir, no malpensar, no desear lo ajeno. ¿Todo eso es ser corriente?

Marianne, en Gente normal de Sally Rooney, se cuestiona por qué no puede ser una persona normal para que la quieran. Para que la quieran. Ser normal para que la quieran. Es su máxima de vida. Esta lectura me ha hecho pasar de puntillas por mi normalidad. En muchos momentos me habré hecho esa pregunta. Como si la vida del resto fuera ejemplar, compartida en su tipicidad y adorable en su conjunto. No paseamos por las relaciones de los demás, por sus errores, sus fatalidades, sus “volver a empezar”. A menudo deberíamos pensar que los que nos rodean también tienen sus tropiezos en la cuerda floja. ¿Por qué entonces no querían a Marianne? ¿No se dejaba querer? ¿No nos dejamos querer?

Sitges, octubre 2020.

Aunque hayamos vivido desventuras varias, agresiones, pérdidas, desgarros y decepciones, no somos capaces de narrarlas. En muchas ocasiones no nos atrevemos ni a verbalizar todo ese terror. Anotaba Annie Ernaux en No he salido de mi noche, “es la imposibilidad de conservar el dolor: transmutarlo en cómico”. Eso debemos hacer. Reír de lo que duele, porque así somos más ordinarios a ojos del mundo, menos incómodos. Porque, quizás, si demostramos y exponemos lo que nos martillea dejamos de ser comunes. ¿Eso es lo que no nos hace del montón? ¿Y los que no reímos ante lo que daña?

No reímos pero no somos capaces de contarlo. Leyendo Un amor de Sara Mesa, una cree que esas líneas son valientes. Que esa prosa y sus ideas son osadas. De forma valerosa explica lo que muchos no seríamos capaces ni de decirnos solos en voz alta. Alejándose de toda serenidad se atreve a declarar lo que piensa realmente, sin temor. ¿Por qué no es eso la normalidad?

Llego a esta reflexión en el intento de escribir un texto para un curso con Mónica Ojeda. Soy incapaz de relatar el miedo, el daño o la violencia. Me inscribo en estos talleres para salir de mi zona de confort. Espero que me sacudan, que me dejen temblorosa, que me enseñen a sacar lo que pesa. Pero no tengo habilidad para preparar la previa. ¿Soy cobarde? ¿No tengo esos juicios desbocados, arriesgados, sin flores ni colores rosas? Debo convertirlo en cómico, como dice Ernaux. O como dice Mesa, “el malestar de la felicidad es una idea que le ronda ahora con insistencia: un tipo de felicidad que contiene en sí misma la semilla de la propia destrucción.” ¿Creemos ser felices? ¿Lo admitimos y lo demostramos para parecer comunes y que nos quieran? 

Sitges, octubre 2020.

lunes, 2 de noviembre de 2020

Aunque hunda un dedo en tu corazón

Regreso aquí cuando parece que haya hibernado el mes de octubre, que haya estado escondida parte del otoño. Como si me hubiera engullido esa oscuridad temprana de la tarde, caída como las hojas de los árboles. Caduca y en el suelo. Aparezco de nuevo porque sé que la piel tiene memoria y repetir es profundizar. Así lo leí en Un amor de Sara Mesa, y así lo sabía y había anotado una y mil veces antes. La piel tiene memoria, también la escritura, me digo.

He tenido frío. Parecía que nada conseguía que me sentara ante el teclado, que la inspiración se había ido. Tal vez no deseaba ver escrito lo que vivía. Huir, quizá. Intentando ser una mera espectadora. Escribió Annie Ernaux en Memoria de chica, “… esa especie de amor remoto. Es como si la realidad misma mantuviera sus distancias.” Creer que miramos desde fuera, que nada nos ocurre directamente, aunque no sea cierto. Exigirnos las distancias ante el miedo.

Atardecer del 28 de octubre de 2020.


Nos mantenemos en pie sin la conciencia plena. Estamos irritables, nos enfadamos, discutimos. Nada nos parece bien y queremos gritarlo. Sin dar explicaciones, eso nunca. Lloramos por el viento, porque se termina la leche o por si no llega un paquete en la fecha esperada. Pero toda esa desorientación, esa irascibilidad y esa llorera no son por las cosas livianas, no. Lo que nos roba la conciencia es el terror, la pena y la añoranza. En el último poemario de Natalia Litvinova, La nostalgia es un sello ardiente, dice algo como que su árbol genealógico es un árbol podado. Estamos un poco así, desmembrados, podados. Faltos de una parte del todo que nos deja en el aire, sin poder escribir nada. Sin poder tan siquiera pensar nada.

Avanzamos por inercia. Trabajamos, hacemos la compra, respondemos correos, preparamos exámenes, asistimos a reuniones online; pero no somos nosotros del todo. Una parte flota y espera la vieja normalidad. Una parte aprieta los ojos y se dice que todo volverá a la tranquilidad de antaño cuando podíamos abrazar, cuando no había horarios ni prohibiciones, cuando podíamos viajar y volar hasta los nuestros. Una parte se miente. Y entonces recordamos el final de "Lo que se pierde" de Leila Guerriero. “Y recuerdo aquel verso de Arnaldo Calveyra: “¿Y sabes? No supe que estaba triste hasta que me pidieron que cantara.” No es verdad que todo permanezca dentro de nosotros. Hay cosas que se pierden para siempre. Hay, en el coraje de saberlo, una belleza helada. Aunque hunda un dedo en tu corazón y te lo rompa en pedazos”. No me pidáis que cante.

lunes, 21 de septiembre de 2020

La tregua en el aturdimiento

Septiembre tiene algo de turbio, de triste, de comienzo agridulce. Leila Guerriero hablaba en "Irse así" de la existencia de una luz sin dudas. No es así la luz de este empezar el año nuevo, el del curso escolar. Luce el sol cargado de incertidumbre como si no calentara lo suficiente, como si las dudas o el miedo consiguieran que tan solo ilumine, pero no caliente.

Cabe la posibilidad de que llegue el lector y vuelva a pensar que el victimismo se apodera de estas líneas, puede irse. A veces una debe rendirse a sus pensamientos y dejar afuera, lejos y con restricción, a aquel que no la cree. ¿A quién nos debemos? Nos debemos a los que añoramos. Quizá por eso este mes se cuece en el fuego lento de la nostalgia, porque hay mucho y no hay sitio para todo.

Se acumulan efemérides en estos días que hacen visible el hueco. Regresan adioses sin despedida. “Deberíamos meter todos la cabeza en un nicho / hasta que deje de dolernos el mundo”. Estos versos de Ángelo Néstore me han curado un poco esta semana. Ser conscientes de que se van, que no están para siempre, que puede que hayan quedado cicatrices sin sanar. Hasta que deje de dolernos el mundo. Este año, inolvidable en nuestros dietarios, me quedo con esa idea: dolernos el mundo.

Estany de Ratera, agosto 2020.

Parece que el final del verano nos devuelve lo que robó el calor, lo que se llevó lejos, aquello que tanto ansiamos que regrese. Aunque nunca termina de llegar. Se resiste a la entrada del frío, pone el freno a esa urgencia nuestra por recuperarlo. Escribía María Gainza en El nervio óptico que en ocasiones cuando uno se acostumbra a algo termina por entumecerse. ¿Será que se le ha entumecido el verano? Que siente el hormigueo en sus pasos, la torpeza de movimiento, que ha perdido la brújula que le devuelve al camino.

Nos obligamos a pensar, entonces, que exigimos esos regresos desentumecidos para que nos curen el dolor del mundo en este septiembre turbio. Egoístas, podrían llamarnos. En esta mezcla de nostalgia buena y mala. La de la pena y la del reencuentro. Contradicciones que nos hacen ser quienes somos.

A la extraña normalidad de los septiembres de antaño añadimos la barbarie del 2020. Nos peleamos cada mañana por intentar, parafraseando a Sara Mesa en Un amor, buscar la tregua en el aturdimiento. Rastreando aquello a lo que no sabemos poner nombre, como escribía Guerriero: “eso que no es confianza ni amor ni ninguna otra cosa. Que nunca es triste cuando termina. (Pero que a veces es inmensamente triste).” Inmensamente triste es, sin duda, buscar la tregua tras el verano.  

lunes, 7 de septiembre de 2020

Corazón exhausto

Llevan días aquí. Han dormido conmigo, creado mis sueños y también mis pesadillas. He caminado por la calle, a solas pero acompañada, y me han hablado al oído. Han recorrido las páginas aunque ya no se les citara en ellas. Seguían todos sobrevolando la historia ni que no fuera su momento, ni que ya no estuvieran vivos. Han sido ecos, dijo Juan. Descarnados que se han acomodado a mi lado en el sofá.

He caminado al Otro Lugar, he sentido la Oscuridad y he visto su garra de uñas doradas. La he amado porque no quería que se fuera, porque era él. He buscado las puertas, pensando en encerrar también lo que aquí dolía tras el papel. Han regresado los muertos, los secretos familiares, la necesidad del arrullo y las flores negras en el cielo ante la migraña inminente. Marita tenía razón, para vivir hay que renunciar a los muertos, dejarlos ir. Yo, igual que Gaspar, no sé dejar ir a los muertos. Los que somos así, entonces, vivimos distinto.

Leer Nuestra parte de noche de Mariana Enríquez me ha hecho vivir el olor de la lluvia sobre tierra seca en el pelo, el dolor físico como marca de protección, la familia que duele, las elecciones que dibujan el camino. No podía dejar de leer porque necesitaba que continuaran confiando en que todo iba a salir bien. Aunque sabíamos, ellos y también yo, que no sería así. Que al final los lugares malos esperan, o buscan, que lo malo vuelva a suceder.


Hice un árbol genealógico para no perder detalle de lo que decía cada uno. Para saber quien deseaba con la rabia de un adolescente y la arrogancia de un semidios. Quien ya no podía pelear porque la única manera de estar en paz era rendirse. Saber que era Rosario quien afirmaba que, ni que muriera, lo perseguiría cual fantasma. Haunt me, le dice él.

Saber que podemos vivir sin contar las cosas importantes. Callamos. Seguimos haciendo ruido para tapar el agujero que tenemos dentro, como Gaspar. Que controlamos el miedo, porque sabemos que este se proporciona, se amolda. Pablo lo sabe. Continuamos porque amamos con la voracidad de una boca, con la fuerza del aliento, con la negrura de la noche.

Aprendemos que "después de un tiempo la falta de sueño se vuelve una especie de estufa encendida en piloto: está alerta, arde y economiza energía. No hace falta avivar el fuego". Nos acostumbramos a no dormir. ¿Renunciamos? Reconocemos que soñamos cosas que no ocurrirán jamás. Olvidamos esos sueños, ¡cómo es posible si tanto los deseamos! Dijo Vicky, "¿cómo vamos a tener dejà vu de sueños olvidados?".

Seguramente porque vivimos entre dos mundos. La realidad y la fantasía. Aquí, en casi 700 páginas, hemos rondado a la muerte constantemente. ¿La muerte es realidad o fantasía? Hemos bailado a su vera sabiendo, por fin, que al acercarse no te pasa la vida por delante. Nos habían engañado. Cuando viene, tras haberte perseguido sin dar tregua, sientes un miedo atroz. Un miedo atroz y el latir del corazón exhausto.

lunes, 17 de agosto de 2020

Aquí, circulando

“Es verano, la vida se pudre en el calor.
Todavía escucha, algunas noches, a una mujer que les canta a sus niños;
otras noches, tras la puerta de la habitación, su cuerpo desnudo no existe.”

Me he adentrado en el universo de Louise Glück y he sofocado el calor del verano. Han vuelto las imágenes de antaño. Las luces afuera, en la montaña, en los viajes familiares. La brisa del mar, si había tocado la costa en las vacaciones. La crudeza de la relaciones familiares ante lo que socialmente se establece, o se exige, como “tiempo de placer”. Contradicciones que la hicieron a una un poco mármol, un poco flor.

Siempre llevo una toalla en la mochila cuando salgo. Mi madre me enseñó a no desaprovechar nunca un río en el que remojar los pies. Ella no dejaba escapar uno y nos animaba a descalzarnos y a sentir el hielo en los tobillos. ¡Aguantad!, nos decía. Nos resistíamos creyendo que eran locuras de mujer del Pirineo. Qué obsesión con entrar en el río, pensábamos. Ahora soy yo la que lleva la toalla y se saca los zapatos. La que dice al resto: ¡aguantad! Ella ya no viene al río con nosotros. Ya no sale. Ya no quiere. Cuando me pregunto por qué seguirá conmigo esa rutina recuerdo cómo Verónica Gerber Bicecci escribía, en Conjunto vacío, que “lo verdaderamente alucinante es que el pasado, al parecer, no desaparece, se queda ahí flotando en algún lugar y no deja de reconfigurarse.

Flota con nosotros la herencia de aquellos estíos. Se quedan grabadas sus rutinas. Reproducimos (reconfiguramos) las acciones como nuestras. Quizá pensando que no deben perderse. Quizá con el temor de que si no repetimos sus gestos, naufragaran del todo. Elvira Lindo en A corazón abierto, decía que los oía, a ellos, a los fantasmas, y que prestaba atención porque temía que el olvido le robara el color de sus voces. Eso será.

Estany de Ratera, agosto 2020.

Por esa razón me detengo cada pocos metros para admirar cada palmo de tierra. Por eso debo llevar los prismáticos a cuestas y, aunque no me sea fácil, busco entre los cerros más altos si pasa algún animal, algún excursionista, algún jeep atrevido. Mi padre hubiera hecho lo mismo. Lo hacía junto a mí. Ahora ya no.

Somos ellos, los fantasmas que ellos son o que fueron. Todo lo que nos enseñaron y vivimos. Lo que entonces no hubiéramos creído que fuéramos capaces de ejecutar treinta años después. Somos calcos de lo bueno y de lo malo. Los veranos con ellos, con sus silencios y su malestar. Somos sus ganas de hacer ver que nada pasaba. Salir al monte o al mar, para intentar engañar a las noches sin sueño y sin estrellas. Circular, circular, circular. No parar. El disimulo del que no está quieto. Tamara Kamenszain, en su Libro de Tamar, afirmaba que "aquí-ahora-antes, siempre circulando por el tiempo". Y aquí estamos, circulando.

lunes, 10 de agosto de 2020

De aquel agosto...

Sigo subida a una carreta con los del Tano. Atravieso kilómetros y kilómetros áridos bajo un cielo acribillado de estrellas. Noto el sol sobre la cabeza y necesito agua para conseguir que no me venza el cansancio por el calor. No sé si existe el perdón o no, pero yo me he quedado en las páginas de Mariana Travacio y es difícil salir de ahí. El verano debe ir de eso, de leer, de imaginar que eres otra. Las lecturas nos salvan, le leí una vez a Leila Guerriero.

Esas historias que se suceden unas a otras y nos evitan el día de la marmota. Estos meses en los que la gente te pregunta si no viajas, en los que las redes sociales te recuerdan donde estabas hace un año, hace tres o hace ocho. La platea exige que huyas. Juan Tallón, en un artículo del fin de semana, reconocía que los veranos son para huir. Huir de la rutina, del trabajo, de nosotros mismos. ¿Qué hacemos si no podemos escapar a un lugar remoto? ¿Qué hacemos si el mundo nos exige a diario por qué no emprendemos un viaje?

Hay que respirar hondo y sacar la cantimplora. Hidratarse bajo este sol de justicia y recordar el mensaje de María Gainza: “siempre llegamos tarde a la niñez”. También al pasado y al verano, me digo yo. Quizá recordaremos el estío del coronavirus como el que no llegamos al lugar más remoto, pero sabemos que todo pasa. Igual lo harán estas semanas regadas de lecturas. Aventuras que apaciguaran la inquietud de no viajar, porque seguiremos descubriendo personajes que quedarán aquí. Como Luisa o Manoel y nos beberemos con ellos un agua con limón.

Salinas de Cambrils, agosto 2020.

Al poble d’estiueig li arribarà el setembre. / … / A nosaltres, amor, nosaltres”. Este poema de Mireia Calafell, “Lògic 1”, enumera lo que queremos escuchar. Todo acaba por pasar, terminamos sí o sí en septiembre y nos queda el nosotros. Siempre permanece el nosotros. Los días transcurren igual, sea en casa o en el destino lejano. Por eso los libros nos plantan escenarios nuevos, nos brindan el desierto y los caballos. Nos cargan las escopetas para vengarnos, aunque no exista perdón que valga. Llegamos tarde a la niñez, pero estamos ávidos de respuestas. A veces, Manoel, no queda otra que la sangre. Le diría el Tano.

Míriam Cano decía algo similar, a ese acumular sucesos. Escribía que hay que guardar la luz de agosto para recuperarla en el invierno gris. ¡Cuánta razón! Guardemos la luz, un poquito de sol, la sal pegada a los labios, los paseos por el desierto, los viajes de vendettas, el azul de la montaña. Guardémoslo para cuando la niebla, o el virus, vuelvan a recluirnos. “D’aquell agost de brescar el rusc / per quan l’hivern em marfongués / vaig fer-ne espelmes que encenia cada vespre / eren fars menuts per si tornaven les lluernes. / O tu.” Pongamos a resguardo aquello que nos salva. Hagámoslo y confiemos en que regrese.

Salinas de Cambrils, agosto 2020.

lunes, 3 de agosto de 2020

La luz de las estrellas nos empapa los zapatos

Los veranos son los aviones que nos llevan a destino, son los batidos de melocotón hechos en casa o los helados que nos hacen coger frío. Dice Annie Ernaux que no hay que olvidar los libros que nos marcan en esta estación. Las historias que leemos determinan nuestros pasos en los meses de canícula. Leí en su Memoria de chica, hace unas semanas, que su libro en del 58 había sido El bello verano de Cesare Pavese. Y en esas páginas dio comienzo también mi mes de julio. Entre lienzos y pintores. Recuerdos ya de mi verano 2020, el pandémico y gris.

Con los años traemos de vuelta las vacaciones anteriores. Revivimos a otras yos más jóvenes que disfrutaron de esos días. Tienen parte de nosotras todas aquellas. También dice Ernaux que “a partir de los veinticinco los veranos ya no son inmensos, se acortan en veranillos cada vez más rápidos”. El tiempo no se para y nos aparece agosto en un salto desde el invierno. Como si fuera la cuenta atrás a un otoño ya con menos luz, sin una haberse dado cuenta de cómo ha pasado el mes de julio.

Mosteiros, São Miguel (Azores). Agosto 2019.

En la atrocidad de este estío atípico y cruel aparecen más que nunca “los pequeños monstruos de los sueños limpios del verano. Algo así como cigarras vestidas con ropas de domingo, como libélulas que supieran tocar la viola”. Regresa esta idea de Mary Ann Clark Bremer en Una biblioteca de verano. Pequeños monstruos que vienen a recordarnos, dormidos y despiertos, que debemos volar. Nos exigen que hay que hacer la maleta, que hay que callejear mundo, que hay que salir de casa. Sí o sí, no existe otra opción. Pero no saben que no podemos hacerlo, este año no.

Prohibido salir; no debemos, no conviene. Gran contradicción para lo habitual en estas semanas de calor, de las que guardaríamos las fotografías y formarían parte de nuestro álbum vital. Intentaremos hacerlo igualmente rememorando a Tabucchi en Dama de Porto Pim, por ejemplo. Recuperando los mares surcados por los balleneros, escuchando las alminhas desde los acantilados. Recorriendo la costa en el coche familiar de Anne Michaels y dejando que "la luz de las estrellas nos empape los zapatos". Memorias, solo eso.

Este año no habrá aviones que nos lleven a tierras azorianas. No perderemos vuelos, no habrá postales. Fue María Gainza en El nervio óptico quien hizo una lista de lo que nos perdemos por no viajar. Todos haríamos la nuestra. Se desvanecería la oportunidad de sentarse en un despeñadero para cerrar los ojos, notar la brisa y capturar en la retina el cambio de colores del cielo maderiense. No andaríamos con gusto entre la frondosidad y las cascadas de la isla de Flores. No atravesaríamos Faial de faro en faro recogiendo hortensias, con la esperanza de que esta vez sí arraigarían a la vuelta. Tabucchi, no, no traeríamos con nosotros la voces de las sirenas. Si no viajamos no habría nada de todo eso.

Aunque no podamos darnos el placer de volar y hacer ver que somos otros, por unos días, Gainza dice que “la imaginación sigue siendo tu aliada y que con lo que tenés acá tu mente se entretiene de lo lindo”. No solo el recuerdo de lo vivido o leído, sino las proyecciones posibles. Cerremos los ojos, entretengamos la angustia con la inventiva. Nuestro ideario está lleno de historias para pasar los días de bochorno creando souvenirs nuevos. Fue en Los errantes de Olga Tokarczuk donde leí que “hay cosas que acontecen por sí mismas, hay viajes que empiezan y acaban en sueños, como también hay viajeros que responden a la balbuciente llamada de su propia inquietud”. Somos seres inquietos. Somos viajeros que sueñan. Nos queda soñar y andar kilómetros a bordo de las estrellas que nos empapan los zapatos.

Ponta do Arnel, São Miguel (Azores). Agosto 2019.

lunes, 27 de julio de 2020

Fósiles

El cielo es un trapo a punto de cruz / donde los espacios que quedan en blanco / son un idioma desconocido.

La paciencia de los árboles, María Sotomayor.

Estos meses nos han presentado los retales en blanco. Nos han dejado el vacío para las puntadas, para los trazos distintos, para el sonido forastero del nuevo silencio. Hemos debido llenar los agujeros, los que se han hecho cotidianos junto a la resignación, con ese idioma desconocido.

Cada cruz bordada en ese lienzo nos ha mostrado una debilidad. Somos capaces, tras 136 días, de organizar el mapa de la fragilidad. De reconocer, por fin, lo que nos hace vulnerables. Sabemos; tras el encierro, el confinamiento, la desconfianza y el miedo, qué es aquello que nos quiebra y sin lo que no podemos completar la labor.

Escribe Claire Legendre en El Nenúfar y la araña: “El recuerdo de lo que ha sido o de lo que habría podido ser, de aquello a lo que he renunciado para conservar tranquilamente el fósil.” Nos quedan los fósiles. Los fósiles de aquello que, atravesando la pandemia, hemos querido mantener junto a nosotros. El recuerdo de lo que era, de lo que existía, de lo que nos hacía felices y nos permitía dar cuerda a la rutina. Avanzar porque existía la seguridad de que “todo” seguía ahí.

Esos fósiles son resquicios de aquello que ardía en la normalidad. ¿Podemos aferrarnos a los fósiles? Hacemos lista de los puntos frágiles. Los abandonos, los olvidos, las voces que hemos dejado de escuchar en estos meses. La enfermedad que nos hace estar pendientes de la lucha. La esperanza sobre el cuerpo traslúcido de una gata. La despedida para siempre de aquella que parecía eterna y tiraba del carro familiar. Fósiles.

Making Amends, Holly Warburton.


Cada pérdida y cada batalla supone un duelo. Dijo Paula Vázquez en Las estrellas, “leí que el duelo clasifica y reordena a quienes rodean al afligido, pone a prueba a los amigos, unos lo superan y otros fallan.” Ante el derrumbe, la comprobación de los que se quedan. De los de verdad, los que valen, los que no fallan. Ante la muerte, la desesperación y el terror, la valentía de los que montan el puzle. Los que sustentan las piezas, los que endulzan el duelo.

Todo ello ha supuesto aprender a vivir en alerta. Aceptando el reposo cual quimera. Entender cómo caminar sin la tranquilidad de antaño, sin la paz de la costumbre, con los ojos abiertos y acechantes. Hemos dejado atrás la quietud, como si al río calmo lanzáramos la piedra y diera el máximo de rebotes. Decía Pilar Adón en Las órdenes que “cada paso adiós, cada separación, / un desamparo que niega el reposo.” Cada quiebra, cada pieza perdida, todo suma al desamparo sin reposo. 

lunes, 20 de julio de 2020

La circularidad del mundo

Nos abandonan. Sumamos abandonos pero no los anotamos. ¿Por qué no queremos llevar la cuenta? Los asumimos como si fueran tareas que cumplir. El siguiente y a seguir. Aprendemos que el que se va desea "eludir, esquivar, escapar, desertar... fugarse, escabullirse, desdibujarse... Desaparecer". Así lo escribía Verónica Gerber Bicecci en Conjunto vacío. Sumamos abandonos convirtiéndonos en "compiladoras de historias irremediablemente truncas". Los que nos abandonan, desaparecen.

Desaparecen pero no mueren. Hablamos de los que no mueren. Los que dejan una herida que trasmina, que se adentra y nos oprime. Gerber también lo sabe y nos dice que “desaparecer es parecido, pero la muerte, creo, deja una herida grande (enorme), de golpe, que cierra poco a poco; y la desaparición – al contrario – hace una herida chiquita, que se abre un poco más cada día.” La herida del abandono de los vivos no se cierra nunca. Escuece para siempre, duele y no cicatriza. Porque se van y siguen viviendo sin nosotros.

¿Por qué se van? Nos puede dejar un amor, una amistad, un padre. No hay roles, ni jerarquías, ni familias, ni acuerdos que valgan. Podemos buscar sinónimos a desaparecer, pero todos acaban en Roma. Estas semanas ha coincidido, casualidad o no, la lectura de tres libros que han hablado de esas pérdidas. De cómo masticarlas, de cómo no hacer bola, de cómo poder digerir. Una ha sido Gerber, otra Cusk y otra Kamenszain.

                                                                                                     Flores a los pies, 19 de julio de 2020.

Las tres hablan de un mismo hecho. Tamara Kamenszain escribe en El libro de Tamar cómo creamos lenguajes indescifrables con los que amamos. Cómo somos capaces de aislarnos del mundo mediante un vocabulario propio. Los que nos rodean no entienden. Solo nosotros sabemos de esas palabras mágicas, de esas consignas, de esas llaves que abren nuestra sonrisa. Cuando dichas personas se esfuman eso también se une a la pena. Reaprender unas palabras que vuelven a simbolizar lo mismo que para el resto. Nos enfrentamos al caos. Ya no significan nada, ya no nos unen a nadie. Es ahí cuando esa pérdida se convierte en sufrimiento porque hay que aprender un lenguaje nuevo.

Rachel Cusk en Despojos afirma que “al principio hay una especie de encanto lánguido en el sufrimiento, porque el sufrimiento es el corolario de la salud, tal como la embriaguez lo es de la sobriedad. El encanto reside en el hecho de alejarse de la normalidad. Por algún tiempo, el estado antiguo presta su luz al nuevo, como el sol presta su luz a una estrella muerta, pero poco a poco he ido tomando conciencia de un frío inmenso, de un silencio que lo atraviesa como una sombra.” Eso es. No desfallecemos porque los resquicios de lo que fue siguen alumbrando al nuevo presente. Solo por eso, porque no se desdibujan del todo. Siguen ahí. Empezamos a sufrir cuando de ellos ya no queda nada. Sombra y silencio.

Es entonces cuando, cita Kamenszain “lo que mustio de mí se ahueca en vos: / dos tristes nadadores de lo hondo.” Nadamos a la deriva. O como dice la propia Cusk, nos volvemos "sensibles igual que los juncos a la caricia del viento". Nos tornamos frágiles, nos desmontamos ante la soledad, ante el silencio. Apunta Gerber que “la soledad es invisible, se atraviesa sin saberlo, sin darnos cuenta. Es una especie de conjunto vacío que se instala en el cuerpo, en el habla, y nos vuelve ininteligibles.

¿Os dais cuenta? Creamos idiomas propios con los que amamos, los perdemos cuando desaparecen y la soledad nos vuelve ininteligibles. Círculos. En Conjunto vacío leía que "el amor siempre nos demuestra la circularidad del mundo". Algo así debe ser, aferrémonos pues a ese amor para que no desaparezca y complete el círculo.